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Vivir en
una ciudad como Lima, a merced de sus fragmentos y disoluciones, no nos debe alejar de una serena reflexión sobre su paisaje urbano. En esta ocasión, se revela una larga e insospechada relación con el vasto arenal
en que se inscribe la historia limeña.
“Hundida allá, en el desierto, esa capital de la miseria.
Hacia el mar vamos, hacia su noche total y luminosa.”
Edgardo Rivera Martínez
Leda en el desierto, 1986
El desierto, como todo espacio de situaciones límite, exacerba el encuentro simultáneo entre las nociones de vida y muerte, dolor extremo y éxtasis onírico, o cementerio perpetuo y liberación mental. Los extremos se juntan de algún modo: para los romanos y otros pueblos, la orilla del desierto fue la última estación de vida; después estaban los leones o la nada que se engullían todo. Para otros, el desierto es el espacio del retiro extremo, donde la templanza y paciencia se transformaban en limpieza y fortaleza espiritual. Según Nietzsche y su Also sprach Zarathustra, las tres grandes transformaciones del espíritu –de espíritu a camello, de camello a león y de león a niño– ocurrieron precisamente en el más solitario desierto.
Lima es una ciudad de extremos que se juntan. En muchos sentidos, deviene metáfora expresiva de esas dimensiones opuestas que genera la experiencia del desierto. Pero en este caso no se trata sólo de una metáfora: Lima es a la vez parte del desierto y desierto en formación.
Para no pocos, la idea de una Lima gris en pleno desierto resulta una imagen desconcertante, en especial por tratarse de la capital de un “país andino”, lugar de montañas sagradas, cielo límpido y fértiles valles. Pero esta ciudad es así: nació y creció en el desierto, está hecha para el desierto, y destinada, además, a diluirse en él. En Lima casi nunca llueve y, como evoca Herman Melville en Moby Dick, no sólo posee uno de los cielos más tristes y “sin lágrimas” que uno pueda recordar, sino que ni siquiera se permite tener “el alegre verdor de la decadencia completa”. Lima es al desierto como el color de su cielo es al color de la panza del burro, diría alguna vez uno de sus arquitectos predilectos: Héctor Velarde.
La costa peruana es en realidad un extenso desierto longitudinal –en cuyo punto central se ubica Lima– y forma parte del denominado desierto del Pacífico, el cual se inicia en los 5º de latitud sur en la región Piura, en el norte del Perú, y se extiende hasta los 27º de latitud sur, al norte de Chile. Para el caso peruano –dependiendo de su latitud y configuración orográfica–, se trata de un árido territorio de casi 2 mil 300 kilómetros de largo con anchos de 20 a 100 kilómetros y una altitud que puede llegar hasta los mil metros sobre el nivel del mar. Así es el desierto peruano de interminables arenales, dunas y rocas; de intensos paracas o vientos de arena, y de esa húmeda e indescifrable garúa que va acompañada de las llamadas lomas verdes, que renacen cada invierno como ecoinstalaciones efímeras hechas de “neblinas advectivas”, al mejor estilo de una Biosphere mecánica posmoderna.
Las fronteras de la Lima contemporánea son el propio desierto. La ciudad se ha expandido más allá de los límites de los más de mil kilómetros cuadrados que comprendía en su origen la extensión del otrora valle de Lima, uno de los 53 que recorren transversalmente el desierto costero del Perú, formado por la fusión de los casi desaparecidos valles de los ríos Chillón, Rímac y Lurín. Se trata de una superficie hoy casi íntegramente desecada por esa incontenible, espesa y terrosa mancha urbana que es la metrópoli limeña con sus más de 8 millones de habitantes. Aquí desierto, desertificación y expansión urbana aparecen como categorías autoinclusivas de una dramática e insostenible realidad. La historia de Lima es, en verdad, la historia de una estrecha y permanente convivencia con el espacio y el paisaje desérticos.
