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La historia de la influencia francesa en la cultura peruana e hispanoamericana es un capítulo aparte en los procesos de formación de los Estados del sudcontinente americano.
Los valores de la Ilustración, parte en nuestros días de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, es la contribución palpable que la cultura francesa le ha dado al actual proceso de globalización.
No hay duda, en este caso, de que en su alumbramiento los valores de libertad, igualdad y fraternidad verificaron con la Revolución francesa la metáfora de Goya sobre la razón. “Los sueños de la razón producen monstruos”, escribió el pintor español como leyenda de uno de sus grabados.
Ahora bien, la influencia de Francia resultó en nuestros países más cultural que política. Desde Domingo Faustino Sarmiento en Argentina al discurso claramente afrancesado de José Enrique Rodó en el Uruguay; desde la renovación de las letras hispanoamericanas por el nicaragüense Rubén Darío, a partir de la adaptación al castellano de formas métricas del francés, hasta la insistente representación de París en la obra del argentino Julio Cortázar o en la del peruano Alfredo Bryce Echenique, Francia fue una aspiración, un encuentro y un lugar de llegada (recuérdese a César Vallejo y su elocuente verso “Me moriré en París”).
Si nuestro futuro depende de cómo comprendamos nuestro pasado, atendiendo sus lecciones, sus zonas de conflicto, sus problemas irresueltos, sus aportes, es urgente ser conscientes de las relaciones que la llamada América Latina mantuvo con el país en donde nuestro mayor poeta decidió morir.
No se trata de repetir la intensa relación cultural que nuestras clases dirigentes del siglo XIX mantuvieron con Francia, negando nuestras especificidades de época; lo que importa es reconocer la rica tradición reflexiva que de ese diálogo nos queda. |