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El suplemento no comparte necesariamente la opinión de sus colaboradores
 

ENTREVISTA

Por:
Nerea García Garmendia (*)

ENRIQUE VILA - MATAS
“Nada más reñido con lo artístico que la verdad”
París no se acaba nunca, última novela de Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948), destila una refinada ironía.
En 2001, a este escritor español le fue concedido el Premio Rómulo Gallegos por Bartleby y compañía
y en 2002 ganó el Herralde con El mal de Montano. En esta entrevista, Vila-Matas habla de la verdad, la autobiografía y la ficción en su obra, una de las más singulares de la literatura contemporánea.


Lo primero que sorprende en París no se acaba nunca es un estilo irónico y alegre al que no nos tenía acostumbrados...

–Es un texto más desinhibido que El mal de Montano y otros libros míos, tal vez porque apunta hacia una menor trascendencia, adopta un aire más ligero ya desde el primer momento. Ironía la hay también en El mal de Montano y, por tanto, no es ésta la causa del tono alegre de París no se acaba nunca. Yo diría que la alegría procede del tono elegido. Al reírte de ti mismo (aunque sea del que eras tú hace treinta años), parece que dispones de una libertad total para hacer contigo y con tu pasado lo que te dé la gana. Por ahí, por el lado de la libertad, puede que provenga esa alegría de la que usted habla. La alegría –mire por dónde– puede que esté en contacto con la ligereza. O, mejor dicho, con la levedad.

Esa “desesperación” juvenil de la que habla, por la “volubilidad del amor, la fragilidad del cuerpo, la trágica soledad....”, ¿se logra superar con la edad?

–En mi caso era una desesperación cercana a “la pose”. Una desesperación bastante falsa, por tanto. Creía simplemente que estar desesperado era más artístico. Pero también es cierto, en mi caso, que los motivos que cito para estar desesperado se ahondan con la edad, y que eso es lo que me ha llevado precisamente a reaccionar contra ellos, poniéndome en manos de una cierta alegría, seguramente también falsa.

Da la impresión de que sus libros más recientes –a partir de Lejos de Veracruz, sobre todo– son más autobiográficos que los primeros. ¿Cree que la madurez literaria influye en esa tendencia a la autobiografía?

–Lobo Antunes dice que no se pueden escribir buenas novelas antes de los 30 años. Es posible, aunque seguro que encontraríamos excepciones a la regla. Lo cierto es que para la novela –no es el caso de la poesía, desde luego– la experiencia personal cuenta bastante. A mí, estoy seguro, la experiencia me ha ayudado a escribir novela a partir de los 40 años. Pero no soy exactamente autobiográfico nunca, simulo serlo, que es distinto. Estoy más próximo a la autoficción, diría.

Esa experiencia de la que habla, ¿se encuentra en la propia vida, como decía Hemingway, o, por el contrario, está en los libros y no hace mucha falta salir a ver mundo, al estilo Kafka?

–A la vista de los mediocres resultados de Hemingway y de los fantásticos resultados de Kafka, lo ideal debe de ser lo segundo, no salir a ver demasiado mundo. Ni siquiera ir al cine. Por eso a Kafka no le gustaba el cine. La televisión le habría dejado jaquecas notables.

Hablando de Kafka, en sus Diarios hace un esfuerzo por ser fiel a su “realidad”, y, sin embargo, París no se acaba nunca, que juega con la idea de diario, asume la ficción como planteamiento inicial. ¿Dónde está “lo verdadero” en la literatura?

–Todo París no se acaba nunca está basado en la realidad, en hechos reales, pero distorsionados en menor o mayor medida. Al final, todo es verdad en mi libro sin serlo. Como decía Wallace Stevens: “A la larga, la verdad no importa.”

Como dice un personaje de París no se acaba nunca, una autobiografía es una ficción entre muchas posibles. ¿Es concebible, para usted, la autobiografía sin ficción?

–Me remito a la conferencia de Borges en mi libro. Ahí explica que es triste, aunque no podemos tener recuerdos verdaderos de nuestra juventud porque todos son inventados. Por otra parte, ser sincero en literatura es un horror. Nada más reñido con lo artístico que la verdad.

Tal vez los recuerdos estén hechos de la misma materia que los sueños o que los recuerdos de los sueños...

–Los recuerdos están hechos de viento. Y el viento, como ya sabe usted, es quien inventa las nubes.

Hablábamos antes de los diarios. ¿Sería igual París no se acaba nunca si durante aquella época hubiera escrito uno? Es decir, ¿cómo habría modificado el recuerdo de entonces el haber tenido ahora la referencia directa de lo que ocurrió?

–Habría encontrado en ese diario muchas referencias a días y noches de los que no recordaría nada. En cambio, todo lo que aparece en París no se acaba nunca está ligado con mi memoria selectiva, es decir, a lo que a la larga fue configurando, sin que yo me diera cuenta (pues nunca pensé que escribiría acerca de aquellos días) de los recuerdos más significativos de aquella época.

En ese sentido, ¿considera que es más sencillo ficcionar desde la distancia temporal y mental que desde la inmediatez de los diarios?

–Es más fácil, al menos para mí. Cuesta mucho hablar de lo más inmediato. Por ejemplo, es más sencillo ser irónico con la persona que tú eras hace treinta años que con la de ahora. Por otra parte, como se ve en El mal de Montano, a mí no me interesan los diarios que cuentan la verdad, sino aquellos que, como en el caso del Diario de Gombrowicz, construyen una personalidad ficticia, pero que es la personalidad que el escritor quiere tener ante sus lectores. Dicho de otra forma: no me gusta cómo me ven los demás, prefiero que me vean como yo quiero ser visto. Y para eso el diario es fenomenal. Es una valiosa ayuda un diario cuando te ayuda a ti mismo a construirte la personalidad que deseas tener.

