|
En España, el debate actual no se centra en la política o la economía, sino en la crítica literaria semanal. El entredicho entre el diario El País y uno de sus colaboradores, el crítico literario Ignacio Echevarría, ha polarizado a la opinión pública ibérica. Incluso, ha motivado la respuesta de un grupo de intelectuales que, con Mario Vargas Llosa a la cabeza, alerta sobre un posible caso de censura en uno de los periódicos más influyentes del mundo.
Durante catorce años, Ignacio Echevarría –barcelonés, filólogo y técnico editorial– fue uno de los críticos literarios del suplemento cultural Babelia, del diario El País, uno de los más prestigiosos de la prensa española y mundial. Recordemos que en las páginas de este matutino colaboran plumas como Mario Vargas Llosa, Enrique Vila-Matas, Fernando Savater y Edward Said hasta su deceso en 2003, entre otros. Babelia, como es sabido, es uno de los suplementos culturales más dinámicos y actualizados en lengua española.
Sin embargo, desde setiembre de 2004, Echevarría no puede publicar sus reseñas en dicho diario. La última vez escribió una crítica titulada “La necesidad de la ficción” –argumentada pero descalificadora– a la novela El hijo del acordeonista, del escritor vasco Bernardo Atxaga y publicada por la editorial Alfaguara.
Dicha editorial forma parte de las divisiones del grupo empresarial Prisa, del cual también dependen El País, un amplio rubro educativo y otros medios de comunicación (radios y diarios) en España y América. Preside este holding multimedia el magnate Jesús de Polanco.
En la reseña al libro de Atxaga se pueden hallar observaciones como la siguiente: “La beatitud y el maniqueísmo de sus planteamientos hace inservible El hijo del acordeonista como testimonio de la realidad vasca. A este respecto, la novela sólo vale como documento acrítico de la inopia y de la bobería –de la atrofia moral, en definitiva– que no han dejado de consentir y de amparar, hoy lo mismo que ayer, de forma más o menos melindrosa, el desarrollo del terrorismo vasco, reducido aquí a un conflicto de lobos y pastores, un problema de ecología lingüística y sentimental, al margen de toda consideración ideológica.”
Para paliar los efectos negativos de la reseña, los directivos del diario ordenaron una cobertura total de la novela de Atxaga con entrevistas, artículos y crónicas. Por su parte, Echevarría siguió enviando sus colaboraciones regulares, pero éstas no fueron publicadas. También solicitudes dirigidas a Lluís Bassets, director adjunto del periódico, para que este último explique la negativa a publicar las colaboraciones del crítico. Es así que el 9 de diciembre, en una carta abierta, Echevarría renuncia a seguir escribiendo para El País, en vista del silenciamiento impuesto a sus artículos.
“¿Tiene sentido ejercer la crítica en un medio dispuesto a desactivar los efectos de la misma y a desautorizar a su propio crítico? ¿Tiene sentido tratar de hacer una crítica más o menos exigente e independiente en un medio que parece privilegiar y defender a ultranza, sin el mínimo decoro, los intereses de una editorial que pertenece a su mismo grupo empresarial?”, escribe Echevarría en la carta abierta a Bassets (que, por cierto, no fue publicada en El País).
En otros pasajes de la misiva, el crítico relata cómo sus reseñas fueron retenidas por el director adjunto. Incluso Echevarría menciona que el propio director del diario, Jesús Ceberio, se refirió a la reseña de El hijo del acordeonista como un “arma de destrucción masiva”. “No deja de resultar cómica (…) la ocurrencia de emplear la metáfora ‘arma de destrucción masiva’ en estos tiempos que corren. Parece que estamos todos condenados (unos más que otros) a presumir su existencia allí donde no las hay.”
Acción y reacción
Tras la renuncia de Echevarría (de la que se hicieron eco tanto medios digitales como El Mundo, diario de la competencia), El País se vio obligado a publicar el 18 de diciembre otra carta abierta, esta vez firmada por renombradas figuras intelectuales que colaboran en dicho periódico: Mario Vargas Llosa, Rafael Sánchez Ferlosio, Juan Marsé y Félix de Azúa (junto con otras 68 rúbricas más). En la nota (denominada “Preocupación”), los firmantes dejan constancia de sus dudas acerca del “futuro ejercicio de la crítica en las páginas de El País”.
