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ENSAYO

Por:
Miguel Gomes (*)

Picón-Salas América y los límites del lenguaje
De la Conquista a la Independencia (1944) es un libro fundamental para comprender la obra y el pensamiento del notable escritor venezolano Mariano Picón-Salas (1901-1965), uno de los representantes mayores del ensayo latinoamericano. En dicho texto, Picón-Salas ve en el mestizaje el nudo en que desemboca toda formulación sobre América y también su propia escritura.

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El venezolano Mariano Picón-Salas se inserta en una tradición nacional de ensayistas que cuenta con nombres prominentes como los de Andrés Bello, Simón Rodríguez y Rufino Blanco-Fombona. Al igual que la de la mayoría de sus predecesores, su labor intentó conciliar inquietudes estéticas y sociales. De joven, sus convicciones progresistas se fortalecieron como respuesta a las atrocidades del gobierno de Juan Vicente Gómez. En 1922, escapando hasta cierto punto de esa atmósfera represiva, viaja a Chile, donde permanece hasta la muerte del dictador; esa primera experiencia internacional le da una visión americanista que durante el resto de su vida tratará de ampliar. Cuando el golpe militar de 1948 pone fin a la presidencia de Rómulo Gallegos, Picón-Salas decide abandonar nuevamente su país e instalarse en México. Años más tarde, restaurada la democracia venezolana, y gracias a cargos diplomáticos, las peregrinaciones en el extranjero, sobre todo en América Latina, se reanudan.

Han de tenerse en cuenta tales circunstancias para comprender a cabalidad su ensayismo. Picón-Salas ilustra las ambiciones de una tendencia literaria de la América hispana que prevaleció en la primera mitad del siglo XX. En las postrimerías del modernismo, muchos escritores sintieron necesidad de compensar lo que consideraron excesos cosmopolitas de los decenios previos; la reacción contra lo que vieron como indiferencia política y distante egoísmo respecto de los asuntos que concernían a la colectividad estuvo cargada de juicios morales. Entre Martí y Darío, los dos paradigmas del movimiento de fines del siglo XIX, se estableció una oposición artificial y se prefirió al primero –la frase “nuestra América” actúa como contraseña de la reevaluación de la historia literaria regional, apareciendo en los escritos de Alfonso Reyes y JoséVasconcelos, Pedro Henríquez Ureña y Manuel Ugarte, Fernando Ortiz y Germán Arciniegas, Jorge Mañach y todos los grandes nombres que dominan la escena ensayística posmodernista.

La opción programática de Picón-Salas resulta particularmente significativa. Hay entre sus escritos una especie de manifiesto que plantea una antinomia entre los continentalismos de grandes miras y los nacionalismos provincianos: “Americanismo y autoctonismo”, respectivamente, según el título que elige en 1937. La admirada “acción bolivariana” se opone en ese ensayo a la mera “degollina” de extranjeros u otras iniciativas que, con la excusa patriótica, pierden de vista el verdadero objetivo del amor a lo americano: “Las luchas de Bolívar con los que él llamó los caudillos de las ‘patriecitas’ –un Mariño, un Páez– [...] representan la responsabilidad civilizadora frente al autoctonismo exclusivista y bárbaro. Bolívar encarna así una gran conciencia moderna” (255). A diferencia del chileno Francisco Contreras, quien acuñó en ese entonces el término “mundonovismo” para designar la misma corriente artística (1919, 101-2), creo que la preferencia de Picón-Salas por la palabra americanismo se explica porque el vocablo puede remontarse a la causa bolivariana, que no dejará nunca de entronizar.

No sólo el reconocimiento de raíces ilustradas lo distingue de otros escritores que en su tiempo intentaron entender lo americano. Como lo evidencia De la Conquista a la Independencia (1944), acaso su obra maestra, en él la entrega a lo real –aunque no siempre haya querido aceptarlo– genera una simultánea entrega, marcadamente idiosincrásica, a impulsos verbales, formales o “estéticos”.

