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EL CORO DE VOCES SOLITARIAS
Los grupos en la poesía venezolana reciente
La eclosión del panorama poético venezolano actual se debe, en buena parte, a la actitud de dos grupos de mediados de la década de 1980: Tráfico y Guaire. Sus críticas y manifiestos cimentaron un mosaico de tendencias que hacen de la poesía venezolana una de las más vigorosas del continente.
El agua como un ciclo, 1978. Roberto Obregón (Venezuela)
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Para finales de la década de 1970 ocurren dos hechos paralelos. Algunos integrantes del prestigioso taller Calicanto comienzan a sentir que necesitan dar un paso hacia adelante, que los lleve más allá de la desideologizada dinámica plural del taller hacia un territorio de definiciones políticas, un territorio en que el poema y la concepción del mundo sean uno solo. Así es como aquella comunidad espontánea montó tienda aparte desde 1981 con el grupo Tráfico. Cuatro de sus seis integrantes pertenecieron a Calicanto: Armando Rojas Guardia, Yolanda Pantin, Igor Barreto y Miguel Márquez; dos se incorporaron desde la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela: Rafael Castillo Zapata y Alberto Márquez. Y hay un sétimo que no militó propiamente en el grupo, pero que fue determinante en su proceso de gestación: Hugo Achugar, poeta y crítico uruguayo, entonces aventado a Caracas por razones de exilio político y participante en Calicanto.
Paralelamente, unos estudiantes de la Universidad Católica Andrés Bello comienzan a reunirse con motivo de manifiestas afinidades en sus gustos poéticos; al cabo de meses, también en 1981, deciden abrazar la experiencia colectiva y crean el grupo Guaire, cuyo nombre, tomado de un río-cloaca caraqueño, condensa su convencida perspectiva urbana. Allí estaban Luis Pérez Oramas, Leonardo Padrón, Nelson Rivera, Armando Coll y quien esto escribe. Luego se incorporaron Alberto Barrera Tyszka y Javier Lasarte. Rivera y Coll comprenderían a la larga que sus vocaciones no se realizaban en el cultivo del poema e hicieron suyos otros géneros. A su vez, Pérez Oramas, Rivera y yo integrábamos el taller Calicanto, no en su primera etapa, la de la década de 1970, sino en la segunda y última, la que va de 1980 a su desaparición, en 1983.
El grupo Tráfico contaba con individualidades más formadas, eran menos jóvenes que los integrantes de Guaire. Los de Tráfico redactan un manifiesto en el que juzgan a la poesía venezolana de las generaciones anteriores, y para ello ponen en uso un arsenal crítico nada despreciable. La operación es doble: hacen la crítica de sus antecesores y proponen un programa de realización estética, siempre conforme a una visión crítica del mundo, inscrita en la tradición de la izquierda intelectual hispanoamericana, muy cerca de la comunidad de intereses que el cristianismo de la Teología de la Liberación y el socialismo conformaban entonces. Por el contrario, los Guaire trajinaron un camino con la prudencia que le prescribían sus limitaciones. Sin embargo, coincidían en muchos aspectos de la crítica que formulaban hacia la poesía que entonces se hacía en Venezuela y también comulgaban con la idea de lo urbano como escenario privilegiado para la palabra poética de unos hijos de la ciudad. Concordaban también en el gusto por una poesía que diera cuenta de la circunstancia sin enrarecer los referentes, apelando al habla de la gente de la calle. De allí que el gusto por la poesía conversacional estuviese a la orden del día, poesía que entonces se realizaba en el trabajo de la musicalidad del poema, en la incorporación de la sentimentalidad urbana hispanoamericana, en el recurso de la ironía, del humor; poesía que se tenía a sí misma como pieza crítica fundamental de un estamento ideológico burgués y acomodaticio. Si Tráfico tuvo muy claro el blanco de lo que no querían hacer y se encontraban en un peldaño más arriba del proceso de iniciación creadora, Guaire careció de esa claridad, ya que sus integrantes estábamos más urgidos por el hallazgo de nuestra propia voz. Veamos ahora el manifiesto de Tráfico, el último que se escribió en Venezuela, cuando ya nadie creía que podían redactarse manifiestos de ninguna índole. Aunque si bien es cierto que el manifiesto entonces era un anacronismo, no es menos cierto que, a juzgar por la revuelta que causó, fue efectivo en sus propósitos.