“(…) Expresamos nuestra preocupación por el daño que ha sufrido el crédito del periódico a raíz de la carta abierta que el crítico de Babelia y colaborador de la sección de Cultura del diario Ignacio Echevarría dirigió el pasado 9 de diciembre a Lluís Bassets, director adjunto de El País, en la que se denunciaba la represalia y la censura de los que ha sido objeto por ejercer la crítica literaria tal y como venía haciéndolo desde hace catorce años en estas mismas páginas.”
Como respuesta a las presiones, el director Jesús Ceberio solicitó a Malén Aznárez, defensora del lector, que explicara las razones del alejamiento de Echevarría de El País. Para ello, Aznárez recoge los testimonios de María Luisa Blanco (editora de Babelia), Bassets y el propio director en una nota titulada “El caso Echevarría” y publicada a toda página el 19 de diciembre.
Bassets sostiene que la reseña de El hijo del acordeonista “llevó a interrogarnos sobre el papel de este crítico y decidimos congelar por el momento su colaboración. Envió semanas más tarde una crítica cuya publicación fue aplazada. (…) No ha habido censura. No ha habido despido ni rescisión por nuestra parte de una relación. Ha sido Echevarría quien la ha roto sin tantear ninguna otra posibilidad”.
También refiere que la rápida propagación en Internet de la carta abierta de Echevarría lo obligó a desechar su publicación en las páginas de El País. Por otra parte, Jesús Ceberio –dice Aznárez– comparte éstas y otras explicaciones “de principio a fin”. También lamenta que “este conflicto, que ya reconocí haber gestionado muy mal, dé pie a conclusiones que me parecen desmesuradas y que tratan de extender una sospecha general sobre el periódico (…)”.
La defensora concluye reiterando las explicaciones del director, aunque aclara que se debió conversar con Echevarría para salvaguardar el nombre de El País. “La credibilidad es difícil de alcanzar, pero se pierde con facilidad. Y ya se sabe que la mujer del César no sólo tiene que ser honrada, sino también parecerlo.”
Legitimidad
y beneficio
Las respuestas de Bassets y Ceberio motivaron otra correspondencia de Echevarría, publicada el 20 de diciembre, en la que desmonta los argumentos de Bassets y acusa a Aznárez de no considerar las opiniones vertidas en la misiva del 9 de diciembre
En una extensa entrevista concedida al diario web Periodista Digital, Echevarría agradece el respaldo de los firmantes de la carta del 18 de diciembre y acusa a Bassets de “melindroso y servil”. “¿Qué es esto de congelar? Parece que estemos hablando de pescados y no de personas. Tres meses y medio de silencio administrativo, sin paga y sin explicación alguna al afectado. ¿No es eso un despido en toda regla? Y si no, es un caso gravísimo de negligencia”, afirma.
“En mi reseña mordí hueso por dos veces: las ‘sinergias’ del grupo Prisa, por un lado, y el tabú del nacionalismo vasco, por el otro. (…) Por lo que toca a la crítica, no hay muchas esperanzas. Se trata de un género en indeclinable proceso de extinción. (…) Donde la crítica deja de existir, el proceso de pauperización de la literatura misma se vuelve, a su vez, inevitable. La industria cultural usurpa su lugar a la cultura propiamente dicha, y a continuación ya se sabe lo que pasa: Lucía Etxebarría pasa por escritora, y cosas por el estilo.”
(A propósito, la aludida publicó en El Mundo otra carta abierta en la que acusa a los críticos de favorecer los intereses de determinados grupos editoriales. De paso, califica al defenestrado colaborador de mantener actitudes misóginas hacia las mujeres escritoras.)
