| Entre
la identidad y la otredad
En busca del ser peruano en
el siglo XXI
Hace
pocos años, el Documento Nacional de Identidad (DNI)
peruano incluía, entre otros, el rubro “color
de la piel” como un criterio para identificar al individuo.
No sólo el rubro, sino el modo de aplicación
de éste, constituyen el punto de partida de una reflexión
sobre la aún difusa identidad, a pesar de más
de 500 años, del ser peruano.
Una vez cumplidos los 18 años,
los peruanos nos presentamos a la autoridad oficial para inaugurar
nuestro reconocimiento como adultos, perteneciente a una nación
específica y, por tanto, con capacidad para ejercer
derechos constitucionales. El trámite para obtener
la Libreta Electoral –ahora el DNI– implicaba
acercarse ante un empleado público, que no necesariamente
tenía conocimientos de antropología física,
etnología ni había reflexionado probablemente
sobre las razas y etnicidades en el mundo contemporáneo
en vías de globalización. Un vistazo en segundos
permitía al empleado estampar una etiqueta que nos
definiría el resto de nuestras vidas: blanco, trigueño,
mestizo, negro. Dichas etiquetas inauguraban nuestra pertenencia
y exclusión a determinados grupos sociales en la sociedad
peruana y se convertían en motivo de orgullo, inclusión,
vergüenza, exclusión o justificación ante
el posible “error” en la mirada del empleado público.
Aquellos que recibían etiquetas de categorías
no-blancas buscaban excusas para disculpar el “error”:
un prolongado día de playa que había oscurecido
el color de la piel era el pretexto más usual. Esta
situación real me lleva a interrogar en las siguientes
líneas las categorías con las que los peruanos
nos identificamos, asumimos y diferenciamos en nuestra propia
sociedad y en relación con el resto del mundo.
No
sólo se trata de lo que el individuo anhela que se
reconozca en el DNI, sino también en los antecedentes
que rigen la mirada del peruano que adjudica una u otra etiqueta.
Las preguntas pertinentes aquí son: ¿cómo
nos vemos los peruanos a nosotros mismos? ¿Cómo
queremos percibirnos y cómo nos percibimos en la realidad,
aunque no lo digamos abiertamente? ¿Cuál es
el yo ideal con el que anhelamos ser identificados? ¿Cómo
hemos llegado al planteamiento y características de
este yo ideal, que se diferencia por el color de la piel,
el distrito en el que vivimos, los colegios y universidades
en las que hemos estudiado, o las asociaciones profesionales
y los clubes sociales a los que pertenecemos o no? ¿Qué
instituciones sociales rigen la existencia de esta identidad
ideal? ¿Cuáles la apoyan y fomentan en la población
peruana? ¿Qué funciones cumple, para las mismas
instituciones, la confirmación sin transformaciones
de un yo ideal cuyas raíces se encuentran en nuestro
pasado colonial, y que no ha sufrido mayores cambios durante
500 años? ¿Cuáles son los medios que
fomentan esta imagen ideal con el que el ser peruano quiere
identificarse y, a partir de ésta, constituir la cultura
oficial de nuestra sociedad?
Hablar del sujeto peruano contemporáneo implica hacerse
la pregunta por sus orígenes, sus transformaciones,
por medio de los procesos sociales e ideológicos que
enfrenta durante su historia y sus textualizaciones. En nuestro
caso, la pregunta por los orígenes, ligada inevitablemente
con la pregunta por la identidad y afirmación/confirmación
del yo que explora su procedencia para comprender su porvenir,
se suele situar en 1492, con el encuentro violento de las
culturas europea e amerindia, y el subsiguiente proceso de
conquista y colonización. Al tener en cuenta la coyuntura
en la que se inicia la sociedad peruana, nuestros escritores,
artistas e intelectuales hurgan en un pasado traumático,
en el que reconocen su origen transcultural en la violación
de uno de los padres (la madre que se identifica con la población
amerindia o los conquistados; el padre europeo que es también
conquistador). Los textos que se producen a partir de la llegada
de Colón a lo que más tarde se llamará
el Nuevo Mundo o América descubren dos instancias que
exploro aquí y que son ingredientes fundamentales en
la definición del ser peruano hoy: el yo imperial y
sus otros, amerindio o negro. El lugar en el que surge el
sujeto peruano implica la interacción entre estos sujetos
coloniales que se relacionan de manera jerárquica.
