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Por:
Luis Alvarado

LECTURA DE LUIS LOAYZA
El arte del ensayo
El trabajo ensayístico de Luis Loayza destaca por la agudeza de sus interpretaciones y la elaboración de su estilo. Lector de Borges, Kafka y De Quincey, de quien ha traducido casi toda su obra para la editorial madrileña Alianza Editorial, nuestro autor critica en sus textos, como también lo hace Sebastián Salazar Bondy, la herencia colonial que pervive en nuestra cultura.

Es mi propósito contextualizar la obra de Luis Aurelio Loayza (1934) explorando principalmente su faceta de ensayista. Loayza, miembro notable de la Generación del 50, comienza su labor propiamente literaria con unos textos que podríamos llamar con propiedad “ejercicios de estilo”. Estos textos son inclasificables, quiero decir, no pertenecen a un género literario definido, aunque acaso su más próximo referente sea la prosa poética.

La obra a la que nos referimos es El avaro (1955). Los paradigmas literarios de Loayza por aquella época (Kafka, Borges, Schwob) nos sirven insuficientemente, como sucede con toda influencia para penetrar en el halo de fatalidad y misterio que emana de estos textos fundacionales. Pueden ser leídos como parábolas; parábolas de la soledad y la incomunicación moderna. Nótese que mientras algunos miembros de su generación optaban por el neoindigenismo, como sería el caso de Manuel Scorza y Carlos Eduardo Zavaleta, otros, como Enrique Congrains, convierten en tema narrativo la marginalidad social, ya visible por los años de Odría, que son los años de Loayza y su generación, de esos íntimos amigos suyos que son Mario Vargas Llosa y Alberto Oquendo. Loayza nos propone con este breve libro una vía inédita para la lectura, es decir, la vía puramente literaria, y no la literatura entendida como documento o fachada de una labor proselitista. En este punto disiente con el joven Vargas Llosa, admirador de Sartre.

Sorprende un tanto que en El avaro figure un texto que no sintoniza con la perspectiva general del libro. Me refiero al “Retrato de Garcilaso”, en que Loayza, buen discípulo de Porras, sabe conjugar amenamente historia y literatura. La versión de la historia que aporta Loayza diverge sustancialmente de la versión oficial, que ha llegado a ser canónica y popular: la que asimilan los alumnos de secundaria. La versión de Porras –que dependía en buena medida de la interpretación de su maestro Riva Agüero– nos oculta todo el elemento conflictivo y desgarrador de la Conquista.

Loayza no sólo se niega a silenciar el conflicto, sino que lo resalta. En resumen, podemos decir que, al margen de la erudición histórica de Loayza, sabiamente dosificada, el “Retrato de Garcilaso” es simultáneamente un modelo de relato, en que la historia –hablando en términos puramente literarios– se engarza naturalmente con una trama singular.

En El sol de Lima (1974) sorprenden varios factores: la amplia curiosidad que trasciende el interés limitado por ciertas épocas y modas, el dominio magistral de la sintaxis (no olvidemos que Loayza es un notable traductor), la riqueza y precisión del vocabulario, la diáfana economía verbal (un arte de iniciados), la capacidad de síntesis y, por último, el hallazgo de la analogía feliz y oportuna. Asimismo, elude los alardes vanos de la pedantería. Loayza parece decirnos que el arte no consiste en ocultar los conocimientos, sino en transmitirlos oportunamente. Es, finalmente, asequible para lectores que no son “iniciados” en los artificios sutiles de la literatura “seria”. Como en el caso de Ribeyro, la modestia se conjuga con la sutil ironía, que nunca llega a confundirse con la fácil mordacidad. En El sol de Lima podemos ponderar la sensibilidad de Loayza hacia escritores muy disímiles en el tiempo y en el espacio. En Martín Adán encuentra la figura paradigmática del desclasado o del marginal. Él se refiere al primer Adán, el de La casa de cartón, nuestra primera novela vanguardista, y encuentra insuficiente la interpretación sociológica de Sánchez y Mariátegui.
Rescata a Valdelomar como un escritor que, por desgracia, no llegó a culminar sus latentes posibilidades creativas, pero que destaca, en un medio tan saturado de rencillas y envidias, como esencialmente ingenuo y bondadoso (una combinación peligrosa, dirán algunos). Al margen de su trascendencia como escritor, siempre nos quedará (sostiene Loayza y pensamos nosotros) la imagen del Valdelomar esteticista, el imitador de Óscar Wilde y autor de ingeniosos epigramas. Naturalmente, Valdelomar será recordado, entre otras cosas, por ser el provinciano que se impuso en Lima: esa otra Lima gazmoña y pacata por momentos, pero que finalmente se rendiría a los encantos de la belle époque y del Oncenio de Leguía.

Según Loayza: “Al duro ambiente limeño Valdelomar había opuesto una superficie bruñida de dandy. Pero hay otro Valdelomar, el verdadero, el central. Lo descubrimos, por ejemplo, en las cartas a su madre, en las que depone todas sus defensas.”

