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Brevísimo itinerario de la novela venezolana
La narrativa venezolana contemporánea nos ofrece un muestrario de los múltiples cambios sociales suscitados en ese país. Su temática es amplia y se enriquece con el aporte de la mirada generacional.
Cromosaturación, 1997. Carlos Cruz-Diez (Venezuela)
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La selección de narrativa venezolana que aquí se presenta no es, por supuesto, exhaustiva, sino un mínimo recorrido de mis lecturas, y pretende apenas una guía de autores. Comenzaré con Salvador Garmendia (1928-2001); para mi opinión, el padre de la novela contemporánea venezolana. Con sus primeros libros Los pequeños seres (1959) y Los habitantes (1961), el ciudadano se convierte en protagonista de la novela, no hay ya una ciudad sino múltiples; una ciudad que pareciera nacer vieja; un anuncio de que las promesas de país moderno, poderoso y desarrollado no pasaron de la retórica. Diríase de él que es un escritor realista, hiperrealista y, a veces, surrealista. Su mirada oblicua le permite describir lo que ocurre a su alrededor, mas siempre desde un ángulo que nos conduce a un espacio intangible en el que se cruza la realidad más chata con el sonido del misterio.
Sin duda, País portátil (1969), ganadora del Premio Biblioteca Breve, de Adriano González León (1930), disputa uno de los primeros puestos entre las novelas fundamentales del siglo venezolano. Es una obra testimoniante, de doble memorialización, que une dos momentos históricos: las guerras civiles decimonónicas y la lucha armada del movimiento de izquierda durante los años de 1970. Es una novela emblemática y no es ésta una frase cualquiera. Definir a Venezuela como un país portátil es un hallazgo. Un país que se lleva consigo, pero que siempre pierde consistencia, siempre parece desvanecer sus proyectos, extraviarse en su destino.
Otro autor, también de esta generación, es Alfredo Armas Alfonso (1921-1990). Su obra prolífica y multitemática por fortuna ahora activamente recuperada por su hija, la poeta Edda Armas muestra un universo único y original, tanto en Venezuela como en la literatura latinoamericana. Armas Alfonso inventa en El osario de Dios (1969) una región de fantasmas, la cuenca del Unare, que él lleva mucho más allá de sus límites geográficos y de las coordenadas históricas. Es, quizá, la primera novela venezolana que se despega de la crónica histórica para iniciar la intrahistoria, que será después tema revisitado en la década de 1990.
Francisco Herrera Luque (1927-1991) irrumpe en el panorama literario en 1972 con su novela Boves, el urogallo, a partir de la cual elabora una saga de la historia venezolana en que se incluyen En la casa del pez que escupe el agua (1975), Los amos del valle (1979), Manuel Piar, caudillo de dos colores (1987), Los cuatro reyes de la baraja (1991) y 1998 (1992). A Herrera Luque se le conoce por la narración histórica que él propuso llamar historia fabulada para designar el proceso mediante el cual el novelista escribe no cómo fue la historia, sino cómo pudo ser.
José Balza (1939) tiene un peso intelectual definitivo en la literatura venezolana. De su amplia producción destacan Percusión (1982) y Después Caracas (1996). No hay en sus novelas una secuencia predecible, unos personajes de psicología convencional. Su terreno es la recreación interior de una subjetividad, el itinerario de una conciencia; la escritura de una identidad desdoblada, fragmentaria, en el tiempo y el espacio. Son personajes subterráneos en los cuales su vida concreta importa poco. Viven en el transcurso de su imaginario, de la recreación de sí mismos, en el drama de ser múltiples y ser partícipes de existencias múltiples. Los personajes de Balza podrían vivir en cualquier lugar y expresan la vivencia de anonimato y fragmentación propia del hombre contemporáneo.
