| Nostalgia
de una utopía
Uno de los sucesos
fundamentales de la década pasada fue la destrucción
del muro que los líderes de la otrora República
Democrática Alemana (RDA) ordenaron construir en 1961.
Ese acto, que anunció al mundo la reunificación
alemana es todavía –como ha reconocido el jefe
del Gobierno alemán, Gerhard Schröder– una
aspiración. El autor del presente artículo constató,
en un viaje reciente a ese país, que un movimiento
cultural, denominado Ostalgie, ha surgido entre sus ciudadanos.
Un
sentimiento recorre Alemania y algunos países de Europa
Oriental: la nostalgia. Ese pesar causado por el recuerdo
de algún bien perdido es usualmente definido como individual,
pero se ha extendido tanto que algunos sociólogos lo
analizan ya como un movimiento cultural.
Es la nostalgia por un mundo y un pasado que –como todo
tiempo anterior– siempre parece mucho más hermoso
que el presente. El mundo “perfecto”, donde aparentemente
el empleo era seguro, la inflación estaba controlada,
los problemas raciales no existían, había acceso
a una casa digna y la educación se impartía
gratuitamente, es decir, una vida sin mayores sobresaltos.
A 14 años de la caída del muro de Berlín,
la nostalgia por la República Democrática Alemana
(RDA) está tan vigente entre millones de alemanes orientales
y muchos occidentales que ganó nombre y apellido: “Ostalgie”,
apócope de Ost (este) y Nostalgie (nostalgia).
Pieza clave en esta ola sentimental que embarga a aquellos
que vivieron bajo la órbita soviética ha sido
la exitosa película Good Bye Lenin (Adiós, Lenin).
Aún no estrenada en el Perú, este filme de Wolfgang
Becker narra la historia de un joven llamado Alex, cuya madre
entra en estado de coma al final de la década de 1980
para despertar después de la caída del muro
de Berlín y de la reunificación alemana. Para
salvarla de una muerte que los médicos anticipan, Alex
recrea en su departamento de 80 metros cuadrados un Ersatz,
una RDA artificial, en el que hacía escuchar a su madre
–una ferviente comunista– los programas de la
radio socialista, tomando un repugnante café, y pidiéndole
a los amigos que se hagan pasar por jóvenes del partido
y que la visiten e interpreten frente a ella canciones que
cuentan del paraíso de los trabajadores y campesinos.
Good
Bye Lenin, lanzada este año en Alemania y el resto
de Europa con gran éxito de público y recaudación,
encontró ese sentimiento en la cúspide de la
moda. “Existe una tensión entre el Este y el
Oeste”, reconoce Becker, al tratar de explicar la atención
inesperada y multitudinaria que causó su obra que se
perfila como candidata al Oscar a la Mejor Película
Extranjera. “Un alemán oriental podría
no hacer esta película (Good Bye Lenin), pues ellos
siempre tendrán que enfrentar la pregunta respecto
de lo que deberían haber hecho para cambiar el sistema.
Nosotros, en el lado occidental, no tenemos el mismo peso
de culpa. No tenemos el medio embutido de criticar el sistema,
pues nunca participamos de él”, agrega Becker,
quien nació en la occidental ciudad de Hemer, en Renania
del Norte-Westfalia.
Además de la película de Becker, los libros
que recuerdan infancias vividas en la Alemania oriental están
en la lista de los más vendidos. Símbolos comunistas
y camisetas con la sigla de la Deutsche Demokratische Republik
(DDR) se pusieron nuevamente de moda y existen hasta planes
para construir un parque de diversiones con símbolos
de la RDA.
La televisión no podía permanecer al margen
de este fenómeno cultural. Katherine Witt, de 37 años,
estrella de patinaje en las olimpiadas y un símbolo
oriental, ha comenzado a presentar un nuevo programa de televisión
llamado el Show de la RDA, que destaca el pasado socialista
de Alemania oriental. En el programa, Katherine, conocida
como el “más bello rostro del socialismo”,
entrevista a famosos actores y disidentes de Alemania oriental,
así como a políticos y astros del deporte.
Uno de sus primeros invitados fue Goiko Mitin, idolatrado
por los alemanes orientales, que se mudó de Serbia
a la RDA, cuando era un joven actor y saltó a la fama
con su primera película (El hijo del Gran Oso).
En el filme, Mitin hace el papel de piel roja. Al principio,
la película parece retratar exactamente el tipo de
conflicto (entre los indios dakota y los vaqueros norteamericanos)
que los amantes del género western reconocen con facilidad.
Sin embargo, hay una excepción: en los filmes de cowboys
de Alemania oriental los indios eran los buenos y, en el inevitable
tiroteo, los vaqueros se caían de los caballos, mientras
los pieles roja salían cabalgando ilesos. La película
fue un enorme éxito en su época: 10 millones,
de los 70 millones de habitantes de Alemania oriental, fueron
a verla cuando fue estrenada en 1966. Mitin continuó
haciendo otras 11 películas más de indios, participó
también en series dramáticas en la televisión
y actuó en el teatro.
