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AÑO DEL ESTADO DE DERECHO Y DE LA GOBERNABILIDAD DEMOCRÁTICA

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ENCUENTROS

Por:
Mario Vargas Llosa (*)

Una amistad, una literatura
La contienda por el rectorado de San Marcos entre Raúl Porras Barrenechea y Aurelio Miró Quesada, en la década de 1950, fue el trasfondo que permitió el encuentro entre nuestro más representativo novelista, Mario Vargas Llosa, y Luis Loayza. Precisamente, a partir de un manifiesto de respaldo a la figura pública de Porras, promovido por Vargas Llosa, esta amistad germinó. Las siguientes páginas, pertenecientes a su autobiografía El pez en el agua, nos permiten un perfil más cercano del autor de El avaro.

Gracias a este manifiesto conocí a quien sería uno de mis mejores amigos de esos años y me ayudaría mucho en mis primeros pasos como escritor. Habíamos entregado hojas con el manifiesto a distintas personas para que lo hicieran correr, y me advirtieron que un alumno de la Universidad Católica quería echar una mano. Se llamaba Luis Loayza. Le di una de la hojas y unos días después nos reunimos en el Cream Rica de la avenida Larco para que me entregara las firmas. Había conseguido sólo una: la suya. Era alto, de aire ido y desganado, dos o tres años mayor que yo, y aunque estudiaba derecho sólo le importaba la literatura. Había leído todos los libros y hablaba de autores que yo no sabía que existían –como Borges, al que citaba con frecuencia, o los mexicanos Rulfo y Arreola– y cuando yo saqué a relucir mi entusiasmo por Sartre y la literatura comprometida su reacción fue un bostezo de cocodrilo.

Nos vimos poco después, en su casa de la avenida Petit Thouars, donde me leyó unas prosas que publicaría, algún tiempo más tarde, en una edición no venal –El avaro (Lima, 1955)– y donde conversamos largo y tendido en su atestada biblioteca. Loayza, como Abelardo Oquendo, a quien sólo trataría después, serían mis mejores compañeros de aquellos años, los más afines en el campo intelectual.

Intercambiábamos y discutíamos libros, proyectos literarios y llegamos a constituir una cálida cofradía. Aparte de nuestra pasión por la literatura, con Lucho nuestras diferencias eran grandes en muchas cosas, y eso hacía que no nos aburriéramos, pues siempre teníamos algo sobre que polemizar. A diferencia de mí, siempre interesado por la política y capaz de apasionarme por cualquier cosa y entregarme a ella sin pensarlo dos veces, a Loayza la política lo aburría sobremanera y, en general, ése y todos los entusiasmos –salvo el de un buen libro– le merecían un burlón escepticismo. Estaba contra la dictadura, por supuesto, pero más por razones estéticas que políticas. Alguna vez lo arrastré a las manifestaciones-relámpago y en una de ellas, en el Parque Universitario, perdió un zapato: lo recuerdo corriendo a mi lado, sin perder la compostura, ante una carga a caballo de la Guardia Civil y preguntándome a media voz si hacer estas cosas era absolutamente indispensable. Mi admiración por Sartre y su tesis sobre el compromiso social lo aburrían a ratos y a ratos lo irritaban –él prefería, por supuesto, a Camus, porque era más artista y tenía mejor prosa que Sartre– y las despachaba con una ironía sibilina que me hacía aullar de indignación. Yo me vengaba atacando a su reverenciado Borges, llamándolo formalista, artepurista y hasta chien de garde de la burguesía. Las discusiones sartre-borgianas duraban horas y alguna vez hicieron que dejáramos de vernos y hablarnos varios días. Fue seguramente Loayza –o tal vez Abelardo, nunca lo supe– quien me puso el apodo con el que me tomaban el pelo: el sartrecillo valiente.

Fue por Loayza que leí a Borges, al principio con cierta reticencia –lo pura o excesivamente intelectual, lo que parece disociado de una muy directa experiencia vital me provoca un rechazo de entrada– pero con una sorpresa y curiosidad que me hacían siempre volver a él. Hasta que, poco a poco, a lo largo de meses y años, esa distancia se iría trocando en admiración. Y, además de Borges, a muchos autores latinoamericanos que, antes de mi amistad con Loayza, desconocía o, por pura ignorancia, desdeñaba. La lista sería muy larga, pero entre ellos figuraban Alfonso Reyes, Adolfo Bioy Casares, Juan José Arreola, Juan Rulfo y Octavio Paz, de quien Loayza descubrió un día un delgado cuadernillo que leímos en voz alta –Piedra de Sol–, y que nos llevó a buscar afanosamente libros suyos.

Mi desinterés por la literatura de América Latina –con la sola excepción de Neruda, al que leí siempre con devoción– antes de conocer a Lucho Loayza había sido total. Quizás en vez de desinterés debería decir hostilidad. Ello se debía a que la única literatura latinoamericana moderna que se estudiaba en la universidad y de la que se hablaba algo en las revistas y suplementos literarios era la indigenista o costumbrista, la de autores de novelas como Raza de bronce (Alcides Arguedas), Huasipungo (Jorge Icaza), La vorágine (Eustasio Rivera), Doña Bárbara (Rómulo Gallegos) o Don Segundo Sombra (Ricardo Güiraldes), o, incluso, la de Miguel Ángel Asturias.

