Director: GERARDO BARRAZA SOTO

AÑO DEL ESTADO DE DERECHO Y DE LA GOBERNABILIDAD DEMOCRÁTICA

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EDICION NUMERO 62
A LOS LECTORES

Un dossier sobre el erotismo, como el que presentamos en este número, no puede prescindir de una definición. Más aún, dado que la experiencia erótica es parte central de nuestras vidas y en esa dirección todos guardan alguna definición existencial de sus efectos, la elaboración de un concepto que lo abarque se hace difícil.
Sin embargo, una cosa es hablar de experiencia y otra de representación: en ese sentido es clara la diferencia entre lo erótico como discurso y como efecto en el cuerpo. La importancia de hablar del discurso, no obstante, radica en que él también puede producir las sensaciones de lo erótico en el cuerpo. Así, experiencia y representación se vinculan; vida y arte se entrecruzan.
Para el Diccionario de la Lengua Española, el erotismo es indesligable del sensualismo. “El amor sensual”, en su primera acepción, o el “carácter de lo que excita el amor sensual”, en segunda voz, nos interesa en esta edición más desde la perspectiva de la representación estética, es decir, vinculado con su tercera entrada: “exaltación del amor físico en el arte”.
Mas esa exaltación del amor físico, precisa el diccionario, es sensual; supone, en primera acepción, una “propensión excesiva a los placeres de los sentidos”; define negativamente la experiencia de lo erótico con una acusación: el exceso, que atenta al justo medio y sus normas, que deteriora el cuerpo.
Esa acusación, dispuesta como una significación natural en el diccionario, tal vez explique la manera en que los hispánicos han evitado sistemáticamente la representación del “amor físico” durante siglos, al volver invisible su presencia diaria.
Empero, gracias a las culturas prehispánicas, como muestra nuestro suplemento, tenemos base para una tradición erótica, que hace poco los narradores peruanos han comenzado a explorar.

EL EDITOR