Director: HUGO COYA HONORES

AÑO DE LOS DERECHOS DE LA PERSONA CON DISCAPACIDAD Y DEL CENTENARIO DEL NACIMIENTO DE JORGE BASADRE GROHMANN

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  ENSAYO

Por:
José Antonio Mazzotti (*)

Etnicidades y jerarquías del Perú actual
¿Todas las sangres?
El deseado horizontalismo que implica el concepto de “todas las sangres” se ha visto una y otra vez cuestionado por la práctica de un sector privilegiado (denominado criollo) en el accionar político y en el deterioro económico del resto del país. Este ensayo explora los orígenes “étnicos” de dicho grupo y su consiguiente dialéctica de reacomodamiento frente a las mayorías indígenas, mestizas y afroperuanas antes del inicio de la República.


Partamos de una premisa bastante conocida, aunque quizá no suficientemente indagada: el Estado criollo fundado en la Independencia fue producto de una larga trayectoria de formación identitaria de carácter étnico y exclusivista desde el siglo XVI. Aunque para muchos pueda parecer excesivamente simplificadora, la premisa, sin embargo, merece ser examinada en sus dimensiones históricas más básicas. Quizá porque el discurso oficial sobre una identidad peruana casi siempre ha estado inclinado a privilegiar la homogeneización de las subjetividades a partir de un solo polo (dominante), occidentalizándolas aún más como supuesta vía hacia la modernidad.
Pensar en los orígenes del Estado criollo nos remite necesariamente a ese sector temprano víctima de la Corona española, que quiso anular y llegó a disminuir los privilegios de sus padres conquistadores y encomenderos.
Para adquirir legitimidad discursiva, los criollos beneméritos no podían dejar de apoyarse en su conocimiento de la historia y la realidad indígenas, cuya presencia los obligaba a delimitar sus aristas ideológicas del lado de los peninsulares, pero a la vez los hacía dialogar con su contexto para contraponerse a la creciente prevalencia de los funcionarios de la Corona a partir de la decadencia del sistema encomendero con las leyes nuevas de 1542. En resumen, los criollos revelaban estar “fundidos” por encontrarse en una situación de ambivalencia y no poder desentenderse de la mayoría indígena ante la que indiscutiblemente asumían una posición de superioridad. Se fueron forjando algunas de las características de un grupo de poder que, llegada la Independencia a principios del siglo XIX, reafirmaría en la práctica (aunque ocultándolas en el discurso jurídico oficial) sus distancias con esas masas. De tal modo, se frustraba la posibilidad de un Estado nacional según los modelos de la Ilustración y el nacionalismo moderno, y se creaba una particular formación sociopolítica de prevalencia “étnica” y racial neoeuropea en un contexto radicalmente heterogéneo y plurirracial. Para nadie es, pues, un secreto que el carácter criollo de los Estados nacionales hispanoamericanos se encuentra estrechamente ligado con la heterogeneidad de base que los sustenta y a veces contradice. Cornejo Polar ya había adelantado desde la década de 1970, y a través de la crítica literaria, esta reflexión explicativa de algunas obras cruzadas por orígenes y tiempos diversos.

