Director: GERARDO BARRAZA SOTO

AÑO DEL ESTADO DE DERECHO Y DE LA GOBERNABILIDAD DEMOCRÁTICA

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APUNTES

Por:
Marita Troiano (*)

PABLO NERUDA
Democratización poética
Una de las mayores virtudes de la poesía del chileno Pablo Neruda reside en su poder de convocatoria y el alcance de su verso, plenamente imbuido de cotidianidad, por lo que no tardó en lograr una plena identificación con el sentir popular. El siguiente texto, presentado en la última Feria del Libro de Colombia, plantea esos aspectos.

Si nos remitimos a significados del Diccionario de la Lengua Española, democracia es “la doctrina política favorable a la intervención del pueblo en el gobierno político de un Estado”. Ciertamente, una abstracción que deja de serlo si se aplica a la poesía y a la intención de Pablo Neruda, que la entendió temprano como el proceso que pone la palabra poética al alcance de las grandes mayorías para que la reconozcan propia y como un importante vehículo de comunicación entre los seres humanos.

Democratizar la poesía es, pues, hacerla connatural al pueblo. Que haya identificación y correspondencia en su recepción y en las posibilidades de creación en sectores desplazados de la sociedad. Una necesidad que Pablo Neruda planteó siempre con preclara conciencia social.

Por su lucha sin tregua en mantener este ideal con el ímpetu de una sincera convicción, Neruda es figura emblemática del proceso democratizante del verso no sólo en su Chile natal, sino en tantas naciones que visitara y conocieran su obra. Es líder indiscutible de la democracia del verso gracias a su amplio sentido de solidaridad entre los pueblos y, sobre todo, a los buenos oficios que cumpliera su propia poética, que guarda las claves de una singular resonancia continental.

Con esta forma de escribir mostró su auténtica vocación de poeta sustentada en la primigenia necesidad de comunicar y vincular a los seres humanos. Remarcó esta voluntad desplegando un discurso renovado, de lenguaje simple hilando palabras y versos engarzados en la belleza expresiva y genuinas aspiraciones de justicia social.

La factura de su poesía ponía fin al aparente divorcio entre pueblo y verso auspiciado por estos modelos excluyentes y europeizantes, absolutamente ajenos al sentir popular, cuyos representantes esgrimían la bizarra creencia de que escribir poesía era un asunto de elegidos y de cerradas cúpulas a las que sólo éstos (según sus premisas) tenían derecho de acceder.

Pero esta arrogante arbitrariedad intelectual se quebró ante la fecunda y audaz incursión de Neruda, quien justamente planteaba la posición contraria y que en solitario riesgo invitaba al cambio con progresos de su escritura entre una multitud identificada con la vida cotidiana.

Neruda configuró una poesía desenfadada, libre en su formulación y esencialmente receptiva al mundo exterior, al cual tradujo poéticamente sin perder de vista rigores creativos.

Su ruptura con la convención literaria constituye un hecho histórico de alcance universal, pues rescató el sense original que la poesía manifestó desde su nacimiento, cuando fuera primigenio vehículo de comunicación entre los seres humanos, madre de la danza, la filosofía, el mitho y germen de las religiones más importantes de Oriente y Occidente.

El pueblo, cansado del arquetipo y del dogma corpuscular, recibió con júbilo estos versos que elevaban espíritus y los hacía encontrar en lugares comunes sin identificaciones forzadas. La gente repetía sus estrofas diciendo de lo simple y rutinario con tal belleza que ésta adquiría un superlativo significado se trate de la cebolla, del caldillo de congrio, la pereza, la envidia, mirar pájaros, un libro o el surco de la tierra.

Neruda, con demócrata intención, respondía al fervor popular con más poesía. Sus versos se convirtieron en himnos de lucha y cantos de esperanza para quienes en cualquier latitud procuraban la paz y la justicia social, a quienes solidariamente se unió allende los océanos a través de su canto personal: “porque creo que mis deberes de poeta no sólo me indicaban la fraternidad con la rosa y la simetría, con el exaltado amor y con la nostalgia infinita, sino también con las ásperas tareas humanas que incorpore a mi poesía”. “Todos los caminos llevan al mismo punto: a la comunicación de lo que somos.”

Pero la democratización de la poesía se dio también en otras instancias que voy a enumerar.

La primera se refiere a la desmitificación de la imagen del poeta, al perder aquel superlativo carácter de huésped de parnasos figurados, ajeno a todo lo que pueda significar acciones terrenas o llanezas domésticas. Con la postura nerudiana, el poeta baja al llano y es parte de un paisaje común a todos los demás mortales, hecho de viento, tomates, resfríos y alcachofas. En ello recupera su humanidad y la espontánea vinculación con un mundo –tangible o no– que debía nutrir su experiencia y expresión poética.

La segunda es que el verso recobra su capacidad de comunicar más allá de oscuridades que pretendían relacionarla con honduras metafísicas y extrema calificación literaria, pues Neruda le imprime vigor, vida, humor, simple humanidad. La poesía restaura la capacidad de comunicar con sencillo asombro lo visible e invisible del universo.

Hoy, cuando la modernidad pretende alejarnos de la poesía, leer a Neruda es rescatar la significación ética y valorativa de un poeta y su obra identificada con los menos favorecidos. Releer a Neruda es volver a la poesía viva, a la poesía de profunda emoción y fluido goce estético.

“Porque con lluvia o fuego quedó escrito que la simple poesía vive a pesar de todo / tiene una eternidad que no asusta / Ven conmigo ven con todos los que a ti se parecen los mas sencillos / Ven no sufras ven conmigo.”


Y a ti vamos, Pablo. ¡Salve poeta!

(*) Socióloga de la PUCP y poeta. Su último poemario publicado es Secreto a veces (2003).

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