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  ENCUENTROS

Por:
Julio Ortega (*)

Diario con Cortázar
El reciente festival organizado en México por la Cátedra Julio Cortázar, en homenaje a los 90 años del nacimiento de este escritor argentino, se convirtió en punto de encuentro de narradores y críticos literarios latinoamericanos. La veta lúdica del autor de Rayuela e Historia de cronopios y famas vuelve a sus lectores en cómplices de una aventura literaria irrepetible.

Llegué a Guadalajara justo a tiempo para la reunión anual del comité de la Cátedra Julio Cortázar, de la que soy miembro. Carlos Fuentes y Aurora Bernárdez estaban allí, y Raúl Padilla, coordinador de la cátedra, puso al día las actividades y los planes, que son un ejercicio de fe, ya que nuestra tarea es listar los invitados del futuro. Gabriel García Márquez llegó media hora después, como si hubiese estado esperándonos en una frase anterior.

Cuando terminó la sesión pude por fin hablar con él. Gabo lleva el peso de su nombre con resignación y buena voluntad. Tiene una paciencia a prueba de sorpresas, y una frase amable para todos. Incluso, fomenta una complicidad amena con los periodistas, cuyas interrupciones complica entre pausas y fugas.

Pero pude, por fin, preguntarle por el libro del profesor español Ángel Esteban, dedicado a historiar su amistad con Fidel Castro. El libro ha causado cierto revuelo en España por las razones contrarias. Ángel Esteban cuenta que García Márquez tiene una mansión en La Habana cedida por el Gobierno cubano, y esta noticia, basada en entrevistas con cubanos de la isla, ha sido aprovechada por el escándalo.

Le pregunto directamente por la casa regalada y me cuenta que, en efecto, ha leído el libro, que encuentra documentado. Pero la casa que ocupa cuando visita La Habana no es de su propiedad. Es una casa de protocolo en la que se hospeda como visitante y no hay ningún secreto o misterio en ello. Podría él ir a un hotel, pero más cómoda le resulta la soledad de esa casa para organizar sus días en La Habana, que pasa entre el taller de cine latinoamericano, que él sostiene con becados de todas partes, y sus tareas de fascinación política.

Lo que no se sabe del todo son los trabajos de García Márquez en favor de los presos políticos cubanos. No sólo ha sacado de la cárcel a varios disidentes del sistema, sino que ha influido en la salida de Cuba de escritores y sus familiares. Su amistad con Fidel no es sólo encantamiento con el poder, es también autoridad personal para sacar del ostracismo a no pocos condenados.

Recuerdo ahora que hace más de diez años, en Madrid, Severo Sarduy me contó que sus padres ancianos estaban solos y enfermos en La Habana, y no pudiendo él volver a Cuba, García Márquez los sacó a Puerto Rico. Por lo demás, no se trata de justificar su adhesión política a Cuba, que es una opción enteramente suya. Pero tiene, creo yo, el derecho de adherir la causa que quiera y de mantener las amistades que prefiera. Sería absurdo (¡a nombre de la democracia!) negarle a alguien la libertad de elegir sus amistades.

En el festival dedicado a Julio Cortázar, Bárbara Jacobs y yo compartimos el tema de los instrumentos del taller cortazariano. Ella mostró al público un abrelatas (Cortazar –dijo– abre cosas nuevas), un atornillador (que sirve para fijar lo imaginado) y un lápiz (Monterroso –contó– le reveló la importancia de anotar). Esos tres instrumentos son –nos dice– emblemas de la escritura, aunque en el Perú le llamamos “destornillador” al atornillador, lo cual sugiere que el nuestro abre tuercas de calibre.

Yo hablé más bien de los objetos inútiles, nimios o triviales, que Rayuela cultiva como un método de juego y conocimiento. Me refiero, claro, al terrón de azúcar y al método de recordar solamente las cosas menos útiles. Este culto por lo nimio hace del juego el espacio de la libertad, pero también de la crítica porque supone al homo ludens en debate con el homo faber.

¿Qué hacer, en efecto, con un pedazo de hilo? A Cortázar le bastaba ese objeto sin valor para revalorar el arte y la vida; esto es, para contradecir las normas y costumbres, la entrega de nuestro tiempo a las maquinarias de producción. Bien visto, este repertorio de saltimbanqui revela una identidad hecha en ese tiempo dúctil y desinteresado que Cortázar poseía como el secreto más público. Al final, sospecho que su legado es esa nostalgia de la libertad. Casi todos los que estamos aquí celebrando su memoria gentil, hemos recordado nuestros encuentros con él. Pensé, a favor de las muchas coincidencias, que Cortázar fue el escritor más fácil de conocer. Caminaba por las calles de su barrio en París, pasaba tiempo en los cafés y asomaba su alta cabeza sobre el común denominador de los muchos congresos de la realidad. Como si tuviese tiempo para todo y pudiese, por eso mismo, perderlo, prolongaba el hilo de la voz, con esa pausa profunda con que sabía preguntar cada vez que respondía.

Era fácil de asombro, pero de atención demorada.

Encender la lectura

La mejor pregunta del festival la hizo un estudiante que con sabiduría y candor nos preguntó a los especialistas ¿cómo leer a Cortázar? Siendo, como es, un autor de no fácil acceso, la respuesta tampoco lo es. No es extraño que el estudiante se fuera a su casa con la impresión de que Cortázar es un escritor más difícil todavía, ya que un congreso internacional no pudo sacarlo de dudas. Saúl Yurkievich le respondió que habría que empezar leyendo “Casa tomada”, su primer cuento, que Borges publicó y elogió siempre. Pero justamente ese cuento encarna el dilema de la lectura de los relatos del autor: se nos dice menos de lo que ocurre, porque los personajes, que nos hablan, tampoco saben como leer. Son grandes lectores de literatura francesa, que reciben por correo desde París, pero su casa está siendo invadida por unos desconocidos, y ellos, un hermano y su hermana, son incapaces de descifrar, mucho menos interpretar, la naturaleza de esa fuerza fatal que termina despojándolos. Ese cuento lo escribió Cortázar a partir de un sueño en el que vio a una pareja que cerraba la puerta, expulsada. De modo que “Casa tomada” es un manual de instrucciones para leer la violencia de lo desconocido.