¿En qué momento se jodió
el (criollo) Perú?
La vida de los criollos se desenvolvía de manera accidentada desde sus años tempranos. Llegados a la mayoría de edad hacia las décadas de 1550 y 1560, la primera generación de criollos protagonizó el percance de un bautismo insultante. Bernard Lavallé ha mostrado cómo el término “criollo”, en su primer registro peruano de 1567 referido a los hijos de españoles en Indias, transgredía semánticamente su uso original y fue extendido para los hijos de esclavos nacidos fuera del África. Por eso, era común oír hablar de un “negro criollo” o un “esclavo criollo”, y hasta el día de hoy la replana discriminadora incluye términos como “crolo” para referirse a individuos de ascendencia afroperuana. No es difícil imaginar que, aplicado el término en el siglo XVI a personajes autoasumidamente blancos (y por añadidura “limpios de sangre”), resultaba una inflexión que marcaba un primer dislocamiento identitario de proporciones imprevisibles, sobre todo porque muchos criollos crecían con la sospecha de ser biológicamente mestizos. Según los historiadores norteamericanos Stuart Schwartz y Elizabeth Kuznesoff, podía haber habido una proporción de 20 a 40 por ciento de mestizos asumidos como criollos por sus padres españoles, al menos en las primeras generaciones. La condición criolla no es, pues, necesariamente una categoría racial, sino legal e identitaria. A eso añadamos la lactancia frecuente en pechos indígenas o africanos, la ingestión de aires, aguas, verduras, frutas y animales locales, la familiaridad del trato con los hijos de la servidumbre y tantas otras formas de “impurificación”. A los ojos de muchos peninsulares de la época, todos eran factores de alto riesgo para la confiabilidad de la altura moral y hasta intelectual de esos neoespañoles nacidos en Indias. Desde 1574 lo proclamaba el cosmógrafo-cronista oficial de la Corona, Juan López de Velasco, al caracterizar a los españoles baqueanos o de larga experiencia en Indias y sus descendientes criollos de esta manera:
“Los españoles que pasan a aquellas partes y están en ellas mucho tiempo, con la mutación del cielo y el temperamento de las regiones aún no dejan de recibir alguna diferencia en la color y calidad de sus personas; pero los que nacen dellos, que llaman criollos, y en todo son tenidos y habidos por españoles, conocidamente salen ya diferenciados en la color y tamaño, porque todos son grandes y la color algo baja declinando a la disposición de la tierra; de donde se toma argumento, que en muchos años, aunque los españoles no se hubiesen mezclado con los naturales, volverían a ser como son ellos: y no solamente en las calidades corporales se mudan, pero en las del ánimo suelen seguir las del cuerpo, y mudando de él se alteran también, o porque por haber pasado aquellas provincias tantos espíritus inquietos y perdidos, el trato y conversación ordinaria se ha depravado, y toca más presto a los que menos fuerza de virtud tienen.”
La disminución ontológica ejercida por los peninsulares no podía ser menos evidente, condenando de antemano a los criollos y baqueanos a ser simplemente indios en potencia, por virtud de la prolongada exposición al medio.
El problema, sin embargo, no era únicamente racial ni de sospechosas influencias dietéticas y culturales. Había, sin duda, mucho más en juego. Las Indias se perfilaban desde antes del rápido triunfo de Cortés en México (1521) como el espacio de la movilidad social acelerada para aquellos que se aventuraran en cualquiera de las “entradas” (cacería de indios) o “poblaciones” (fundación de pueblos con cabildo). Esto implicaba exploraciones que podían dar resultados sorprendentes según la riqueza del nuevo territorio y la sofisticación de la cultura indígena invadida. Los primeros conquistadores pasaron así a convertirse en encomenderos, es decir, señores de la tierra según una antigua usanza medieval. Pese a su abolición inicial en 1542, la encomienda sobrevivió gracias a las protestas sangrientas de los conquistadores. El rey tuvo que retroceder firmando la Ley de Malinas de 1545 y admitiendo el paso de la encomienda a una segunda vida. Y así hasta su abolición general en 1718, cuando ya la encomienda había perdido vigencia como institución económica. No dejó, sin embargo, de haber espíritu de empresa privada ni se soslayó la importancia de la extracción minera y el comercio en la reconstitución de las elites criollas. Sería imposible entender el fenómeno de la occidentalización inicial de las Américas sin considerar los múltiples factores premodernos y modernos que se enredaron en su trama. De un modo u otro, estos peninsulares, en su mayoría de origen plebeyo y provinciano (“espíritus inquietos y perdidos”, los rotula López de Velasco), pasaron a ocupar en poco tiempo lugares de suma importancia en la vida social y económica de los nuevos territorios, lo mismo que sus descendientes, aunque básicamente en los primeros años. Los flamantes reinos de ultramar se convirtieron así en pocos años en escenario y factor de esta ampliación de las identidades hispanas.
Ante la arremetida de la Corona, sin embargo, imaginemos la continuidad del reclamo paterno en los hijos que veían desbaratado el esplendor de la edad dorada de la encomienda y ellos puestos en posición percibidamente mendicante. En carta del Procurador de los Pobres de la Ciudad de los Reyes a Felipe II “en mano propia”, fechada el 12 de diciembre de 1588, se lee que “justamente piden los necessitados de aca que les alcançe parte, mayormente, siendo muchos dellos, hijos, hermanos y parientes de los que las conquistaron y ganaron y a V. mag. han seruido y quedado sin gratifficacion ni premio” (Archivo General de Indias, Lima 32).
A la codicia desmedida de la que se acusó a sus padres se sumaban los cargos de un espíritu relajado, levantisco, pedilón e indisciplinado en los retoños. Para ilustrar el caso, bastaría citar como ejemplo una carta del virrey Conde del Villar dirigida desde Lima a Felipe II y fechada el 12 de mayo de 1588, en que se lee:
“Pretensores ay gran numero en este Reyno porque como los conquistadores y primeros pobladores han dejado hijos cada uno de ellos pretende la gratificaçion entera de lo que su padre sirvio los unos diçiendo que son maiores y los otros neçessitados y las mugeres por serlo y assi como van multiplicando los hijos y desçendientes creçen los pretensores y porque lo son nuebos que nunca siruieron ni tubieron merito sino que lo toman por entretenimiento […] de cualquier manera que se haga con ellos no es possible contentarlos como se dessea y procura” (A.G.I., Lima 32).

