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APUNTES

Por:
María Regla Villa (*)

El guardián de la metáfora
Hablar de la poesía del escritor cubano José Lezama Lima es un reto. La compleja dimensión de sus textos y su concepción misma del género nos conducen a más de una interrogante. Lo que está claro en su vida es que privilegió ante todo la obra, centrando su atención en el descubrimiento de los misterios de la palabra metafórica.

Muchos calificativos se han adjuntado a la obra de José Lezama Lima: hermética, hiperbólica, barroca, ajena, oscura, impenetrable. Pero lo que es cierto es que nuestro autor demostró que la poesía “es un cuerpo resistente frente al tiempo” y que el poeta se presenta como el elegido, el instrumento o el medio para hacerla realidad.

La palabra como imagen, como sustancia pretende adueñarse de una realidad infinita. Con Lezama el lector no puede dejarse intimidar, no se puede sentir agredido con un verso voraz, barroco, deslumbrante. Con la misma fuerza que el autor lanza el desafío de la metáfora, el receptor debe entregarse a ella sin temores.

Pocos son y pocos serán siempre los buenos poetas, los verdaderos alfareros de la palabra. Y Lezama es uno de esos privilegiados.

Hay que recordar que el poeta comienza a escribir sus primeros textos en plena década de 1930: época difícil y sangrienta para el pueblo cubano. Pero si bien este período sirve para elevar a categoría estética al negro, al campesinado y al proletario, no es hasta la década de 1940 que un grupo de jóvenes repudia y se plantea superar, a través de su obra, la etapa formalista iniciada por Florit y Ballagas.

Insatisfecho con la experiencia estética de una poesía que no alcanzaba al subconsciente colectivo, Lezama buscó llegar a todos a través de las revistas que fundó y dirigió, entre ellas: Verbum (1937), Espuela de Plata (1939-1941) y Orígenes (1944-1957). Esta última fue considerada por Octavio Paz “la mejor revista del idioma”.

En cuanto a la poética del autor, hay que destacar que, a pesar de su subjetividad racional y hermética, sus poemas son reflejo de una vida custodiada por la figura femenina y que se expresa en la omnipresencia de su madre, de sus hermanas y, posteriormente, de su esposa María Luisa Bautista.

El ostracismo vivencial del poeta, la presencia-ausencia de su padre (fallecido cuando él sólo contaba con ocho años de edad), la añoranza eterna de una familia que sufrió el dolor del exilio por afiliarse a la causa revolucionaria de José Martí y que se relacionó con lo más representativo de la intelectualidad de la época fueron componentes de la materia prima de sus motivos literarios.

En la poética lezamiana la metáfora es la antesala de un mundo complejo e inagotable. Un mundo donde los sentimientos del ser humano, el despertar, el cuerpo, la luz, las vivencias, llegan al borde de ese abismo en donde delimitan lo demoníaco con la incertidumbre de un universo fragmentado en teorías poéticas que dan como summa total la desintegración y brusca ruptura del orden sintáctico y formal para crear una nueva realidad, más contradictoria y novedosa simultáneamente. Es, en fin, el resultado de un producto moldeado con preconcebida arbitrariedad.

Lezama supo encontrar la fórmula adecuada para decir. Halló un singular sentido del lenguaje plagado de un lujoso metaforismo. Veamos el siguiente ejemplo en que en apenas seis versos se da la licencia de presentar cincuenta y tres palabras: “Granizados toronjiles y ríos de velamen congelados / aguardan la señal de una mustia hoja de oro, / alzada en espiral, sobre el otoño de aguas tan hirvientes. / Dócil rubí queda suspirando en su fuga ya ascendiendo. / Ya el otoño recorre las islas no cuidadas, guarnecidas / islas y aislada paloma muda entre dos hojas enterradas...”.

Lezama plantea en toda su obra el contrapunto del hombre con sus posibilidades infinitas. En una ocasión declaró: “Yo creo que la maravilla del poema es que llega a crear un cuerpo, una sustancia resistente enclavada entre una metáfora que avanza creando infinitas conexiones y una imagen final que asegura la pervivencia de esa sustancia, de esa poiesis”.

Es curioso observar en la poesía de este polémico autor aristas que rompen con las trabas y los prejuicios que han intentado mantenerlo marginado. Observemos cómo el espacio y el tiempo en Lezama tienen un sentido circular. La historia nace y muere en la misma esencia del poema. Si bien es una poesía minuciosamente descriptiva, todo lo que se “cuenta”, todo cuanto “está”, habita un tiempo y un espacio concretos que por más turbio que pueda parecer pertenece a una realidad autónomamente definida por el poeta. La poesía para él es un torbellino que gira alrededor de un epicentro concreto, ajeno al caos delirante de lo suprarreal. Analicemos el siguiente fragmento del poema “Doble noche”: “La noche no logra terminar, / malhumorada permanece, / adormeciendo a los gatos y a las hojas. / Estar aprisionada entre dos globos de luces / y mantener como una cabellera / que se esparce infinitamente, / el oscuro capote de su misterio. / La noche nos agarra un pie / nos clava en un árbol, / cuando abrimos los ojos / ya no podemos ver al gato dormido. / El gato está escarbando la tierra, / ha fabricado un agujero húmedo. / Lo acariciamos con rapidez, / pero ha tenido tiempo para tapar / el agujero. Hace trampa / y esconde de nuevo a la noche”.

Si bien Lezama se caracteriza por desarrollar una estructura poética compleja, podemos ver que en gran parte de su obra culmina con un tono complaciente para el receptor. En “Muerte de Narciso” después de metáforas desafiantes, como “perfección que muere de rodillas”, “llama fría y lengua alfilereada” o “piel arponeada”, descubrimos la armonía en el último verso: “Así el espejo averiguó callado, así Narciso en pleamar fugó sin alas”.