La ilusiva imagen de una Lima “ciudad jardín”, llena de densos jardines y chacras reverdecientes, y distante de todo páramo inhabitable, fue una construcción ideológica de la elite limeña del siglo XIX. Más que por la constatación de una realidad que nunca registraría tal cual estos atributos, ésta se generó probablemente como gesto alucinatorio en proporción exacta a la certeza objetiva de saberse parte de un desierto indomable dispuesto a engullirse a la ciudad. En este acto reflejo se encuentran sin duda los miedos atávicos de la sensibilidad ítalo-ibérica y su reintepretación americana respecto al desierto y el omnipresente paisaje moro negado. Tal vez la reiterativa y artificiosa convicción de una Lima “ciudad jardín” no desértica, sea la mejor prueba de que, efectivamente, la ciudad nunca fue ni será –desafortunadamente– una extensa ciudad de jardines. Por otro lado, la teoría de la garden city de Ebenezer Howard jamás adquirió en Lima ni por asomo el estatus de proyecto urbano concreto. Pocas veces la razón proviene del miedo sin razón.
Desierto sagrado
Lima se sitúa entre dos extraordinarios hitos de referencia que tienen precisamente relación con la asunción del desierto como desafío práctico y espiritual: la ciudad sagrada de Caral y las líneas de Nazsca. Caral es una ciudad ubicada a 182 kilómetros al norte de Lima y su construcción se inició hace casi cinco mil años. Cuna de la civilización en América y una de las primeras de la Tierra, con una complejidad morfológica y funcional incluso bastante más desarrollada que algunas de las ciudades de Mesopotamia y Egipto, más o menos surgidas en la misma época. Es una ciudad que, al no haberse encerrado como fuerte inexpugnable, se hizo espacio urbano y edilicio en diálogo fructífero con el vacío del desierto y el valle colindante: todo menos expresión instintiva del horror vacui occidental.
Si Caral es construcción urbana que recrea en sus múltiples montículos, pirámides y anfiteatros sagrados la morfología de un paisaje desértico reanimado y mitificado; las líneas de Nasca representan la aspiración extrema de fijar huellas, horadar surcos y transformar el desierto en un auténtico lienzo visible, legible e imperecedero. Desierto dibujado sobre desierto real: un lienzo para los gigantescos garabatos convertido en Land Art de vanguardia: el desierto como espacio subjetivado y un auténtico desafío humano.
Tal vez la imborrable presencia de las Líneas de Nasca no encarne sólo un gesto de inmortalidad deseada, sino también la evidencia de una aspiración por resignificar el desierto como un espacio con señales permanentes de vida. Para los nascas, moches o incas, el desierto nunca pareció ser el averno del que se debía huir. Por el contrario, incluso en su condición de cementerio –como en el caso de las necrópolis paracas–, este espacio no dejaba de ser el escenario privilegiado para construir una nueva y vital sensibilidad mágico-religiosa. En este contexto, el vacío del desierto como sujeto esencial del horror vacui deviene espacio de llenos construidos o dibujados, una especie de desierto barroco ocupado plenamente por la vida y por la expresividad artística.
Ciudad hispánica y “urbanismo seco”
La irrupción del urbanismo hispánico en la costa peruana supondrá el advenimiento de otro modo de procesar la dialéctica artificio/naturaleza y las relaciones entre la ciudad y el desierto. Se trata de una lógica distinta de aquella racionalidad y cosmovisión existente desde los tiempos preincaicos.
