"La bestion con talento"
Referirse a Federico More, periodista puneño de estirpe y talento, es aludir, a partir de su figura, a toda una época, marcada por la mirada nostálgica y romántica, donde fundó en muchos sentidos lo que ahora reconocemos como los pilares de la cultura nacional, de nuestro devenir espiritual. More vivió y fue partícipe de unos años trascendentales a los que él contribuyó a otorgar su carácter.
Federico More y Luis Varela y Orbegoso
Una bestia con talento, ¡qué manera de definir la de Luis Varela y Orbegoso (el popularísimo Clovis, redactor principal de El Comercio) a don Federico More! Este escritor multifacético, polémico y enardecedor de las aguas quietas de la conciencia pacata de la oligarquía peruana de principios del siglo XX era todo lo contrario a lo que fue Clovis, caracterizado por ser amigable, concertador de voluntades y apaciguador de pasiones. Quizás, por ello mismo, More y Clovis son dos puntos de referencia del periodismo peruano que, aun cuando disímiles, son medulares en la historia de la literatura de los tabloides.
En la conmemoración del primer aniversario de la muerte de More, ocurrida en 1955, Cascabel, la revista que él fundara y dirigiera entre 1935 y 1951, le dedicó íntegramente el número de abril de 1956, y en él escribieron destacadas personalidades como Alberto Ferreyros, Lucas Oyague, Emilio Armaza, Luis Humberto Delgado, Ángela Ramos y Enrique López Albújar. (1)
El autor de Cuentos andinos colaboró con un poema titulado A Federico More en el aniversario de su muerte, firmado en San Miguel, el 24 de enero de 1956. En la segunda estrofa, López Albújar retrata con exactitud a More con los siguientes versos: Qué hondas estocadas con tu pluma diste, / porque, más que pluma, tu pluma fue espada, / pues siempre al blandirla, por cada estocada, / matando a un soberbio consolaba a un triste.
Y no deja de ser sintomático que se reproduzcan tres artículos de More, y que de ellos uno sea el titulado Ensayo sobre el panfletario, de 1930, y el otro sean fragmentos de Contra el odio (el terceto lo completa De un ensayo acerca de las literaturas del Perú).
Sobre el panfletario, More afirma que en el Perú sólo un personaje es digno de llevar tal blasón: Manuel González Prada, porque nadie [como él] ha puesto, detrás del insulto, una vida irreprochable. Pero el tema le da pie a More para hablar sobre la labor de la prensa: Mientras más pura y más mesurada se manifiesta en sus juicios, mientras menos ataque a las personas y más se ocupe de las instituciones y de los sistemas, cumplirá mejor su función de poder moderador, de vigía atento a las oscilaciones de la multitud. Cuando para realizar bien su papel, una prensa necesita enlodarse con las violencias del ataque personal, hundir puñales en el honor de los ciudadanos y cubrir de corrosivos la reputación de las gentes, puede afirmarse, sin temor a yerro, que esa prensa es mala y corruptora.
El otro artículo, Contra el odio, More lo escribió en las situaciones dramáticas que vivía el Perú en 1931, en consecuencia, antes de la revolución aprista de Trujillo, y afirma con toda la vitalidad de su estilo directo lo siguiente: No he sido nunca periodista mercenario ni he convertido nunca mi pluma en garrote a sueldo. Cuando hube de vapulear, lo hice en nombre de algo que me parecía la verdad. Quemé, en la pasión de mis ideales ardientes, los mejores años de mi juventud. Cultivé el panfleto, me debatí en la violencia. Y hoy, al cabo de lo vivido, de lo estudiado y de lo sufrido, comprendo que sólo la inteligencia, al servicio del amor, es capaz de engendrar cosas duraderas y hermosas. No creo ni en la violencia ni en el odio.
Entonces, ¿qué tipo de escritor fue Federico More? O quizás la pregunta pueda formularse de distinta manera: ¿cuál fue la función que desempeñó como periodista y formador de opinión? Indudablemente, el peso de las opiniones de More fue muy grande en la Lima de su tiempo. Aunque debo confesar que no sé distinguir con precisión qué aspecto influía más, si sus propias opiniones o su estilo. Para responder, o intentar responder al menos esta inquietud, será bueno tomar diversos aspectos que nos permitan una visión algo más acabada de este personaje apasionante. En primer lugar, es indispensable ubicar a More en su contexto y en su grupo generacional.
More y su grupo generacional: los colónidas
En 1952.
