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Miembro de la generación poética de los 80, Raúl Mendizábal reedita sus poemas en Dedeálade y salda así una larga deuda con la poesía peruana reciente a partir de una escritura que transmite un sello particular.
La casa de Raúl Mendizábal (Piura, 1956) nos acoge al ritmo de un contagioso son primaveral, con varios juguetes desperdigados en el jardín de infantes que dirige su esposa Rosi Roca. Una higuera rejuvenecida y el sol vespertino permiten aflorar los recuerdos de toda un recorrido consagrado firmemente a la escritura. Así se entabla el diálogo, con las imágenes de aquellos fascinantes y turbulentos años flotando en el aire.
Muchas de esas visiones, afectos y emociones se han fijado en Dedeálade (Lima, Trompa de Eustaquio, Asaltoalcielo e Hipocampo Editores, 2004), libro que reúne la poesía escrita por Raúl Mendizábal entre 1978 y 1999, y que el autor considera que era una deuda pendiente por saldar.
“No considero que haya hecho un largo camino en cuanto a aumento de la calidad o de hallazgos o descubrimientos, sino como un trecho de una evolución que comenzó antes. En algunos casos han sido encuentros con el abismo, en otros con la locura, y también como el camino de vuelta de esos dos laberintos”, comenta.
La necesidad de expresión es fundamental para Mendizábal. Sin ésta no se podría concebir el acto poético. “Hay un verso de Cisneros que dice que uno escribe un libro para ser amado por los amigos. También cumplo con una expectativa respecto a mi obra y decir: aquí pueden encontrar todo, con un índice al final y no suelto simplemente en una revista, que resulta más difícil de ubicar.”
Y si hablamos de revistas, imposible dejar de nombrar Trompa de Eustaquio, que Mendizábal formó en los claustros universitarios junto a los otros “tristes tigres”, como los llamaban entonces: José Antonio Mazzotti y Eduardo Chirinos, ambos de destacada trayectoria académica en universidades estadounidenses, aunque Mendizábal se confiesa como “el más canchero” del trío.
También se conoce su vinculación con algunos artistas plásticos –Mendizábal, para mayores señas, es un talentoso artesano en tallado de madera– y la particularidad del diseño de Dedeálade reside en tomar como citas cuadros de Christian Bendayán, Gilda Mantilla, Herbert Rodríguez y Álex Ángeles.
No obstante, su obra poética se hace notoria por las marcas indelebles de la oralidad, en la que muchos poetas de la década de 1980 bucearon para descubrir su propia afinidad expresiva. “A pesar de lo que digan algunos, la cultura escrita sigue siendo una plasmación de lo oral. En mis poemas trasunto la oralidad piurana y la del barrio de Jesús María, donde vine a vivir a Lima. No hago conversacionalismo como un científico de campo, sino vivencialmente, con mi propia condensación y síntesis.”
Asimismo, el poeta reconoce verse influido no sólo por el “británico modo” de los años sesenta, sino también por el rock y el pop, el taoísmo, el Libro de los Muertos tanto del Tibet como de Egipto y “la manera en que hablaban mis mayores en Piura. Compartían ese estilo ceremonioso, lleno de respetos, y una morosidad que tiene que ver con el cuidado, no con la grandilocuencia, sino con el tanteo y el tacto. Eso significa construir figuras de acercamientos, metáforas muy ricas para mostrar en qué condiciones se acercan unos a otros.”
Resulta consecuente que Mendizábal rehuya de todo “ismo” o etiqueta que catalogue a la poesía, puesto que lo poético, en líneas esenciales, “es mucho más que eso”. De igual modo, sostiene que la crítica a mansalva que se ha instalado entre algunos jóvenes escritores hace más daño que bien al entendimiento y la lectura de la poesía peruana contemporánea. “Es retórica de retórica, la manera más fácil de hacer literatura. Me gustaría comprobar si lo que ellos escriben como poetas avala sus declaraciones, lo cual me parece el orden lógico. Deberían concentrar esa energía en ser más humildes, mejorar como seres humanos y callar antes que hablar.”
Para una generación que vivió de cerca la época de la violencia (“nos explotaba literalmente en la cara”, asevera Mendizábal), era imposible desasirse de un contexto que marcó la producción literaria de esos años. El poema “pucayacu” –acerca de una matanza de comuneros en las zonas andinas del conflicto– da cuenta de aquellos sucesos como un modo de quebrar la indiferencia que, en cierto modo, aún persiste.
“Estábamos viviendo un desquiciamiento. En una situación de ese tipo maduramos, todos lo hicimos, aceleradamente. Algunos, en ese proceso acelerado, perdimos el alma, la sensibilidad. A otros, como en mi caso, nos costó mantener la ternura.”
Alejado de toda elucubración teórica y, sobre todo, de las modas que de cuando en cuando intercambian su preeminencia en el campo literario, Mendizábal sólo es partidario de las lecturas profundas y la empatía con el lector. “La buena lectura supone un mundo que se configura también para el lector. Ojalá que esta experiencia sea buena y, en mi caso particular, me brinde la posibilidad de encontrarme con gente que sienta que podemos hablar el mismo idioma.”
La intencionalidad del poeta se ve ratificada con una calidad literaria que invita al lector a compartir esta caja de secretos. La complicidad marca este libro, lo cual nos lleva a un comentario final. “Dedeálade es una consecuencia de largos años. No quiero que pase por las rutas o circuitos de distribución inadecuados, donde prácticamente hay consumismo. Hay sangre, sudor y lágrimas ahí; y creo que tiene propuestas interesantes. Pienso que Dedeálade no termina: es como Vida continua, de Javier Sologuren. Quizás el siguiente libro se llame Dedeálade 2.”
Giancarlo Stagnaro |