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LECTURAS

Por:
Jorge Coaguila

Un drama mestizo
Hay tantas historias en La violencia del tiempo (1991), de Miguel Gutiérrez, que podría decirse que aloja varias novelas en una. Con sus más de mil páginas, evidencia un enorme esfuerzo y ofrece algunos frutos perdurables. El protagonista realiza un recorrido por sus raíces, una aproximación a la identidad peruana.

Luego de muchas dudas, Martín Villar decide escribir la crónica de su familia. Para ello, revisa documentos, entrevista a muchas personas y visita diversos escenarios. “Éramos, pues, un pueblo de bastardos, fruto de la violencia, de la derrota y del engaño”, comenta. Este provinciano mestizo realiza un recorrido por sus raíces, el cual permite aproximarnos a la identidad peruana.

La novela cuenta la historia de cinco generaciones, desde que el soldado español Miguel Villar, desertor del ejército realista, llegó al caserío piurano de Congará, donde convivió con la indígena Sacramento Chira, hasta que el joven narrador culmina su proyecto novelístico en el pueblo de El Conchal. Es decir, se desarrolla desde inicios de la década de 1820, durante la guerra de la Independencia, hasta 1968.

A modo de homenaje a Enrique López Albújar, aparece el presuntuoso mulato Sansón Carrasco, seudónimo que empleaba aquel autor chiclayano. Otro guiño al lector es Juan de Mairena, personaje de un libro en prosa del sevillano Antonio Machado. En la obra de Gutiérrez se citan muchos libros, hay varios recorridos por bibliotecas y bastante presencia literaria debido a que algunos personajes, como el doctor Augusto González, el padre Jesús Azcárate y el novelista en ciernes Martín Villar, son grandes lectores. En Celebración de la novela (1996), suerte de historia secreta de La violencia del tiempo, Gutiérrez comenta que se inspiró en Los Buddenbrook (1901), novela del germano Thomas Mann, para su crónica familiar.

La sección “El cactus dorado”, donde Martín Villar luego de beber sampedro observa un vendaval de imágenes relacionadas con sus parientes, alude al relato “El Aleph” (1949), del argentino Jorge Luis Borges. La visita del narrador principal a Congará, convertido en pueblo fantasma, recuerda mucho la novela Pedro Páramo (1955), del mexicano Juan Rulfo. El caserío imaginario de Congará y los personajes de diversas generaciones de una familia remiten a Cien años de soledad (1967), del colombiano Gabriel García Márquez, obra enviada al escritor en ciernes por su amigo J. L. Díaz. “Ardo en deseos de meterle diente”, afirma aquél.
Dos personajes extranjeros luchan por la justicia social: el aventurero Bauman de Metz, defensor de la Comuna de París, en 1871, y el padre español Jesús Azcárate, quien participó en la Semana Trágica de Barcelona, en 1909, y quien asegura: “La sustancia del bien es la justicia, y para alcanzarla Cristo predicó también la violencia. Lo único que puede dar sentido a la existencia es luchar por la justicia.” Para el autor, estas insurrecciones populares expresan de alguna manera el momento trágico del Perú en la década de 1980, período en que compuso su monumental novela. Es preciso apuntar que un hijastro de Gutiérrez, Carlos Eduardo Ayala Aguilar, falleció en la prisión de la isla de El Frontón, en junio de 1986, y que la madre de éste, compañera del escritor, Vilma Aguilar, murió en el penal Castro Castro, en mayo de 1992. Ambos fueron miembros de la izquierda radical.

Gracias al sabio, bondadoso y ateo doctor González, ingresamos tanto en las clases bajas como altas de Piura, además nos permite conocer la vida de los extranjeros Bauman de Metz, François Boulanger y el padre Azcárate. De adolescente, conoció al naturalista italiano Antonio Raimondi, a quien trató de emular, pero la Guerra del Pacífico (1879-1883) lo empujó a participar en diversas batallas: San Francisco, Tarapacá, Alto de la Alianza y Miraflores. Más tarde, fue miembro de la resistencia del general Andrés A. Cáceres contra el enemigo chileno y, tras el conflicto, estudió medicina en París. Asimismo, su diario personal ofrece detalles de la peste que castigó a Congará y sus alrededores. Por otro lado, su relación paternal con Cruz Villar lo une a la familia de éste.

De los diversos argumentos, el que más destaca se relaciona con Primorosa Villar, quien a los 15 años de edad fue vendida por su padre al rico hacendado piurano Odar Benalcázar León y Seminario. La fuga de la hermosa mujer con un artista de un circo ambulante enfureció al terrateniente a tal extremo que ordenó flagelar públicamente a Cruz Villar, padre de la joven. Estos hechos hieren la memoria de los parientes del narrador principal, pues muchos de sus miembros se niegan a hablar del asunto. Enfrascado en este tema, Martín Villar intenta redimir a su linaje mediante la escritura. Para el crítico británico James Higgins, la afrenta sufrida por los Villar “simboliza los complejos y resentimientos que se enconan en la conciencia de las masas mestizas”.

Son muchos los estilos, los discursos y los narradores en este voluminoso libro. En las secciones “Visión de los suicidas” y “El agravio” se teatralizan escenas, y en “La Churupaca” se ofrece la poética del libro en forma de catecismo. Además, La violencia del tiempo devora todo lo que encuentra a su paso: cartas, un diario personal, un cuento inédito, un tratado de geografía y hasta apuntes para una novela. De la variedad de narradores, el principal es sin duda Martín Villar, quien mientras redactaba su novela “descubrió que también su ficción trataba de su aprendizaje del arte de escribir”. Al final, apoyándose en un recurso literario, se presenta el creador de todos los narradores.

Un aspecto negativo de esta novela, que demandó poco más de ocho años de escritura (1981-1990), es la frecuente presencia de errores en su redacción, lo cual acusa la ausencia de un editor riguroso.

 

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