“Somos lo
máximo”
Los criollos, por su lado, no dejaron de acusar recibo de la fisura inicial con los advenedizos peninsulares y explayaron sus quejas de manera que dejaban entrever una perspectiva cargadamente melancólica. Se puede decir, por ello, que en una primera generación se desarrolla una mirada parcialmente fraccionada de la historia universal. Ésta es en buena medida la perspectiva de Terrazas, Saavedra Guzmán, González de Eslava, en México, y, en el Perú, Pedro de Oña y hasta el Inca Garcilaso, quien no obstante ser mestizo participó igualmente de la pérdida de las posesiones paternas. Desde su punto de vista, la edad de oro de las encomiendas había pasado; la burocratización del Estado virreinal había traído oleadas de peninsulares que no tenían más interés que enriquecerse de una tierra y unos pueblos sometidos por el esfuerzo de los padres conquistadores. Y a eso, no olvidemos, hay que añadir el discurso peyorativo (desde el mismo nombre de “criollos”). Esta falta de compensación implicaba una violación de las leyes universales de reconocimiento a los guerreros victoriosos (leyes honradas en Roma y en la España medieval) y de los principios del pactum subjectionis, pues la autoridad real no estaba atendiendo a las necesidades de sus súbditos más fieles ni de sus descendientes directos e inmediatos.
El cuadro del desencanto encuentra su contrapartida, sin embargo, en la refutación del discurso peyorativo a través de una rotunda afirmación étnica, geográfica y climática. Basta recordar que a principios del siglo XVII coinciden tanto en México como en el Perú algunas voces que se encargan de establecer el necesario traslado del axis mundi a tierras americanas.
En el caso peruano tenemos a las misteriosas poetas que tanto en el “Discurso en loor de la poesía” (1608) como en la epístola de “Amarilis a Belardo” (1621) se encargan de infiltrar la mirada americana para proclamar, respectivamente, que la poesía se ha trasladado rejuvenecida a las regiones antárticas y que la progenie de los conquistadores engrandece a España tanto o más que la nobleza peninsular. El último año mencionado, 1621, atestigua también las afirmaciones del prominente letrado huanuqueño Francisco Fernández de Córdoba en su prólogo a la Historia de Nuestra Señora de Copacabana, de fray Alonso Ramos Gavilán, respecto de la “nobleza [española] mejorada” en los beneméritos peruanos. Y ni qué decir del extenso Memorial de historias del Nuevo Mundo Pirú (1630), de Fray Buenaventura de Salinas, que no sólo se dedica a exaltar hasta las máximas alturas las excelencias de su natal Ciudad de los Reyes, sino también la de la indiscutible capacidad de los criollos para mejorar la situación de la población indígena y, por lo tanto, contribuir más eficientemente al designio imperial de una grey bien atendida en lo espiritual y lo temporal.
Estas rápidas pinceladas sobre el “criollismo militante” y la agencia de su comunidad apenas pueden darnos una vaga idea de la amplitud de su discurso. Sin embargo, anotemos que los grupos criollos originales, los que se situarían a una altura relativamente elevada dentro de la pirámide social, es decir, los beneméritos o descendientes directos de conquistadores, eran apenas alrededor de 703 en México y alrededor de 500 en el Perú a principios del siglo XVII. No se puede definir en toda su complejidad su discurso, reformulado principalmente a través de la poesía épica y las historias religiosas, si no atendemos al carácter elitista de sus orígenes. Por eso, insistamos aquí en que no pretendemos caracterizar a todo el conjunto criollo, formado de aventureros pobres, artesanos humildes, soldados de fortuna, mujeres desamparadas y muchos otros poco favorecidos y harto descontentos, sino principalmente a aquel sector que detentó el poderío y prestigio de la letra desde ángulos discursivos aparentemente predefinidos, y que anticipó algunas formas de conducta que hasta hoy nos alcanzan.
En este sentido, la articulación entre criollos, escritura y nación en el virreinato peruano debe encuadrarse en coordenadas consistentes con el vehículo de expresión que les sirvió en primer lugar para trazar las aristas de su propia ontología. Esa letra que en el siglo XVI permitió una difusión acelerada de ideas y entretenimientos, empezando por el plano de la “lectura” aural (sin duda, la forma de recepción mayoritaria en una población casi totalmente analfabeta, incluso entre europeos); esa letra repetidamente aparecida como elemento fatal que potenciaba al máximo las estrategias de la dominación militar a través de comunicaciones y cédulas; esa letra, en fin, que Ángel Rama se ocupó tan bien de explicar como ladrillo casi imperceptible, pero multiplicado, del inmenso muro de la separación cultural entre europeos e indígenas (La ciudad letrada, Caps. 1-3), era, por su mismo prestigio, herramienta de las ansias, quejas, frustraciones, exageraciones y negociaciones de los grupos que se disputaban el predominio administrativo de las nuevas sociedades. Y esa misma letra sería la que asentaría como espejo modelador el imaginario de algunos de los hijos de los conquistadores. De esa práctica importada nacería lo que con el correr de los años ha venido a llamarse una primera “escritura hispanoamericana”.