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Los asuntos seleccionados por Picón-Salas en sus libros giraron invariablemente en torno a la definición de una identidad cultural. Desde la “Advertencia” preliminar y acaso desde su título, De la Conquista a la Independencia subraya que el continente que se construye en sus páginas encarna la visión hegeliana de la historia. En ella prima la noción de movimiento: “En tan compleja y vasta materia como la de nuestra historia colonial hispano-americana, aún no definitivamente bien estudiada ni interpretada, me atreví a seleccionar algunos temas que ofrezcan, de la manera sintética que reclama nuestro tiempo presuroso, la imagen más nítida que me fue posible del proceso de formación del alma criolla” (9).


"Pan juego and Marioneta I Ching", 1950. Alejndro Xul Solar (Argentina)

Nótese que las primeras líneas retoman el motivo central que estructura otro de sus libros, de materia menos extensa, Formación y proceso de la literatura venezolana (1940), en el que se relataba, como entidad casi antropomórfica, el nacimiento, la juventud y la llegada a la madurez de una institución cultural dotada de identidad nacional. Ese dinamismo tiene la particularidad de expresarse en términos plásticos –lo no físico adquiere cualidades que sí lo son, la “forma” entre ellas– y esencialistas –¿de qué otra manera entender la concepción de un “alma” patria sino como “puerto”, bien obtenido con promesas de durabilidad?: el ideal de “independencia” permanente parece serlo, puesto que con la primera manifestación histórica de ésta se detiene el libro.

La “formación del alma criolla” exige un método y el período siguiente en que se explaya la “Advertencia” de 1944 lo esboza: “Cómo se forja la cultura hispano-americana; qué ingredientes espirituales desembocan en ella, qué formas europeas se modifican al contacto del Nuevo Mundo, y cuáles brotan del espíritu mestizo, son los interrogantes a que quiere responder este ensayo de historia cultural” (9). Completándose dichas sugerencias hacia el final del texto introductorio: “Toca a los escritores y pensadores de nuestros países fortalecer cada vez más las bases de ese entendimiento, y desenvolver la dialéctica con que suba al plano de la conciencia activa lo que hasta ahora vivimos como puro impulso emocional, como instinto que alienta sin organizarse, en el alma de nuestra gente criolla” (13). La América hispana es una idea que adquiere de modo paulatino, a través de secuencias “dialécticas”, llenas de tensiones y entrecruzamientos, una consistencia no sólo material sino humanamente racional con la cual, de paso, la literatura y las ciencias humanísticas, conjugadas en un escrito que se define a sí mismo como “ensayo de historia”, pueden interactuar. ¿Cómo demuestra De la Conquista tales tesis? No lo hace aspirando tan sólo a la declaración de datos o creencias, sino también a la mímesis. El retrato “dialéctico” del continente, se nos insinúa, es indisociable de las mezclas raciales y culturales: “Contra el hispanismo jactancioso y contra el indigenismo que querría volver a la prehistoria, la síntesis de América es la definitiva conciliación mestiza. El mestizaje americano consiste en mucho más que mezclar sangres y razas; es unificar en el tempo histórico esas disonancias de condición, de formas y módulos vitales en que se desenvolvió nuestro antagonismo. Ni en la más coloreada historia de Heródoto [...] pudo contarse una experiencia humana tan ambiciosa, una tan extraordinaria confluencia de elementos disímiles” (39).

En esa sostenida amalgama que va creando al alma americana, las cualidades positivas no son las únicas. Lo negativo surge de vez en cuando, visible en el componente de barbarie y antihistoricismo que ofrecen tanto conquistadores como conquistados. Los españoles de la Contrarreforma, “anti-Renacimiento” y “anti-Europa” (99), que codifican el lenguaje de su cruzada mediante la exacerbación “incontenida” del estilo barroco, se juntarán con la “prehistoricidad” de lo indígena para producir un horizonte tenebroso: “En Hispano-América el problema [es decir, el retroceso al obscurantismo medieval implícito en ciertos aspectos del barroco] presenta nuevas metamorfosis, debido al aditamento de un medio más primitivo, a la influencia híbrida que en la obra cultural produce el choque de las razas y la acción violenta del trasplante” (100).