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El contexto es peculiar: entre las visiones duras de los intelectuales del novecientos y los que aparecerían después, fulgurantemente, la llamada generación del Centenario. Entre la mesura y el arrebato. En términos muy amplios, More perteneció a un grupo generacional puente, el de los colónidas. Renovadores, iconoclastas, desparpajados pero con la carencia de algo que a sus sucesores les sobraba: identificación ideológica y proyección política. Por esta razón, Mariátegui señalaba que los colónidas representaron más un estado de ánimo que un programa. Los definía una sensibilidad gonzalezpradiana en muchos aspectos, según un término utilizado por Víctor Andrés Belaunde para relevar el afán de demolición, que neutralizaba la inquietud constructiva.
Sentado, en el
Hotel Maury (S/F).
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Los colónidas, henchidos de narcisismo generacional, consideraban que con ellos se refundaba el país y el mundo de las letras peruanas. Pocos maestros quedarían en pie; quizás Ricardo Palma, pero sí, indiscutiblemente, Manuel González Prada. Las poses de Abraham Valdelomar, el verdadero capitán del grupo, si bien buscaban irritar los espíritus pacatos o superficialmente píos que poblaban la Lima del 900, lo que pretendían era burlarse de una elite que fracasó en su papel de conductora. Pero al menos Valdelomar tenía algún respeto por ciertos nombres y honras. More casi no.
Si el Conde de Lemos aceptaba el talento de Ventura García Calderón, el periodista puneño lo asemejaba a una acémila; si aquél sabía del talento y erudición de José de la Riva-Agüero (y de quien fue, además, secretario personal), éste se burlaba de su erudición que se ahogaba en papeles viejos; si el autor de El caballero Carmelo encontraba talento en el poeta de la juventud, José Gálvez, el temible More sólo le concedía la virtud de la buena imitación.
Con Abraham Valdelomar
Por otro lado, si bien More y Valdelomar eran grandes amigos, al menos hasta editado el tercer número de la revista Colónida (aunque después de la muerte del escritor iqueño, el gran panfletario le rindió un sentido homenaje póstumo afirmando que nunca habían dejado de ser amigos), estuvo presente un aspecto que los diferenciaba y era el de la identificación política o, mejor dicho, cierta visión de la política.
La trayectoria de Valdelomar está signada por su vehemente y persistente atracción por la política. No olvidemos que fue un activo propagandista de la candidatura de Guillermo E. Billinghurst y, luego, cuando éste llegó a la presidencia en 1912, fue su secretario personal, director del Diario Oficial El Peruano y representante de la legación peruana en Italia; y no olvidemos que la muerte lo sorprendió como representante por Ica ante el Congreso regional convocado por el flamante presidente Augusto B. Leguía, en 1919. (2)
More, en cambio, se mantuvo alejado de toda esfera de poder político, aunque con el tiempo su discurso se fue llenando de un contenido cada vez más ideológicamente virulento, especialmente cuando se trataba de enjuiciar al aprismo, al comunismo y al indigenismo, en ese orden. Si Valdelomar fue un crítico pero con compromiso político, More fue un panfletario libérrimo y disidente por antonomasia. Se trató de dos espíritus bien definidos y de profunda influencia que calaban en sus interlocutores y lectores.
Otra característica que se debe tomar en cuenta es el uso de la palabra. Valdelomar era diestro, un orfebre de la palabra escrita, eso es indiscutible, cada vocablo empleado por él, cada frase, cada construcción gramatical eran partes de una obra de arte; en More, la vorágine de palabras se desbocaba y sin importarle mucho el buen trato al lenguaje (que, además, sí lo tenía) atacaba directamente el asunto buscando la expresión dura, cortante y sin apelaciones. Además, mientras Valdelomar era también un orador, More prefería utilizar la palabra escrita casi en forma exclusiva. Cada uno en su área y elección fue un maestro. ¡Cuánto del periodismo peruano de las décadas siguientes les debe a ellos su magisterio!
Los orígenes sociales también son elementos por tomar en cuenta. Es curioso, mientras Valdelomar fue de humilde cuna, acarició siempre la posibilidad de acceder a la elite superior, la espiritual, y políticamente siempre estuvo del lado de los trabajadores (obreros, artesanos y campesinos); y More, proviniendo de los poderes locales de Puno, y siendo un rebelde, su pensamiento final estuvo al lado del orden aun cuando éste conllevara la fuerza y ésta se aplicara en contra del pueblo mismo. Mientras aquél era un hombre moderno por excelencia, éste trasuntaba un espíritu conservador y hasta casi feudal. Al final de cuentas, representan dos tipos de concepción sobre el sujeto social: para Valdelomar es un ciudadano plebeyo, para More el sujeto se parecía mucho a un siervo.
