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William Shakespeare vuelve a ser motivo de una honda reflexión artística a partir del mundo donde vivió y escribió sus inmortales obras. Ello se patentiza en el libro Will in the world. How Shakespeare became Shakespeare (Nueva York, W.W. Norton & Company, 2004), del estadounidense Stephen Greenblatt. El siguiente artículo constituye una justa aproximación al contexto en que se forja el genio shakespereano.
La crítica sobre Shakespeare, que durante casi cuatro siglos ha creado una infinita y hasta contradictoria variedad, parece coincidir al menos en una cosa: no hay un conjunto de textos definitivos que constituyan su obra. Algunas de las piezas shakespereanas más conocidas son en ocasiones atribuidas a otros, o al menos se nos dice que fueron escritas en estrecha colaboración con otro u otros dramaturgos; las ediciones de sus obras no fueron, al parecer, supervisadas con cuidado por el mismo Shakespeare, ya que la costumbre en la Inglaterra isabelina, donde el papel era caro y las ediciones casi un lujo, hacía que circularan en manuscrito, además de variar grandemente durante sus distintas representaciones. De la misma manera, tampoco ha sido posible determinar con detalle muchos de los aspectos más significativos de su biografía. Una situación es, podríamos decir, reflejo de la otra; las preguntas que surgen de sus textos son en muchas ocasiones equivalentes a las que aparecen al tratar de registrar las peripecias vitales de este misterioso hombre de una pequeña ciudad provinciana de Inglaterra que, sin educación universitaria, llegó a comienzos de la década de los 90 del siglo XVI a Londres para convertirse, en menos de diez años, en el más grande escritor de su lengua y, según muchos, en la mayor gloria de las letras universales.
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Los Sonetos |
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Sonnet 1
From fairest creatures we desire increase,
That thereby beauty’s rose might never die,
But as the riper should by time decease,
His tender heir might bear his memory:
But thou, contracted to thine own bright eyes,
Feed’st thy light’s flame with self-substantial fuel,
Making a famine where abundance lies,
Thyself thy foe, to thy sweet self too cruel.
Thou that art now the world’s fresh ornament,
And only herald to the gaudy spring,
Within thine own bud buriest thy content,
And, tender churl, mak’st waste in niggarding:
Pity the world, or else this glutton be,
To eat the world’s due, by the grave and thee.
Soneto 1
De hermosas criaturas desëamos frutos,
Para que bella rosa nunca muera,
Pero corrompe el tiempo lo maduro
Y tierna progenie iza su bandera.
Mas tú, ceñido al brillo de tus ojos
Alimentas tu luz con propia llama,
Luciendo sin vergüenza tus abrojos,
Siendo cruel cuando la compasión clama.
Eres del mundo el más bello ornamento,
Tu única herencia es hija de las flores.
En tu propia semilla está el contento,
Tierno villano que niegas amores.
Compadece al mundo, o sufre avaricia,
Devora su flor con muerte y codicia.
Sonnet 2
When forty winters shall besiege thy brow,
And dig deep trenches in thy beauty’s field,
Thy youth’s proud livery so gazed on now
Will be a tottered weed of small worth held:
Then being asked, where all thy beauty lies,
Where all the treasure of thy lusty days,
To say within thine own deep-sunken eyes
Were an all-eating shame, and thriftless praise.
How much more praise deserved thy beauty’s use,
If thou could answer, “This fair child of mine
Shall sum my count, and make my old excuse,”
Proving his beauty by succession thine.
This were to be new made when thou art old,
And see thy blood warm when thou feel’st it cold.
Soneto 2
Cuando cuarenta inviernos diezmen el campo,
Y caven grandes zanjas en la planicie,
Tu juvenil traje, migajones de ampo,
Flor será sin que nadie la acaricïe.
Y cuando pregunten dónde está Belleza,
Y el tesoro de los vigorosos días,
Dirás que en ojos sumidos en vileza,
Consumidos por vergüenzas y agonías.
