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AÑO DEL ESTADO DE DERECHO Y DE LA GOBERNABILIDAD DEMOCRÁTICA

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ENSAYO

Por:
Miguel Gomes (*)

TITO MATAMALA
La salvación colectiva
En la tradición hispanoamericana moderna, el arte tenía una misión doble: formar la nacionalidad y fortalecer una conciencia colectiva acerca de la justicia. Sin embargo, las alegorías del escritor chileno Tito Matamala ironizan ese imperativo al constatar su fracaso ético.

Hacia 1964, en una sección de Apocalittici e integrati, Umberto Eco traía a colación el caso de Playboy como ejemplo pertinente de cierto tipo de Kitsch. La revista, como sabemos, se especializa en ofrecer fotos de mujeres desnudas en poses más o menos insinuantes. El “mal gusto” que encarna la publicación, su aparente belleza con médula mercenaria, no se explica, sin embargo, porque la excelencia técnica de sus fotos tenga fines pornográficos (eso sería condenable sólo desde una óptica moralista), sino porque dichos fines suelen encubrirse con un maquillaje intelectual de “buenos” artículos y entrevistas: nombres tan prestigiosos como los de Margaret Atwood o Gabriel García Márquez han figurado junto con los de las conejitas –y no para el provecho de las nobles causas que han defendido la canadiense o el colombiano.

El campo cultural en Hispanoamérica

Lo que Eco señala de Playboy y su dualidad estratégica –creo– no dista demasiado de ciertas ambivalencias que signan, en Hispanoamérica, aquello que Pierre Bourdieu denominaría campo cultural, el sector de la sociedad que reclama una relativa autonomía y, por tanto, una cuota de poder para quienes están involucrados en el proceso de producción y recepción de objetos culturales regulados por las normas de propiedad que la noción de autor supone. El discurso doble usual en la tradición hispanoamericana moderna podría resumirse de la siguiente manera: el arte debe tener por misión principal la formación de la nacionalidad y el fortalecimiento de la conciencia colectiva de justicia. Una formulación temprana sería la de los “libertadores intelectuales” como Bello u Olmedo o la de escritores posteriores como Echeverría que jamás ocultaron la homología de las letras y la acción política. Desde los planteamientos neoclásicos y románticos a los que me refiero, cada nuevo movimiento literario ha variado según su idiosincrasia esa creencia (u otras muy afines); los resultados concretos, no obstante, no son patentes o, a lo sumo, aceptan ser un asunto discutible. El rezago de nuestros países sigue siendo notorio, aun más que en el momento de la Independencia; la ineficacia de muchas de sus instituciones se observa sin esfuerzo, con el agregado de que el escritor que se ha postulado a sí mismo como “partícipe” y “responsable” en incontables oportunidades podría identificarse como miembro de los sectores políticos o económicos dirigentes que han contribuido a prolongar las viejas injusticias. Esos “partícipes” o “responsables” no han dejado de pertenecer, pese a sus sonoros golpes de pecho, a aquello que Ángel Rama denominó ciudad letrada. Y la duplicidad imperante en nuestro campo cultural se complica hasta casi dejar atrás lo dual cuando se advierte que, además de no cumplir con la “gran misión”, numerosos artistas consagrados tampoco han sido exigentes con las “pequeñas misiones”, algunas de las cuales distinguen la obra de arte de instrumentos de intervención en la sociedad innegablemente efectivos como pueden serlo, para no ir muy lejos, una cartilla o un decreto.

Por fortuna, las postrimerías del siglo XX vieron aparecer un grupo más o menos nutrido de escritores que han cuestionado esa estafa ética. Ana Lydia Vega, que somete al ridículo y la indeterminación las imaginerías usuales en las alegorías de la redención patria (ella misma, en algún ensayo, las llama las “grandes metáforas”), o César Aira, que al sentido de humor de Vega añade roces francos con el absurdo, son dos exponentes memorables de la tendencia. Y en esa familia literaria podríamos colocar a Tito Matamala.