Entiendo al sujeto colonial como un agente cuya voz domina
la producción y recepción del o de los discursos
de su época. Entiendo “agencia textual”
como el acto o el habla que influye el curso de los eventos
o modifica las actitudes de otros. En la línea de pensamiento
poscolonial que inaugura Homi Bhabha, un agente es quien puede
realizar una acción deliberativa e individual, de palabra
o acción.
El sujeto colonial peruano tiene la capacidad de asumir la
agencia de sus discursos y sus textos, así como de
plantear una visión de mundo, según el contexto
en el que se ubica. La noción del sujeto colonial nos
permite plantear también sus diferentes posiciones,
que propongo observar empleando las categorías de “yo”
y el “otro”. A su vez, “yo” y “otro”
revelan los conceptos de identidad y alteridad en tanto lugares
a partir de los cuales se ejerce o se recibe la “agencia”
de un sujeto. Además de esta noción de agencia
textual que hace del yo un agente que toma la palabra y es
efectivamente escuchado por sus receptores, quiero añadir
dos ideas más, prevalecientes en el pensamiento occidental
acerca de la relación entre yo y el otro. La primera
tiene que ver con la oposición binaria occidental yo/otro,
que se ratifica en la interacción entre el amo y el
esclavo de la filosofía hegeliana. La segunda se refiere
al agente híbrido que también se manifiesta
en documentos coloniales y poscoloniales hasta el día
de hoy.
Según
el planteamiento hegeliano, la interacción entre amo
y esclavo asegura la existencia de los sujetos en dichos roles.
Por tanto, para que el amo exista y subsista, es necesaria
la existencia del esclavo, y su reconocimiento de la autoridad
del amo. El yo se define entonces en relación y contraste
con el sujeto que se coloca en la posición del otro.
Esta relación de coexistencia forzosa, para la existencia
del yo, ha regulado la constitución de la identidad
en Occidente. Quiero considerar aquí la observación
de Jacques Lacan acerca del miedo a la indiferenciación
que se presenta en el individuo occidental una vez que ha
superado la “etapa del espejo”. Para esta teoría,
el ser humano se encuentra en un estado de indiferenciación
entre identidad y alteridad, hasta que descubre su imagen
en el espejo y se reconoce como un individuo único
y diferente de los demás, los cuales se constituyen
entonces como los otros. El individuo occidental afirma así
su identidad e inaugura su temor y rechazo hacia esta indiferenciación
si es que se identifica demasiado con el otro. De aquí
la idea del miedo al otro, a su excesiva cercanía,
a su invasión amenazante para la identidad del yo en
Occidente. H. Bhabha añade un elemento más a
esta situación de separación entre yo y el otro
en la situación colonial: el reconocimiento del “otro
dentro del yo” (The Other Within): “no yo y el
otro sino la otredad del yo inscrita en el perverso palimpsesto
de la identidad colonial.” Este razonamiento nos revela
la consideración posible de varios otros que se planteen
según la posición de aquel que funcione como
yo, y constituye una tarea pendiente de los estudios acerca
de la identidad y alteridad latinoamericanas.
A partir de esta perspectiva, podemos observar lo que se considera
el canon artístico, social y jurídico que rige
los discursos oficiales de una sociedad como la peruana. Dichos
cánones reproducen la visión del yo imperial
y eurocéntrico que invadió América a
partir del siglo XV. Esta visión, en mi opinión,
tiene aún el papel dominante en la producción
textual contemporánea y condiciona lo que el sujeto
latinoamericano actual entiende, acepta, idealiza o reafirma
como su identidad. Uno de los ejemplos más obvios se
encuentra en productos verbales-visuales cotidianos que se
transmiten y repiten a través de los medios de comunicación.
La próxima vez que prendamos nuestro televisor y sintonicemos
un canal peruano, observemos qué rasgos étnicos
exhiben actores y modelos de comerciales, lectores de noticias,
comentaristas políticos y presentadores de programas
de concursos. Observemos también cómo se presentan
y qué imagen construyen y proyectan al público
en general. La primera respuesta coloca en el centro de estas
representaciones al que llamamos hoy el sujeto criollo. Deberíamos
recordar, entonces, de qué manera surgió este
sujeto criollo a partir del siglo XVII y cómo se fue
abriendo paso en el espinoso camino hacia su identidad, a
pesar de los obstáculos de sus coetáneos estrictamente
peninsulares. La diferencia entre “españoles”
y “criollos”, a fines del siglo XVI, se basaba
no en una diferencia racial, ya que ambos provenían
de padres europeos, sino en una locación geográfica
de nacimiento que legitimaba su derecho a las tierras americanas
y su riqueza. El sujeto criollo colonial era considerado segundo
en la jerarquía de castas, por el simple hecho de no
haber nacido en el continente europeo. Dicho sujeto trató
de convertir lo que era apuntado como una debilidad en un
derecho legítimo a las tierras donde había nacido.