Los antis de More
Pero algo más importante aún. Ambos, Valdelomar y More eran provincianos (de Ica y Puno, respectivamente), y si bien esto era algo que los acercaba, también los distanciaba de manera radical. Las sensibilidades eran marcadamente distintas. Mientras Valdelomar antecedió al pensamiento radical de Mariátegui, por ejemplo, y defendía con ardor el derecho de los indígenas y campesinos aun cuando sin llegar a los ribetes políticos del socialismo, los anunció; More, en muchos de sus artículos, se manifestó como un profundo antiindigenista, racista y antimoderno o, quizás mejor, antimodernizante.
El antimodernismo de More es sinceramente llamativo, pues en muchos artículos recusa, lanza improperios y afirmaciones despectivas contra los inventos de la modernización, como el ascensor, el automóvil, y otros que contribuyen al confort de la vida actual. Prefiere el remedio tradicional, los métodos antiguos, la sabiduría ancestral.
El antiaprismo fue otra de las características del pensamiento de More. Una multitud contra un pueblo es la prueba fehaciente de ese sentimiento arraigado, pero la oposición de More no era a cualquier aprismo, sino a ese popular, plebeyo, multitudinario, revolucionario, acusador radical del orden vigente. More no defendía, me parece, a la oligarquía sino, simplemente, al orden. Era goetheano en el sentido de que prefería la injusticia al desorden, y al aprismo lo veía como una fuente destructora de la paz. Total, como el mismo More lo decía, él, que nació en cuna conservadora, a ella debía volver.
El estilo refleja el espíritu
A nadie que haya revisado las páginas que ha legado More al periodismo nacional se le puede escapar su estilo tan personal de enjuiciar hechos y hombres. Los adjetivos, los epítetos, las sentencias demoledoras, las acusaciones furibundas, los calificativos inapelables, poblaban sus páginas y producían una doble sensación al lector: rechazo y seducción. El rechazo porque es poco frecuente en nuestras letras decir las cosas como las pensamos, y en ello el magisterio de González Prada no ha calado e, incluso, hasta se ha diluido, casi desaparecido; y seducción porque nos permite percatarnos de que estamos ante alguien diferente, que interpela nuestras buenas conciencias y nos revela ante nuestro reflejo que inadvertidamente deseamos evadir. More y su estilo actuaban a manera de un estilete que sabía penetrar en donde más dolía. En el fondo, pareciera que More nos despierta el sadomasoquismo que todos llevamos dentro.
Pero nuestro personaje también sabía ser amable y encantador. Sus relatos o crónicas acerca de las costumbres limeñas especialmente, las fiestas religiosas, las costumbres gastronómicas, la belleza de las limeñas y los flirteos están llenos de picardía y de un profundo conocimiento de la sicología de los peruanos. Este grupo de textos a más tardar emparenta a More con otros famosos escritores costumbristas como Abelardo Gamarra El Tunante, Felipe Pardo y Aliaga, Manuel Ascencio Segura, José Gálvez Barrenechea, Leonidas Yerovi, y muchos más. El tono de las notas de More cuando habla de las pequeñas anécdotas cambia radicalmente y se vuelve suave y cariñoso, nostálgico, alegre y zumbón.
Un propagandista del poder político
A bordo del vapor Valdivia, rumbo a las Olimpiadas de Montevideo (1924).
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Señaladas de manera general las coordenadas de la sicología y la obra de Federico More, es importante ahora referirnos a su relación con el poder político. En tanto periodista, esto es, formador de opinión, mantuvo vínculos, es más, los buscó, con las más altas esferas de las decisiones políticas. Por ejemplo, al general Manuel A. Odría y al presidente Manuel Prado les envió sendas cartas para explicarles y convencerles de la necesidad de contar con un órgano de opinión que preconizara las acciones del gobierno, y para ello él se ofrecía apelando a su experiencia, trayectoria y artes (buenas o malas, no sé). Obsérvese que en los dos casos mencionados hablamos de gobernantes autoritarios o simplemente representantes de los estilos oligárquicos de dirigir los destinos del país. Recordemos de nuevo a Valdelomar para contrastar ambas figuras: mientras éste apoyó al protopopulismo de Billinghurst, aquél auspiciaba gobiernos represivos y antipopulares. Como More mismo lo reconocía, recusaba a las multitudes.