En Recuerdos inventados dice el narrador: “Si no se cuenta, la vida es algo que transcurre, nada más. Para comprender a la vida hay que contarla, aun cuando sólo sea a uno mismo.” Pero usted dijo cierta vez que de tanto crear historias y personajes, ya no sabía ni quién era...

–No sé nada sobre mí, sólo sé que soy uno y soy muchos, como se dice, creo, en Recuerdos inventados. Y, por tanto, soy seguramente el narrador de Recuerdos inventados y también el que dijo, en una entrevista, que no había logrado averiguar nada sobre sí mismo.

La única manera de defender una autobiografía “real” es habernos convertido en literatura previamente, como le ocurría al protagonista de El mal de Montano. O sea, invertir los términos, como dice André Gide: “Un artista no debería contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la contará.”

–Me habría quedado fulminado por el estupor si hace treinta años alguien me hubiera dicho que todo aquello que me estaba pasando en París (una vida ínfima, carente de interés) atraería la atención de mucha gente treinta años después y en forma de libro escrito por mí mismo. ¿Fue mejor para mí no saber que, a pesar de mi discreta existencia, estaba viviendo en aquellos días una vida de novela? ¿O tal vez deberíamos pensar que todo lo que nos ocurre es maravillosamente interesante y a todo el mundo puede acabar atrayéndole el recuerdo de nuestras aventuras más comunes? Lo que tiene la literatura es que puede convertir una existencia anodina en algo extraordinariamente interesante. Basta con saber escribir. Escribir bien, claro.
Pero para escribir bien antes hay que vivir y, además, si se trata de una novela (la novela de tu vida, por ejemplo), tener más de 30 años. ¿Un gran enredo? Seguramente sí. Como la vida. Sobre las relaciones entre vida y escritura lo mejor que he leído nunca es aquello que decía Borges: “Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas.”

Sin embargo, los personajes de sus libros son muy poco anodinos. Suicidas, locos por la literatura, espías patológicos... ¿La literatura es el antídoto o, por el contrario, potencia la enfermedad?

–Mis personajes tienen un alto grado de locura si se les compara conmigo. Yo sólo soy un hombre de letras. Y en este preciso momento un hombre entrevistado.

Dice Antonio Gamoneda que todo sufrimiento es enfermedad, pero que no toda enfermedad es sufrimiento. ¿Esto afecta también a la escritura?

–No lo sé. Sólo sé que hay enfermedades muy breves que la medicina se las ingenia para prolongarlas.

¿Cree que se escribe, en parte, para poder inventar personajes que hagan o digan aquello que nunca hicimos o nunca dijimos? ¿Como una forma de resarcirse?

–Todos mis personajes salen de mí mismo. A ninguno, además, le permito salir a dar ni un paseo. Ni aunque sea para ir a ver a Gamoneda, que es un poeta –quería decírselo antes– que admiro mucho.

El premio Herralde de Novela 2002 por El mal de Montano fue su primer premio español y le ayudó a darse a conocer al gran público de su país, lo que ya había logrado años atrás en otros lugares, como México, Venezuela o el Perú. ¿Por qué llega tan tarde la repercusión nacional?

–Me estoy convirtiendo en un escritor francés de padres mexicanos. Cualquier posible éxito nacional-español me quedará muy lejano bien pronto.

El éxito suele ir acompañado por frecuentes apariciones públicas: conferencias, presentaciones... un género discursivo que aparece en El mal de Montano y sobre todo en París no se acaba nunca. ¿Qué tienen las conferencias para que sean algo tan literariamente estimulante?

–Cuando las doy, hago pruebas con el público para ver si estoy en el buen camino en la novela que ando en ese momento escribiendo. Las conferencias, que antes veía siempre como un latazo absoluto (para quienes las dan y para quienes las escuchan), hoy las veo como algo sumamente estimulante y creativo. Son un espacio de libertad total, puede uno estructurarlas con un atrevimiento formal que me seduce enormemente.

Si en Vila-Matas ya no se sabe dónde está la ficción y dónde la realidad, ¿puede asegurar que esta entrevista no es mentira y que “realmente” ha existido?

–Desde que conté que me había inventado para Fotogramas [una prestigiosa publicación española de cine] una entrevista con Marlon Brando, el mundo se ha llenado de gente que asegura haberme entrevistado y no sólo eso: me hacen decir cosas que no pienso o que nunca he dicho. No me molesta que inventen entrevistas conmigo, siempre y cuando no cobren por ellas. Me acuerdo de aquello que le manifestó Wenceslao Fernández Flórez al periodista Acevedo: “Y márchese ya. No siga preguntando más. Mis ideas, expuestas en artículos, valen dinero. No me haga víctima de ese timo de la entrevista, que consiste en cobrar lo que dicen los demás.” Y ahora, silencio. Que empiece la otra entrevista, la verdadera, la que usted inventará algún día. No la que en este momento ha terminado y de la que doy fe que no se ha inventado.

Aclarado esto, no puedo permitir que acabe la entrevista sin pedirle un favor: ¿podría adelantar algo acerca de su próximo libro?

–Estoy escribiendo una novela en torno al tema general de la desaparición del sujeto moderno. Lo que va de Montaigne a Blanchot.

 

(*) Licenciada en periodismo por la Universidad de Navarra. Escribe para las revistas Nuestro Tiempo de España y Parque Nandino de México.

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