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AÑO DEL ESTADO DE DERECHO Y DE LA GOBERNABILIDAD DEMOCRÁTICA

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ACTUALES

Por:
Julio Ortega (*)

Bill Clinton vida, política y narración
La aparición de la autobiografía del ex presidente estadounidense Bill Clinton, My Life (Mi vida), devela una noción de la escritura literaria como recreación de la historia personal contada de manera colectiva y la amistad hacia dos narradores latinoamericanos representativos: Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez.

Ningún libro que no sea una novela ha vendido casi medio millón de ejemplares el primer día de su publicación como ocurrió con Mi vida, la autobiografía de Bill Clinton. En Estados Unidos, Clinton continúa siendo el ex presidente más entrañable, aunque Ronald Reagan haya sido el más popular. A diferencia de Reagan, quien estaba incapacitado para sostener relaciones personales, Clinton hizo de su vida pública una saga emocional. Su autobiografía lo revela como el animal político que fue desde niño: su vida es una candidatura permanente, y este mamotreto de 957 páginas, casi un buzón de votos recontados. Hasta cuando se encuentra con el Papa le impresiona que sepa “hacerse de un público” y añade, en broma, que “odiaría tener que competir con él en unas elecciones”. Al final, redimido y elegido, anuncia que sigue trabajando en “la lista de objetivos” que se prometió de joven. Uno cierra el libro con la sospecha de que ha añadido otro voto.

Como los verdaderos políticos, Clinton no se sintió llamado por una causa ideológica ni por un dictamen moral, sino por la insólita vocación clásica del poder, cuya versión moderna es la de programar el bien común. Esa posible articulación entre el poder y el hacer, entre la representación y la fe en el cambio, es la legitimidad liberal de la democracia populista, el discurso político que sostiene la buena conciencia del optimismo norteamericano. Lo notable es que Clinton hizo de su vida un temprano proyecto político. Cuando sus padres instalan el primer televisor en casa, el niño queda fascinado por la fanfarria de una convención electoral. La esfera pública (el debate y las comunicaciones) será su escenario y empieza pronto la campaña que nunca dejó de ganar, incluso las que perdía. Hasta cuando tiene que batirse a los puños con otro muchacho, termina sumándolo a su causa.

Reagan tuvo una relación tan abstracta con la gente que a veces no reconocía a sus propios hijos: sonreía siempre y estrechaba las manos, pero tenía la mirada vacía. Cuando Clinton, ya presidente, supo que su padre, que murió en un accidente pocos meses antes de que él naciera, había estado casado dos veces antes de desposar a su madre, de inmediato quiso conocer a sus nuevos parientes. Era capaz de largas relaciones, amanecía en tertulias imposibles y comía cualquier cosa. Leyó a los clásicos como si todos fueran grandes oradores; su discurso era concreto, elocuente y emotivo. Aunque estudió en Yale y en Oxford, nunca abandonó, quizá cultivó, su blando acento sureño, no tan del sur que sonase folclórico, pero suficientemente del sur como para gustar de las cadencias del drama y la intimidad excesiva. Clinton ha sido capaz de abrazar a las familias de luto, llorar en cámaras y confesar que de Elvis Presley le gusta hasta las películas. Es el único presidente estadounidense que le ha dado la mano a Fidel Castro. No ha de extrañar, por tanto, que su autobiografía sea la de una generación, porque los hechos que minuciosamente recuenta son parte de la vida cotidiana de un país que, sin darse cuenta, de pronto se encontró casi sin enemigos (lo que pudo haber derivado en una pérdida de identidad) y con un superávit económico que no supo cómo invertir (y que Bush ha dilapidado en los costos de la guerra). La nostalgia por el pasado es tan urgente en la cultura estadounidense que, siendo un país de historia reciente, ya no queda pasado por recuperar, y la nostalgia acelerada está consumiendo el futuro. Estamos, dicen, echando de menos 2010, aunque las estadísticas llegan a 2025 y usamos las nuevas computadoras como chatarra inminente. Las memorias de Clinton son la historia de su vida, aunque adelantan las nostalgias del futuro, en las que la realidad es una consulta popular.