El surgimiento de un sentimiento nacional que después
se traducirá en el patriotismo independentista tiene
su base de operaciones en este sujeto criollo incipiente que,
siglos más tarde, se convertirá en la clase
regente de la Nación peruana. La visión de mundo
de dicho sujeto excluye a otros grupos étnicos peruanos,
como los indios y los negros, y las castas resultantes de
sus respectivas mezclas. Baste echar un vistazo a los actores
que encarnan a los protagonistas de las telenovelas peruanas
y latinoamericanas, en general, para comprobar que el yo idealizado
que fomentan los medios de comunicación masiva corresponde
a un individuo con una visión eurocéntrica del
mundo. En esta visión idealizada, indios y negros rara
vez toman la palabra y se convierten en agentes seriamente
escuchados, más allá del exotismo y la melancolía
de tradiciones folclóricas que se admiran, se exhiben,
pero que no se viven plenamente porque constituyen el terreno
del otro, el otro amerindio y negro de los conquistadores
del siglo XVI.
El encuentro de un mundo nuevo para el hombre europeo de esta
época inauguró un activo proceso cognoscitivo
que debía aprehender lo nuevo. Muchos investigadores
en las recientes décadas han señalado, reflexionado
y comentado sobre el “no-descubrimiento” de Colón
y la “invención de América”. Colón
no “descubre”, sino verifica, confirma el bagaje
de ideas preconcebidas que lleva consigo en sus expediciones
hacia el oeste. La verificación y confirmación
de la exactitud de su proyecto justifica su empresa en términos
económicos y comerciales. Uno de los primeros problemas
con los que se enfrenta Colón es explicar la presencia
de habitantes de estas tierras cuya descripción no
encaja con las gentes del Gran Kan. Una vez que Colón
identifica a los amerindios con el modelo imaginario medieval
que llevaba (i.e. “bárbaros”), les adjudica
su función mercantil: “esclavos”. La necesidad
de evangelizarlos y convertirlos en nuevos sujetos “cristianos”
no impide su concepción como mercancía y no
presenta ningún problema al almirante. Por tanto, el
ímpetu expansivo, colonizador y misionero del yo europeo
imperial hace que el encuentro de lo nuevo en América
se traduzca en una superposición de realidades. Escritores
de la colonia hispanoamericana temprana, así como latinoamericanos
contemporáneos, construyen sus textos a partir de la
perspectiva de este yo imperial, quien compara, asocia con
lo conocido y preconcebido y funciona, en muchos casos, con
hipótesis a priori que busca confirmar (es decir, las
pruebas se ajustan a la realidad y no viceversa, lo cual implica
un razonamiento falso). El yo dominante que enuncia nuestra
identidad aspira a ser eurocéntrico e imperial. Desde
la posición de un sujeto que asume la agencia de su
texto, plantea a aquellos sujetos con los que no se identifica
como “otros”.
Ahora bien, a pesar de la persistencia de la visión
y percepción eurocéntrica de nuestras sociedades,
avistamos algunas posibilidades de fusión entre identidad/alteridad
difícil de imaginar. Me refiero a textos producidos
por indígenas peruanos cuya voz es la dominante y se
plantea como el agente textual que quiere ser escuchado. Pienso
tanto en la Nueva Corónica y Buen Gobierno (1613-1615),
de Felipe Guamán Poma de Ayala, la voz anónima
del Manuscrito de Huarochirí (1598), como en la Autobiografía
de Gregorio Condori Mamani (1982). Quizás en estos
conjuntos de textos producidos por agentes no blancos y no
criollos encontremos un ingrediente más a la pregunta
por nuestra identidad: lo amerindio, lo blanco europeo y lo
negro continúan siendo una parte fundamental, aunque
inexplorada, desconocida y muchas veces negada, de la naturaleza
de nuestra identidad contemporánea. Los ingredientes
no-blancos que forman parte de la identidad peruana idealizada
se siguen percibiendo como diferencias que hay que obviar,
silenciar, ignorar. No hablar de eso crea la ilusión
de su inexistencia. Pero están allí, presente
en cada uno de los peruanos, y debe formar parte de nuestra
idealizada identidad, por lo menos en similar o igual proporción
a nuestra imagen y semejanza criolla de orígenes coloniales.
(*) Es docente en la Universidad
Estatal de Michigan (EE UU).
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