Recambios generacionales
Dentro de lo que provisoriamente podríamos llamar autores de biografía generacional, hay tres nombres principales que se revelan en la década de 1970: Carlos Noguera (1943), Francisco Massiani (1945) y Laura Antillano (1950). Son novelistas que sorprendieron al mundo literario del momento, quizá no sólo por su juventud, sino porque introdujeron una temática distinta. Es la clase media urbana que se expresa en el panorama con gran fuerza, como producto de las transformaciones sociales que ha vivido el país, y que comienza a contarse desde adentro. Es la presencia del tema adolescente, el amor, las relaciones familiares, la vida cotidiana. Piedra de mar (1968), de Massiani, es una novela que sigue, como el primer día, despertando el interés de los adolescentes. Antillano posee una extensa obra como novelista y cuentista. Su nombre fue, junto al de Massiani, vinculado a la renovación de la narrativa por el carácter fuertemente intimista y cotidiano, en contraposición con la escritura más abiertamente política que los precedía. Es la primera escritora que introduce con decisión el sujeto femenino y que abiertamente lo problematiza. En Perfume de gardenia (1982) recurre a los epistolarios, gráficamente producidos con caligrafía, a las canciones, los diarios, las fotos de prensa o de avisos publicitarios, y es, en suma, un texto múltiple en que la autora trata de imbricar su propia generación en la historia nacional, a la que hay constantes alusiones; proyecto mucho más acabado en Solitaria solidaria (1989). Se trata también de una novela de recuperación, mas su propósito no es la recopilación del pasado, sino el planteamiento de una historia de la mujer que está por hacerse.
La Cueva del Guácharo, 1874. Ferdinand Bellermann (Alemania)
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Carlos Noguera, en sus dos primeras novelas, Historias de la calle Lincoln (1971) e Inventando los días (1979), perfila de entrada su propio mundo narrativo constituido por las vivencias del adolescente y del joven enfrentado a su propio destino y al de su país. La calle Lincoln que da título a su primera novela es el nombre de un bulevar en el que se dio cita la bohemia intelectual de los años cincuenta y sesenta. Noguera fue miembro de uno de los principales grupos literarios de esos años, el grupo En Haa, en el que también participaba José Balza, y la novela, escrita con técnicas experimentales muy novedosas en su momento, da cuenta de un grupo de jóvenes que ya ha vivido la derrota del movimiento revolucionario del que formaban parte. Constituye, sin duda, una novela testimoniante de esa generación, cuya temática continuó en sus siguientes producciones: Juegos bajo la luna (1994) y La flor escrita (2003).
Victoria de Stefano (1940), si bien inició su escritura en la década de 1970, propone su estética más adelante, que vemos con mayor claridad en El lugar del escritor (1992), el relato de cuarentiocho horas en la vida de una escritora. Compuesto en forma de monólogo, la narración sigue el flujo de la conciencia, atenta al inmediato presente, con saltos ocasionales al pasado evocado en imágenes que para nada producen una continuidad del personaje-narrador; es una suerte de diario de escritor, un testimonio acerca de la ética de la escritura, una crónica de la lucha permanente por resguardar el espacio y el tiempo necesarios para el oficio. Siguen a esta novela Historias de la marcha a pie (1998) y Lluvia (2002), en las que la autora profundiza una escritura del diario interior. Novelas existenciales, de prosa esplendorosa, que se apartan de las temáticas más comunes.
Eduardo Liendo (1940) se dio a conocer con El mago de la cara de vidrio (1973), novela en la que con fino humor narra las vicisitudes de una familia que asciende a clase media, casi por un acto de voluntad, y entra en el terreno de la alienación de los medios de comunicación. En Si yo fuera Pedro Infante (1989) traza el deseo de un hombre común, un anónimo burócrata, por ser Pedro Infante para encarnar ese mito latinoamericano, a medias sentimental, a medias machista, del hijo de la nada que llega a la fama y al dinero a través del azar; pero también el protagonista quisiera ser Ezequiel Zamora, un general liberal del siglo XIX, conocido por el apodo de general del pueblo soberano, o Robin Hood, o el hombre-mosca. El tema del doble ha sido bastante tratado por Liendo. Lo utilizó en Los platos del diablo (1991), en la que un novelista plagia a otro, y en Diario del enano (1996), en la que un personaje recorre anacrónicamente distintas épocas y espacios históricos, transmutando su personalidad en diversos personajes.
