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EDITORES EN LA ERA GLOBAL
Leer sin abrir la boca
Ante el avance irrefrenable de los grandes grupos editoriales, que forman parte de vastos conglomerados transnacionales, la labor del pequeño editor local se resuelve si saca a relucir los márgenes literarios que los primeros no han podido ver. Se trata de una apuesta arriesgada que en ciertos casos puede acarrear notables beneficios.
Cada vez que Ambrosio leía dice Agustín en las Confesiones, sus ojos recorrían la página y su mente penetraba el sentido de las palabras. Su lengua, sin embargo, estaba siempre quieta. Conjeturé entonces que la misión de un editor era leer sin abrir la boca, dice Tomás Eloy Martínez sobre los editores. Osvaldo Soriano lo publicó en la contratapa del diario Página 12 antes de pasarlo a libro: está casi al final de Piratas, fantasmas y dinosaurios.
El único editor bueno, dice Soriano, es el editor muerto, y recuerda con cierto placer al único editor fusilado en toda la historia por alguien ajeno a la literatura, el emperador Napoleón Bonaparte. Su artículo permite entender las razones detrás del odio cuando describe cómo fue estafado en Argentina por dos hermanos que hicieron un trato para vender ejemplares falsos de sus novelas. Como no es el único sino apenas uno más en una larga lista de engañados, Soriano comparte penas citando a Louis Ferdinand Céline, quien insultó a su editor Gastón Gallimard llamándolo payasesco comerciante estragado por el whisky y el sexo. El chileno Ariel Dorfman tuvo que presentarse con un revólver para que le pagaran los derechos atrasados. El fantasma de Dorfman, asegura Soriano, todavía ronda por Italia persiguiendo acreedores y acompañando a los escritores pobres.
Paco Porrúa, publicando Bestiario y comprando los derechos de Cien años de soledad, que Garcia Márquez había ofrecido por 500 dólares al editor Jorge Álvarez, es una gema en la oscuridad, uno de los escasos cisnes que flotan sobre el barro del oficio y la leyenda intocable de los escritores desesperados.
Tomás Eloy Martínez recuerda a Porrúa y los viejos libros del Molino junto a una visita a Antonio López Llausás, que guardaba apiladas en un depósito interminables filas de Bestiario de Cortázar y La vida breve de Onetti. Que no se sorprenda nadie: si La vida breve pasó inadvertida, El pozo tardó 25 años en agotar sus 500 ejemplares. Si dividimos en partes iguales, da 20 libros por año.
Editores como López Llausás o Porrúa comparten el filo del abismo donde se mece el escritor cuando termina su obra, sin el seguro de una fama póstuma que los redima de su destino de sombras. Sólo los malvados parecen quedar en la memoria colectiva, como demuestra Soriano.
¿Cuál es la función de los editores? En Autor & Editor: A Working Guide se les describe como ejecutivos todoterreno: Pueden comprar derechos para publicar libros que se proyecten, vender derechos subsidiarios, desarrollar planes de promoción y comercialización, escribir solapas o contracubiertas..., supervisar la producción y leer pruebas. Y, por supuesto, editan.
Debemos hacer nuevamente una distinción, asegura Daniel Divinsky, de Ediciones De La Flor. En las editoriales de los países angloparlantes existen el editor y el publisher. Publisher es el empresario editor o el director editorial. Editor es quien tiene a su cargo el editing. Él conversa y discute con el autor sobre la temática para la cual tendrá en cuenta lo que en ese momento tiene mayor aceptación en el mercado. Yo puedo sugerir títulos, puedo sugerir corrección de estilo. Cuando Enrique Medina nos trajo Las tumbas, que fue luego uno de los grandes éxitos de la editorial, le sugerí cambio de título y hacer corrección de estilo.
Trabajar para grandes editoriales asegura una distribución masiva, pero disminuye el control sobre el material: el libro se transforma en una mercancía que colocar, un producto más dentro de un muestrario inmenso dominado por el marketing y las campañas de prensa. Las pequeñas y medianas editoriales, generalmente nacionales, con un dueño histórico y un catálogo de inhallables, suelen rescatar el borrador de las manos de los comerciantes, pero con la libertad se reducen la tirada, la publicidad y las ventas. En la realidad, sólo el autor consagrado puede medir el riesgo entre su libertad y la difusión masiva, algo imposible para el novel: desesperado por publicar, suele aceptar condiciones mínimas y contratos leoninos en que quedan atrapados sus derechos de autor por los siguientes veinte años, sin descuentos ni premios por los cuatro o cinco años que tardó en escribir su libro y los dos o tres que le costó colocarlo.
