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Erotismo milenario
El interés por las representaciones eróticas de nuestros antepasados posee larga data. Importantes estudios históricos y arqueológicos esbozan algunas luces sobre este aspecto inherente a nuestro temperamento.
Al igual que en otras civilizaciones, las manifestaciones eróticas de las culturas andinas precolombinas resultan inseparables de una concepción sagrada del universo. Esta interpretación la siguen estudiosos como Federico Kauffmann Doig, quien en su libro Sexo en el antiguo Perú (2001) investiga la inextricable relación entre el erotismo y su funcionalidad religiosa en el contexto de un entorno geográfico áspero como el de los Andes centrales.
Este investigador sostiene que dos principios, uno masculino y otro femenino, extraídos de la contemplación del mundo natural, articulan la noción de subsistencia en las culturas andinas.
En esa época había grandes problemas con fenómenos atmosféricos que generalmente eran adversos a la producción de los alimentos. Éstos enviaban demasiada agua o arrasaban con los sembríos, y en otros casos, heladas o sequías, que destruían la producción. Por ello, había que homenajear a este apu, dios del agua, con reverencias, rituales y ofrendas. Cuando se producían años de crisis severas, las ofrendas llegaban hasta los sacrificios humanos. Querían congraciarse con la buena voluntad del dios del agua para que terminara la sequía. Entonces, recurrían al sacrificio máximo, el capaccocha, como en el caso de la Dama de Ampato, argumenta Kauffmann.
La deidad femenina, en este caso, era la Pachamama, recreada con rasgos más bondadosos y pasivos. En cambio, el dios del agua era representado en ceramios y tejidos con formas demoníacas: boca atigrada, colmillos amenazantes y mirada de ferocidad.
El dios del agua, cuando derramaba a tiempo y en su estricta medida las lluvias (casi todos los cultivos eran por secano), germinaba las plantas. Si no llovía, no había producción. Se trataba de una pareja divina, de cuyo connubio, en forma mágica, el hombre pensaba que germinaban las plantas y así podía obtener una buena producción de alimentos.
De la sexualidad propia del entorno natural surge una íntimamente vinculada con lo divino. Esto debía generar su correlato en lo social, como lo demuestra la profusión de ceramios de contenido erótico, prevalecientes en las culturas Moche y Vicús. La cuestión estriba en por qué las demás culturas, incluida la inca, no hicieron de lo erótico un motivo representable.
Había en general, durante toda la civilización andina, tabúes sexuales, responde Kauffmann. Es decir, a pesar de que todas las culturas compartían una continuidad espiritual, la moral estaba en manos del Estado, que regulaba en cierto modo la vida privada de los individuos.
Los antiguos no eran cucufatos, pero tenían su ordenamiento y tampoco eran libertinos. Sabemos a través de los cronistas que el estupro, el adulterio y la homosexualidad eran castigados severamente hasta con la muerte. A los adúlteros se les amarraba el cabello a una peña y un solo árbol. No obstante, en la intimidad de la pareja no dejaban de darse todas las expresiones amatorias de la sexualidad que conocemos hoy.
Los más comunes: hombre sobre la mujer, mujer sobre el hombre, cunnilinguis y felación. Hay testimonios de esto en ceramios mochicas y vicús.
La cerámica cumplía un papel ritual: las piezas servían de recipientes que contenían una sustancia mágica o afrodisíaca en las ceremonias de iniciación, matrimonios y, particularmente, para que las mujeres quedaran embarazadas. A pesar de que aparecieran connotadas por la fecundidad, las representaciones eróticas se vinculan con un hacer imbricado en todos los aspectos de la sociedad.
Incluso en la ultratumba, como lo revelan algunos huacos de muertos animados (en la nomenclatura de Kauffmann), las sirvientas o doncellas practican la estimulación manual, aunque no el coito. El sexo revela así su indivisible lazo con lo sagrado y así se diversificaba al resto de las expresiones sociales.
También en la política la sexualidad tomaba partido. Como lo recuerda Kauffmann, el inca, a diferencia del pureq (hombre común), podía tener muchas mujeres, pues los jefes se arrogaban privilegios. Para apaciguar a una tribu insurgente, el inca solía enviar regalos, como telas, tejidos y mujeres. Esa era la estrategia de su expansión y la siguieron cuando llegaron los españoles. Éstos se asustaron cuando Pizarro recibe un par de hermosas ñustas. Los conquistadores se impresionaron porque ese tipo de prácticas con que se apaciguaba al enemigo no existía en el Viejo Mundo.
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