Milagros Mata Gil (1951) ha creado un continente propio (la región fantástica de Santa María del Mar) que inició con Memorias de una antigua primavera (1989), continúa en Mata el caracol (1992) y se vierte en su hasta ahora última publicación, El diario íntimo de Francisca Malabar (2002). Siguiendo una tradición de la novelística venezolana respecto a las sagas sociopolíticas, incluyendo el tema petrolero curiosamente poco tratado en Venezuela, introduce una autorrepresentación de la voz femenina y en particular de la mujer escritora, que diferencia su novelística del testimonio histórico para producir la intrahistoria de un país siempre discontinuo.
A Denzil Romero (1938-1998) se le conoce especialmente por la saga mirandina, en la que explora la historia del general Francisco de Miranda, iniciada con La tragedia del generalísimo (1983), ganadora del Premio Casa de las Américas, pero es un autor que, para usar su misma autodefinición, se mueve entre el erotismo y la historia. Ha sido también definido como barroco. Sin duda, la escritura de Romero es muy nítidamente distinguible, una sinuosidad de frases infinitas, recargadas hasta la saciedad para producir un buscado efecto estético, infinitas listas de sinónimos, erudición exhaustiva, retruécanos, comparaciones exorbitantes, anacronismos, grotesquismos, exageraciones, esperpentos. Un venezolano que parece inspirarse en Rabelais, en la literatura libertina del siglo XVIII, un profundo conocedor también de la historia nacional, pero que con facilidad puede abordar otros escenarios, y escribir, por ejemplo, una novela sobre Catalina de Rusia o Manuelita Sáenz. Precisamente, con un relato basado en esta última, La esposa del Dr. Thorne, ganó en 1988 el premio de género erótico de la editorial Tusquets de Barcelona.
Ednodio Quintero (1947) alterna la anécdota con lo fantástico, el humor con el erotismo, que se ha distinguido en los cuentos y novelas breves. La danza del jaguar (1991) es una novela cuyo protagonista dibuja una suerte de autobiografía fantástica y recorre distintos escenarios, desde los Andes venezolanos, pasando por Francia, el obligado viaje del intelectual latinoamericano, hasta la selva tropical. A la misma generación pertenece Orlando Chirinos (1944), autor de Adiós gente del Sur (1990), novela en la cual reconstruye una región venezolana, la sierra de Falcón, indagando en los cambios, las transformaciones de la vida rural, particularmente por el petróleo y la inmigración urbana. Su lenguaje es difícil, a veces lleno de regionalismos, aunque vale la pena su lectura, atravesar todos los escenarios, los múltiples personajes que componen la vida anónima y silenciosa de la Venezuela profunda. El apego, el dolor por su transformación en una suerte de nostalgia seca. De José Napoleón Oropeza (1950) es indispensable mencionar El bosque de los elegidos. Escrito en homenaje a Diane Arbus (1986). Es una escritura, diría, insólita en Venezuela. Una suerte de Orlando escrito por un venezolano y que transcurre en Europa. Una escritura que no sólo aborda el tema de la transexualidad, sino cargada de un erotismo que describe y acota el deseo.
Nuevos novelistas irrumpieron en la década de 1990. Stefania Mosca (1957), autora de Mi pequeño mundo (1993); Juan Carlos Méndez Guedez (1967), con varias obras publicadas en España, donde reside; Ricardo Azuaje (1959), con Juana la Roja y Octavio el sabrio (1992); Antonio López Ortega (1957), autor de Ajena (2001); e Israel Centeno (1958), que se dio a conocer con Calletania (1991), son algunos de quienes tenemos ya pruebas contundentes de que constituirán los nombres indispensables del siglo XXI.
(*) Novelista venezolana, autora de las obras El exilio del tiempo, Los últimos espectadores del acorazado Potemkin y La favorita del Señor, entre otras.
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