| Etnicidades
y jerarquías del Perú actual
¿Todas las sangres?
El deseado horizontalismo
que implica el concepto de “todas las sangres”
se ha visto una y otra vez cuestionado por la práctica
de un sector privilegiado (denominado criollo) en el accionar
político y en el deterioro económico del resto
del país. Este ensayo explora los orígenes “étnicos”
de dicho grupo y su consiguiente dialéctica de reacomodamiento
frente a las mayorías indígenas, mestizas y
afroperuanas antes del inicio de la República.
Partamos de una premisa bastante conocida, aunque quizá
no suficientemente indagada: el Estado criollo fundado en
la Independencia fue producto de una larga trayectoria de
formación identitaria de carácter étnico
y exclusivista desde el siglo XVI. Aunque para muchos pueda
parecer excesivamente simplificadora, la premisa, sin embargo,
merece ser examinada en sus dimensiones históricas
más básicas. Quizá porque el discurso
oficial sobre una identidad peruana casi siempre ha estado
inclinado a privilegiar la homogeneización de las subjetividades
a partir de un solo polo (dominante), occidentalizándolas
aún más como supuesta vía hacia la modernidad.
Pensar en los orígenes del Estado criollo nos remite
necesariamente a ese sector temprano víctima de la
Corona española, que quiso anular y llegó a
disminuir los privilegios de sus padres conquistadores y encomenderos.
Para adquirir legitimidad discursiva, los criollos beneméritos
no podían dejar de apoyarse en su conocimiento de la
historia y la realidad indígenas, cuya presencia los
obligaba a delimitar sus aristas ideológicas del lado
de los peninsulares, pero a la vez los hacía dialogar
con su contexto para contraponerse a la creciente prevalencia
de los funcionarios de la Corona a partir de la decadencia
del sistema encomendero con las leyes nuevas de 1542. En resumen,
los criollos revelaban estar “fundidos” por encontrarse
en una situación de ambivalencia y no poder desentenderse
de la mayoría indígena ante la que indiscutiblemente
asumían una posición de superioridad. Se fueron
forjando algunas de las características de un grupo
de poder que, llegada la Independencia a principios del siglo
XIX, reafirmaría en la práctica (aunque ocultándolas
en el discurso jurídico oficial) sus distancias con
esas masas. De tal modo, se frustraba la posibilidad de un
Estado nacional según los modelos de la Ilustración
y el nacionalismo moderno, y se creaba una particular formación
sociopolítica de prevalencia “étnica”
y racial neoeuropea en un contexto radicalmente heterogéneo
y plurirracial. Para nadie es, pues, un secreto que el carácter
criollo de los Estados nacionales hispanoamericanos se encuentra
estrechamente ligado con la heterogeneidad de base que los
sustenta y a veces contradice. Cornejo Polar ya había
adelantado desde la década de 1970, y a través
de la crítica literaria, esta reflexión explicativa
de algunas obras cruzadas por orígenes y tiempos diversos.
¿En qué momento se jodió
el (criollo) Perú?
La vida de los criollos se desenvolvía de manera accidentada
desde sus años tempranos. Llegados a la mayoría
de edad hacia las décadas de 1550 y 1560, la primera
generación de criollos protagonizó el percance
de un bautismo insultante. Bernard Lavallé ha mostrado
cómo el término “criollo”, en su
primer registro peruano de 1567 referido a los hijos de españoles
en Indias, transgredía semánticamente su uso
original y fue extendido para los hijos de esclavos nacidos
fuera del África. Por eso, era común oír
hablar de un “negro criollo” o un “esclavo
criollo”, y hasta el día de hoy la replana discriminadora
incluye términos como “crolo” para referirse
a individuos de ascendencia afroperuana. No es difícil
imaginar que, aplicado el término en el siglo XVI a
personajes autoasumidamente blancos (y por añadidura
“limpios de sangre”), resultaba una inflexión
que marcaba un primer dislocamiento identitario de proporciones
imprevisibles, sobre todo porque muchos criollos crecían
con la sospecha de ser biológicamente mestizos. Según
los historiadores norteamericanos Stuart Schwartz y Elizabeth
Kuznesoff, podía haber habido una proporción
de 20 a 40 por ciento de mestizos asumidos como criollos por
sus padres españoles, al menos en las primeras generaciones.