Clinton no sería quien es sin su madre, una mujer llena de vida, que le dedicó una atención afectiva extraordinaria. Y de su padrastro, un vendedor de automóviles, que sucumbía al alcohol y la violencia, y contra quien se enfrentó más de una vez en defensa de su madre. El niño creció en un hogar quebrado, pero adoptó, por decisión propia, el apellido del padrastro. En su biografía lo relata todo con horror y tacto, y llega a la conclusión de que haber separado su vida privada de su vida pública (al día siguiente iba a la escuela como si nada ocurriese en casa) le llevó a tener una vida secreta, como el escándalo de Mónica Lewinsky, que puso en peligro su presidencia y matrimonio. Aunque varios críticos leen esa explicación como exculpatoria, lo cierto es que no sólo asume toda la gravedad de sus culpas, sino que también reitera arrepentimiento y excusas. No deja, eso sí, de culpar a la derecha encarnizada del escándalo judicial que se montó para destituirlo, lo que califica de un “golpe de Estado”, y a veces sugiere que sus pecados son poca cosa ante el abuso de sus acusadores, que estaban violando la Constitución. La Biblia y la Constitución, jura él, son los textos sagrados. Se podría transgredir uno, drama moral y personal, pero no el otro, crimen público. Clinton se burla del psicoanálisis porque le basta con el discurso reparador que domina la vida estadounidense: la “ayuda profesional” de los “consejeros matrimoniales”, además del consuelo de los “guías espirituales”. Ese culto a la terapia (ocho horas seguidas una vez por semana en el caso de los Clinton) es el recetario anímico que termina salvando su matrimonio y afirmando el romance nacional. Toni Morrison ha sugerido que Clinton es el primer presidente afroamericano de Estados Unidos: viene de un hogar pobre y violento, tiene problemas con las mujeres y es fácil perdonarle casi todo.

En un momento de patetismo, Clinton se compara con la Magdalena: “que tire la primera piedra quien esté libre de culpa”, cita. Pero no menos elocuente es que haga la cita completa; Jesús exime a la pecadora: “yo tampoco te condeno”, le dice. La terapia es el remedio del orden: la Biblia permite redimir tanto la vida privada como la pública. Los abogados y las encuestas de opinión, siempre favorables, se encargan de la Constitución.

Claro que la expiación del pecador y la inocencia restaurada como lección requieren de todo el repertorio confesional. Al final, se trata de las virtudes de esa gran retórica: la confesión demanda la autoflagelación. En el tribunal de este libro, Clinton cita como sus abogados a Marco Aurelio y San Pablo, a la sabiduría y a la fe.
Toda su defensa estuvo armada como un gran debate tanto en las tribunas del Congreso como en los programas de televisión. Su libro es la última piedra de ese oratorio. O, tal vez, la primera del próximo, y ya previsible: la campaña presidencial de Hillary Clinton.

En una pausa de vacaciones, Clinton escribe: “La tarde más memorable para mi fue una cena en casa de Bill y Rose Styron, donde los invitados de honor fueron el espléndido escritor mexicano Carlos Fuentes y mi héroe literario, Gabriel García Márquez (...). García Márquez se oponía al embargo norteamericano de Cuba y trató de persuadirme de que lo dejara de lado. Le manifesté que no levantaría el embargo, pero que apoyaría el Acuerdo por la Democracia Cubana, que daba al presidente autoridad para mejorar las relaciones con Cuba a cambio de mayores cambios hacia la libertad y la democracia en ese país (...). Castro me ha costado ya una elección, le dije, no puede llevarse dos.”

Aunque Clinton siempre está leyendo algún libro, sólo una vez habla de una novela. Cuando estudiaba en Yale, cuenta, el curso sobre el código de impuestos era tan aburrido que pasaba las clases leyendo Cien años de soledad. Al final de una clase, el profesor le preguntó qué estaba leyendo con tanto interés. “Le mostré el libro y le dije que era la más grande novela escrita en cualquier lengua desde la muerte de William Faulkner. Y todavía pienso así.” Debe haberse imaginado ganando las primeras elecciones de Macondo.

Lástima que no diga nada más de Faulkner. Aunque Mi vida no deja de estar animada por el mayor modelo narrativo estadounidense: la vida contada en primera persona como una aventura colectiva. Resuenan esas voces, no sin promesas de gran cuento, desde la primera línea: “Temprano en la mañana del 19 de agosto de 1946, nací bajo un cielo claro después de una feroz tormenta de verano, de una madre viuda, en el hospital Chester, en Hope...”

 

(*) Crítico literario y profesor de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Brown (Estados Unidos).


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