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Adíos a Norbet Lechner
La sociología latinoamericana está de duelo. Hace algunos meses murió, en Santiago de Chile, Norbert Lechner, uno de los científicos sociales latinoamericanos más importantes. El siguiente texto es un testimonio personal.
De origen alemán, Norbert Lechner llegó a América Latina a mediados de los años sesenta, primero a Brasil y luego a Chile, sin saber que allí encontraría su gran amor y establecería residencia definitiva. En la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso) se relacionó con los más importantes científicos sociales de la región, pues dicha institución fue punto de convergencia de intelectuales que debieron exiliarse luego que se instauraron gobiernos militares producto de los golpes autoritarios que tiñeron el panorama político de nuestros países. Allí se formó un grupo de discusión de donde saldría un libro que tanta influencia alcanzaría en toda la región, el del brasileño Fernando H. Cardoso y del chileno Enzo Faletto, Dependencia y desarrollo en América Latina. A Flacso-Chile se le consideró entonces la Meca de la Sociología Latinoamericana; además de Cardoso, coincidieron Ruy Mauro Marini, Theotonio dos Santos, Aníbal Quijano, entre otros. La suerte de Chile cambió luego de que el general Augusto Pinochet derrocara al presidente socialista Salvador Allende, pues los intelectuales del Mapocho, que antes de 1973 albergaron a sus compatriotas latinoamericanos, también se vieron obligados a escapar de su país luego del golpe.
Pero si bien el desarraigo o el exilio es en sí mismo una situación de derrota, de él surgió algo positivo: la búsqueda de refugio en otras naciones permitió a estos intelectuales conocer cara a cara las múltiples realidades de la región. El éxodo les proveyó de una perspectiva cosmopolita y con ella obtuvieron una visión panorámica y polémica, en contraposición a la heredada de las ciencias sociales tradicionales. La interacción de los intelectuales exiliados fuera de su país fue riquísima y dio origen a estudios fundadores que dejarían su huella en los investigadores posteriores. De alguna manera, con el exilio y sus consecuencias, se fundó la sociología latinoamericana.
Como Francisco Delich en Argentina, Lechner se rehusó a salir de Chile tras la incursión devastadora del ejército. En su decisión quizás pesó el hecho de ser extranjero y que, por lo tanto, podía gozar de cierta inmunidad; también tuvieron su importancia las cuestiones intelectuales, pues ya había iniciado sus trabajos sobre la realidad chilena, los que no quería dejar truncos, pero, sobre todo, pienso, fueron las razones personales las que lo decidieron no moverse. En efecto, Lechner sabía que si decidía huir hubiera tenido que dejar a su amada Paulina, ella sí, chilena de nacimiento. Arriesgó la tranquilidad y hasta la vida en esos años negros de la historia política de Chile. Algunos colegas cuestionaron la decisión de Lechner y afirmaban que se trató de una claudicación suya ante la dictadura, pero lo cierto es que más cómodo le hubiera resultado exiliarse o regresar a Alemania y con todas las protecciones del caso dada su condición de extranjero.
Lechner arriesgó más quedándose en Chile que huyendo.
Los planteamientos de Lechner marcaron senderos profundos en la reflexión sociológica y política de América Latina. Prefería escribir ensayos (que compilaba luego en forma de libros), a obras integrales y orgánicas. Su método era abordar un tema y reflexionar sobre él con la mayor exhaustividad posible. Alguna vez le pregunté a cuál de sus libros quería o apreciaba más; levantando sus hombros y con gran sencillez me contestó que no tenía predilección por ninguno, que luego que terminaba un ensayo pasaba al siguiente y se olvidaba del anterior. Daba la impresión de no tener plena conciencia del impacto de sus escritos en quienes los leían; pero en el fondo no era más que sencillez pura.