Cuánta alabanza mereciera Hermosura
Si respondieras “Este bello hijo mío
Mi tesoro administrará con hondura”,
Belleza ardiendo siempre, y nunca sombrío.
Así fueras joven aunque seas viejo,
Y tu sangre tibia, aunque lejos del fuego.
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Los estudios más recientes sobre el dramaturgo y poeta de Stratford hacen de esta carencia una ganancia: ya que no podemos contar ni con un texto ni con una biografía definitivos, tenemos que utilizar toda nuestra imaginación y energía de lectores para llegar a construir un retrato del escritor que será siempre dinámico y cambiante, tal como su obra misma. Porque Shakespeare es no sólo un personaje histórico que produjo una obra extraordinaria, sino, por sobre todo, y como dijo Borges de Quevedo, Cervantes y Joyce, una vasta literatura, el producto de una imaginación sin límites. Ante la complejidad de su obra y de su vida, no queda más que hacer una lectura que incluya esa dificultad en nuestra experiencia. Imaginar a Shakespeare, para luego reinventarlo, parece ser una muy exacta y hasta justa manera de aproximarse a su mundo.
Stephen Greenblatt, profesor en Harvard y uno de los más destacados estudiosos del Renacimiento, publicó en 2004 una biografía crítica de Shakespeare que se ha convertido en fenómeno de ventas en Estados Unidos. El libro es, en palabras de su autor, un ejercicio imaginativo: no podemos saber a ciencia cierta cómo o cuándo Shakespeare escribió muchas de sus obras más importantes, así como tampoco podemos tener certeza de la mayoría de sus lecturas, amistades, residencias, creencias, amores y relaciones familiares. Lo que nos queda, entonces, es hacernos una idea de la sociedad de su tiempo y emprender una lectura detallada de su obra, intentando extrapolar cuidadosamente lo que constituye el alimento que la realidad dio a la imaginación del autor. Todo ello, puesto bajo el mirador de los datos que se conocen con más certeza, nos irá dando una imagen de la que paulatinamente va a surgir un Shakespeare más cercano –tal vez– al hombre de carne y hueso. Lo que resulta de este intento de imaginación crítica no es la supuesta “verdad” sobre Shakespeare, sino la manera misma en que vemos cómo una elusiva personalidad adquiere un rostro posible.
Greenblatt es un crítico especialmente idóneo para emprender esa labor. Como exponente más destacado del “New Historicism”, une en sus lecturas la profundidad del historiador y el vuelo de su pasión por la obra de Shakespeare. Greenblatt –muy en la línea de lo que Octavio Paz hizo con su libro sobre Sor Juana Inés de la Cruz– hace un “ensayo de restitución” de la Inglaterra isabelina, época que se extiende hasta la primera parte del reinado de Jacobo I. El autor emprende la confección de su fresco histórico describiendo la vida provinciana de Inglaterra, la probable educación de Shakespeare en Stratford, los fallidos negocios de su padre, el nacimiento de su interés por el teatro y la poesía, el matrimonio del joven William (Will) con una mujer varios años mayor que él y que se encontraba embarazada al momento de contraer nupcias, las violentas batallas religiosas entre católicos y protestantes, y la extrema crueldad y represión política de la vida civil y militar del período, donde cualquier disidente era ejecutado no sin antes experimentar las más terribles torturas en nombre de Dios y de la reina. Una sociedad tan llena de conspiraciones, secretos y censuras de todo tipo no podía más que generar un mundo artístico igualmente complejo; fue ahí donde Shakespeare apareció como un relámpago cuyo destello ilumina incluso nuestra época. La “gran ciudad” de Londres (con 200 mil habitantes, una enormidad para ese entonces) lo acogió primero como actor; muy pronto, pasó a ser director, exitoso empresario del espectáculo y autor teatral para una audiencia ávida de dramas trágicos, históricos y, por cierto, cómicos. El teatro era el más grande de los eventos sociales, y era también un espejo donde la sociedad cortesana y la popular, ambas amigas de la exageración, podían verse reflejadas y transmutadas gracias al poder verbal de sus escritores. Shakespeare, por supuesto, estuvo a la altura de las circunstancias, superándolas muy pronto, al punto de convertirse él mismo, con el paso de los siglos, en el verdadero inventor de la Inglaterra isabelina que nosotros conocemos. El mérito de Greenblatt en este libro es, precisamente, ése: entregar el referente histórico puro y ponerlo en diálogo con la obra de Shakespeare y, de esa forma, darnos una lectura de sus tragedias, comedias, dramas históricos y poemas no como mero producto de una sociedad particular, sino como el elemento constitutivo de la misma, su tesoro más preciado. Gracias a una de sus figuras literarias más destacadas, el Renacimiento europeo sigue siendo la eterna fuente de nuestra modernidad, el espejo adonde cada cierto tiempo debemos volver.