Mientras los grandes grupos eligen libros rentables que reducen los riesgos, un racimo de pequeñas editoriales (De la Flor, Adriana Hidalgo, Temas, Beatriz Viterbo, Colihue, Corregidor, La Crujía y Del Zorzal) apuesta por rescatar textos de la periferia y publicar inéditos. Para el público, que suele imaginar que sólo los grandes grupos crean problemas, el rechazo de los libreros a trabajar con pequeñas firmas puede hundir un libro o relegarlo al olvido, sacándolo de la vista siempre distraída del lector.
La Secretaría de Cultura compró durante 2001 títulos y revistas de una treintena de editoriales para distribuirlos en bibliotecas populares, pero se quedó en promesas: Gustavo López, editor de la revista de poesía Vox; y Daniel Samoilovich, de Diario de Poesía, no cobraron sus subsidios; Ediciones Deldiego quebró y en Belleza y Felicidad cobramos nueve meses después, dice Fernanda Laguna, una de sus directoras. Éramos editoriales muy chicas, no nos alcanzaba para hacer los libros. Un apoyo real tendría que haber aportado para la producción de los libros. Pagamos las ediciones con nuestros ahorros, explica.
En la vereda de enfrente, el grupo Bertelsmann compró Random House por mil 300 millones de dólares y el director de la feria de Francfort, Peter Weidhass, denunció que el mundo de la literatura se ha trasladado del salón a la Bolsa. El 80% de la edición norteamericana está en manos de las corporaciones Bertelsmann, Holtzbrinck, Longman, News Corporation y Viacom. Más cerca, en Argentina, Planeta concentra Seix Barral, Emecé, Ariel, Temas de Hoy, Crítica, Martínez Roca, Minotauro, Booket, Destino y Espasa; y Sudamericana, Plaza & Janés, Lumen, Debate, Collins, Grijalbo, Mondadori, Beascoa, Galaxia Gutenberg, De Bolsillo y Montena. La lógica de cualquiera de esos grupos, tan parecidos en sus diferencias, puede resumirse en la advertencia de Olaf Hantel, de Sudamericana: Sudamericana no publicará a argentinos que vendan menos de tres mil ejemplares.
El lector, sin embargo, parece mantener su interés por las pequeñas gestas. Las editoriales se globalizan; los lectores, no, dice el agente Guillermo Schavelzon. La idea de que pequeñas editoriales sigan con su resistencia de hormigas frente al avance de gigantes corporativos, conglomerados de editoriales nacionales unidas por una gran empresa y protegidas por un amplio paraguas financiero, convive con otros milagros de procedencia desconocida: autores de narrativa argentina (Cohen, Fresán, Forn, De Santis) quienes tienen una audiencia estable, un público fiel que los vuelve reales a los ojos de editores comerciales que no registran todavía ese entendimiento mutuo, telepático y casi perfecto, entre autor y editor.
Hay casos históricos como el de Arturo Peña Lillo, quien publicó en las décadas de 1960 y 1970 libros que lo convirtieron en el referente de toda una rama del nacionalismo argentino con Arturo Jauretche, Rodolfo Puiggrós, José María Rosa y Ernesto Palacio; o la editorial Sur, fundada por Victoria Ocampo en la década de 1930, que tradujo por primera vez a André Malraux, Albert Camus, Graham Greene o T. H. Lawrence y difundió a Jorge Luis Borges: Fuimos los primeros en proclamar, adonde íbamos, sus excelencias. Hoy miramos estas manos nuestras que recibieron apresuradamente tendidas sus poemas, sus libros, sus cuentos, cuando ningún editor, local o extranjero, se los disputaba, escribió Victoria Ocampo en sus Testimonios.
Estos milagros suelen tener una factura simple y una necesidad creada por otros. Como en la almeja, la arena termina convertida en perla bajo presión. Peña Lillo creó su catálogo empujado por la mala competencia: No podíamos competir con las editoriales consagradas, por el costo de los derechos. Pedí los derechos sobre el libro Psicopatologías sexuales, de un autor norteamericano que en medicina era lo máximo. Pasan los meses y me llama el del Ateneo y me dice: ¿Vos vas a editar ese libro?. Sí, le contesto.