Fragmentos de la ciudad letrada

Hoy recuerdo la tarde en que le vendí mi alma al diablo (era miércoles y llovía elefantes) (Mondadori, 1995), que lo dio a conocer en Chile, y De cómo llegué a trabajar para Carlos Cardoen (Mondadori, 1996), que confirmó la solidez de su proyecto narrativo, comparten una actitud distanciada respecto de los tics salvacionistas que se han canonizado en Hispanoamérica. En el caso de la nouvelle de 1995, la fabulación de un “despecho” y los excesos etílicos que alcanzan dimensiones metafísicas o míticas (la “sed” de los personajes y la sequedad del alma en una ciudad fantasmal recuerdan explícitamente el ciclo del Grial) enriquecen el repertorio temático usual de los narradores interesados en asuntos colectivos, puesto que ningún sermón se agazapa tras este retrato de una generación (la todavía joven de Matamala). O si hay “discurso” en este “ejemplo” (para retomar un vocabulario antiguo), la lección radicaría en algo que sí está en manos del artista: una ética del lenguaje. De hecho, la literatura puede curar la Psique herida por la sequía: el período largo, a veces desbordado del narrador que escribe en su libreta es la respuesta al vacío o la ausencia. En la novela de 1996, aunque homenajee la literatura costumbrista, el desparpajo y la exageración caricaturesca (de nuevo la práctica especular: el protagonista se gana la vida dibujando caricaturas para el periódico y el mecenas siniestro que anuncia el título) liquidan todo intento de una exégesis confiable o que conduzca a lecturas formadoras. Me explico: el potencial está allí, pero la incertidumbre lúdica permite al lector fluctuar entre diversas interpretaciones que enriquecen su captación del hecho literario y lo invitan a ejercitar la imaginación.

La nouvelle más reciente de Matamala, El ministro del interior es plastimodelista (1), constituye una curiosa síntesis de los hallazgos expresivos de sus dos libros previos; nos revela a un autor en posesión de su estilo y, hasta donde es posible tratándose de literatura, de sus creencias (que arremeten a lo que pueda haber de afán de poder en el solo hecho de creer en algo).

Al igual que en Hoy recuerdo... o De cómo llegué… encontramos aquí la caricatura, con momentos en los que cooperan la onomástica y la convergencia distónica tanto de lo coloquial y lo culto como de lo sublime y lo (subrepticiamente) grotesco, a lo que se añade la fértil locuacidad que entrecruza voces o planos temporales:

“El lunes siguiente otra vez estuve de vuelta en mi piso de Pelantaro, luego de agarrar un taxi en Dichato y prometerle a Cindirella que regresaría pronto, amor mío, que sólo necesitaba un poco de orden en mi cabeza para continuar con mis despachos.

–Yo a usted lo ubico –me comentó el taxista mirándome por su espejo retrovisor cuando pasábamos por Tomé.

–¿Sí? Es que soy actor de teleseries.

–¡No me diga! Por eso me sonaba conocido, ¿y en cuál ha actuado?

–En La desgracia, no sé si la vio.

–Eh… no –y se quedó callado, para mi regocijo. Sólo hay una cosa peor que un taxista parlanchín: un peluquero parlanchín”.

No menos, El ministro… se caracteriza por ser, como sus antecesores, un híbrido de géneros. Si Hoy recuerdo… fluctuaba entre la fantasía onírica y la atención que la novela de formación presta al dato psicológico, y si De cómo llegué… combina también la novela de formación con el lance de pícaros o el cuadro a la Jotabeche, el título más reciente de Matamala agrega al costumbrismo la circunstancia detectivesca y, a ésta, lo kafkiano.

El narrador, Gabriel Almonacid (descendiente, seguramente, de Cide Hamete Benengeli), se ve implicado en una maraña de rumores acerca de la afición de un burócrata mayor por una actividad prohibida, el plastimodelismo. Poco a poco, a medida que la intriga se adensa, lo disparatado deja entrever las rutas que conducen a una lógica profunda. En ella, lo alegórico no sólo se presenta, sino que se multiplica hasta obligarnos a sospechar de la necesidad misma que sentimos de buscar tales lecturas.

En primer lugar, es posible llegar a la conclusión de que se satiriza a los grupos de poder orgullosos de que un país sea “jaguar de Sudamérica” –réplica de los “tigres” asiáticos, a su vez réplica (nótese la tropología deshumanizadora) de un mundo que al fin y al cabo no son, puesto que ha habido la necesidad de emular.
La denuncia de que lo que pasa por desarrollo, en el fondo, se aproxima más a la índole del juguete, con algo de infantil, o a una insignificante miniatura cuya principal función es ornamental, podría, por supuesto, como una iniciativa tenuemente subversiva. Pero El ministro del interior… no se contenta con una lectura tan instructiva y pronto nos depara pistas para una segunda excursión por el terreno de la alegoría. Como lo insinúa una conversación acerca del ministro entre el protagonista y uno de sus amigos:

“–¿Es plastimodelista o sólo coleccionista de plastimodelos?