La condición criolla no es, pues, necesariamente una
categoría racial, sino legal e identitaria. A eso añadamos
la lactancia frecuente en pechos indígenas o africanos,
la ingestión de aires, aguas, verduras, frutas y animales
locales, la familiaridad del trato con los hijos de la servidumbre
y tantas otras formas de “impurificación”.
A los ojos de muchos peninsulares de la época, todos
eran factores de alto riesgo para la confiabilidad de la altura
moral y hasta intelectual de esos neoespañoles nacidos
en Indias. Desde 1574 lo proclamaba el cosmógrafo-cronista
oficial de la Corona, Juan López de Velasco, al caracterizar
a los españoles baqueanos o de larga experiencia en
Indias y sus descendientes criollos de esta manera:
“Los españoles que pasan a aquellas partes y
están en ellas mucho tiempo, con la mutación
del cielo y el temperamento de las regiones aún no
dejan de recibir alguna diferencia en la color y calidad de
sus personas; pero los que nacen dellos, que llaman criollos,
y en todo son tenidos y habidos por españoles, conocidamente
salen ya diferenciados en la color y tamaño, porque
todos son grandes y la color algo baja declinando a la disposición
de la tierra; de donde se toma argumento, que en muchos años,
aunque los españoles no se hubiesen mezclado con los
naturales, volverían a ser como son ellos: y no solamente
en las calidades corporales se mudan, pero en las del ánimo
suelen seguir las del cuerpo, y mudando de él se alteran
también, o porque por haber pasado aquellas provincias
tantos espíritus inquietos y perdidos, el trato y conversación
ordinaria se ha depravado, y toca más presto a los
que menos fuerza de virtud tienen.”
La
disminución ontológica ejercida por los peninsulares
no podía ser menos evidente, condenando de antemano
a los criollos y baqueanos a ser simplemente indios en potencia,
por virtud de la prolongada exposición al medio.
El problema, sin embargo, no era únicamente racial
ni de sospechosas influencias dietéticas y culturales.
Había, sin duda, mucho más en juego. Las Indias
se perfilaban desde antes del rápido triunfo de Cortés
en México (1521) como el espacio de la movilidad social
acelerada para aquellos que se aventuraran en cualquiera de
las “entradas” (cacería de indios) o “poblaciones”
(fundación de pueblos con cabildo). Esto implicaba
exploraciones que podían dar resultados sorprendentes
según la riqueza del nuevo territorio y la sofisticación
de la cultura indígena invadida. Los primeros conquistadores
pasaron así a convertirse en encomenderos, es decir,
señores de la tierra según una antigua usanza
medieval. Pese a su abolición inicial en 1542, la encomienda
sobrevivió gracias a las protestas sangrientas de los
conquistadores. El rey tuvo que retroceder firmando la Ley
de Malinas de 1545 y admitiendo el paso de la encomienda a
una segunda vida. Y así hasta su abolición general
en 1718, cuando ya la encomienda había perdido vigencia
como institución económica. No dejó,
sin embargo, de haber espíritu de empresa privada ni
se soslayó la importancia de la extracción minera
y el comercio en la reconstitución de las elites criollas.
Sería imposible entender el fenómeno de la occidentalización
inicial de las Américas sin considerar los múltiples
factores premodernos y modernos que se enredaron en su trama.
De un modo u otro, estos peninsulares, en su mayoría
de origen plebeyo y provinciano (“espíritus inquietos
y perdidos”, los rotula López de Velasco), pasaron
a ocupar en poco tiempo lugares de suma importancia en la
vida social y económica de los nuevos territorios,
lo mismo que sus descendientes, aunque básicamente
en los primeros años. Los flamantes reinos de ultramar
se convirtieron así en pocos años en escenario
y factor de esta ampliación de las identidades hispanas.
