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LITERATURA Y POLÍTICA
Previo al derrumbe
Cuatro décadas después de su publicación, Una piel de serpiente, de Luis Loayza, expresa problemas como el oportunismo, la venta de conciencia y el rol del periodismo con sorprendente actualidad. Una obra poco
comprendida, pero de innegable valor artístico.
Una piel de serpiente (Lima, Populibros Peruanos, 1964, 120 pp.), de Luis Loayza, fue calificada por el narrador Miguel Gutiérrez de una de las novelas más aburridas de la literatura peruana. Nada más injusto si se trata de una definición peyorativa, pues es uno de los libros más interesantes.
En poco más de un centenar de páginas, Loayza ofrece lo que otros narradores no consiguen ni en más de mil. De seguro, ciertos factores no permitieron una mejor sintonía con el lector. Dato que hay que tomar en cuenta: un año antes de su publicación, su amigo de tiempos universitarios Mario Vargas Llosa sacó a luz La ciudad y los perros (1963), novela que motivó a críticos pensar que no emplear los saltos temporales, el monólogo interior y otros artificios técnicos era ser anticuado.
Cuatro décadas después, Una piel de serpiente resiste al tiempo por los temas que trata y, sobre todo, por su prosa bien trabajada, cristalina, de frases breves e impregnadas por un lenguaje estándar, casi sin jergas ni peruanismos, es decir, lejos del color local. Los diminutivos, muy propios del habla limeña, casi no existen en los diálogos de los personajes. Por ahí se encuentra un hermanito como forma familiar de dirigirse, pero eso no es la norma.
Para algunos lectores, la lentitud de las acciones puede resultar enojosa, pero hay que captar el estilo del narrador para apreciarlo. Frase como El sol había terminado de hundirse dejando entre las nubes una cicatriz enorme y extendida es un deleite. Es cierto que en esta llanura lingüística no se distingue el lenguaje de los personajes. En su novela Un mundo para Julius (1970), Alfredo Bryce Echenique demuestra maestría para llevar al papel lo que capta su oído sutil, lo cual le permite crear sujetos completamente independientes sólo con su modo de hablar.
El ritmo cadencioso de Loayza se encuentra en la antípoda si se compara con el de Vargas Llosa en Conversación en la Catedral (1969), obra que entrega una historia de un modo frenético, con decenas de voces de diversos escenarios en una página. Sin embargo, ambos libros tratan acerca de un grupo de jóvenes universitarios que publican una revista en contra de la dictadura de Manuel A. Odría. Un ama de casa, la madre de la arribista Carmen, pinta la situación en Una piel de serpiente: Todo sube, se queja y añade: La vida está carísima.
La novela sólo se centra en tres días de un verano durante los últimos días del régimen militar. Aparte del centro de la ciudad, se desarrolla en los distritos de clase media Barranco, Miraflores y San Isidro. Está claro que a Loayza no le interesa ofrecer el nuevo rostro de Lima, los barrios marginales, como sucede con sus colegas de la Generación del 50. También se muestra contrario a la novela total propugnada por Vargas Llosa.
El protagonista, Juan, conspira con un grupo de muchachos de la burguesía, pero con poca seriedad, a tal punto que sus acciones parecen un juego de niños. En cierto momento, piensa que su amigo Tito se volverá fascista cuando vuelva la democracia. El más lúcido de todos, Felipe, siente vergüenza por las acciones de sus compañeros: Cuando pasen todos estos líos lo más probable es que cada uno se vaya por su lado. El libro es sumamente pesimista en relación con el cambio, de ahí que algunos críticos de izquierda lo atacaran duramente. Todo lo que arriesgamos es que la Policía se quede con el periódico y nos haga dormir mal una noche. Nada más, considera el personaje principal. Lo escribe Loayza en tiempos de guerrillas, como el del Ejército de Liberación Nacional, al que perteneció el poeta Javier Heraud, muerto por fuerzas Gubernamentales en 1963. En resumen, Una piel de serpiente se centra en la oposición burguesa, la de derecha, y no la de los obreros.
El señor Arriaga califica de grave la situación política cuando se reúne con Juan. Por eso, decide prepararse para las próximas elecciones. Después de apoyar al régimen, y de aprovecharse de él económicamente, le da la espalda a la dictadura para acomodarse a los nuevos tiempos. Su intención es utilizar la revista que saca a duras penas el protagonista con sus amigos, liderados por Alfonso. Sin embargo, para éste lo primero que uno debe hacer es sobrevivir, sin importarle mucho la venta de su conciencia.
Felipe cree que la democracia poco cambiará las cosas; es muy pesimista con el futuro del país. Por lo menos los burgueses estarán más cómodos. Pero la gran mayoría de la gente de este país, que no come lo suficiente, ni se entera de quién está en el gobierno y para ellos nada cambia. La imagen final es la de un país en continua crisis.
El racismo, uno de los grandes males del Perú, se evidencia cuando golpean al líder sindical Julio Esnaola. No creerá que le vamos a pegar. Usted es una persona decente, de buena familia, le dice el jefe policial a Juan. En definitiva, no es lo mismo ser opositor con algo de dinero y blanco que un obrero mestizo sin amistades importantes. Al final, Juan llama con insistencia por teléfono, pero nadie le responde. Nunca se sabe a quién desea dirigirse. Sin duda, su actitud es simbólica.
A Loayza se le toma como un estilista, es decir, un escritor que se distingue por lo esmerado y elegante de su estilo. Sin embargo, es necesario señalar algunas frases infelices como dejó la ceniza de su cigarrillo en un cenicero o pleonasmos como pequeña mesita. En el segundo capítulo, Juan sube a un taxi, pero ocupado por tres pasajeros. Cosa rara. El narrador tal vez se confunde. ¿Acaso se trataba de un colectivo? Cuando el protagonista le pregunta a Alfonso si ha vuelto a hablar con el señor Arriaga, aquél responde: No, no lo he visto, es decir, le contesta otra cosa. ¿No, no he hablado con él hubiera sido mejor? La oración yo estoy esperando a algunos minutos de la universidad confunde. Quizá se trata de estudiante. Éstos son algunos de los descuidos del meticuloso narrador.
Como Los geniecillos dominicales (1965), de Julio Ramón Ribeyro, Los aprendices (1974), de Carlos Eduardo Zavaleta, y Conversación en la Catedral (1969), de Mario Vargas Llosa, Una piel de serpiente es una buena novela que tiene por tema de fondo la dictadura de Manuel A. Odría, período que marcó sin duda a los jóvenes narradores de entonces. Un libro que ofrece una Lima que empleaba aún el tranvía y el gramófono, una ciudad que cambiaría algunos elementos de su escenario, pero por desgracia no la trama política.
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