Y él me dice: No te molestes, porque ya lo tenemos nosotros. Yo se lo había pedido al agente literario y cuando éste lo tuvo se lo ofreció al Ateneo, que le pagó más. Así que eso influyó también para que me dedicara a lo nacional.
En España, una de cada cuatro empresas pertenece a un holding editorial. Sin embargo, el editor más famoso es Jorge Herralde, dueño de Anagrama, un experto en inventarse nichos desde donde frenar la competencia; famoso por su selección de autores, la clave de Anagrama es dar batalla en todos los frentes y moverse continuamente en una zona donde el enemigo no pueda hacer pie entorpecido por su propio volumen: Creo que hay una serie de ventajas concretas con las que cuenta un editor independiente dice Herralde. Dispone de una línea editorial coherente, tiene mucha mayor agilidad para tomar decisiones y la certeza de que escritores y agentes prefieren tratar y negociar cuando saben que hay una persona reconocible a cargo de esas decisiones, y no como ocurre en los grandes grupos, donde hay una rotación permanente de directivos y de editores. El editor independiente también tiene a su favor el hecho de que algunos autores muy reconocidos pueden estar en óptimas condiciones económicas en un gran sello, pero, aun así, prefieren estar en una editorial de rostro más humano.
A fines de la década de 1970, Herralde descubrió para sus lectores a Charles Bukowski en la librería City Lights. Luego sumó otros inclasificables como Copi, Tom Wolfe y Kurt Vonnegut; y fundó su colección Contraseñas. En Panorama de Narrativas, dedicada a la literatura contemporánea, todavía reina la armada inglesa formada por Ian McEwan, Martin Amis, Julian Barnes y Graham Swift.
Mi idea fue ir buscando clásicos negligidos y tesoros ocultos. Rastreé contratos, hice nuevas traducciones. Un clásico negligido por rigurosa ausencia era Albert Cohen, que no estaba publicado en España.
Como Porrúa, Herralde arrastra su leyenda de sabueso, experto en bucear en librerías y descubrir autores a quienes abrirles las puertas de su editorial. En Lousiana encontró La conjura de los necios, de John Kennedy Toole, que fue un éxito. La apuesta puede transformarse en un desastre financiero, pero la presión, como en Peña Lillo, genera perlas difíciles de hallar en playas más seguras o mares menos profundos: Anagrama publicó seis libros de Tabucchi sin un solo éxito que los redimiera de su destino de saldo antes de Sostiene Pereira. En Madrid, leyó Plata quemada, la novela de Ricardo Piglia. Aunque ganó el premio Planeta con Plata quemada, nunca lo habían publicado en España, lo que para mí es un misterio. ¿Cómo es que uno de los mejores autores latinoamericanos, con una novela que ha ganado el premio Planeta, no se publica?.
Anagrama creó su propia marca de long sellers, libros de calidad y venta sostenida a lo largo de los años, apostando a la fidelidad de los lectores. El mecanismo que lanza los libros de Grisham o Clancy como best sellers inmediatos los vuelve rápidamente viejos, ideales para leer en dos días pero difíciles de sostener. A veces, en las playas españolas, donde paso parte del verano, escudriño las lecturas estivales de los veraneantes. Me sé de memoria a los autores: Tom Clancy, Michael Crichton... Cuentan una y otra vez la misma historia. El lector pasivo lo sabe y lo agradece. Todo lo sorprende porque nada lo ha hechizado, dice Carlos Fuentes.
La función del editor como descubridor de talentos, médium entre la obra y el público, y sostén frente a las inseguridades crónicas de los autores, puede limitarse a su labor inicial: hundirse en la oscuridad de las bibliotecas y recorrer los laberintos de una librería para volver, como encarnación de los antiguos héroes, a compartir sus descubrimientos. Sé muy bien que [Jesús de] Polanco lee sin mover los labios dice Eloy Martínez sobre el creador del diario El País y fundador del grupo Santillana, como los editores medievales que invocaba mi abuela. Lo que no sé es en qué luminoso rincón de sus depósitos editoriales oculta las obras maestras que nadie sino él está leyendo ahora, y que todos vamos a leer mañana, con la ingenua sensación de que estamos descubriéndola.
(*) Escritor argentino. Además de colaborar para la revista Etcétera, ha publicado en el diario La Jornada
de México y las revistas españolas Stalker y Galaxia.
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