|
PLURALIDAD Y JUSTICIA SOCIAL EN AMÉRICA LATINA
Resistencias ciudadanas
Luis Villoro fue profesor de varias universidades de México y formó parte del importante grupo de intelectuales Hiparión, fundado por Leopoldo Zea. En su obra destacan sus análisis sobre el concepto de ideología, la relación entre lenguaje y significado, los límites del conocimiento y la situación cultural de América Latina. Escribe en el diario La Jornada de México sobre temas de actualidad.
Desde el 11 de setiembre de 2001, la suerte de los países latinoamericanos no ha estado en la agenda del llamado Primer Mundo como una prioridad. ¿En qué términos podemos pensar el futuro para América Latina?
El panorama es muy difícil para América Latina y el primero de los factores que acrecienta esa dificultad es la consolidación del imperio norteamericano sobre todos los países del Tercer Mundo. Eso es lo que sucede, y desde el 11 de setiembre de 2001 esto ha tenido una repercusión muy grande. La ruptura del orden jurídico internacional es una consecuencia de la consolidación del imperio.
¿En qué posición nos deja esta ruptura del orden jurídico internacional?
Nos deja dos alternativas. En primer lugar, todos los países latinoamericanos, sea el Perú, Chile, México o cualquier otro, tenemos la alternativa de tomar iniciativas que poco a poco vayan consolidando un frente de resistencia al imperio, que se apoye en todos los movimientos sociales y políticos de nuestros países. Sin embargo, esa posibilidad es muy difícil, porque desgraciadamente América Latina está dividida en muchos
Estados y es poco factible que concierten una acción común. La segunda alternativa es que los países latinoamericanos estén sometidos al dominio del dólar y de las grandes empresas internacionales.
Me parece que la segunda ya no es una alternativa, sino una realidad
Sí es una realidad, está pasando.
Entonces, sólo nos quedaría la primera alternativa
Así es.
¿Qué elementos cree que podríamos destacar para formar un frente de resistencia?
Afortunadamente hay indicios de que en algunos países de América Latina se produce un despertar de una conciencia específica contra esta dominación de las fuerzas imperiales. Esto sucede en México con un movimiento pequeño, el zapatista, y en un lugar específico como Chiapas, que no tiene demasiada fuerza política y social, pero que tiene gran poder para difundir su opinión mediante una exposición racional y política de sus alternativas. Algo paralelo sucede en Bolivia, aunque allí el movimiento es mucho más fuerte, popular, con una raíz de independencia campesina y marcadamente indígena. Otro tipo de movimiento ocurrió en Argentina, donde la movilización fue una posibilidad nacional, apoyada en fuerzas también nacionales, en contra de los grandes consorcios internacionales. En el Perú existen también movimientos de este tipo. Y podría mencionar otros países. Entonces, la alternativa de la que estamos hablando sería la posibilidad de un intercambio de experiencias entre estos movimientos; intercambio que ofrecería viabilidad para concertar puntos en común de resistencia frente a la dominación imperial.
Estos tres fenómenos que usted ha mencionado, el zapatismo en México, que ha propuesto una suerte de revolución no militarizada; el movimiento cocalero de Bolivia, que incluye el elemento indígena de nuestras naciones; y lo ocurrido en Argentina, que sería una suerte de posicionamiento ciudadano, son movimientos bastante diferentes en sus formulaciones. Además, hay como un juego de opuestos entre la movilización argentina, que podríamos calificar como profundamente occidental, y lo que existe en Bolivia, que tiene menos que ver con lo occidental...
Son movimientos efectivamente, como usted dice, muy diferentes. Pero son movimientos que pueden calificarse de resistencia y en ese sentido habría una relación de tipo negativa entre ellos, es decir, se emparentarían por aquello a lo que se oponen, aunque diferentemente. Su unificación sería posible sólo a partir de una acción concertada entre ellos, y otros, como el de Venezuela, donde existen problemas muy graves, o el de Haití y Cuba. De todos estos movimientos que son plurales, que son muy diferentes unos de otros, podemos aislar el factor común que sería negativo, el factor de resistencia frente a la dominación imperial que se basa en intereses económicos y militares de Estados Unidos, fundamentalmente, pero también de Europa.
En efecto, algo que unifica a los movimientos boliviano y argentino es el carácter, en primer lugar, económico de sus motivaciones...
Una lucha económica y una lucha social, basada en los intereses populares de las grandes mayorías. Es el caso de Bolivia, obviamente, pero también de la parte sur de México y del movimiento indígena en Ecuador. Se trata de comunidades pobres del Tercer Mundo, por una y otra parte, presentándonos posibilidades de resistencias ciudadanas, como usted bien dice, ciudadanas a un ámbito nacional.
El caso de Bolivia para insistir un poco en el tema es interesante por lo que implica, pues un factor que desestabiliza la institucionalidad norteamericana es el problema interno de drogadicción que azota a sus ciudadanos. Esto es un peligro de alguna manera para Bolivia en la medida en que su movimiento social más fuerte ha logrado una institucionalización a partir de un elemento no sólo marginal, sino ilegal para el orden mundial...
