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Lo andino puede ser según se le vea una apariencia de imposición geográfica vertebrada por la contigüidad, un resto de megaimaginación geohistórica bolivariana, un sueño pragmático comercial que viene de los programas del Pacto Andino de los años 60, una cierta afinidad antropológica ante el resto del mundo. Pero éstas y otras lecturas que, en efecto, acercan a las llamadas repúblicas hermanas no han logrado que nos acerquemos culturalmente lo suficiente los unos a los otros. El retiro de Chile, en virtud de la Decisión 24, no hizo sino remachar la fragilidad de esa voluntad de ser solidarios.
En lo literario, seguimos lo que pasa por las capitales editoriales del mundo hispánico, que es mucho, pero no tanto como parece. Pero ignoramos lo que circula en los demás países andinos. No hay manera de comprar lo que se edita al costado nuestro, con la excepción de alguna dinámica editorial colombiana, como Norma, que sin embargo abastece mercados que apenas unifica, y menos domina. Este desencuentro se refiere a los libros, pero también alude a los diarios y las revistas. Hoy no sólo nos unen los horizontes de crisis: la preocupación por la droga y sus consecuencias, los llamados problemas de gobernabilidad, la volatilidad de la calle.
Lo latinoamericano pasa por alto lo andino en muchos aspectos, porque así nos ven desde el norte, pero también porque las tres grandes capitales de América Latina no están en los Andes. La andina es una empecinada unidad de países de segunda magnitud.
Hacer un número de Hueso Húmero desde los cinco países de la comunidad andina es casi un despropósito: en las artes y las letras nada contemporáneo nos articula, nos encontramos yuxtapuestos en proyectos latinoamericanistas ajenos (el escudriñamiento académico del norte, la acogida cubana que viene de los años 60, el comercio editorial español, la industria musical), no inter-conocemos ni inter-valoramos casi nada que no conozcan o valoren los intereses de fuera de la región. Todo lo interno en la cultura está librado a los contactos personales, pobres en estos tiempos, puesto que nadie financia este tipo de encuentro, a pesar de que ninguno está a más de cuatro horas de avión.
Miramos hacia atrás buscando una regla distinta, y sólo encontramos el modernismo literario de las grandes capitales latinoamericanas del siglo XIX, y muy al comienzo del XX. Pero ésa no fue una internacional de lo andino, sino de todo lo latinoamericano. Lo mismo pasa con el vanguardismo. El bloque andino se parece mucho, pero como conjunto carece de especificidad en las artes o las letras. Hay parejas: aspectos de la plástica colombiana y venezolana, nativismo ecuatoriano-peruano, indigenismo boliviano-peruano. Pero hasta allí, y sin mucho desarrollo.
Los libros generalizadores de lo latinoamericano mencionan a los autores y sus textos, pero es dificilísimo conseguirlos. Nadie conoce a nadie, o muy pocos a muy pocos. Los escritores locales (en oposición a globales) casi no viajan a los demás países andinos, y casi nadie los promueve, salvo la iniciativa comercial hispana, que debemos saludar. Todo el mundo conoce a alguien, pero hace años que no lo ha visto, y sus señas son inciertas. Los académicos sí se reúnen, un poco, alentados por el prestigio de lo andino como valioso argumento académico (como las reuniones de las JALLA), pero a la postre con poco impacto.
En lo cultural parece mantenerse aquel eje de lo andino como contraste de lo hispano de los años 20, este es un territorio de conquista, básicamente comercial en el mundo de las ediciones. Lo latinoamericano es una presencia, pero muy reducida. Sólo Colombia ha logrado romper el embrujo de la pequeña editorial local, con un par de grandes casas editoriales. En los demás países subsistentes, cuando subsiste, el empeño de editoriales estatales o privadas como Monte Ávila en Caracas, Los Amigos del Libro en La Paz-Cochabamba, El Conejo en Quito.
(*) Directores de la revista literaria Hueso Húmero.

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