Algunos lectores de este relato decidieron que la fuerza bruta que asalta la casa por dentro y la ocupa cuarto por cuarto es el peronismo. Los hermanos deben abandonarla porque se ha hecho inhabitable, como el país mismo. Toda lectura es una interpretación y ninguna es más verdadera que otra, pero ésta sospecho que es la menos cierta de todas. Simplifica la ambigüedad de la fábula en una mera alegoría nacional. Con todo, revela la necesidad de llenar con la interpretación los signos del relato, cuyo enigma propicia, como los mejores sueños, las interpretaciones más diversas. Freud, además, nos ha enseñado que el sueño se lee como un texto al revés: dice lo que quiere callar y nunca es literal. Otros lectores leen la violencia de la expulsión de la pareja en clave psicoanalítica: ésta no es la primera pareja sino la última, y siendo hermanos no pueden fundar sino desfundar la sociedad desde su estigma. El incesto sería el espacio vacío, sin amparo, del afuera social. La expulsión equivale a la contra-fundación. Pero todavía hay más. Tal vez estos hermanos han perdido la creatividad de la lectura y representan la letra muerta. Son lectores de una lengua escrita, o sea, pertenecen a un lenguaje solitario y fantasmal. Están alienados de su comunidad, del habla común. Ni siquiera compran sus libros en una librería, y en sus manos la literatura ha perdido la actualidad del diálogo, la circulación de lo vivo. Todavía hay quienes prefieren ver en la oscura fuerza invasora al populacho peronista, inexorable y sin rostro. Las interpretaciones, sin embargo, no se agotan allí, y el cuento sigue desafiándonos con su delicado enigma. No en vano, el hermano al final demuestra cierto alivio, liberado no sólo de la casa paterna, sino de la llave, que arroja. Aliviado, se diría, de las interpretaciones que creen descifrar su silencio.

Al estudiante que lanzó su pregunta yo le hubiese respondido de otro modo. Le habría dicho que sería mejor empezar con el libro Final del juego, y leerlo de atrás hacia adelante, a partir del último cuento. Se titula “Final del juego”, y en él vemos a unas hermanas que juegan a representar estatuas frente al tren de pasajeros que pasa a la misma hora. Ellas viven en las afueras, en un mundo literal, pero su creatividad descubre en el juego, en la representación gratuita, un espacio teatral que se convierte en un lenguaje nuevo. Se comunican, en efecto, con los pasajeros, como si ellos mismos fueran parte del juego. Esta historia, sencilla y tristona, se enciende así desde la lectura: las hermanas se transforman en signos para que los otros las lean como parte de la fábula. Y a su vez ellas creen interpretar esas lecturas para alimentarlas con nuevos juegos.
Asumen papeles protagónicos en el idilio imaginario de un lenguaje pleno. Cortázar parece decirnos que la verdadera ficción es el acto de leer, en el que nos creamos y recreamos.

El escritor y crítico argentino Noé Jitrik, de larga estancia mexicana, y amplia obra latinoamericanista, se propuso el papel contrario: el de relector de sí mismo. Se buscó a través de la relectura para comprobar, muchos años después, si el primer Noé Jitrik había cambiado frente a esos libros. Creyó, más bien, que había cambiado el libro. No le extrañó, por eso, que algunos temas de Rayuela no fuesen hoy los mismos que hace cuarenta años. Por ejemplo, la sexualidad es hoy un área de la experiencia muy distinta. Asimismo, la noción de lo argentino (tanto en lenguaje como en mentalidad) es hoy otra, como no podía ser de otro modo. Sin embargo, concedió Jitrik, la novela mantiene su original apelación de ruptura y su indudable importancia.

Pero hubo en esta relectura, creo yo, el ajuste de cuentas de una posición melancólica. Porque si cambia el texto al cambiar sus escenarios es porque uno mismo cambia ante sus demandas. Y esta pregunta ya no es neófita, está mediada por el lugar de nuestra propia función de lectores en el escenario de los textos. Quizá por eso los críticos para ser fieles a la palabra empeñada cultivamos nuestras opciones y escribimos mejor sobre nuestras adhesiones mayores. Sólo los críticos ingleses suelen ser mejores escribiendo sobre textos que detestan.

De cualquier modo, Rayuela puede mejorar en la relectura de un lector y puede desmejorar en la lectura de otro. Muchos grandes libros, en efecto, envejecen mal. Sobre todo los que tributan los bríos de su época y se deben a las pasiones momentáneas que representan en el museo de las ideas recibidas. Rayuela, creo yo, no sólo no ha perdido nada de su original fuerza, sino que también ha ganado en su afirmación de la creatividad como espacio de conocimiento, exploración y juego. Por eso continúa siendo leída por los jóvenes como un manual de instrucciones para no construir una novela tradicional. Esto es, para no perpetuar una realidad mal habida.

Al final de la jornada, me animé a pedirle al público de la sala que no sigamos llamando “cronopio” a Julio Cortázar. Si lo seguimos haciendo, corre el peligro de dejar de serlo. Porque la lección de este festival es que los mejores autores son aquellos que nos hacen, en la lectura, más libres.

(*) Profesor de literatura hispánica en la Universidad de Brown.

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