No cuesta adivinar vestigios del cientificismo decimonónico en esa imagen de lo americano. De hecho, con elocuencia digna de un Gobineau o un Nordau, se describe la labor de conventos y universidades coloniales, que no distinguen “las fronteras exactas entre las ciencias”, como impregnada de una “degeneración cultista” (112); la exuberante erudición de Sigüenza y Góngora o de Peralta y Barnuevo, por su parte, más de una vez se cataloga de “monstruosa” (113, 124). De ese lenguaje conservador lo que salva a Picón-Salas es su fervor en la dialéctica. El primitivismo malsano que contagia a lo occidental tiene su “antítesis” en otros fenómenos:

“El esoterismo es sólo un aspecto de la cultura de la época. El historiador que sólo observara la tendencia ornamental, el tono cortesano y formalista de la mayor parte de las obras literarias del siglo XVII, no comprendería su interna contradicción, la pasión reprimida, el verdadero drama espiritual que allí se esconde” (114).

En efecto, en los esplendores de la poesía de Valle y Caviedes y, sobre todo, de Sor Juana se percibe una “realidad vital, una verdad distinta de la del arte oficialista” (115) que se traducirá estilísticamente en “barroco contenido” (117). A fin de cuentas, un libro que, consciente de la época en que era escrito, muchas páginas antes había advertido cuáles eran las fuentes más remotas y profundas de su filosofía no podía atascarse en pesimismo racista: “Si la nueva ciencia política que nació con Maquiavelo habría de conducir, en la historiografía al modo de los pangermanistas, a la divinización del hecho cumplido, a la teoría del éxito, a una monstruosa biología social cuya postrera degeneración se observa en el nazifascismo de estos días, la cultura española [que engendró a la Hispano-Americana] puede reivindicar para sí un idealismo moral que, extraído de viejas raíces tradicionales y teológicas, se hace presente en la legislación de Indias” (52-3).

Nótese que lo que en otras partes es recaída en el determinismo, aquí se opone a ellos, conceptuándose De la Conquista no sólo como obra que postula una dialéctica en la formación del “alma criolla”, sino como obra ella misma dialéctica y réplica, en ese sentido, del objeto que se propone representar.

A eso me refería cuando hablaba de mímesis en la escritura de Picón-Salas: el libro se empeña en ser tan “mestizo” como la cultura que retrata. Si volvemos a las primeras líneas de la “Advertencia”, nos percataremos de que las pugnas o los cruzamientos que se dice que definen a una cultura aparecen en la expresión del ensayista. Reléase lo escrito después de afirmarse que el objetivo del volumen es ofrecer “la imagen más nítida que me fue posible del proceso de formación del alma criolla”: “Cómo se forja la cultura hispano-americana; qué ingredientes espirituales desembocan en ella, qué formas europeas se modifican al contacto del Nuevo Mundo, y cuáles brotan del espíritu mestizo, son los interrogantes a que quiere responder este ensayo de historia cultural” (9). La convergencia de campos tropológicos en las pocas oraciones anteriores merece caracterizarse de vertiginosa; la cultura mestiza se equipara sin intermisión con la aleación de metales, las combinatorias culinarias y las confluencias hidrográficas, a lo que se añaden fenómenos físicos, entreverada proliferación vegetal y, finalmente, una prosopopeya: lo inanimado se transforma en entidad humana; un género literario, el ensayo, adquiere una capacidad de responder preguntas que debería pertenecer más bien al escritor.