En la ola de la Ostalgie, algunas películas como ésta
recibieron un nuevo aliento junto a los “ossies”
–alemanes orientales–, desilusionados de la cultura
occidental y nostálgicos de las cosas favoritas de
su infancia.
“Incluso después de tantos años, aún
encuentro personas que me dicen: ‘usted me dio la infancia”,
afirmó Mitin en declaraciones a la prensa alemana.
“Es tentador decir que todo era malo en el Este –las
restricciones a los viajes, las promesas no cumplidas–,
pero ahora nosotros podemos ver también las cosas positivas:
la seguridad social y el hecho de que todos teníamos
un lugar. No todo era tan malo.”
Estreno de lo viejo
El hijo del Gran Oso y centenas de otros filmes de Defa, “la
Hollywood detrás del muro” de Alemania oriental,
son distribuidos por Icestorm, cuya demanda por los clásicos
de la RDA aumentaron considerablemente en los últimos
años. Creada en 1997, Icestorm colocó más
de 400 películas clásicas y también dibujos
animados y programas de televisión en cintas de video
y DVD. Ese material se distribuye en tiendas de alquiler de
video y ha producido números que quebraron el récord
de alquiler de películas el año pasado.
“Cerca de dos tercios de las personas que ven esos filmes
son alemanes orientales, pero hay un número creciente
de alemanes occidentales que los ve también”,
explica la vocera de Icestorm, Brigitte Miesen. “La
cultura alemana oriental se transformó en moda y algunas
de esas películas ya habían alcanzado el status
de cult antes de la caída del muro.”
No sólo los clásicos recibieron un nuevo aliento.
Otras películas anteriormente prohibidas están
viendo la luz del día por primera vez. La compañía
revisa los archivos de la Defa y planea difundir una serie
de películas jamás vistas antes porque fueron
censuradas por el antiguo régimen. Uno de los primeros
filmes lanzados es Die Shönste (La más bella),
que cuenta las historias paralelas de dos jóvenes –en
dos lados separados de Alemania– que comparan sus vidas
con las de sus propias madres.
Por constituir un alto riesgo para las autoridades comunistas,
la película fue inmediatamente prohibida después
de su filmación en 1956. Los críticos de cine
alemanes saludan cada uno de los lanzamientos de esas películas
prohibidas como si fuesen verdaderos estrenos.
Pero no es sólo con las películas que las personas
expresan su nostalgia. En Berlín, existen ahora tiendas
alemanas orientales y numerosos vendedores ambulantes ofreciendo
aquello –desde fideos hasta dulces– que era elaborado
por las antiguas fábricas comunistas, todas esas cosas
a las que una generación entera se acostumbró
a consumir durante su infancia y adolescencia. Los jóvenes
berlineses que no recuerdan el antiguo régimen voltearon
también sus ojos para el Este, pero por razones diferentes.
Razones de
insatisfacción
Jorg Davis nació en el lado occidental, en una familia de trabajadores ferroviarios que viven en el lado oriental y que mantuvieron sus fuertes convicciones socialistas. Hace varios años comenzó a producir en su departamento camisetas con símbolos alemanes orientales y sus ventas crecieron a tal punto que ahora dirige una próspera compañía, con clientes en el resto de Alemania e incluso en otros países otrora comunistas. “No se trata de política. A pesar de su propia naturaleza, esos símbolos tienen una dinámica política intrínseca”, dice Davis. “Para los jóvenes, se transformó en una moda que al mismo tiempo es una declaración. Ellos quieren rebelarse. Quieren lo que está en onda, lo que es chic, para decir que ellos son ajenos al Estado, al sistema, que ellos se encuentran en su lado.”
Sucede que después de la orgía inicial, al saborear los frutos prohibidos del capitalismo, los alemanes orientales están aún insatisfechos y muchos parecieran querer volver a sus raíces. Alemania puede estar reunificada, pero con una tasa de desempleo de 19 por ciento en el lado oriental, o sea, casi el doble del índice occidental, las dos mitades del país aún no se integran plenamente. Al mismo tiempo, Berlín enfrenta grandes problemas con su reconversión industrial. La ciudad ha perdido tres cuartas partes de sus antiguos 400 mil puestos de trabajo industriales y hace años que no logra subirse al tren del progreso. Lo que progresa –o al menos no decrece– es la corrupción, los problemas raciales y malversación de fondos en la administración municipal.
La RDA era una ficción creada por la otrora Unión Soviética, tras la Segunda Guerra Mundial, y que pretendía transformarse en el “paraíso de los obreros y campesinos”. Debido a esto, los alemanes orientales ostentaban el mejor nivel de vida entre los países comunistas, poseían una “fábrica de campeones” (el deporte visto como un poderoso instrumento de propaganda), pero también la materialización de la visión negativa del Big Brother, de George Orwell, que se derrumbó como un castillo de naipes con la caída del muro de Berlín.
(*) Periodista. Trabajó en la cadena de noticias CNN, Atlanta, Estados Unidos.
Actualmente es director del Diario Oficial El Peruano. |