Por tratarse de una ciudad que se constituye como antípoda verde de la esencia árida del desierto, la ciudad hispánica es, en su radical y exaltada artificialidad, una forma de artefacto desértico dominado por la lógica ambiental y estética del “urbanismo seco” de raíz árabe-ítalo-ibérica. Una forma compulsiva de secularizar el paisaje natural. Este es el urbanismo cuyo máximo valor –desde los tiempos de Ur, Uruk, Eridu, el Mileto de Tales hasta las cuadriculadas bastides medievales y la geometrizada ciudad ideal renacentista– provenía de su capacidad de anteponerse, de la manera más radical posible, como objeto distinto a la esencia ambiental y morfológica de la “incierta” naturaleza preexistente. Arquitecturas a pie de vereda, calles sin árboles, parques urbanos ausentes, plazas con vacíos esculpidos hasta el detalle, jardines cautivos y enmacetados en el interior de casonas y conventos: he aquí parte de los atributos típicos del paisaje que, como el de la ciudad colonial y luego republicana, se tornaría con el tiempo más árido y polvoriento. Un preanuncio dramático de lo que vendría luego con la Lima polvorienta de cientos de barriadas a su alrededor.
La Lima del damero de Pizarro, que luego sería rodeada de una muralla por cerca de 300 años, no sólo fue en realidad un extraño mecano de casi 214 hectáreas que se sobrepusieron en el valle del río Rímac vía un violento proceso de extirpación de la naturaleza (de idolatrías), sino también la cuadriculada superficie desértica convertida en “ciudad seca”, que dio inicio a un proceso histórico de desertificación “desde adentro”. Hoy, después de 500 años, Lima ha conseguido encontrarse con el verdadero desierto. El desierto “de adentro” se hizo más desierto en su encuentro con el desierto “de afuera”.
Lima siglo XX: desierto para invadir
Desde mediados del siglo XX, el desierto se le revela a Lima de dos maneras simultáneas: como tragedia urbana para cientos de miles de pobladores sin techo y como escenario banalizado por el ocio de fin de semana para un sector solvente de la sociedad limeña. Luego del emplazamiento de la pionera barriada Leticia (1932) y de las demás que se ubicaron en las pendientes de los cerros aledaños al centro de Lima, el espacio acotado para la segunda generación de invasiones de inicios de la década de 1950 sería la periferia lejana a la ciudad consolidada; es decir, los áridos arenales que rodeaban a Lima por el norte y por el sur. Barriadas como Comas (1952, en el norte) o Ciudad de Dios (1954, en el sur), si bien emblemáticas, fueron apenas el inicio de un proceso que convertiría al desierto no sólo en un último refugio vital para los miles de migrantes sin casa, sino en una auténtica hipótesis de proyecto e instrumento de construcción urbanos. En esta última instancia, el desierto aparecería también dotado de ese doble significado: para algunos, desde el poder, una especie de infierno disuasorio para expulsar –llámese “reubicar” en lenguaje oficial– a los invasores de la ciudad consolidada; y para los otros, los de abajo, una posible promesa o desafío a vencer.
La magnitud y velocidad de este proceso de urbanización precaria y acelerada del desierto resulta excepcional. Si en 1940 Lima contaba con una población cercana a los 660 mil habitantes y tenía un área aproximada de 300 kilómetros cuadrados, en 2004 la población bordea los 8 millones de habitantes y su área de ocupación es de casi 2 mil 800 kilómetros cuadrados. La conclusión es que, si descontamos el área del antiguo valle de Lima, casi las dos terceras partes del territorio metropolitano corresponden a una urbe erigida en los cerros y arenales del desierto limeño. Lima ya no es una ciudad ubicada en el valle del Rímac, ahora es una ciudad situada en el desierto: el 60% de sus habitantes y superficie pertenece a este escenario: Lima es hoy por hoy una de las metrópolis más grandes del planeta ubicada en pleno desierto.
Junto a la típica pobre arquitectura y urbanismo de la pobreza de la periferia barrial, el litoral desértico limeño ha visto erigir, desde inicios de la década de 1980, el publicitado perfil de una arquitectura de “estilo pobre” para nuevos ricos con aspiraciones de redimir el sentido de las preexistencias locales: “casas de playa”, la mayoría de ellas dotadas de una seudomemoria histórica. Se trata de una arquitectura que, en clave de un regionalismo crítico desprovisto de sentido crítico, no ha tenido otro destino que convertirse en cliché formal previsible. Transformada en moda replicable, la banalización de su preexistencia primaria, como diría Gillo Dorfles, significaría finalmente su propia “muerte”. El redentor devino enterrador.
