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La joven editorial estruendomudo lanzó el año pasado tres nuevos narradores, quienes han tenido una positiva recepción entre los críticos y los lectores. El siguiente balance, que ya se hacía esperar, destaca algunas coincidencias temáticas y una paternidad común, la escritura de Julio Cortázar.
Tres jóvenes narradores limeños, ligados todos a la editorial estruendomudo, publicaron durante el año pasado sus primeros libros, que fueron elogiosamente recibidos por la mayor parte de la crítica. Luis Hernán Castañeda (1982), Carlos Gallardo (1983) y Johann Page (1979) se presentaban así como una generación que, en 2004, y ante la ausencia de nuevas novelas y libros de cuentos de los narradores consagrados (Mario Vargas Llosa, Alfredo Bryce, Miguel Gutiérez, Edgardo Rivera Martínez), acaparó las menciones en los recuentos de fin de año de lo mejor de la narrativa peruana. Pero ¿de verdad se trata de una nueva generación, con propuestas literarias propias y diferentes? A esta interrogante trataremos de responder en las siguientes líneas.
Los libros Casa de Islandia (Castañeda), Parque de las leyendas (Gallardo) y Los puertos extremos (Page) tienen bastantes elementos en común, principalmente el estar compuestos por cuentos o relatos que, en líneas generales, pueden ser calificados de fantásticos. Pero no en la línea de lo fantástico abstracto y ensayístico de Borges o Arreola, ni de lo macabro o fabuloso. Más bien se trata de lo fantástico inserto dentro de la vida cotidiana, a la manera de los cuentos de Julio Cortázar, escritor que es la influencia más evidente de estos tres narradores.
Castañeda usa en su libro un personaje para reflexionar acerca de su propia ficción, y esas reflexiones remiten frecuentemente a la obra de Cortázar: “resulta obvio que Arcana es una adaptación de La Maga”, “esa sintaxis... es un plagio de la sintaxis de Cortázar”. No tan explícita, pero igual de evidente, resulta esta influencia en Page, al punto que varios de sus cuentos son casi remakes de conocidos relatos del argentino, como el que da título a su libro o “Las hojas reunidas” que remite, detalle por detalle, a “Carta a una señorita en París” de Cortázar. En los cuentos de Gallardo (“La corneja”, “La Quimera”, “El dinosaurio”) lo cortazariano está presente, hasta en el tipo de “pareja” de protagonistas: un adolescente solitario y la muchacha misteriosa de la que él está enamorado.
Hay que recordar que buena parte de los cuentos de Cortázar es protagonizada por niños o adolescentes que hablan casi siempre en primera persona (“La señorita Cora”, “Después del almuerzo”, “Final del juego”, “Casa tomada”), y que además suelen estar enamorados de mujeres enigmáticas (irracionales e irreales) que encarnan a lo “femenino” tal y como ellos comienzan a descubrirlo. Entre estas musas para adolescentes, figuran las protagonistas de “Silvia”, “La señorita Cora”, “Circe”, “Lugar llamado Kindberg” y hasta la propia Maga de Rayuela. Esa misma pareja de personajes –el joven solitario y solipsista que monologa obsesivamente su desconcierto ante el mundo y la mujer de la que está enamorado– se puede encontrar en buena parte de los relatos de Casa de Islandia y Los puertos extremos.
Entonces es lo “adolescente”, más que lo cortazariano, el factor dominante en la narrativa de estos escritores, tanto por los personajes y su particular “visión del mundo” como por los temas abordados en los relatos: el descubrimiento del amor y la sexualidad, la soledad y la falta de comunicación (la juvenil necesidad de integración y aceptación), y especialmente el enfrentamiento entre el mundo subjetivo de la infancia y el mundo real de los adultos. Esos elementos adolescentes están detrás de cada una de las características en común de estos tres libros. El énfasis en la subjetividad de los protagonistas, por ejemplo, le da a las narraciones su peculiar carácter fantástico, ya mencionado, que abarca desde lo alegórico hasta lo abiertamente onírico.
Lo subjetivo se manifiesta también en la falta de gravitación –o total ausencia– del contexto geográfico, social e histórico. Una característica llevada al extremo en algunos cuentos de Page, como “Sobre el muro”, una extraña fantasía en la que el personaje narrador vive encerrado en un laberinto cuyos muros él mismo va construyendo día a día. Casi tan irreales y descontextualizados, aunque con una mayor carga narrativa, resultan los cuentos de Gallardo “La corneja” o “Las Arpías”. Castañeda, el más maduro de estos narradores, es consciente de lo adolescente de sus relatos y, para tomar una cierta distancia, adjudica la autoría de los mismos a su personaje Pierre Menard, un escritor joven que medita sobre los defectos de “sus” ficciones: “mis personajes no entienden lo que pasa a su alrededor... tienden a reemplazar el mundo por una fábula de su creación... intentan abalanzarse sobre la primera mujer que pasa, creyendo que se trata de un amor disponible con apariencia de realidad intocable”
Otro rasgo propio de las obras de juventud son los “ejercicios” con los elementos formales básicos. Gallardo experimenta frecuentemente con el ritmo de la prosa y la retórica, aunque a veces pierda de vista la coherencia del discurso: “mi conciencia parece fluir como un yaraví por el sendero que marca el cigarro”. Algunos pasajes de Page son verdaderos ejercicios de estilo, especialmente del uso de los adjetivos: “su largo y horrendo vestido, su agonizante e infinito vestido verde”. Castañeda ensaya con la retórica, el ritmo de la prosa y también con la estructura del relato. Pero en este último punto no va más allá de repetir algunos detalles de Rayuela (“El orden de los cuentos que conforman Casa de Islandia es intercambiable”) y por eso su Menard tiene menos del homónimo personaje de Borges que del Morelli de la novela de Cortázar.
Volviendo a la pregunta inicial, acerca de si estos narradores representan una nueva generación con propuestas propias y bien definidas, la respuesta –a la luz de los libros publicados– tendría que ser no. Todas las características (personajes, temas, recursos formales) que tienen en común sus narraciones son las propias de autores muy jóvenes y aún en proceso de formación.
Sus antecedentes literarios, además de los relatos de Cortázar, son textos de juventud, como los cuentos de Ojos de perro azul que Gabriel García Márquez escribió cuando tenía alrededor de veinte años, o la novela corta Los niños en el bosque de Onetti, que el propio autor subtituló Pequeño ensayo sobre el adjetivo y la composición. Obras valoradas más que nada por ser las primeras aproximaciones a la literatura de grandes escritores.
Aún estudiantes universitarios, Luis Hernán Castañeda, Carlos Gallardo y Johann Page han demostrado tener el suficiente talento para convertirse en buenos narradores. Cuentan además, gracias a las circunstancias y a la empeñosa labor de la editorial estruendomudo, con la atención y el interés de la crítica y los lectores en general. Sólo hay que esperar que en el futuro nos entreguen obras acordes con las expectativas creadas en torno a ellos.
Javier Ágreda
Crítico literario.
Escribe regularmente en el
diario La República.
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