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El libro y la lectura despiertan pasiones que ponen en juego nuestra captación sensorial. Este erotismo libresco se evidencia cuando el descubrimiento de un original en una biblioteca puede derivar en las evocaciones más insospechadas.
Gutemberg no hubiera podido imaginar la llegada de la avasallante cibernética, y el inevitable des-encuentro entre el libro y el CD-ROM. Hoy, aunque esto no es novedad desde la Edad Media, los textos se entrecruzan con el mundo y la oralidad. De esta manera se ha formado una red polifónica, la conjunción inevitable de distintos polos aparentemente irreconciliables. Por eso, en la actualidad es muy común escuchar que el libro va a ir desapareciendo y sin que nadie lo note. A estas alturas, no cabe duda que urge la necesidad de una total revalorización del libro como depositario de la sabiduría y el despertar del espíritu según la práctica neoplatónica. Estos tiempos de confusión y caos así lo exigen. Julia Kristeva nos recuerda que va a ser el cristianismo quien hace reinar el culto al libro: Cristo parece ser el único Dios representado con un volumen. La escritura y el libro han pasado por momentos cruciales en la historia de la humanidad. Es muy común hoy en día que las ediciones más populares lleguen a los cien mil ejemplares. Recordemos que alrededor de 1480 en Roma, Florencia y Venecia, los tirajes eran de entre 150 y 300 ejemplares. Las ediciones durante los siglos XVI y XVIII fluctuaban entre 1,000 y 2,000 ejemplares. En ese caso hoy en día la poesía sigue siendo secreta, ya que el tiraje no ha variado tanto después de más de quinientos años.
La red no va a reemplazar al libro, la Internet es otra forma sofisticada de comunicación, pero nada más. El libro, aparte de ser una mercancía de consumo personal y exportación, no es sólo un objeto visual sino que deviene del signo trascendental del tacto y el olor. Uno huele el libro, lo acaricia de la misma manera que recorre con los dedos el cuerpo amado. El libro tiene su propia fragancia, y su tesoro está en la floración de los tiempos.
Recordemos el reconocido interés del Renacimiento por los libros, y a Petrarca, quien es reconocido, entre varios, como el padre de la bibliofilia moderna. Por eso, el verdadero corazón de un país son sus bibliotecas. Los estudiantes, los profesores, las aulas, las torres de las artes y de las ciencias son parte del conglomerado de ideas, pero el centro de todo lo relativo en el tiempo y en el espacio es el libro. Una de las bibliotecas más impresionantes en Estados Unidos es la de la Universidad de Harvard y su centro de colecciones especiales. Hace varios años, durante mi estancia en ese campus, pude descubrir varias cosas que quisiera compartir con los lectores interesados. La Universidad de Harvard se encuentra en la pequeña ciudad de Cambridge, la cual está conectada por atareadas autopistas a varios suburbios que rodean la ciudad de Boston. Algunas personas que han estado de paso por los Estados Unidos y creen conocer el país dicen que todas las ciudades son iguales, por el aparente parecido en los restaurantes, los avisos luminosos, las modernas gasolineras, las autopistas de ocho carriles, es decir, lo superficial que ofrece la tecnología y el progreso. El verdadero tesoro de Estados Unidos es su literatura, sus escritores y artistas, sus grandes museos y sus inmensas bibliotecas. Mi ambición secreta era poder visitar The Harcourt Amory Collection, donde se puede encontrar algunas rarezas y primeras ediciones bien conservadas de la literatura universal. Tuve la suerte de tener en mis manos (aunque sólo por cuarentaicinco minutos) la primera edición de Los heraldos negros de César Vallejo, como recién salida de la imprenta en 1918. En la sala principal el lector escoge el libro que va a leer, y lo bajan de los pisos de arriba en un tubo de plástico que lo protege. No se permiten lapiceros ni lápices, ya que los eficientes bibliotecarios le prestarán un lápiz negro de inmediato. Aquí volví a leer los poemas de Vallejo en un silencio sepulcral, como si fuera la primera vez que leía sus versos, en otro hogar, bajo otro cielo, en un ambiente de veneración al libro.
Luego, pasé a una exposición de los manuscritos de Lewis Carrol, cuyo verdadero nombre fue Charles Lutwidge Dodgson. Así me enteré cómo nació su célebre Alicia en el país de las maravillas. Durante un picnic, en el río de Oxford, Carrol improvisó toda la historia un cuatro de julio de 1862. Estaban con él Canon Robinson Duckworth (ambos pertenecían a la “Iglesia de Cristo”) y las tres hijas de Dean Henry Lindell: Lorina, Alice y Edith. Como se sabe, todos estos personajes aparecen en la historia de Carrol. Al volver del picnic, Duckworth urgió a Carrol que escribiera la historia improvisada. Así, la primera versión circuló entre amigos cercanos, quienes lo persuadieron para que la publicase como libro. Hubo varias versiones. Carrol dijo: “Yo quería algo sensacional”; claro, sensacional en los tiempos de Carrol no significaba lo mismo que en la actualidad. Algunas obras maestras nacen, como se puede apreciar, de una genial improvisación.
Después de la Biblioteca del Congreso en Washington D.C., la biblioteca de la Universidad de Harvard es la que tiene más volúmenes en Estados Unidos. Una de las mejores colecciones de ediciones especiales se encuentra al lado de la biblioteca central en Harvard Square. Es un hecho que muchos de los libros que no podemos encontrar en Hispanoamérica están aquí esperándonos en Cambridge, Austin, Chicago, Berkeley, San Francisco o Nueva York. Por ejemplo, la colección sobre literatura latinoamericana en la Universidad de Texas, en Austin, no sólo es abundante, sino la mejor de América. El tener en nuestras manos la primera edición de un libro de un autor memorable es emocionante. Siempre recordaré cuando fui dueño de la primera edición de Azul (1888), de Rubén Darío. Esa es otra historia. El libro debe ser venerado, y a pesar de la cibernética, el correo electrónico y la red con sus múltiples raicillas, seguirá siendo el principal punto de referencia para el genuino conocimiento. Alabada sea la tinta: púrpura, roja, negra, en la nueva civilización del libro.
Coda: En el Tercer Congreso Internacional de la Lengua, celebrado en Rosario, Argentina, el 20 de noviembre de 2004, José Saramago dijo: “Hagan lo que hagan la Internet y la computadora, no hay nada en el mundo que pueda sustituir al libro. ¿Por qué? Porque sobre la página de un libro se puede llorar, pero no se puede llorar sobre el disco duro de la computadora”.
Miguel Angel Zapata
Poeta. Docente
de Hostra University, Long Island,
Nueva York.
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