–¡Anda tú a saber!

–Cierto –razoné–, pero mirándole esas manos de empanada de horno no podría creer que el Maranzano sea capaz de enhebrar una aguja de coser sacos, mucho menos que sea capaz de armar una maqueta.

–Ya, pero no veo cuál es la diferencia, como para que tengas que preocuparte por el asunto.

–Es que es la misma diferencia que hay entre un artista y un comprador de obras artísticas.

–Correcto, pero no veo por qué te urges, si el ministro igual es corrupto de una u otra manera, tal como los otros corruptos.

–No me digas que hay más plastimodelistas…

–Pucha, perdóname, Almonacid. Se me olvida que anduviste lejos por tanto tiempo. El rumor completo es que prácticamente toda la jerarquía política se ha metido en el bando del plastimodelismo. Puede que el ministro del Interior haya sido el primero, pero ni imaginas de cuántos más se sospecha, sin posibilidad de probar nada, claro.

–Pero con posibilidad de inventar, claro.

–¡Epa, señor periodista! ¿No se supone que ustedes deben decir la verdad, nada más?

–Esa es la teoría, pero últimamente me ha dado por fabular”.

Los plastimodelos de la anécdota, así pues, reproducirían en la historia misma el relato que las genera, producto de las intrigas que se originan en la imaginación del escritor y réplicas de una experiencia vital o un entendimiento del oficio.

A ese descubrimiento, sin embargo, se suma otro no mucho después. En una entrevista con plastimodelistas clandestinos, Almonacid descubre que las dimensiones de la conspiración superan sus estimados iniciales:

“–¿Y ustedes están organizados? ¿Forman un frente común o algo, una alianza nacional?

–Buh, ni le cuento cómo hemos tratado de unirnos, pero al interior del plastimodelismo hay fracciones irreconciliables y antagónicas. Por un lado, están los pincelistas, por otro lado los aerografistas. Si hasta existen divisiones por las preferencias de escala: tenemos al grupo de “los 1/72”, por ejemplo, que no quieren ni ver a “los ultramontanos del 1/35”, y así. Parecemos evangélicos, o socialistas, cuando había socialistas.

–Pero igual siguen armando maquetas”.

Y no dudo que los paralelos aleccionadores puedan seguirse trazando entre los plastimodelos de Matamala y quienes en su obscuro culto están involucrados. Gracias a una sucesión semejante, la validez misma de cualquiera de las opciones se ve afectada, lo que permite suponer que una de las certidumbres del autor (sólo habla a su favor el hecho de que jamás la enuncie a quemarropa) es que la obra de arte ha de ofrecer la vertiginosa flexibilidad (y, en última instancia, la imposibilidad) interpretativa de los sueños.

Por sus crónicas periodísticas, es conocida la extrema pasión borgiana de Matamala. Eso explicaría la manera como reaprovecha componentes del viejo género de la alegoría, para acabar por no deberle nada. En un escrito de 1936, Borges, con ocasión de reflexionar sobre The Petrified Forest de Archie Mayo, había aseverado que “las alegorías son tolerables en razón directa de su inconsistencia y de su vaguedad; lo cual no significa una apología de la inconsistencia o la vaguedad, sino una prueba de que el género alegórico es un error. El género alegórico, he dicho, no el ingrediente o la sugestión alegórica”. Algo similar podría señalarse en la narrativa de Matamala: consciente de la proliferación de moralejas rotundas en la tradición literaria a la que pertenece, el “ingrediente” que de ella toma se coloca en un producto que difiere de sus precedentes en lo más esencial, el ansia totalizadora de las letras “sabias”. La desconfianza ante el autoritarismo letrado es acaso la única conclusión segura que podríamos sacar de las maquetas verbales de Almonacid, el mentiroso, además de constituir una elegante invitación a que intervengamos en el acto creador.

1 El título más reciente de Matamala, Dos novelas breves, Santiago: Cuarto Propio, 2003, incluye este inédito.

(*) Escritor venezolano. Es profesor de literatura en la Universidad Connecticut-Storrs (Estados Unidos).

 

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