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Retrato de José Emilio Pacheco
José Emilio Pacheco (1939) es actualmente el poeta mexicano más importante. Es autor de No me preguntes cómo pasa el tiempo (1969), Irás y no volverás (1973), Islas a la deriva (1976) y Trabajos en el mar (1983), entre otros, reunidos en el volumen Tarde o temprano. Hace pocas semanas le fue otorgado el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda.
Otorgar el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda a José Emilio Pacheco debe haber sido la decisión más pronta que ha tomado jurado alguno. Con Carlos Fuentes, Jaime Concha y José Weinstein, ministro de Cultura de Chile, me tocó formar parte de ese juicio unánime que consagra la unanimidad de Pacheco. Siendo ésta la primera edición de un premio instituido por el Gobierno de Chile para celebrar la memoria de Neruda, con cuyo centenario coincide, la nominación de Pacheco se nos apareció como propicia y feliz.
Pacheco, conviene recordarlo, ha sido uno de los primeros poetas latinoamericanos libre de la obligación de superar a Neruda. No ha practicado el parricidio y su obra es una puntual actualización de la memoria poética. La suya es una poesía que reconstruye la casa de la tradición literaria no como un museo, sino como un espacio de relevos. Eludiendo la monumentalidad del vate nacional, cualquiera que éste sea, Pacheco ha preferido encontrar en los poetas mayores la fidelidad al instante, esa pasión civilizada por las formas de la actualidad. Su obra elude los mapas dominantes y propone un levantamiento de tránsito y paraje. En su poesía el lector siempre encuentra, por eso, su lugar más pleno, el de paso.
Cuando Borges explicó, a propósito de Kafka, que los grandes escritores inventan a sus precursores, quiso decir que tras toda obra mayor hay una biblioteca. Esos libros llevan el nuevo orden que releva todos los órdenes anteriores. Aunque la idea es brillante, es también melancólica: supone que la página que leemos remite al pasado y que se debe a esa filiación de origen. Pacheco, en cambio, viene de todas partes y no tributa el arbusto familiar. La biblioteca que presupone es la Biblioteca misma. No como su genealogía obligatoria, sino como su mejor heredad. Por lo tanto, esta Biblioteca tiene todas sus hojas abiertas: buscan ser devoradas por la lectura para saberse vivas. Las genealogías son panteones de la lectura consagrada.
La heredad, en cambio, es un bien transferido: los mejores poemas acontecen en el presente y se remiten al devenir, a esa orilla de futuro donde nos siguen citando. Heredero de la gran poesía, Pacheco escribe en sus márgenes, en la poesía fugaz del día, cuyos poderes asumen la precariedad del hoy transitivo. Nos cede, así, la encomienda del relevo, gracias a lo cual el poema es también nuestro. Lo fugaz, nos dice, es lo más vivo, el turno de lo distintivo.
Neruda no sería un precursor de Pacheco, pero sí parte de la geografía de su poesía. Es cierto que Pacheco habla al margen de la historia heroica, pero busca, en cambio, que la poesía forme parte de la esfera pública, allí donde las formas comunicativas debaten el sentido de la comunidad y la política de las interpretaciones.
Su poesía es una actividad civil y tiene su lugar en la polis, en el foro de los ciudadanos que todavía creen que el lenguaje es un organismo vivo, capaz de certidumbre y salud. Neruda buscó en el bosque americano los signos de una historia social que nos diera residencia en la tierra; esto es, capaz de articular la naturaleza pródiga y la cultura solidaria, el sujeto redimido y la sociedad justa. Pacheco, más bien, convierte al gran himno nerudiano en una conversación. Probablemente nos dice que el lenguaje es casi la última naturaleza no confiscada, cuya función, por eso mismo, es más definitiva. Neruda quizá escribía para siempre. O, al menos, para la memoria duradera. Pacheco lo hace para la memoria que cabe entre las manos. Entre el optimismo de Neruda y el escepticismo de Pacheco hemos perdido un mundo, pero también hemos ganado otro, más vulnerable y, por eso mismo, no menos precioso.
El profesor Harold Bloom se permitió creer que Borges había satirizado a Neruda en su cuento El Aleph, al representarlo en la figura de Carlos Argentino, cuya poesía ingenua se cree capaz de dar cuenta de la realidad entera. Pero Neruda estaba lejos de esa ingenuidad porque su poesía busca al mundo en el himno, y es una transposición de la materia en lenguaje y de la historia en mito. No en vano era un romántico social, es decir, un poeta dotado con la elocuencia de convertir en palabra celebratoria o impugnadora los bienes y los males de su tiempo. Pero Bloom también es el autor de una modesta tesis (la ansiedad de influencia), contraria a la que expuso Borges sobre los precursores. Según esta tesis, todo poeta empieza escribiendo con un acto parricida: requiere matar al padre literario para adquirir su propia voz. Este psicoanálisis de bolsillo, sin embargo, pone un peso excesivo en los orígenes y los modelos, descontando la posibilidad de un relevo más dialogado, menos traumático. No en vano el propio Pacheco ha sentido la necesidad de responder al crítico: Al doctor Harold Bloom lamento decirle / Que repudio lo que él llamó la ansiedad de las influencias. / Yo no quiero matar a López Velarde ni a Gorostiza ni a Paz ni a Sabines. / Por el contrario. / No podría escribir ni sabría qué hacer. / En el caso imposible de que no existieran / Zozobra, Muerte sin fin, Piedra de sol, Recuento de poemas (Contra Harold Bloom).
Debajo de esta declaración de principios corre la poesía de José Emilio Pacheco como la voz de la tradición relevada por su propia continuidad. Es una voz que acarrea las resonancias de los grandes poetas de la comarca, pero también la reverberación de los poetas de la lengua grande, la española, pero, asimismo, la lengua franca de la poesía en cualquier idioma. No estamos ya aquí ante la tradición de la ruptura que Octavio Paz conceptualizó como el proceso de cambio constitutivo de la poética hispanoamericana. Esa tradición de invenciones es, en Pacheco, proseguida por cada voz que la recibe en herencia, encomienda y encargo. El poeta es el heredero, el poema la encomienda, y el lector el encargado de actualizar la biografía del lenguaje.
Gracias a la obra de José Emilio Pacheco, nuestra fugacidad se ha hecho memorable. Y, como en la mayor lección de Pablo Neruda, reverbera a favor de las palabras.
(*) Profesor de literatura hispánica en la Universidad de Brown.
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