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La producción musical de los siglos XVI y XVII más que un presentimiento cultural es una prueba documentada gracias al trabajo del conocido director y musicólogo peruano José Quesada Maquiavelo, quien ha organizado para los interesados los manuscritos de música del seminario San Antonio Abad del Cusco. Este estudio y catálogo es el primer fruto que Laudate entrega a la comunidad peruana. Laudate, proyecto de recuperación de la música virreinal, es patrocinado por la Iglesia católica peruana, mediante la Comisión Episcopal para los Bienes de Cultura de la Iglesia y la Acción Católica Peruana. El legado musical del Cusco barroco, que en esta oportunidad comentamos, acaba de ver la luz gracias al Fondo Editorial del Congreso de la República y es el producto de una ardua labor de investigación en la que participaron también como auspiciadores la Pontificia Universidad Católica del Perú y el Instituto Nacional de Cultura.
Hay que destacar, en primer lugar, que además del aporte documental que contiene El legado musical del Cusco barroco, su autor nos presenta una lectura de la época informada y lúcida que consta de seis capítulos. El primero, Antecedentes, ofrece una aproximación general que da cuenta de la fundación del seminario Antonio Abad del Cusco, la perspectiva musicológica del autor, los problemas que hay que salvar para una investigación semejante y los estudios previos sobre este repositorio musical, el más importante de Sudamérica.
En El contexto cultural, Quesada Maquiavelo aborda la función de la música en el culto desde la temprana Edad Media hasta su implementación en las Indias. Aquí propone una oposición, útil y clarificadora, entre catedral misionera y catedral institucionalizada. La primera correspondería al siglo XVI, y obedece al espíritu contrarreformista y evangelizador, extirpador de idolatrías, que surgió a partir del Concilio de Trento y que en el Perú tomó forma con el I y II Concilio Limense. El repertorio musical, en este momento, es entendido como un instrumento de catequización, caracterizándose por el canto llano y la polifonía sacra en latín. La catedral institucionalizada, por su parte, fue producto de la estrategia tomada a partir del III Concilio Limense, pero recién se consolidó después de la segunda mitad del siglo XVII. En esta etapa, la Iglesia católica asienta todo su poder y la música tiende a exaltarlo. El barroco musical se vuelve así la estética del poder.
En el tercer capítulo, Reflexiones estéticas, Quesada Maquiavelo nos dice que la música virreinal presentó una estética subyacente y jamás explícita. De manera explícita lo que salta a la vista, nos dice el autor, es la funcionalidad. La música de entonces no fue producida como arte, noción, por cierto, romántica, sino para las necesidades culturales. Las obras siempre fueron medios de acercamiento a la divinidad. La actual noción de arte, en este contexto, nos habla más bien de una profanación de lo divino y una divinización de lo profano.
No hay que dejar de lado tampoco los procesos de hibridación. Este capítulo sobre lo estético permite entender a las expresiones barrocas americanas desde su diferencia, desde el barroco de Indias, como propuso Mariano Picón-Salas. Esta noción, desarrollada con provecho por Mabel Moraña, tiene en El legado musical del Cusco barroco un elocuente desarrollo, en cuanto al tema estético se refiere.
No ocurre lo mismo en el cuarto capítulo, De España a Hispanoamérica. Trasplante de la música renacentista y barroca, en que el autor precisa la casi inexistente alteración de los modelos musicales metropolitanos en su adopción en las Indias. Es más, Quesada Maquiavelo refiere que es posible reconstruir el desarrollo de la música europea a partir de la americana. A diferencia de los desarrollos literarios, estudiados por Moraña, podemos decir, después de la lectura de este libro, que la música fue un espacio mucho más imperial y conservador. Mucho más que la pintura virreinal estudiada también por Carolyn Dean, donde las representaciones nos muestran situaciones bastante subversivas con el orden colonial.
El quinto capítulo estudia La vida musical y sus protagonistas; el sexto, El repertorio y la práctica musical. Con ambos se cierra esta primera parte que, como se puede advertir, son una excelente entrada para entender el legado del repositorio musical del seminario Antonio Abad del Cusco, organizado, de acuerdo con una metodología archivística, en la segunda parte.
En líneas generales, El legado musical del Cusco barroco constituye un aporte invalorable que el Congreso de la República ha tenido el tino de publicar. Se trata de un esfuerzo de recuperación de nuestro patrimonio cultural, imprescindible para una mejor comprensión de nuestro pasado.

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