Ante la arremetida de la Corona, sin embargo, imaginemos la
continuidad del reclamo paterno en los hijos que veían
desbaratado el esplendor de la edad dorada de la encomienda
y ellos puestos en posición percibidamente mendicante.
En carta del Procurador de los Pobres de la Ciudad de los
Reyes a Felipe II “en mano propia”, fechada el
12 de diciembre de 1588, se lee que “justamente piden
los necessitados de aca que les alcançe parte, mayormente,
siendo muchos dellos, hijos, hermanos y parientes de los que
las conquistaron y ganaron y a V. mag. han seruido y quedado
sin gratifficacion ni premio” (Archivo General de Indias,
Lima 32).
A la codicia desmedida de la que se acusó a sus padres
se sumaban los cargos de un espíritu relajado, levantisco,
pedilón e indisciplinado en los retoños. Para
ilustrar el caso, bastaría citar como ejemplo una carta
del virrey Conde del Villar dirigida desde Lima a Felipe II
y fechada el 12 de mayo de 1588, en que se lee:
“Pretensores ay gran numero en este Reyno porque como
los conquistadores y primeros pobladores han dejado hijos
cada uno de ellos pretende la gratificaçion entera
de lo que su padre sirvio los unos diçiendo que son
maiores y los otros neçessitados y las mugeres por
serlo y assi como van multiplicando los hijos y desçendientes
creçen los pretensores y porque lo son nuebos que nunca
siruieron ni tubieron merito sino que lo toman por entretenimiento
[…] de cualquier manera que se haga con ellos no es
possible contentarlos como se dessea y procura” (A.G.I.,
Lima 32).
“Somos lo
máximo”
Los criollos, por su lado, no dejaron de acusar recibo de
la fisura inicial con los advenedizos peninsulares y explayaron
sus quejas de manera que dejaban entrever una perspectiva
cargadamente melancólica. Se puede decir, por ello,
que en una primera generación se desarrolla una mirada
parcialmente fraccionada de la historia universal. Ésta
es en buena medida la perspectiva de Terrazas, Saavedra Guzmán,
González de Eslava, en México, y, en el Perú,
Pedro de Oña y hasta el Inca Garcilaso, quien no obstante
ser mestizo participó igualmente de la pérdida
de las posesiones paternas. Desde su punto de vista, la edad
de oro de las encomiendas había pasado; la burocratización
del Estado virreinal había traído oleadas de
peninsulares que no tenían más interés
que enriquecerse de una tierra y unos pueblos sometidos por
el esfuerzo de los padres conquistadores. Y a eso, no olvidemos,
hay que añadir el discurso peyorativo (desde el mismo
nombre de “criollos”). Esta falta de compensación
implicaba una violación de las leyes universales de
reconocimiento a los guerreros victoriosos (leyes honradas
en Roma y en la España medieval) y de los principios
del pactum subjectionis, pues la autoridad real no estaba
atendiendo a las necesidades de sus súbditos más
fieles ni de sus descendientes directos e inmediatos.
El cuadro del desencanto encuentra su contrapartida, sin embargo,
en la refutación del discurso peyorativo a través
de una rotunda afirmación étnica, geográfica
y climática. Basta recordar que a principios del siglo
XVII coinciden tanto en México como en el Perú
algunas voces que se encargan de establecer el necesario traslado
del axis mundi a tierras americanas.
