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Una poética espacial
Javier de Navascués. Los refugios de la memoria: un estudio espacial sobre Julio Ramón Ribeyro. Madrid, Iberoamericana / Vervuert, 2004.
Pese al intenso diálogo que se produjo entre las letras hispánicas de ambas márgenes del Atlántico en la época del boom, las instituciones españolas de enseñanza superior reservaban a los estudios hispanoamericanos, hasta hace unos lustros, un lugar secundario. La situación se ha modificado paulatinamente y desde fines del siglo XX puede afirmarse que en España existe, como por muchas razones era natural que sucediera, uno de los grupos más activos e intelectualmente emprendedores de especialistas en literatura hispanoamericana. Carmen Ruiz Barrionuevo, Teodosio Fernández, Francisca Noguerol, Esperanza López Parada o Eduardo Becerra son nombres ejemplares que sobresalen en esa colectividad crítica, en la que se cuenta también, con singular relevancia, Javier de Navascués, profesor de la Universidad de Navarra y autor de monografías ya esenciales como Adán Buenosayres: una novela total y El esperpento controlado: la narrativa de Adolfo Bioy Casares.
En Los refugios de la memoria, su volumen más reciente, Navascués emprende un estudio detenido de un narrador a quien presenta como paradójico maestro marginal: es evidente, señala, que, a pesar de la enorme popularidad de que goza en su país y del prestigio exquisito que su obra tiene entre bastantes lectores, Julio Ramón Ribeyro todavía no figura en muchos panteones letrados a la altura, entre otros, de Borges, Rulfo o Cortázar (p. 13). El crítico plantea entre las causas principales de ese fenómeno de recepción la lamentable reducción del escritor a un realista tradicional. La fidelidad a módulos expresivos decimonónicos sin duda surge en su obra; sin embargo, tal relación, lejos de ser pasiva, resulta vivificadora y de constante actualización (p. 14). La sutileza de ese proceder, por supuesto, es perceptible sólo para unos pocos de allí la exquisitez que se observa en quienes ya han identificado al peruano como autor canonizable, y da pie a que alrededor de Ribeyro se entreteja, junto a la admiración explícita, el desconocimiento.
La piedra de toque de la tesis de Navascués es la representación del espacio: en ella se divisa lo que separa a Ribeyro del pasado literario, pero, asimismo, la manera que ha elegido de entablar con éste un intercambio enriquecedor. Desde el ámbito tremendista que Lima ofrece en cuentos tempranos como Los gallinazos sin plumas hasta la resignada bonhomía de la última etapa del autor, visible en Silvio en el rosedal, el crítico apunta en esta obra una transformación de la concepción de lo peruano, sobre todo lo limeño, aptamente sintetizada en la frase De Babel a Arcadia, título de uno de los capítulos, cuya primera versión obtuvo el premio de ensayo Juan Rulfo en 2002. Para describir la trayectoria del escritor sin someternos al relato simplista de una evolución, Los refugios de la memoria elige el análisis de tres motivos fundamentales: la casa, el jardín y la torre; gracias a ellos y sus variables se genera una constelación de significados que permite efectuar una lectura panorámica del quehacer de Ribeyro (p. 18). Como no cuesta demasiado notar, en este libro se retoman las iniciativas de la fenomenología literaria de mediados del siglo XX; pero importa recalcar que ello se hace evitando exitosamente el error más grave de aquellos discursos: dejar de captar el comercio determinante entre las imágenes de la conciencia individual que tanto fascinaron a Bachelard, por ejemplo y las circunstancias sociales y políticas específicas que propician esas espiritualizaciones de la percepción. Navascués, de hecho, nunca olvida las homologías entre el mundo recreado en la palabra y el mundo vivido y, así, nos habla de que hacia el final de su trayectoria el autor se sienta desengañado de la ideología izquierdista de su juventud (p. 21) o de que en su obra influya el contraste entre una experiencia europea y una suramericana con encarnaciones divergentes de la alienación urbana (p. 70-77) y el surgimiento, después del decenio de 1950, de una Lima suburbial, conglomerado de barrios improvisados en cerros y arenales, a la par que se imponían nuevos distritos aristocráticos como compartimientos estancos (p. 27) es decir, el triunfo tan postergado en el Perú de aquello que Edward Soja célebremente caracterizó como espacialidad capitalista. Ribeyro, a diferencia de los nostálgicos del siglo XIX o principios del XX, que idealizaban los vestigios de la grandeza virreinal, desplaza el foco de la añoranza a un espacio hecho a la medida de la clase media (p. 63) y, por consiguiente, en deuda con la modernidad burguesa. En su obra, de esta forma, se amplía y completa, por fin, el radio de acción del imaginario realista nacional, insinuándose el lado trágico de la tardía incorporación a la realidad moderna: ocurre cuando ya no se oculta a nadie sus fallas por algo, muchos relatos de Ribeyro levantan el acta de defunción [de Lima] en el mismo momento de empezar la historia (p. 114).
La Arcadia de Ribeyro, argumenta Navascués, es un territorio personal, nunca [antes] abierto por la literatura peruana. Ha habido, por supuesto, otros nombres que han certificado la existencia de ese mundo burgués. Pero ninguno [lo ha hecho] con [tal] constancia y talento (p. 112). El secreto, tal vez, se encuentre en la coherencia expresiva del orbe que libro tras libro diseñó el narrador, el de una subjetividad nostálgica que da primacía a los afectos por sobre cualquier otro móvil de conducta, convirtiendo, así pues, el espacio primigenio que todos los seres humanos conocen, el privado de las relaciones familiares, en paradigma de aproximación a espacios más abarcadores y públicos: el progresivo desplazamiento del realismo social [con el que Ribeyro convivió al principio de su carrera] en favor de los temas autobiográficos y metaliterarios tiene seguramente aquí su explicación (p. 115). La evaluación que lleva a cabo Los refugios de la memoria, con todo, es precisa: el desplazamiento lejos está de proponer un hallazgo utópico, puesto que los refugios son precarios; exigen deseo y resignación simultáneos (p. 117). Lo cual equivale a postular que el narrador no recae en una vergonzosa defensa del proyecto burgués que tan sabiamente retrata, sino que revela sus limitaciones, la imposibilidad de que se alcance la felicidad que los individualismos que arrancan del siglo XVIII, en sus variantes liberales y neoliberales, han prometido una y otra vez. Navascués, con una lucidez poética excepcional en un crítico, describe como mirada herida el escepticismo raigal de Ribeyro.
Dicha actitud ofrece amparo a quien sabe, desencantado pero sereno, que entre los escombros de las ideas fracasadas no nos queda más que seguir viviendo.
(*) Escritor venezolano. Es profesor de literatura en la Universidad Connecticut-Storrs (Estados Unidos).
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