El sistema estético

Lezama Lima es un creador de rigurosa formación estética. Entre los “demonios culturales” y “demonios bibliográficos” que condicionan su obra, podemos encontrar una intensa valoración de las conquistas expresivas del barroco, así como del pensamiento metafísico de épocas diversas: “Es uno de los misterios de la poesía –dice Lezama– la relación que hay entre lo análogo, o fuerza conectiva de la metáfora, que avanza creando lo que pudiéramos llamar el territorio substantivo de la poesía, con el final de este avance, a través de infinitas analogías, hasta donde se encuentra la imagen, que tiene una poderosa fuerza regresiva, capaz de cubrir esa substantividad”.

A través de esa integración misteriosa, el poeta llega al reino puro de la imagen y la metáfora desentrañando los elementos sustanciales de otra realidad: la realidad única del poema. Todo el universo de Lezama parte desde la poesía para retornar a ella, íntimamente obsesionado por la búsqueda de un imaginario territorio donde las palabras mueren para resucitar de nuevo.

El catolicismo de Lezama no obedece ni se condiciona a la tradición histórica de un pueblo, sino que es un hallazgo filosófico que se pone al servicio de su sistema poético. Él mismo recordará a sus entrevistadores su religiosidad mediante la estrofilla de San Juan de la Cruz que dice: “Religioso y estudiante, religioso por delante”.

El “hombre para la resurrección” se opone al “hombre para la muerte” de la filosofía existencial y le sirve singularmente a su concepto de imagen. Eso lo lleva a estudiar lo que llamó las eras imaginarias o de predominio de la imagen, idea que ha expuesto en diversos ensayos que son los más significativos de su obra.

Por la posibilidad infinita que observa en el virgo potens del catolicismo –si es que se puede engendrar un dios por sobrenaturales modos– llega a la conclusión de que esa posibilidad es la que tiene que encarnar la imagen. Así es que define finalmente a la poesía, en los términos de que “imagen alcanzada por el hombre de la resurrección”. El católico vive en lo sobrenatural, pues está seducido por el intento de substantivizar la fe, de encontrar una substancia de lo invisible, de lo inaudible, de lo inasible, y esta natural seducción por lo inasible, dentro de la poesía, constituye un mundo de rotunda y vigente significación.

En 1932 conoció al poeta Ángel Gaztelu, quien estudiaba para sacerdote y va orientando a Lezama Lima hacia libros de teología que éste combina con otros de historia y de doctrinas místicas orientales. Gaztelu (Verbum, núm. 3, nov. 1937) saluda al poeta “que tal vez sea en Cuba el más alto y atrevido intento de llevar la poesía a su desligamiento y región sustantiva y absoluta en virtud y gracia de esa esencial y mágica deidad de la metáfora...”

Su sistema poético desde entonces se desenvuelve dentro de la historia de la cultura y de la imagen, donde el hombre creyente demuestra que necesita aprehender la caridad y gracias a ella puede creerlo todo, llegando a habitar en un piélago sobrenatural pleno de significaciones. Uno de sus más sorprendentes postulados es que “se puede comprender sin entender”. La imagen para Lezama es naturaleza sustituida, no mero calco y copia de lo real, ni tampoco severa racionalización del entorno. El autor de Paradiso recuerda que Aristóteles aclara este concepto cuando dice que Esquilo se proponía “alcanzar más una sorpresa maravillosa que una ilusión realista”. Nos dice Lezama: “No es bueno que el hombre no vea nada, no es bueno tampoco que vea lo bastante para creer que posee, sino que tan sólo vea lo suficiente para conocer que ha perdido. Es bueno ver y no ver; esto es precisamente el estado de naturaleza”.

Ya en la presentación de Orígenes se empeñó en subrayar esto. Quería que la poesía publicada en esta revista fuera una poesía de retorno a los conjuros, a los rituales, al ceremonial viviente del hombre primitivo.

Las variantes de la palabra, según la tesis pitagórica recogida por Lezama, se reducen a tres: la palabra simple, la jeroglífica y la simbólica. En otros términos, el verbo que expresa, el que oculta y el que significa. El poeta debe manejar todas las variantes de Pitágoras, pero también debe ir más allá de ellas; logrando la expresión supra verbal, que es en realidad la palabra en sus tres dimensiones: expresividad, ocultamiento y signo. Diría Lezama que hay una “cuarta palabra” que es patrimonio exclusivo de la poesía. Una palabra que él mismo rehúye nombrar, que, basada en las progresiones de la imagen y la metáfora, y en la resistencia de la imagen, asegura el cuerpo de la poesía.

Juan Ramón Jiménez, cuando visita La Habana y conoce a José Lezama Lima, iniciará con él una profunda amistad fundada en el asombro. No es casual que el autor de Platero y yo reconozca, además de las cualidades del bohemio amante de la tertulia, la riqueza de conocimientos que lo hacen esotérico dentro del verbo: “Con usted, amigo Lezama, tan despierto, tan ávido, tan lleno, se puede seguir hablando de poesía siempre, sin agotamiento ni cansancio, aunque no entendamos a veces su abundante noción, ni su expresión borbotante”.

“Sólo lo difícil es estimulante”, afirmó más de una vez el autor de Oppiano Licario; con esa misma vocación por desentrañar los secretos de su arte, invitamos al público a conocerlo y a complacerse dentro de una aventura verbal inigualable.


(*) Estudió filosofía en la Facultad de Teología y Filosofía Civil de Lima. Se dedica a la docencia universitaria.