En el caso peruano tenemos a las misteriosas poetas que tanto
en el “Discurso en loor de la poesía” (1608)
como en la epístola de “Amarilis a Belardo”
(1621) se encargan de infiltrar la mirada americana para proclamar,
respectivamente, que la poesía se ha trasladado rejuvenecida
a las regiones antárticas y que la progenie de los
conquistadores engrandece a España tanto o más
que la nobleza peninsular. El último año mencionado,
1621, atestigua también las afirmaciones del prominente
letrado huanuqueño Francisco Fernández de Córdoba
en su prólogo a la Historia de Nuestra Señora
de Copacabana, de fray Alonso Ramos Gavilán, respecto
de la “nobleza [española] mejorada” en
los beneméritos peruanos. Y ni qué decir del
extenso Memorial de historias del Nuevo Mundo Pirú
(1630), de Fray Buenaventura de Salinas, que no sólo
se dedica a exaltar hasta las máximas alturas las excelencias
de su natal Ciudad de los Reyes, sino también la de
la indiscutible capacidad de los criollos para mejorar la
situación de la población indígena y,
por lo tanto, contribuir más eficientemente al designio
imperial de una grey bien atendida en lo espiritual y lo temporal.
Estas rápidas pinceladas sobre el “criollismo
militante” y la agencia de su comunidad apenas pueden
darnos una vaga idea de la amplitud de su discurso. Sin embargo,
anotemos que los grupos criollos originales, los que se situarían
a una altura relativamente elevada dentro de la pirámide
social, es decir, los beneméritos o descendientes directos
de conquistadores, eran apenas alrededor de 703 en México
y alrededor de 500 en el Perú a principios del siglo
XVII. No se puede definir en toda su complejidad su discurso,
reformulado principalmente a través de la poesía
épica y las historias religiosas, si no atendemos al
carácter elitista de sus orígenes. Por eso,
insistamos aquí en que no pretendemos caracterizar
a todo el conjunto criollo, formado de aventureros pobres,
artesanos humildes, soldados de fortuna, mujeres desamparadas
y muchos otros poco favorecidos y harto descontentos, sino
principalmente a aquel sector que detentó el poderío
y prestigio de la letra desde ángulos discursivos aparentemente
predefinidos, y que anticipó algunas formas de conducta
que hasta hoy nos alcanzan.
En este sentido, la articulación entre criollos, escritura
y nación en el virreinato peruano debe encuadrarse
en coordenadas consistentes con el vehículo de expresión
que les sirvió en primer lugar para trazar las aristas
de su propia ontología. Esa letra que en el siglo XVI
permitió una difusión acelerada de ideas y entretenimientos,
empezando por el plano de la “lectura” aural (sin
duda, la forma de recepción mayoritaria en una población
casi totalmente analfabeta, incluso entre europeos); esa letra
repetidamente aparecida como elemento fatal que potenciaba
al máximo las estrategias de la dominación militar
a través de comunicaciones y cédulas; esa letra,
en fin, que Ángel Rama se ocupó tan bien de
explicar como ladrillo casi imperceptible, pero multiplicado,
del inmenso muro de la separación cultural entre europeos
e indígenas (La ciudad letrada, Caps. 1-3), era, por
su mismo prestigio, herramienta de las ansias, quejas, frustraciones,
exageraciones y negociaciones de los grupos que se disputaban
el predominio administrativo de las nuevas sociedades. Y esa
misma letra sería la que asentaría como espejo
modelador el imaginario de algunos de los hijos de los conquistadores.
De esa práctica importada nacería lo que con
el correr de los años ha venido a llamarse una primera
“escritura hispanoamericana”.