Las operaciones retóricas descritas nos conducen a otro modo en que el lenguaje del ensayista adopta o prefigura el perfil continental. En esta ocasión, nos enfrentamos con un terreno más amplio: la teoría del género. El hablante emplea los términos “ensayo” y “ensayar” en una acepción –‘tanteo’, ‘prueba’ y sus respectivos equivalentes verbales– que para su época empezaba a ser, si no arcaica, al menos poco frecuente: la fundación del colegio de San Francisco de México fue “un utilísimo ensayo de Pedro de Gante” (70); la utopía de Vasco de Quiroga fue un “ensayo de civilización humano, justiciero y poético” (75). Esto, por supuesto, después de que la “Advertencia” ha hecho explícita la condición de “ensayo de historia cultural” que tiene el volumen.

La capacidad del ensayismo para consustanciarse con lo americano puede explicarse también por vías intertextuales. Justo cuando al final del segundo capítulo se formula lo que será la premisa central, “la síntesis de América es la definitiva conciliación mestiza”, hallaremos una indicación preliminar de cómo imaginar al sujeto que nos hace participar de sus reflexiones: “Más que una estricta causalidad lógica, el secreto de nuestra psique ha de rastrearse por indirecta ruta. Requiere de poetas tanto como de historiadores” (39). La combinación de poesía e historia –otro mestizaje– es una cualidad con la que el ensayista alaba la obra de “mayor valor en toda la literatura colonial”, los Comentarios reales del Inca Garcilaso, en que “la historia parece haberse convertido en algo más personal y finísimamente individualizado: en elegía, en poema” (73-4); la Histórica relación del Reino de Chile de Alonso de Ovalle es “más interesante como poesía que como historia” (96). Después de esas opiniones, si recordamos lo que en otras oportunidades expresó Picón-Salas sobre el género al que pertenece De la Conquista y la mayor parte de su obra, encontraremos coincidencias que no deberían sorprendernos. Dice su célebre pieza breve “Y va de ensayo” que el ensayista “parece conciliar la Poesía y la Filosofía, tiende un extraño puente entre el mundo de las imágenes y el de los conceptos” (Rodríguez Ortiz 1989, 1: 105): ¿no es ese puente el que se ha propuesto cruzar el autor cuando, apunta, acaricia rehacer el pasado –un “amasijo de datos”– acudiendo a “aquella como alta intuición poética que reclama toda historia” (De la Conquista, 10)?


"Los Velazquez", 1994. Waltercio Caldas (Brasil)

La ventaja del ensayo como género dual, por cierto, consiste en hacer al menos imaginables otras síntesis en sus asuntos o en su recepción, que parecen posibles cuando la escritura reflexiva rehúye los encierros de los círculos elitescos: “Para que el libro sea legible y no circule tan sólo entre un respetable pero reducido número de expertos, he procurado podarlo del aparejo erudito, de lo que era estrictamente trabajo de cátedra [...]. Se llega a escribir –y es un peligro de la Universidad moderna– para otros catedráticos o para llenar aquella hoja de figuración y merecimientos con que se asciende en la carrera profesoral [...]. Hay estudios eruditos que de puro perfectos eliminaron la personalidad y sensibilidad del investigador. Por eso [...] preferí, de acuerdo con mi temperamento [...], lo que es humanamente más urgente” (9).

En otro escrito, “Pequeña confesión a la sordina”, Picón-Salas verá el ensayo como discurso divulgador: “Elpúblico que nos lee en los periódicos pide orientaciones, retratos y síntesis de ideas, y por eso fui llamado un ensayista. Seríamos muy malos hijos de esta tierra si nos aislásemos con nuestro botín intelectual a espaldas de las gentes y sus clamores” (1987, 9-10). En el sistema estético americanista, el ensayismo, además de espejo de lo real, y acaso por considerárselo así, hace las veces de caja de resonancias para la voz del maestro.