Lima siglo XXI: balnearios y desierto privatizado
Lugares privilegiados para el despliegue masivo de esta arquitectura son las decenas de nuevos balnearios surgidos entre el desierto y el mar a lo largo de más de 100 kilómetros de litoral al sur de Lima, desde mediados de la década pasada. Este fenómeno de urbanización compulsiva del litoral, junto con el proyecto urbano de la República Aristocrática (1895-1919), la urbanización “moderna” de los años veinte y el fenómeno de las barriadas, puede con seguridad ser considerado uno de los más significativos por su magnitud e impacto en la estructura e imaginario urbanos de la metrópoli limeña. Es un hijo directo del decenio fujimorista.
El urbanismo en este escenario –igualmente invadido y tomado por agentes sociales distintos al otro invasor (el de las barriadas)– es un urbanismo resuelto en gran medida con excesos de insolvencia proyectual e irresponsabilidad ecológica. Posee todos los atributos de ese típico urbanismo de frenética especulación inmobiliaria y empleo de capitales no bien habidos, a tal grado que no pocos balnearios y “casas de playa” (como la célebre casa de Vladimiro Montesinos) surgieron directamente bajo la ética y estética de la gigantesca red de corrupción montada por este régimen. Aquí el desierto invadido terminaría siendo privatizado al igual que el litoral marino, pese a las prohibiciones de la ley. Un urbanismo seriado de criollas gate communities con sus propios policías particulares.
Todo desierto es más que su súbita conversión en mero objeto valor de cambio. Desde las primeras evocaciones a los arenales del entorno limeño en los lienzos de Reynaldo Luza a inicios de la década de 1950, hasta su resignificación histórica y conceptual en las instalaciones de Jorge Eduardo Eielson y Emilio Rodríguez Larraín o las texturas de Esther Vainstein, el desierto se ha transformado no sólo en un perturbador referente, sino también en un auténtico soporte artístico convertido en paisaje vital. La literatura hizo lo mismo: ahí están las páginas dedicadas por Mario Vargas Llosa a los arenales de Piura, o el desierto animado hecho memoria poética por Luis Hernández, Antonio Cisneros o Edgardo Rivera Martínez. La compleja exploración musical de Manongo Mujica con las antiguas flautas halladas en Caral es un homenaje desde la música a los sonidos y silencios del mismo desierto.
Más de 5 mil años después de que los primeros limeños decidieran habitarla, Lima ya no tiene que descubrir el desierto: él está ahí, a la vera de todos sus bordes. Descubrimiento perturbador si se reconoce que en esencia se trata de un dramático autocercioramiento: saber que en realidad Lima no sólo es un fragmento urbano desértico, sino también una especie de desierto hecho ideal urbano y urbe concreta tras su fundación hispánica. Desierto sobre desierto. Arena sobre arena.
El cerro Lomo de corvina, uno de los referentes más emblemáticos del desierto limeño del sur, empieza hoy a vestirse de verde con el humus de la basura doméstica proveniente de las casas pobres de una antigua barriada limeña. Aquí el desierto, seguramente a pesar de la propia ciudad y de sí mismo, se revela como un sobrecogedor desafío: una prueba para la capacidad de regenerar las condiciones de la vida. Todo menos desierto. Desierto barroco sin horror vacui.
Wiley Ludeña Urquizo
Doctor en urbanismo por la Universidad Technische de Hamburgo (Alemania). Ejerce docencia
en las universidades Nacional de Ingeniería y Ricardo Palma, Dirige la revista ur[b]es y su más reciente libro es
Tres buenos tigres. Vanguardia y urbanismo en el Perú del siglo XX.
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