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Doble poesía
Villacorta tiende a la concisión. Su lenguaje sigue la senda de buscar caminos diferentes a la retórica conversacional.
Acabo de leer dos libros de poesía relativamente recientes, de dos distintos autores peruanos. Por edad, corresponden a la última promoción de los escritores de la década de 1990: Victoria Guerrero (1971), quien estudia en Estados Unidos y coedita con Enrique Bernales, su esposo la novísima e interesante revista Intermezzo Tropical, y Carlos Villacorta (1976), quien junto con Bernales fue parte del fugaz grupo de poesía Inmanencia, nacido en los fértiles (para la poesía) claustros de la Universidad Católica.
Carlos Villacorta ha publicado un breve, curioso y buen segundo libro individual (antes también publicó colectivamente en el mencionado grupo Inmanencia): Tríptico (2003). Con un diseño de azul eléctrico, casi un CD de música electrónica, se compone de tres partes unidas por una voz agónica, que lo asemeja al libro de Victoria Guerrero; con la diferencia de que en éste Villacorta no tiende a los extremos descarnados del de Guerrero. Más bien, la poesía de Villacorta tiende a la concisión. Su lenguaje cintinúa la senda de buscar caminos diferentes a la retórica conversacional, y, en general, lo hace con buen sentido de lo que desea expresar. Cierto tono eielsoniano del Eielson de Reinos, sobre todo recorre el conjunto; aunque mucho menos desgarrado, lo que no excluye un juvenil y fresco sentimiento de corte, marginalidad y soledad respecto al entorno urbano:
Tendidos en esta calle, decidimos abandonarnos en el laberinto / para nombrar en algún lenguaje la coraza de nuestros cuerpos. / Ahora me alejo y escribo en la ciudad decapitada / con su cabeza tambaleándose en mis brazos / con el pétreo muro de sus ruina (Medea en la ciudad). Ello no excluye cierta sensualidad, ya que la presencia del cuerpo segmentado, disperso es también una constante, como en el buen poema En el Infierno. La última parte es el resultado de un interesante ejercicio de re-creación: tres poemas mínimos que son interpretaciones libres de tres pinturas clásicas; de Goya, Picasso y Brueghel. Pero esta suerte de juguetes verbales se une naturalmente al resto del libro, ya que se sostiene el mismo tono y dirección (¿disección?): el de una conciencia solitaria en medio de un entorno que la desola, un entorno misterioso o, en el peor de los casos, vacío de sentido. Sólo una conciencia puede quizás otorgarle alguno, como en ese bello poema Visión del mar agitado (perro): Nuevamente observa Argos en las estrías del mar / alguna voz que se llame amo. / (...) / El perro intuye en su corazón, / que lo que fluye no puede habitar. Por eso / espera inútil ante esta fauce de la gran nada / su retorno.
Al igual que este último libro, el de Victoria Guerrero, El mar, ese oscuro porvenir (2002), tiene la característica de mantener una unidad en la voz, el tono y, por qué no decirlo, los objetivos y estrategias del lenguaje. Es interesante, porque no es algo siempre fácil de lograr, más aun si se trata de un libro con varios poemas.
Este tercero de Guerrero asienta su voz en un camino abierto por algunas poetas anteriores, es decir, poner al centro el cuerpo individual para que, a partir de su desmembramiento y autoconciencia negativa, se dé una suerte de expiación. Y toda expiación procura alcanzar un todo de plenitud y gracia (sin des); algo que en este libro no se concluye.
Victoria Guerrero es una voz poética con fuerza y remarcable poder imaginativo, lo que le posibilita abordar descarnadamente los diferentes tópicos que ha elegido. Hay, por ello, una abierta voluntad de animalizar (o mejor: sacar el animal que llevamos) la voz humana presente en estos poemas. Pero tal poética no es en balde, sino que como queda dicho revela siempre un sentido expiatorio, de limpiar. De tal modo que bien se puede afirmar que estamos ante una agonía existencial, valga la redundancia. E insuflada de sensualidad herida y alto sentido lírico. Cualquier poema evidencia ello, pero algunos destacables como Celebración o A través de una ventana... tienen como personajes a moscas que simbolizan un entorno en descomposición. Lo mismo ocurre en Contemplación, en el que hay una esperanza trunca en hallar otro paisaje redentor: el ojo de una rata me observa / su único ojo rojo me mira / y yo miro la oquedad de su ojo izquierdo / por ese hoyo tal vez se pudiesen entrever / otros mares de arena otras orillas.
Sin embargo, es una esperanza anhelada y quizá por eso aparecen reiterados ojos que buscan o fisgonean tras cerraduras en algunos poemas de este libro, o hay mensajes enviados a quien no escucha como en el poema Oh navegadora, o luces y silencios que, de tanto ser, obnubilan, confunden, como en Ocaso.
Un poema donde esta esperanza se acerca más y se corporeiza en la infancia es Mar de risas, de título destacable sobre los otros. Aquí se centra la plenitud y armonía en una dulce niña recién parida, y en sus versos se intercala la redención y renacimiento de la voz poética con la constante de flagelo y heridas. Esa esperanza que titila entre ambos extremos es lo que encierra el oscuro porvenir del mar que fabula Victoria Guerrero en este buen libro. Del momentáneo fracaso en ese camino da cuenta también el último poema: el centro de pura luz / es su sacrificio (...) / sin embargo / todavía no es posible hablar / con las manos ensangrentadas / detrás de nuestras lágrimas (Sacrificio). El libro se cierra potenciando el gesto testimonial, vitalista, al publicar Dos cartas: una a su esposo y otra titulada Al amable carnicero, lo que es o un curioso paralelo o una reveladora antinomia. La última carta recuerda la película Delicatessen, en la que hay un cruel carnicero que mata seres humanos. En ese paisaje decadente, común a la carta que cierra este libro, la voz poética habla del amor a partir de un cuerpo y un alma ensangrentado, desollado, capturado.
Siempre es interesante esperar qué viene a continuación en el camino de nuevos autores. Por lo mismo, es de esperar nuevos logros, hervores y horizontes en el camino de estos dos poetas que así ingresan a este humeante y despiadado milenio. Dios te salve María (que rimas con Poesía).
(*) Poeta. Licenciado en Literatura por la PUCP.
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