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Uno de los nuestros
Un cuarto de siglo después de la primera edición, La vida a plazos de don Jacobo Lerner inspiró a su autor, Isaac Goldemberg, una nueva versión de la novela: El nombre del padre (2001), que enfatiza graves problemas sociales como la intolerancia, el temor a la pérdida de las raíces culturales y la falta de integración.
Aparte del título, La vida a plazos de don Jacobo Lerner (1976), considerado en 2001 una de las cien obras maestras de la literatura judía contemporánea por el National Yiddish Book Center, se diferencia en varios aspectos con El nombre del padre. Efraín, el hijo del protagonista, se llama ahora Jesús, lo cual subraya el lado católico de su familia materna. Chepén pasa a llamarse San Sebastián, pero se menciona que el nombre indígena del pueblo es Penché, es decir, invierte las sílabas. Por otro lado, los capítulos de los monólogos no llevan esta vez títulos y se desarrolla en un país sudamericano sin que se especifique cuál.
Sin duda, la incorporación más importante se relaciona con el tiempo: la nueva versión ocurre un lustro después que la primera. Ahora termina en 1941, ya no en 1935. Así, Goldemberg intenta resaltar algunos aspectos de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), como las condiciones infraumanas de los judíos en el gueto de Varsovia. Para Melvin Ledgard, El nombre del padre quiere ser en alguna medida un libro más asequible que la novela anterior. Sin embargo, con los cambios, este crítico echa de menos la presencia más concreta del Perú.
En ambas versiones, Goldemberg critica la intolerancia contra los judíos. Jacobo huye de su Ucrania natal por temor a los pogromos, es decir, las matanzas contra los de su raza organizadas por el gobierno zarista en la década de 1910. Además de mencionar sutilmente la política de exterminio llevada a cabo por los nazis, la revista Alma Hebrea, de la cual se reproducen algunos artículos, recuerda que algunos de quienes profesaban la ley de Moisés fueron condenados a la hoguera por la Inquisición durante la Colonia.
No sólo los judíos son rechazados socialmente. De ojos azules, descendiente de ingleses y de españoles, Benjamín le grita a su esposa, por cuyas venas corría sangre indígena, al enterarse del embarazo de Virginia:
¿Dónde mierda andabas metida cuando se la estaban montando a tu hija? Seguro que reventándote los piojos de la cabeza, ¡india de porquería! Únicamente porque es hijo de una india, la judía Sara Lerner rechaza adoptar a Jesús, su sobrino: No lo voy a dejar que entre en mi casa. ¿Qué me voy a hacer con un muchacho que ni siquiera es de los nuestros?
La codicia motiva en Benjamín Wilson el buscar la amistad de Jacobo Lerner. Haciendo de tripas corazón, le compra un vestido de percala a su hija Virginia, esperanzado en que la inversión redundaría en una buena ganancia. Poco después adquiere un sofá de terciopelo azul y hasta piensa gastar en un piano, todo con el afán de caerle bien al judío. En cambio, llamar a un médico para atender a su nieto Jesús le parece malgastar el dinero.
La sociedad machista castiga con dureza a las mujeres. Irma abandona a su hija, Beatriz escapa con un sargento de la Guardia Civil, Isabel es echada por el abuelo porque volvía a casa ebria y, luego de ser violada, Tere acaba recluida en un convento. Por la desgracia de ser madre soltera, Virginia se quiso suicidar al arrojarse al río sin saber nadar. Lucinda llora porque cree que después de la violación que sufrió su sobrina nadie querrá casarse con ella. La judía Miriam Lerner intentó también matarse. Quiso arrojarse por la ventana. La soledad las aplasta a todas ellas con fiereza.
Para Samuel Edelman, el protagonista estaba obstinado en conseguir el amor de todo el mundo. Pese a vivir en los últimos años con una holgada situación económica, Jacobo Lerner no disfrutaba de la vida. Enfermo y abandonado, envidiaba la posición social de su hermano Moisés, presidente de la Unión Israelita. Por su parte, su amante, Juana Paredes, recuerda la generosidad que mostró con su familia en desgracia. Es el hombre más tierno que conozco, dice.
Una de las mayores virtudes del libro es la economía de medios. La estructura ofrece relatos de un narrador omnisciente, monólogos interiores de diversos personajes y fragmentos de dos revistas, Alma Hebrea y La Voz de San Sebastián, incluyendo avisos publicitarios. La primera muestra las actividades de la comunidad judía. Por su parte, la sección Crónicas sirve de telón de fondo con informaciones acerca de sucesos ocurridos tanto en el país como en el extranjero: la crisis mundial de 1929, la guerra con una nación vecina, el avance alemán en la Segunda Guerra Mundial.
Con El nombre del padre, Isaac Goldemberg demuestra su obstinada búsqueda formal. Su proyecto de la adolescencia se concreta con una novela encantadora, inolvidable y que deja huellas en el lector.
CARTA ACLARATORIA
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Sr. Enrique Cortez
Editor del Suplemento identidades
Diario Oficial El Peruano
De mi consideración:
Sólo una aclaración en relación con el artículo de Pedro Granados sobre un supuesto neobarroco peruano en el último número (64) de identidades. El libro Señora de la noche, que publiqué en México en marzo de 1998 y que comenta Pedro Granados como parte de su nuevo canon, fue escrito enteramente mientras yo era profesor en una universidad pública, la de Temple, en Filadelfia, en 1997. El dato interesa solamente por la supuesta importancia que el Sr. Granados le otorga al lugar físico y laboral de enunciación del yo poético reprimido del libro, lugar que en su artículo es una prestigiosa universidad centro de control político internacional enclavada en el corazón del puritanismo norteamericano. Me imagino que se refiere a la Universidad de Harvard en Boston, mi actual centro de trabajo, en el que empecé a enseñar después de haber enviado el poemario a su editor mexicano, Víctor Manuel Mendiola. Si tanto importa el lugar físico de enunciación en un poemario, no olvidemos que la crítica no es menos pasible de análisis. Esa misma prestigiosa universidad le facilitó por varios años acceso gratuito a su biblioteca, gracias a lo cual Pedro Granados pudo terminar su tesis doctoral sobre César Vallejo en una universidad de menos prestigio.
Lamentablemente, el poco interés de la tesis y el paupérrimo inglés de Granados le impidieron conseguir trabajo en Estados Unidos por dos años consecutivos, obligándolo a retornar al Perú. ¿No será que esa frustración laboral lleva al comentarista a sus conocidos exabruptos críticos y a los derrames hormonales de su propio yo poético (queremos cachar, exclama en uno de sus versos)? Aprecio mucho la crítica literaria, pero no cuando se usa como ataque personal y como forma ligera de engaño al público.
Atentamente,
José Antonio Mazzotti
Pasaporte peruano 0233805
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