Se lee en su encabezado:
VENIMOS DE LA NOCHE y hacia la calle vamos. Queremos oponer a los estereotipos de la poesía nocturna, extraviada en su oficio chamánico de convocar a los fantasmas de la psique o de lanzar hasta la náusea el golpe de dados del lenguaje, una poesía de la higiene solar, dentro de la cual el poeta regrese al mundo de la historia, al universo diurno de la vida concretísima de los hombres, en cuyo orbe cotidiano ningún fantasma enfermo moviliza más fuerza que el horror o la belleza encontrables en una acera cualquiera, y ningún aristocrático golpe de dados del verbo podrá abolir jamás el sabor sanguíneo de todas las palabras de la tribu.
Aquí se advierten algunos adversarios, entre ellos, dos corrientes previas cuyos seguidores desarrollaron una retórica que ya entonces exasperaba a muchos lectores: el textualismo y la poesía de la nocturnidad, esta última parodiada modificando el verso de Vicente Gerbasi: Venimos de la noche y hacia la noche vamos, que se repite a lo largo de Mi padre, el inmigrante (1945). También se enfrentan a la noche como categoría, con toda su carga simbólica, con el arma que llaman la higiene solar, mediante la cual tratan de alejarse de la enfermedad y vincularse a la tribu, y a sus palabras. Proponen un realismo crítico y afirman:
4 planos rojos, 1967. Gego (Venezuela)
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Creemos que en poesía no es la rotación de los signos en el texto lo que constituye la clave estética del poema, sino la forma en la que accede al oído de los otros la voz de una experiencia humana. Estamos hartos de combinatorias infinitas de palabras que se frotan para arrancarse chispas que no pasan de ser un fuego fatuo (sí, infatuado en su aspiración de hacernos creer que es el fuego). Repetimos: contra el signo, el craso signo icónico del texto, optamos por la voz, por la interlocución que pone a circular el poema en el circuito de un diálogo concreto, no con un lector sin rostro, sino con los hombres y mujeres que en la fábrica y el rancho, la escuela y el cuartel, la universidad o la oficina, han perdido la costumbre (costumbre secular que extravió el rumbo) de escucharse a sí mismos en el vértice unánime de la voz del poeta.
Como vemos, el proyecto de Tráfico no era menudo ni sus aspiraciones discretas; se proponían devolverle al poeta su condición de voz de la tribu. No pasó mucho tiempo antes de que sus integrantes comprendieran que el tamaño de sus propósitos sería proporcional al fracaso. Pero este fracaso se sabía en puertas: sucede que el manifiesto de Tráfico no se apartó del lenguaje estereotípico de los manifiestos, y junto con la crítica, muchas veces acertada, se entregaron a esta suerte de grandilocuencia del discurso, que ha sido típica del manifestante. Similar tono sentencioso y concluyente se hallaba en movimientos neovanguardistas venezolanos de años previos, como El Techo de la Ballena, activo en la década de 1960, que se había propuesto cortar cabezas con su estridente cuchilla anarquista. Lo interesante del manifiesto de Tráfico no es la utopía revolucionaria que blande, sino su diagnóstico, su crítica de la poesía de su tiempo, por más que se ha señalado con razón que fue injusta al incurrir en generalizaciones.
Advertir que la nocturnidad chamánica estaba en un callejón sin salida, señalar que el textualismo ya había agotado todas las combinaciones posibles y la carne no se vislumbraba por ninguna parte son perspicacias valiosas. Harina de otro costal hallamos cuando el proyecto estético se da la mano con el político; allí sí hay afirmaciones que mueven a la indulgencia, a la sonrisa:
Insurgimos con nuestra apuesta por una poesía solidaria, repleta de humanidad latinoamericanísima, gozosa o doliente, una poesía que no teme subirse al último sector del cerro donde termina el barrio y no llega jamás la policía, así tenga que pagar peaje al pie de la escalera, como corresponde.