Sin embargo, nunca está de más insistir en la arbitrariedad reductiva de esa expresión. La letra no sólo cumplió el conocido papel de dominación que se le imputa (incluso hoy, cuando la occidentalización de las Américas se ha reforzado merced a la tan mentada globalización). La letra fue también vehículo de configuraciones semióticas que le añadieron ritmos novedosos y trasvases de sistemas significativos provenientes de las lenguas y culturas nativas. Lo que en su primer momento era sólo un dialecto corrupto del latín y luego se convertiría en una de las primeras lenguas nacionales europeas, pasó en pocas décadas después del “descubrimiento” a adquirir una enorme riqueza de normas regionales, léxico y variaciones híbridas que excedieron largamente la ya de por sí histórica heterogeneidad interna del castellano tras su largo contacto con el árabe. A partir de 1492, con el intercambio transatlántico, empiezan a gestarse inesperadas modalidades de expresión escrita (y no mencionemos el universo de las oralidades como ejemplo paradigmático de la complejidad comunicativa). Si bien muchas de esas formas de expresión quedaron ocultas, como el caso señero de la Nueva coronica de Guaman Poma, solamente descubierta en 1908, son relativamente desde temprano territorio de fusiones, divergencias y creatividades hasta entonces impensadas. “Castellano motoso”, “jerigonza bárbara”, “lenguaje corrupto” constituyen sólo algunas de las etiquetas endilgadas a los esfuerzos de los hablantes originales de lenguas no castellanas al pretender atravesar los muros no tan invisibles de la (castellana) ciudad letrada.
¿Y los criollos? Pues, aparentemente, se salvaban de ese problema. Sin embargo, no olvidemos que los desprecios recibidos de los peninsulares solían traer materiales de contrabando. Ya no se trataba sólo de la potencial idolatría de esos neoeuropeos con rastros difusos de sangre o de conducta indígena, sino también de las variaciones expresivas que los hacían diferenciarse poco a poco del acento central castellano, radicalizando las variantes regionales andaluza, extremeña y canaria que escucharon de boca de sus padres y abuelos, y creando de este modo otra razón para las recusaciones atlántico-orientales. El incipiente “español de América” (expresión algo abusiva, pues reduce las enormes diferencias que hay entre las variantes argentina, cubana, mexicana, peruana, etcétera del día de hoy a una sola entidad monolítica y, peor aún, borra las diferencias en el interior de cada país actual), ese “español” que aprendieron como primera lengua las generaciones tempranas de criollos ya no era exactamente el mismo que seguía resonando en la península, ni siquiera en sus variantes andaluzas y extremeñas. No lo era, al menos, después de algunas generaciones en lo que se refiere a su prosodia y a sus nuevos campos semánticos. Sin olvidar que en España también había normas regionales claramente diferenciables, la lengua de los americanos de origen europeo seleccionó tonalidades, léxicos y estrategias que llevarían poco a poco a la entronización de su variante como la más perfecta del Imperio, según muchos autores criollos. Hasta ahora hay quienes creen que el mejor español se habla entre la gente “educada” de Lima. De ahí a la autocomplacencia de una superioridad racial y territorial el paso es corto, lo cual reafirma nuestra premisa inicial.
El cisma temprano que llevó a la autoexaltación criolla y hasta a compartir en determinados casos la hegemonía administrativa (como demuestra Lohmann Villena en la Audiencia de Lima durante el XVIII) configuró una prevalencia social y cultural que suele tener por expresiones burdas las recientes masacres de comunidades indígenas y la continua marginación, racismo y centralismo que se respira en el Perú, un país quizá compuesto de muchas naciones estratificadas, al menos diferenciables hasta mediados del siglo XX, aunque las naciones quechua y aimara sigan estando acorraladas por un cada vez más creciente mestizaje hispanohablante. Fue la “etnia lateral” criolla (usando la expresión del historiador inglés Anthony Smith) la que terminó cubriendo con un manto aparentemente democrático la profunda heterogeneidad de base que aún nos asalta.
Por supuesto que los procesos de movilidad regional y social han cambiado definitivamente el rostro del Perú desde las reformas velasquistas y las migraciones forzadas del decenio de 1980, aunque no de una manera absoluta. Esperemos que de esta hegemonía de estirpe criolla (enmascarada con un mestizaje ascendente) al verdadero sentido de “todas las sangres” no quede, pues, un trecho mucho más largo ni sangriento en la historia peruana.

(*) Profesor de la Universidad de Harvard (Estados Unidos)
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