Esa narrativa y la peruana de ese género yo la había leído por obligación, en las clases de San Marcos, y la detestaba, pues me parecía una caricatura provinciana y demagógica de lo que debía ser una buena novela. Porque en esos libros el paisaje tenía más importancia que las personas de carne y hueso (en dos de ellos, Don segundo sombra y La vorágine, la naturaleza terminaba tragándose a los héroes) y porque sus autores parecían desconocer las más elementales técnicas de cómo armar una historia, empezando por la coherencia del punto de vista: en ellas el narrador estaba siempre entrometiéndose y opinando aun cuando se lo supusiera invisible, y, además, esos estilos tan recargados y librescos –sobre todo en los diálogos– irrealizaban de tal modo unas historias que se suponía ocurrían entre gente ruda y primitiva que jamás llegaba a brotar en ellos la ilusión. Toda la llamada literatura indigenista era una sucesión de tópicos naturalistas y de una indigencia artística tan grande que uno tenía la impresión de que para los autores escribir buenas novelas consistía en buscar un “buen” tema –hechos insólitos y terribles– y escribir con palabrejas sacadas de los diccionarios, lo mas alejadas del habla común.

Lucho Loayza me hizo descubrir otra literatura latinoamericana, más urbana y cosmopolita, y también más elegante, que había surgido principalmente en México y en Argentina. Y, entonces, como él lo hacía, comencé a leer cada mes la revista Sur, de Victoria Ocampo, ventana abierta al mundo de la cultura, cuya llegada a Lima parecía sacudir la pobrecita ciudad con una cascada de ideas, debates, poemas, cuentos, ensayos, procedentes de todas las lenguas y culturas, y ponernos, a quienes la devorábamos, en el centro de la actualidad del planeta. Lo que hizo Victoria Ocampo con la revista Sur –y con ella, claro está, quienes colaboraron en esa aventura editorial, empezando por José Bianco– es algo que nunca podremos alabar bastante los hispanoamericanos de por lo menos tres generaciones. (Así se lo dije a Victoria Ocampo cuando la conocí, en 1966, en un congreso del PEN Club en Nueva York. Siempre recuerdo la alegría que me produjo, muchos años después de los que evoco, ver un texto mío publicado en esa revista que nos hacía vivir cada mes la ilusión de estar intelectualmente a la vanguardia de la época). En uno de esos números actuales o pasados de Sur que Loayza coleccionaba, leí la famosa polémica entre Sartre y Camus con motivo de la existencia de los campos de concentración de la Unión Soviética.

La amistad con Lucho, que se volvió pronto intimidad, no tenía que ver sólo con los libros y la vocación compartida. También con su amistad generosa y lo agradable que era pasar el rato con él oyéndolo hablar de jazz, que le encantaba, o de películas –nunca nos gustaban las mismas–, o rivalizar con él en el gran deporte nacional del raje, u observarlo componer sus prosas de lánguido y refinado esteta, au-dessus de la mêlée, con que le gustaba a veces entretener a sus amigos. En una época contrajo una divertida –pero incomodísima– somatización ética y estética: todo lo que le parecía feo o le merecía desprecio le provocaba náuseas. Era un verdadero riesgo ir con él a una exposición, una conferencia, un recital, un cine, o, simplemente, pararse en media calle a conversar con alguien, pues si la persona o función no calificaban, ahí mismo le venían las arcadas.

Lucho había conocido a aquellos autores latinoamericanos gracias a un profesor de la Católica, llegado no hacía mucho de Argentina: Luis Jaime Cisneros. Me enseñó un curso de literatura española, en San Marcos, pero sólo me hice amigo de él más tarde, gracias a Loayza y Oquendo. También Luis Jaime Cisneros tenía pasión por la enseñanza, y la ejercía más allá de las aulas, en un rincón de su biblioteca –en una quinta miraflorina, transversal de la avenida Pardo–, donde reunía a alumnos aficionados a la filología (su especialidad) y a la literatura, a los que prestaba libros (anotándolos, con fecha y título, en un enorme cuaderno de contabilidad). Luis Jaime era flaco, fino, cortés, pero lucía un airecillo pedante y perdonavidas para con sus colegas, lo que le ganó punzantes enemistades universitarias. Yo mismo tenía una imagen equivocada de él hasta que comencé a visitarlo y formar parte del pequeño círculo sobre el que Luis Jaime volcaba su cultura y su amistad.




(*) Novelista. Premio Cervantes 1994. Identidades agradece al autor la autorización para reproducir estas páginas.

(*) Chileno. Estudió el doctorado en Literatura Hispanoamericana en la Universidad de California, Berkeley, Estados Unidos.

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