Poesía y tragedia
Todo lo anteriormente descrito se nota, en mi opinión, con particular intensidad en la lectura que Greenblatt hace de dos de las obras más señeras de Shakespeare: Los sonetos de amor y Hamlet. La serie de 154 sonetos, cuya forma se adhiere a la tradición isabelina impuesta por Sidney y Spenser (tres cuartetos y un dístico rimados alternativamente, escritos en pentámetro yámbico, la medida más canónica de la poesía en lengua inglesa) se publicó en 1609, aunque hay consenso en decir que la mayoría de los poemas fueron escritos con una década y media de anticipación. Las circunstancias que originaron esas joyas verbales son en apariencia tan fortuitas que no podemos sino maravillarnos ante la facilidad del genio de su autor: al ver cómo la ciudad de Londres, que enfrentaba una de las tantas epidemias que la acosaron en esa época, cerró por orden oficial sus teatros y lo dejó sin su medio más importante de subsistencia, Shakespeare, quien necesitaba ganarse la vida, volvió al cultivo de la poesía, encontrando un mecenas en la familia de Henry Wriothesley, conde de Southampton, hermoso joven multimillonario cuya renuencia al matrimonio preocupaba a sus tutores grandemente. Una de las maneras que los encargados del noble utilizaron para persuadirlo fue la poesía, y Shakespeare se convirtió en uno de los contratados para la tarea. Es así como los primeros diecisiete sonetos son una defensa del matrimonio y un finísimo argumento en favor de la perpetuación de la hermosura de este hombre por medio de la paternidad. Sin descendencia, dice el poeta, no te amas a ti mismo lo suficiente, porque te privas de ver la “hermosa maravilla” repetida en el mundo, y privas a los demás de tu belleza. Como bien anota Greenblatt, el tema de los beneficios del matrimonio no es nuevo, pero sí lo es el tratamiento que le da Shakespeare, invirtiendo el papel de Narciso en el espejo del agua de Eros. Pudo haber, sin embargo, razones más de fondo en el origen de esos poemas, las que constituyen materia de “escándalo” tanto para los lectores de ayer como los de hoy: el hecho de que buena parte de los sonetos sean loas desmedidas a la hermosura de un hombre y una cruel burla a la fealdad de cierta “oscura dama” ha hecho pensar en la posibilidad a ratos más que evidente de los amoríos homosexuales de Shakespeare. Greenblatt no nos dice si ello es verdad o no –es imposible hacerlo–, pero argumenta sus datos y su lectura basándose en las costumbres de la Inglaterra renacentista, donde la sexualidad era un constructo en muchos aspectos muy distinto a lo que es hoy.