Así es, pero no creo que podamos calificarlo de ilegal. El combate contra las drogas, que tiene su centro en Estados Unidos, no es, a mi modo de ver, un combate que vaya contra el crimen. La coca se cultiva y consume en países andinos como Bolivia y Perú, y es un cultivo saludable. Acabo de estar en Machu Picchu y allí la gente masca hojas de coca porque es un elemento que favorece a la salud en esa altura y en esa situación. No es un elemento criminal. Lo que sí resulta criminal es la utilización de la coca, o de cualquier otra droga, por las grandes empresas multinacionales. A partir de esta situación se crean muchísimas otras cosas. Se crea, en primer lugar, el gran poder económico de los traficantes de esa droga, y de todo lo que está ligado con la fabricación y el consumo.
Pero la utilización de la coca es de alguna manera un elemento que permite una plataforma de negociación a los países productores. ¿Qué otros elementos hay?
Bien dicho. Es un elemento posible de negociaciones.
Está claro que las migraciones también desestabilizan las administraciones de los países ricos
Tiene usted razón. La migración y la emigración de tantos ciudadanos pobres que van a los países del Primer Mundo, no sólo a Europa, sino fundamentalmente a Estados Unidos. Ese punto es muy delicado en las negociaciones que podemos tener los países latinoamericanos con Estados Unidos. Hace poco, por ejemplo, hubo conversaciones del presidente mexicano, Vicente Fox, con las autoridades norteamericanas sobre ese tema, que no lograron satisfacer a nadie, porque no hay manera de llegar a acuerdos realmente positivos en esto. Es un elemento, desde luego, pero para que se convierta en un factor de negociación real sería necesaria mucha presión política y social sustentada en las necesidades de los emigrantes.
Como usted ha precisado, los migrantes emprenden el viaje huyendo de la pobreza que sigue aumentando en nuestros países. ¿Le parece que la pobreza es estructural en América Latina?
¿Estructural? No. La pobreza es un mal político basado en la injusticia social y económica que existe en nuestros países. Mientras subsista esta injusticia total que hace que una minoría de personas domine la economía y la política, no habrá manera de rebatirla.
En este escenario, ¿cuáles cree que serían las preguntas relevantes? Porque se plantean muchos temas, pero hay algunos puntos que son más importantes que otros
Ahí tendríamos que distinguir niveles. Un problema relevante es lo que acabamos de decir: la injusticia frente a la discriminación de la mayoría pobre por las elites que gobiernan nuestros países. Un problema es ese: el de la justicia y de la inclusión de las poblaciones, por lo que las excluyen actualmente. Y eso sucede en el Perú, Bolivia, México, en todos lados. A esto se suma un segundo punto, que es el problema de la intolerancia frente al pluralismo que constituyen nuestras naciones. La intolerancia frente a las culturas no occidentales, la cultura quechua, por ejemplo, en el Perú; o la maya en México. En nuestros países, el principal obstáculo para el multiculturalismo es la pobreza y la falta de justicia.
Lo anterior es cierto, ¿pero en un escenario de globalización quiénes gobiernan nuestros países? Porque usted habla de nuestras tradicionales clases dirigentes, pero me parece que esta distinción que podría funcionar en la década de 1950, o tal vez hasta la década de 1970, no se sostiene más. Las elites criollas, de alguna manera, y las mayorías, indígenas en algunos casos, o mestizas en más, no han variado mucho su ubicación en el orden social, pero esta distinción entre criollo-gobernante y mestizo o indígena-subalterno no es tan válida, en la medida en que en un escenario de globalización estamos hablando también de elementos transnacionales organizando el gobierno. Entonces vuelvo a la pregunta, ¿quiénes gobiernan nuestros países?
Ustedes tienen un pensador muy bueno, José Carlos Mariátegui, que quizás no sea suficientemente conocido en otros países. Mariátegui ha dado una respuesta muy grande y cierta a esta pregunta que ha formulado. Lo que sucede es la división enorme que hay en la población de nuestros países empezando por el Perú y siguiendo por todos los demás. Esta división enorme no es racial eso hay que decirlo muy claramente, es un problema de justicia social, porque lo mismo podemos tener justicia social en un país mestizo o indio que en un país occidental por raza. Es decir, no se trata de un problema de lucha de intereses fundamentado en distinciones sociales, sino de un problema de justicia, y eso sólo tiene una salida: una reforma económica y social a fondo. Digo reforma, no digo revolución, porque si digo revolución estoy diciendo algo muy utópico y que no corresponde a la situación actual de nuestros países, pero algo realizable es una reforma progresiva. Cómo va a ser esa reforma, hay ahí un problema enorme.
Hace mucho tiempo se habla de globalización y del fin de los Estados nacionales, pero sea como fuere los Estados siguen allí y la gente de a pie tiene poca confianza en ellos. ¿Tenemos que seguir pensando en los Estados?
No. Tenemos que pensar en las naciones, no en los Estados. El Estado es una división que se sostiene en un poder artificial e imaginario. Por ejemplo, usted está hablando de la globalización. En España hay varias naciones: los catalanes, los vascos, los andaluces y los gallegos constituyen naciones diferentes. Son naciones porque hay una solidaridad entre sus ciudadanos en muchos campos, que no sólo es el lingüístico, sino el cultural en general. Una comunidad lingüística y cultural, que también defiende sus intereses de manera solidaria frente a los intereses dominantes ajenos. Por ejemplo, la defensa de los catalanes y de los vascos frente al dominio de Madrid y de Castilla. Lo mismo sucede en todos los países. Los Estados nacionales son necesarios en la medida en que hay naciones, pero no en la medida en que hay una internacionalización que aumenta el poder de los intereses internacionales frente a los intereses nacionales.
Me parece que la globalización sólo es la debilitación, no la desaparición, de los poderes nacionales frente a los poderes internacionales del capital.
|