Para Echevarría, el crítico literario no esconde un escritor frustrado. “A este topicazo respondo siempre recordando a Juan Benet. Él proponía que el escritor viene a ser un crítico frustrado; un hombre que, en su deseo desmedido de alcanzar el conocimiento de lo que le apasiona, no encuentra otra salida que el atajo de la creación. (…) La paradoja sugiere que el lenguaje del creador y el del crítico son de naturaleza radicalmente distinta: intuitiva la del primero, analítica la del segundo. De lo que no hay que deducir una oposición, sino una complementariedad.”
Las espuelas del denominado caso Echevarría continúan afectando a todos los implicados. Algunos medios virtuales hablan de “autocensura”. Y aunque podamos resumir este caso como un conflicto de intereses al interior del grupo Prisa, también implica un asunto delicado, como el nacionalismo vasco, en esta ocasión visto desde la perspectiva de una reseña literaria que, al fijar posición, cruza los compartimentos supuestamente estancos de la cultura y la política.
En ese paso espinoso se produce la colisión entre negocio editorial y crítica literaria. El primero consolida un rol superlativo en la producción, distribución y consumo de contenidos. La segunda se halla enclaustrada por los dictámenes del marketing y la publicidad. Palabras más, palabras menos, Ignacio Echevarría pretendió restablecer un ejercicio menoscabado por la oferta y la demanda, con las consecuencias ya conocidas. En la confrontación entre legitimidad y beneficio, el ex crítico se halla en una inquietante zona intermedia.
Giancarlo Stagnaro
La crítica, una definición
La crítica, más que una entidad con individualidad psicológica, es una posición intermedia entre los productores y los receptores. Una posición, aunque la palabra asuste, estructural.
Como toda posición, la de la crítica se encuentra vacía. Cuando algún sujeto de carne y hueso asume ese rol, es decir, cuando se ubica entre los productores que pueden ser escritores, plásticos o directores de cine y el público que consume sus producciones, durante ese momento, ese sujeto, que también puede ser productor, se vuelve crítico.
Así, no es casual que más gente de lo que parece haya ocupado en algún momento la posición de la crítica, aún si ahora asuma una posición defensiva acusando a “los críticos” de ineficacia, como si tal rótulo no fuera sólo eso y sí un modo determinante de ser.
Este carácter móvil que permite la posición crítica explica por si sólo la existencia de buena y mala crítica. Que haya actores más competentes que otros en las distintas actividades humanas no es una novedad y esto se nota, quizá más, en los discursos que pretenden reunir a productores y receptores.
El problema surge cuando se vincula a la actividad crítica con un nombre propio; cuando se personaliza el ejercicio crítico en una persona civil y se le otorga el rótulo de crítico como un estado invariante. Entonces surge la idea de la profesión, una categoría estanca, que intenta reglamentar aquello que en sí es móvil. Pensar en un crítico profesional es un apuro del sistema por catalogar una actividad que escapa a la lógica moderna de la disciplina.
Pero, ¿quiénes necesitan de los críticos? Más que los lectores o receptores, diría que las industrias culturales. Y más que los lectores, otra vez, los productores, pues sin el comentario crítico todo desparece en un mundo simbólico indiferenciado. Sin clasificaciones, sin valoraciones autorizadas, es imposible establecer una lógica progresista y de mercado en el campo cultural.
Precisemos entonces nuestra definición: la critica es una posición intermedia entre los productores (o quizá sea mejor decir artesanos culturales) y la industria cultural. En la actualidad a esta posición acceden cada vez más showmen que académicos; cada vez más “creadores” que en ausencia de “críticos” ofician como tales. Esta ausencia, más que un síntoma, es el signo del equívoco de confundir una posición con una persona; de esperar sin ninguna paciencia una significación trascendente que sólo la lectura silenciosa y lenta de muchas generaciones puede otorgar.
¿Y los lectores? Quizá con una sonrisa hipócrita, como imaginaba Charles Baudelaire, vean estos pequeños enfrentamientos entre “creadores” y los que supuestamente no lo son por tener un lugar en alguna página destacada de algún medio de circulación nacional.
Enrique Cortez |