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La reciente y ganadora participación del músico uruguayo Jorge Drexler en la ceremonia de los premios Oscar sugiere y propone una reflexión acerca de lo que representa la cultura e identidad en este país.
El PBI emocional del Uruguay aumentó desde que Jorge Drexler ganó el Oscar. El ego nacional vuela con los motores apagados. Una estatuilla puede más que todas las estatuas juntas del país. Aramos, dijo el mosquito, y así nos sentimos, sabiendo que Drexler aró solo pero que venimos de su mismo surco. Además, más allá de las entendibles muestras efusivas de chauvinismo que circunstancias como ésta generan, se siente un sereno y autoestimulante placer al constatar que gente talentosa es premiada en lugar de los mediocres que en esta corta vida suelen llevarse tantos reconocimientos. Sin ir más lejos (aunque Hollywood para los que no son Drexler ni Clint Eastwood queda muy lejos), la historia del Oscar está llena de errores y de ganadores inmerecidos. Lo raro es que esta vez pasó lo contrario. El destino viene siendo justo y bondadoso con Drexler, y él lo sabe.
Este Oscar debería servirle a la cultura uruguaya como dínamo, pues Drexler se formó en el país, donde se doctoró de médico, y aquí aprendió la diferencia entre una guitarra y un bisturí. Aprendió en su tierra natal, aunque recién después de salir triunfó. Un proyecto de vida que ahora para Drexler es la vida. Así es esto: sólo hay que creer en uno mismo. Once años atrás lo vi cantar en un boliche del Centro y el domingo a capella en el imponente Kodak Theater. La vida enseña: si él lo consiguió, otros pueden replicar también su aventura. Será aliciente para quienes, contrarios al pesimismo colectivo, creen que Uruguay motiva la creación artística y es cuna de originalidades. Los ejemplos no sobran, tampoco faltan. Quizá nunca llegaremos a ser la París de la década de 1920 (por entonces fábrica de la imaginación del siglo XX). Es decir, en un mundo donde sobreabunda la producción cultural, tener ases ganadores como Drexler (y el dúo que hizo la muy buena película Whisky), inyecta cierta sobredosis de orgullo al alicaído ser nacional. Al ver estos ejemplos dignos de replicar, los jóvenes más jóvenes que Drexler empezarán a creer antes en el “Hollywoodazo” (término acuñado por Alejandro Espina) que en el “Maracanazo”, el cual por cierto pasó hace tanto que pocos recuerdan ya si en verdad pasó.
Yo, a decir verdad, me emocioné más viendo a Drexler recibir el Oscar de manos de Prince que con todos los últimos partidos juntos ganados por la selección uruguaya de fútbol, que no han sido muchos, por cierto. Ver a 11 hombres vestidos con pantalón corto comportándose con escasa elegancia dentro y fuera de la cancha, gente por lo general maleducada que en el exterior gana millones pero que defrauda cada vez que viste la gloriosa camiseta de la selección nacional, me ha hecho pensar que quizás llegó el momento de terminar de una vez por todas no con la cultura (como en libro sugirió Woody Allen) sino con el fútbol, ese gran pasatiempo masoquista de cada vez menos gente, para reinventar así el entusiasmo colectivo basado únicamente en lo que salga de la cabeza de los uruguayos, no de sus pies con tan mala puntería. La gente festeja en las calles si le ganamos a Ecuador, pero que yo sepa nadie jamás salió a tirar cohetes o golpear cacerolas con atisbos de felicidad porque la película Whisky o la canción Al otro lado del río lograron que el mundo civilizado le prestara atención al Uruguay por un rato.
Tras practicarle la eutanasia al fútbol uruguayo (mentira en estado de coma), habría que aprovechar los ejemplos triunfadores de Drexler (y de Stoll & Rebella) para transformar radicalmente nuestro panorama cultural-artístico-literario, en muchos aspectos estancado en la historia premoderna. ¿Hasta cuándo se seguirá escribiendo y publicando libros extraordinariamente previsibles sobre los tupamaros, sobre el período militar, sobre Jorge Batlle, sobre Tabaré Vázquez, sobre Artigas, sobre Rivera, sobre Mujica, sobre Bordaberry, sobre cualquier cosa que sea únicamente uruguaya? ¿Hasta cuándo la gente seguirá leyéndolos? Yo no puedo: después de los 50, perder el tiempo en cosas innecesarias es una obscenidad.
El insistente interés por frecuentar temas históricos y políticos cruzó ya el umbral de lo aborrecible. Observándolo desde la certeza de saber que el mundo es un lugar mucho más variado, todo este panorama en retroceso evidencia la carencia generalizada para poder pensar sobre otros temas aparte de aquellos surgidos de la autocomplacencia.
¿Hasta cuándo seguirá la moda tan uruguaya de celebrar con voluminosas obras el hecho de mirarse todo el tiempo al ombligo? La lección que dejan las experiencias triunfadoras de Drexler (y de Stoll & Rebella) está a la vista: se puede hacer un arte de fundación uruguaya sin caer en los manoseados estereotipos de la identidad. Llegó el momento de darle la espalda a nuestra propia historia y de empezar por fin –finalmente– a creer que la vida nacional puede reinventarse hacia adelante, apostando al riesgo de estéticas inesperadas, rupturales, lúdicas, originales: a la locura epifánica de la imaginación. Y sobre todo, a aceptar sin majaderías que para ser verdaderamente uruguayos debemos ser antes universales.
Eduardo Espina
Poeta Uruguayo, enseña literatura en EE.UU.
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