Gracias a Lechner pudimos entender el papel de la subjetividad en la política (Los patios interiores de la democracia se titulaba una de sus compilaciones); asumimos que la cuestión del orden no era o no debía serlo una preocupación exclusiva de la derecha, sino que también la izquierda, revolucionaria en ese entonces, debería reflexionar sobre él y comprendimos las razones que explicaban el cambio de paradigma: de la revolución a la democracia, como tituló a uno de sus ensayos más célebres. Si hubo un interés que articuló toda la producción intelectual de Lechner fue el descubrir lo que es propio de la política: sobre ese tema trata otro ensayo suyo titulado precisamente Especificando la política. De la sociología política, Lechner fue deslizándose lentamente hacia la sociología cultural. En sus últimos años se dedicó a analizar la relación entre cultura y desarrollo o, mejor, las bases culturales del desarrollo, tema sobre el que también realizó importantes contribuciones teóricas.
En el aspecto humano, Lechner era una persona sumamente buena; creo que esa es la palabra que mejor lo puede describir. Recuerdo que cuando nos avisaron a quienes estudiábamos en la sede de Flacso en México que Norbert Lechner iba a llegar como profesor visitante (en 1993, si la memoria no me falla), recibimos la noticia con cierto prejuicio, pues pensábamos que ni siquiera íbamos a poder conversar con él.
Nos equivocamos rotundamente, pues su bonhomía se impuso rápidamente y, a pesar de ser requerido por todas las instituciones académicas, siempre tuvo un tiempo para atendernos, escuchar seriamente nuestras ideas, a veces seguramente ingenuas, y discutir amigablemente con nosotros. Pero más allá del plano intelectual, Lechner sabía escuchar los pequeños dramas personales. Nunca podré olvidar que una vez, en su oficina, y gracias a la confianza que me ofreció para hablar de mis cuitas personales, le comenté acerca de mi difícil situación económica; sólo quise desahogarme, pero su respuesta me dejó estupefacto y, al mismo tiempo, me lo pintó de cuerpo entero. Más o menos me dijo lo siguiente: Mira, Osmar, me han aprobado un proyecto y de ahí te puedo prestar algo, no mucho, pero te puedo dar unos 20 mil pesos. ¡Ese algo de 20 mil pesos era, aproximadamente, 2 mil dólares! Sin ninguna duda, se trató de un desprendimiento inusual; no acepté su generosa oferta, felizmente podía superar mi trance, pero desde ese momento lo consideré como una de las personas más generosas que yo he conocido. Pero así era Lechner con todos.
Nunca negaba un saludo, una frase amable, un consejo.
El año pasado, sus amigos, sabiendo de la gravedad de su mal, decidieron postularlo para el Premio Nacional en Ciencias Sociales en Chile. Nuevamente, Lechner nos dio una gran lección. Sabía que iba a competir con uno de sus viejos amigos, Enzo Faletto, y como estaba enterado que éste atravesaba una enfermedad terminal, le pidió a sus colegas que no lo postulen, que el premio, así lo dijo, lo merecía Enzo más que él. Lamentablemente, Faletto también nos dejó definitivamente el año pasado.
Curiosamente, mi amigo Antonio Camou (importante politólogo argentino) y yo le hicimos a Lechner un mismo tipo de entrevista pero para diferentes proyectos (y que ahora queremos unir en una sola publicación sobre el exilio latinoamericano). El cuestionario era una guía para conocer su derrotero biográfico e intelectual, y a ambos nos contó con toda naturalidad y transparencia su vida. Y en su relato aparecía una y otra vez, cómo no, Paulina, el gran amor de su vida, quien reapareciera una vez más el 7 de agosto de 2003, en su discurso ante el Congreso de Chile para agradecer la entrega de nacionalidad por gracia.
Pronto, espero, aparecerán estudios sobre su obra y la influencia que ha tenido en las reflexiones sociales y políticas de nuestros países. Ahora sólo he esbozado algunas pequeñas ideas, pero sobre todo he querido destacar la sencillez de un hombre que había conseguido todo lo que deseó, y que nunca permitió que el éxito interfiriera con su calidad humana.
(*) Maestro en Ciencias Sociales por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso) y doctor en Ciencia Social por el Colegio de México.
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