Uno de los capítulos más fascinantes de Will in the world es el dedicado a Hamlet, quizá la obra más célebre de Shakesperare, escrita alrededor de 1600. Se nota en esas páginas la indisputada autoridad de Greenblatt respecto al tema; no por casualidad uno de sus libros más celebrados es Hamlet en el Purgatorio (publicado en 2001), donde el estudioso nos entrega, con muy buena documentación, la idea del Purgatorio católico como invención medieval que acarreó significativas ganancias financieras para el papado. Greenblatt repite, resumidos, los argumentos de su libro en el capítulo de su biografía dedicado al príncipe danés, y sus razones son tan convincentes como siempre: Shakespeare –aparentemente lejano a cualquier pasión religiosa que pusiera su vida en peligro– heredó, quebrados por la reforma protestante, el mundo de los rituales mediterráneos que constituyen buena parte de la religión católica, y en secreto permaneció leal a la antigua fe, aunque su distancia y frialdad no beligerante respecto de la religión lo hacen un personaje extrañamente contemporáneo. Hamlet, según Greenblatt, entrega directas alusiones a la existencia del Purgatorio; el fantasma del padre del príncipe loco que se aparece en la obra pidiendo que venguen su asesinato y que lo recuerden en los ruegos a la divinidad viene de ese submundo donde las almas purgan sus pecados terrenales camino al Paraíso y esperan, para esos efectos, las oraciones de familiares y amigos para mitigar sus dolores y apurar su paso a la vida eterna. La directa alusión a San Patricio, el santo irlandés que había descubierto la caverna por donde se decía que estaba la entrada al Purgatorio, es más que decidora al respecto.
Lo más notable de la lectura que hace Greenblatt de Hamlet, sin embargo, tiene que ver con el origen de esta pieza. Para Shakespeare, su más larga obra, y la más difícil de representar, significó la consagración absoluta, y desató una fiebre creativa que daría origen a obras tan determinantes en su canon como Otello, Antonio y Cleopatra, El rey Lear, Macbeth y Coriolanus. Hay aquí, según el estudioso, una irrupción del genio, una explosión de su lenguaje, cuya raíz está en la tragedia familiar que Shakespeare vivió un poco antes de iniciar la escritura de la obra: la muerte de su hijo Hamnet (la cercanía de los dos nombres no es casual) y la proximidad de la muerte de su padre, el anciano y malogrado artesano John Shakespeare. La terrible experiencia de la pérdida creó en el dramaturgo una imagen de lo indecible –la muerte– y su intento de describirla lo llevó a alturas insospechadas en sus afanes de escritor. La muerte como muro hecho de silencio no podía sino incitar en alguien como Shakespeare el deseo de la palabra, porque para él el mundo era una gran metáfora. El sufrimiento, el abandono, la ausencia y el no-lenguaje se transformaron en motores de su creatividad, en la metáfora matriz de las metáforas literarias. De ahí la grandeza de Shakespeare, que hizo de lo indecible un lenguaje decible cuyo esplendor aún nos intriga y constituye una de las más altas experiencias estéticas. El dramaturgo y poeta, cuya madurez literaria en el momento en que inició la escritura de esta obra no era en lo absoluto materia de disputa, elevó su arte a ámbitos no vistos, transformándolo en algo que apela a nuestra imaginación con intensidad y júbilo inacabables.
Will in the world debe su título a un juego de palabras irreproducible en castellano. “Will” es el diminutivo de William, una manera familiar de llamar a los que tienen ese nombre (en América Latina esto se reproduce con variantes: mi bisabuelo escocés William Mac Lean era para sus hijos y nietos el “tata Willi”); sin embargo, la palabra “Will”, en su forma sustantivada en inglés, quiere decir “voluntad”, “poder”, “deseo de hacer algo”. Sin duda alguna, este “Willi en el mundo” puso, por sobre todo, su voluntad en él, haciendo que su genio verbal cambiara para siempre el rostro de una época y prefigurara las del porvenir. Berkeley, California,
noviembre de 2004.
Marcelo Pellegrini
Poeta, ensayista y traductor chileno. Docente de Literaturas Hispánicas en la Universidad de Berkeley (California).
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