Esta confesión de objetivos políticos o evangelizadores fue la que más rápidamente se vio incumplida por sus integrantes. A todas luces se trataba de la manifestación de un deber ser, más que una teología que se buscaba llevar a la práctica. Insisto, lo menos importante de este manifiesto es su axiología; lo menos efímero es su crítica. Asunto distinto será la valoración de la poesía que sus integrantes escribieron dentro del espíritu de estas proposiciones y juicios.
Diversidad estética
Si la brevedad de los años setenta, en alguna medida, era reacción al discurso épico de los sesenta, la variante del exteriorismo que proponían Tráfico y Guaire era reacción contra la nocturnidad, el esencialismo, la brevedad y el textualismo de los años setenta. Frente al discurso aristocratizante, propusieron la poesía conversacional que en Hispanoamérica se cultivó con furor en esos años y que recientemente ha ido matizando sus fórmulas. A la larga se vería que esas proposiciones no se aceptaron de manera unánime y voces que se alzaban por primera vez no repetirían el gesto de integrarse en grupos. Hubo poetas que llevaron más allá el discurso de la brevedad, abierto por sus antecesores, así como otros se iniciaron en las búsquedas ontológicas, constructivistas, de cinetismo verbal o nocturnas que el manifiesto de Tráfico condenaba. Para regocijo de los lectores, la pluralidad siguió su camino.
De hecho, para hablar de la poesía venezolana que va desde los años ochenta hasta hoy, el recurso historiográfico de prestarles atención a las agrupaciones podría perfectamente sustituirse con otro que intente describir diversas estéticas en acción. Ello nos depararía una especie de árbol cuyas ramas abarcarían nombres no pertenecientes a Tráfico o Guaire. La primera estaría compuesta por obras fascinadas por los espacios intertextuales, que incorporan al poema referencias múltiples, el dato histórico, el viajero, el geográfico, el mitológico, que no desdeña la máscara en articulación del monólogo dramático.
En esta rama se dan la mano Yolanda Pantin, Harry Almela, Miguel Márquez, Antonio Urdaneta, Laura Cracco, Luis Miguel Isava y Javier Lasarte. Una segunda rama conserva mucha vinculación con la anterior y tiende a la visión irónica de la realidad. Allí está la poesía de Almela, Lasarte, Pantin, Márquez y Cracco, pero también la de Alberto Barrera, Elena Vera e Igor Barreto, y, añadiendo un componente fuertemente humorístico, Naudy Enrique Lucena y Miguel James. En una tercera rama está el poema que gira en la órbita de lo directo, ya en su faceta conversacional canonizada o en otras menos ortodoxas e, incluso, en vueltas a fórmulas pasadas de la poesía política. En esta rama están los trabajos de Armando Rojas Guardia, Rafael Castillo Zapata, Luis Pérez Oramas, Leonardo Padrón y Douglas Bohórquez, entre otros. En una cuarta rama está el trabajo de quienes menos se han dejado influir por las propuestas de Tráfico y Guaire, y realizan sus vocaciones en el vasto campo del poema breve, bien sea lírico, epigramático, orientalista, hermético en su formulación, respetuoso de la sintaxis o interesado en experimentar con la espacialidad. Allí figuran Santos López, Elena Vera, Antonio Urdaneta, José Antonio Yépez Azparren y, sin ceñirse al corsé del poema breve, pero haciendo uso del fragmentarismo, María Auxiliadora Álvarez y, en ciertos momentos, Sonia González.
El aporte de los grupos vigentes en los años ochenta a la poesía venezolana que se desarrolla desde entonces ha sido fundamentalmente el ensanchamiento de los campos de trabajo, el enriquecimiento de los puntos de vista y de los usos, así como un aguzado sentido crítico. Pero la década, como vemos, no se define por limitarse a un credo, sino por la ampliación del repertorio expresivo del que disponían los poetas jóvenes. Esa riqueza es aún palpable y explica el vigor cada vez mayor del género en este país.
(*) Poeta y crítico venezolano de destacada trayectoria.
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