3

Un ser que se desplaza entre el campo de las disciplinas humanísticas y el de la creación literaria, entre los saberes de las elites y la necesidad de educar al pueblo: he estado discutiendo ya pormenores imprescindibles para entender las estrategias de la subjetividad que en De la Conquista organiza a la historia cultural americana. Si el hablante admira el pensamiento de Bolívar es porque, hasta cierto punto, lo considera ejemplo imitable. Su postulado heroísmo deja trazos en la voz de Picón-Salas: no olvidemos que su libro está conduciéndonos a la Independencia y que nuestra lectura concluirá cuando la guerra liberadora aparezca ante nosotros en los párrafos finales. Fenomenológicamente, otra “mezcla” más se verifica: no sólo el enunciado refleja rasgos esenciales de lo americano –procesos dialécticos, mestizajes, esfuerzos “ensayísticos” constantes–, sino que el tiempo de la enunciación y el tiempo histórico por ella verbalizado corren paralelos y se confunden al alcanzar simultáneamente la concreción del “alma criolla” en la gesta emancipadora. No por casualidad la última oración del libro, que nos prepara para el sino continental y bolivariano de la rebelión contra España –”Para la idea y la obligación que viene no se conocen entonces fronteras” (192)–, nos permite reparar en que casi todo el ensayo, cuyo asunto es el pasado, ha empleado el presente histórico y ha borrado, por tanto, las barreras entre nosotros y el proceso lejano.


"Composicao Nº 5", 1954. Lygia Clark (Brasil)

Querer “ser Bolívar” más de un siglo después de desaparecido el héroe, por supuesto, no deja de ser una iniciativa risible, pero sospecho que en lo que acabo de señalar hay razones que explican que no se haya interrumpido la admiración por Picón-Salas. Cuando De la Conquista intentaba rescatar de la abominada literatura barroca a Valle y Caviedes y Sor Juana, el ensayista aclaraba que el interés que despiertan no está reñido con que en ellos hubiese un toque de “frustración” (115): ambos poetas deparan a quienes sepan leerlos, recuérdese, “interna contradicción”, “verdadero drama espiritual escondido” (114). Otro tanto podría decirse del heroísmo del sujeto ensayístico: si lo entendemos superficialmente, nos veríamos forzados a conceptuar al escritor del siglo XX como anacrónica supervivencia ilustrada o romántica; si, en cambio, observamos el pathos y la ansiedad que desencadena la imposibilidad de reproducir los ideales que la historia patria ha fijado en épocas de fundación –el “héroe” moderno sólo ha sido capaz de escribir libros que, digan lo que digan, han tenido como únicos lectores otros individuos letrados–, nos toparíamos con una escritura en que el empeño realista y antiformalista se lleva a cabo con una pericia literaria que llama inevitablemente la atención hacia sí misma, hacia su capacidad de articular un lenguaje que da la sensación de “copiar” rasgos del mundo.

Se trata del callejón sin salida de las estéticas enfáticamente “comprometidas”, tal como lo puntualizó Theodor Adorno: “La primacía de lo doctrinario sobre la forma pura se convierte en una contradicción [puesto que] eliminar el ornamento a favor de lo funcional constituye otro modo de aumentar la autonomía de la forma” (2: 84). La importancia de Picón-Salas y otros escritores de poéticas afines está en recordarnos continuamente la existencia de esos límites.

 

(*) Ensayista venezolano. Ha publicado El pozo de las palabras. Poéticas del ensayo venezolano del siglo XX , entre otros. Es profesor en la Universidad de Connecticut-Storrs (Estados Unidos).

 

BIBLIOGRAFÍA

Adorno, Theodor. Notes to Literature. 2 vols. S. Weber Nicholsen, tr. New York: Columbia, 1992.

Contreras, Francisco. La varillita de virtud. Santiago de Chile: Minerva, 1919.

Picón-Salas, Mariano. “Americanismo y autoctonismo”. Atenea 144 (1937): 254-60.

• Autobiografías. Caracas: Monte Ávila, 1987.

• De la Conquista a la Independencia. 1944. México: FCE, 1950.

• Formación y proceso de la literatura venezolana. 1940. Caracas: Monte Ávila, 1984.

Rodríguez Ortiz, Óscar, ed. Ensayistas venezolanos del siglo XX: una antología. 2 vols. Caracas: Contraloría General, 1989.

 

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