Lo mencionado en el párrafo anterior nos puede ayudar a ubicar mejor a More en el decurso de las ideas peruanas. Él rechazaba algún papel positivo de las masas en la historia, con un pensamiento emparentado al de Riva-Agüero y gran parte de los intelectuales del novecientos. Y, al mismo tiempo, se distanciaba profundamente de los representantes de las nuevas ideas que habían sido influenciados por la Revolución Mexicana y la Revolución Soviética, como Jorge Basadre que rescataba justamente el valioso aporte de la multitud en la conformación de nuestra nacionalidad, o de Luis Alberto Sánchez, quien señalaba que el nuevo espíritu de la época estaba marcado por la aparición de la masa (así se lo decía por carta al propio Riva-Agüero), y ni qué hablar de José Carlos Mariátegui o de Víctor Raúl Haya de la Torre, quienes sustentaban sus programas políticos y visiones ideológicas en el papel de las clases trabajadoras. More siempre mantuvo una distancia ascética de los sudores y sinsabores de los de abajo.
Conservadurismo y pasatismo
En aspectos generales, la figura de More ha sido ocultada, ¿por qué? Las razones pueden ser muchas, quizá la que más peso haya tenido es la de su excesivo conservadurismo, que no entonaba con los cambios que se producían en la sociedad peruana global. Por ejemplo, el gran trasvase de población de las alturas andinas a la llanura costeña que fue convirtiendo a Lima, de a pocos, como la más grande ciudad serrana del país, algo que aterraba a More, o el discurso desde el propio gobierno, especialmente del reformismo militar de Juan Velasco Alvarado (1968-1975), que incluía a los peruanos de todas las sangres, sin tomar en cuenta distinciones de orígenes geográficos o étnicos, o el ejercicio de la política desde los desarrapados, articulados en sindicatos obreros y confederaciones campesinas, dejando atrás a los clubes de cogotudos que sólo cuidaban intereses de los menos en número pero con mucho en poder.
More, quien murió a mediados del siglo XX, sólo pudo vislumbrar de modo muy tenue algunos cambios que ya ocurrían en la sociedad peruana, felizmente para él, pues creo que hubiera sufrido mucho al presenciar las mutaciones drásticas en las que vivimos los peruanos de fines del siglo pasado. No me parece exagerado afirmar que, a medida que avanzaba su edad, se retraía en un núcleo de certezas cada vez más inconmovibles que ya no tenían que ver necesariamente con las convicciones ideológicas, sino con simplemente una visión pasatista en la que todo tiempo pasado fue mejor. Ello explica, considero, su aferramiento a la medicina tradicional o a las técnicas ancestrales de agricultura, por mencionar sólo dos aspectos.
Buscando el reencuentro
Últimamente, ha habido un reencuentro con More, y no sólo por la compilación de algunos de sus textos debido al aprecio profesional y cariño personal que le profesó uno de sus discípulos predilectos, Francisco Igartua, en el volumen titulado Andanzas de Federico More, (3) el cual ha tenido ya dos ediciones. También es loable el esfuerzo editor de Humberto Rodríguez Pastor, quien seleccionó algunos textos de nuestro personaje acerca de potajes propios de nuestro país en el libro Del buen comer y beber. (4) Lo curioso, como señala Ana More, su hija, es que don Federico no sabía ni lo más elemental del aderezo y la cocina, ¡pero cómo hablaba de los platillos tradicionales y de su preparación! Pero sobre lo que no puede caber duda es que tenía un gran paladar. De alguna manera, modesta, quien escribe estas líneas también ha tratado de analizar ciertos textos de More en pequeños artículos o crónicas periodísticas aparecidas en la página cultural del diario Expreso, y seguramente otros interesados lo incluirán en sus investigaciones literarias y periodísticas en el futuro.
Pero vuelvo, para concluir estas páginas, a la inquietud inicial: ¿qué nos queda?: ¿la obra o el personaje? Por encima de todas las cosas, More, el hombre, fue un apasionado, y llevado por sus arrebatos pudo llegar a ser injusto, pero aun así, trató de ser honesto con sus propias convicciones. Y el More periodista nos ha legado una prosa viril y combativa (dejando de lado nuestras propias razones para identificarnos con sus causas) que supo penetrar en los aspectos más incómodos de nuestra sicología colectiva, si acaso esta existiera.
Notas
(1) Cascabel, abril de 1956
(2) Véanse Luis Alberto Sánchez, Valdelomar o la belle époque, Fondo de Cultura Económica, México, 1969, y Manuel Miguel de Priego, Abraham Valdelomar. El conde plebeyo. Biografía, Fondo Editorial del Congreso del Perú, Lima, 2000
(3) Andanzas de Federico More selección de textos por Francisco Igartua, Editorial Navarrete, Lima, 1989
(4) Federico More, Del buen comer y beber, Humberto Rodríguez Pastor, compilador, editor y glosario, Universidad de San Martín de Porres, Escuela Profesional
de Turismo y Hotelería, Lima, 1998
(*) Maestro en Ciencias Sociales por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso) y doctor en Ciencia Social por el Colegio de México.
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