En su ensayo “Chocano y Luis Alberto Sánchez”, Loayza nos introduce con pericia en la historia de esa vieja amistad entre Chocano y Sánchez que se vería empañada por el trágico episodio del asesinato de Elimere. Como señala Loayza: “Chocano prefería la acción a la poesía; Sánchez, obligado a la acción, instaló en medio de ella su ejercicio de escritor”. Al analizar la biografía de Sánchez, confiesa Loayza: “Nos parece que a medida que avanzaba el trabajo Chocano fue decepcionando a Sánchez; aunque él no lo diga, tenemos la impresión de que, al ahondar en esta poesía, reconoció cada vez más en ella lo falso y lo inútil.”

En su ensayo “La poesía de Sebastián Salazar Bondy” rescata no sólo al poeta, sino también al hombre. Aquel espléndido animador cultural, de trato siempre amable, que tuvo que desdoblarse y logró una obra notable como poeta, dramaturgo, ensayista y cuentista. En una muestra de crítica textual para neófitos, Loayza nos hace ver que la imagen del poeta a la manera de Chocano había caducado para los lectores más exigentes y quedaba en pie más bien la figura de Eguren. Eguren sería el paradigma de los poetas de la década de 1950, como lo sería la poesía española de la Generación del 27 (el descubrimiento de Vallejo fue tardío). Principalmente, Loayza hace notar que la poesía de Salazar Bondy empieza exhibiendo las huellas de la “poesía pura”, aunque posteriormente se introduce en el elemento propiamente cotidiano, de la decantada solidaridad con el Perú y sus habitantes (no enfática por cierto). Un rasgo importante que conviene señalar es la sensibilidad de Loayza para ciertos rasgos que se podrían llamar coloniales en nuestra cultura. Unidos a estos rasgos están ciertas características de una suerte de psicología mesocrática limeña. Al leer el texto “Palma y el pasado”, por ejemplo, dice Loayza: “Palma excluye de sus cuentos el sufrimiento, pasa sobre él ligeramente, quiere ser amable y ameno a toda costa”. Loayza toma en cuenta la exégesis de Haya de la Torre, Sánchez y Mariátegui, pero formula una opinión propia: “Lo criollo no es solamente uno de los temas de Palma –tal vez, en última instancia el único tema–, sino también parte de su manera de ver, de su estilo.”

Pero, y aquí viene la pregunta fundamental, ¿qué entiende Loayza por criollismo? Nos lo explican algunos párrafos más adelante. La cita es extensa, pero conviene anotarla: “En efecto, el criollismo, que es, entre otras cosas, falta de respeto por las instituciones, individualismo egoísta, sensualidad no muy refinada, rechazo de todo intento de grandeza, terror al ridículo, incumplimiento de la palabra empeñada (y cito al azar algunos de sus rasgos más notables, de los que no sería difícil encontrar ejemplos en las Tradiciones), es quizá la expresión de un demos limeño, como afirma Mariátegui, pero expresión deformada por el colonialismo y el subdesarrollo.”

Insistiendo en el “factor colonial” de nuestra cultura –asevera Loayza–, con una frase lapidaria e irónica –en el capítulo “Aproximaciones a Garcilaso”–: “Garcilaso, que pasó casi toda su vida en España, estuvo siempre más cerca del Perú que el Lunarejo en el Cuzco”.

En dos ensayos (“Homenaje a Barnabuz” y “Vagamente dos peruanos”) explora Loayza, con la elegancia y acuciosidad que lo caracteriza, la imagen del peruano en Europa. Para un hombre cosmopolita y traductor de primera línea la empresa estaba acorde con su curiosidad.

Son personajes que aparecen en el imaginario del hombre occidental, representantes de una época en la que la palabra Perú era sinónimo de esplendor. El ensayo que da título al libro indaga en esa determinación común al occidental que piensa en nuestro país en términos exóticos, un tema que se presta a meditaciones multiculturalistas: ¿cuál es el centro de la cultura, quién puede determinar lo que es la periferia con rigurosidad?

En este libro Loayza también comenta “La agonía de Rasu Ñiti”, relato de José María Arguedas, que es un enfoque admirable de lo que significa ese otro mundo andino insertado en la compleja sociedad peruana. Pero la óptica de Loayza, aunque roza lo antropológico, no deja de ser literaria. De Arguedas dice lo siguiente: “Su literatura es algo más que un ejercicio elegante; al leerlo sentimos que la obra está respaldada por la experiencia, por toda la persona del creador. Un escritor auténtico no puede hacer otra cosa y nada hay más arriesgado”.

Creo que dos obras capitales de nuestro ensayo (disciplina difícil por el nivel de especialización de la vida moderna) son El sol de Lima y De lo barroco en el Perú. Mientras en El sol de Lima predomina la prudencia, una sana ironía, sentido común y objetividad en la medida de lo que es posible en el ámbito crítico, la obra de Adán es desmesurada, apasionada en el elogio y la diatriba, arbitraria y hermética, comparable en su barroquismo sólo con la de Lezama Lima. La exégesis de Sobre el 900 excede los límites del presente ensayo, una obra fundamental que confirma los logros de ese gran prosista que es Luis Loayza.


(*) Estudió literatura en la UNMSM. Prepara su tesis sobre la obra de Ventura García Calderón y la Generación del 900.

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