Sin
embargo, nunca está de más insistir en la arbitrariedad
reductiva de esa expresión. La letra no sólo
cumplió el conocido papel de dominación que
se le imputa (incluso hoy, cuando la occidentalización
de las Américas se ha reforzado merced a la tan mentada
globalización). La letra fue también vehículo
de configuraciones semióticas que le añadieron
ritmos novedosos y trasvases de sistemas significativos provenientes
de las lenguas y culturas nativas. Lo que en su primer momento
era sólo un dialecto corrupto del latín y luego
se convertiría en una de las primeras lenguas nacionales
europeas, pasó en pocas décadas después
del “descubrimiento” a adquirir una enorme riqueza
de normas regionales, léxico y variaciones híbridas
que excedieron largamente la ya de por sí histórica
heterogeneidad interna del castellano tras su largo contacto
con el árabe. A partir de 1492, con el intercambio
transatlántico, empiezan a gestarse inesperadas modalidades
de expresión escrita (y no mencionemos el universo
de las oralidades como ejemplo paradigmático de la
complejidad comunicativa). Si bien muchas de esas formas de
expresión quedaron ocultas, como el caso señero
de la Nueva coronica de Guaman Poma, solamente descubierta
en 1908, son relativamente desde temprano territorio de fusiones,
divergencias y creatividades hasta entonces impensadas. “Castellano
motoso”, “jerigonza bárbara”, “lenguaje
corrupto” constituyen sólo algunas de las etiquetas
endilgadas a los esfuerzos de los hablantes originales de
lenguas no castellanas al pretender atravesar los muros no
tan invisibles de la (castellana) ciudad letrada.
¿Y los criollos? Pues, aparentemente, se salvaban de
ese problema. Sin embargo, no olvidemos que los desprecios
recibidos de los peninsulares solían traer materiales
de contrabando. Ya no se trataba sólo de la potencial
idolatría de esos neoeuropeos con rastros difusos de
sangre o de conducta indígena, sino también
de las variaciones expresivas que los hacían diferenciarse
poco a poco del acento central castellano, radicalizando las
variantes regionales andaluza, extremeña y canaria
que escucharon de boca de sus padres y abuelos, y creando
de este modo otra razón para las recusaciones atlántico-orientales.
El incipiente “español de América”
(expresión algo abusiva, pues reduce las enormes diferencias
que hay entre las variantes argentina, cubana, mexicana, peruana,
etcétera del día de hoy a una sola entidad monolítica
y, peor aún, borra las diferencias en el interior de
cada país actual), ese “español”
que aprendieron como primera lengua las generaciones tempranas
de criollos ya no era exactamente el mismo que seguía
resonando en la península, ni siquiera en sus variantes
andaluzas y extremeñas. No lo era, al menos, después
de algunas generaciones en lo que se refiere a su prosodia
y a sus nuevos campos semánticos. Sin olvidar que en
España también había normas regionales
claramente diferenciables, la lengua de los americanos de
origen europeo seleccionó tonalidades, léxicos
y estrategias que llevarían poco a poco a la entronización
de su variante como la más perfecta del Imperio, según
muchos autores criollos. Hasta ahora hay quienes creen que
el mejor español se habla entre la gente “educada”
de Lima. De ahí a la autocomplacencia de una superioridad
racial y territorial el paso es corto, lo cual reafirma nuestra
premisa inicial.
El cisma temprano que llevó a la autoexaltación
criolla y hasta a compartir en determinados casos la hegemonía
administrativa (como demuestra Lohmann Villena en la Audiencia
de Lima durante el XVIII) configuró una prevalencia
social y cultural que suele tener por expresiones burdas las
recientes masacres de comunidades indígenas y la continua
marginación, racismo y centralismo que se respira en
el Perú, un país quizá compuesto de muchas
naciones estratificadas, al menos diferenciables hasta mediados
del siglo XX, aunque las naciones quechua y aimara sigan estando
acorraladas por un cada vez más creciente mestizaje
hispanohablante. Fue la “etnia lateral” criolla
(usando la expresión del historiador inglés
Anthony Smith) la que terminó cubriendo con un manto
aparentemente democrático la profunda heterogeneidad
de base que aún nos asalta.
Por supuesto que los procesos de movilidad regional y social
han cambiado definitivamente el rostro del Perú desde
las reformas velasquistas y las migraciones forzadas del decenio
de 1980, aunque no de una manera absoluta. Esperemos que de
esta hegemonía de estirpe criolla (enmascarada con
un mestizaje ascendente) al verdadero sentido de “todas
las sangres” no quede, pues, un trecho mucho más
largo ni sangriento en la historia peruana.
(*) Profesor de la Universidad de Harvard (Estados Unidos) |