El acto de nominar un espacio no es vacío ni irrelevante: la denominación y transmisión de topónimos son procesos que obedecen al carácter nominativo de los pueblos y al momento histórico que éstos atraviesan. Si bien es cierto que existen lugares que de alguna forma condicionan su propio nombre, debido a que presentan alguna característica saltante, el grupo humano decide si es que ésta cubre sus expectativas al momento de fijar el mundo bajo un parámetro lingüístico como producto de sus costumbres y creencias. El aspecto social es muy importante en el acto de nominar espacios geográficos, ya que la nominación debe corresponder a los intereses de la sociedad, que muchas veces obedecen a factores históricos, políticos o de cómo se configura la estructura ideológica o social. Una vez que el grupo humano acoge entre sus límites espaciales determinados lugares, éstos toman los nombres de eventos o personajes que la sociedad considera representativos de su época o su cultura o con el simple afán de señalar alguna característica que posee dicho lugar, como la forma, el color o algún bien natural.
La transmisión de topónimos suele darse de forma espontánea en pueblos donde no existe la intromisión brusca de otra cultura. Cuando esto sucede, muchas veces los topónimos tienden a ser cambiados como una forma de reajustarse a las nuevas tendencias e intereses de la sociedad que ocupa el espacio, o cuando la misma sociedad ha sufrido algún tipo de revolución interna que la lleva a buscar un nombre que concuerde con la visión histórica y cultural que tiene de sí misma. Pero, incluso, cuando esto pasa, sólo son unos pocos los que toman una forma concordante con la nueva lengua e ideología. La mayoría de los lugares conserva su nombre aun siglos después de que la sociedad que los nominó ha desaparecido. De algún modo, los nombres de los lugares están intrínsicamente unidos a los lugares, como parte indisoluble del espacio geográfico que designan. La transmisión se irá dando de generación en generación, aunque muchas veces se hayan oscurecido, para los nuevos usuarios, el significado y la razón de ser del nombre1.
Significado literal, significado cultural
En el caso de Chuqik’iraw, ¿qué conocemos a partir del significado y análisis de este nombre? Chuqik’iraw es un nombre compuesto por dos lexemas: “chuqi” y “k’iraw”. “Chuqi” sería una voz de origen aimara tomada por los quechuas con su mismo significado, que literalmente quiere decir “oro, oro de la más fina calidad”2; y “k’iraw” es una voz de origen quechua que significa “cuna, asiento, la cuna de los bebés”3. Al unir el sentido de ambos lexemas nos encontramos con el significado de lo que literalmente sería “la cuna de oro” y hay una gran cantidad de autores que concuerdan en darle este sentido. Sin embargo, como ya se dijo, es sólo una lectura literal del nombre. Se habla que en el cerro que sirve de asiento al complejo arqueológico existió gran cantidad de oro. Las construcciones, ahora ruinas, debieron contar con mucha riqueza material en sus inmediaciones, motivo por el cual reciben el nombre de Cuna del Oro.
La hipótesis anterior podría ser posible, más aun cuando sabemos que el hombre prehispánico tenía por costumbre llenar sus santuarios y lugares pertenecientes a la elite de valiosos objetos de orfebrería, textilería y demás cosas de mucho valor4. Aunque esta idea se nos presenta como una motivación aceptable para el pueblo incaico que buscaba cómo nombrar a dicho espacio, no es posible probar que efectivamente se haya debido a que en este lugar había una gran cantidad de oro y que por eso recibió ese nombre en particular.
Familia de topónimos
Llama la atención el uso de la palabra “chuqi” (oro) en la composición del topónimo, debido a que ésta se repite para un número mayor de topónimos desde la sierra sur peruana hasta Bolivia, aunque es posible encontrarla en otras regiones del país de forma más escasa. Por ejemplos, Chuqitacarpo, Chuqibamba y Chuqichaka, entre otros. Su equivalente lexemático “cori” (oro) se usa también para denominar espacios geográficos, aunque el número de topónimos es bastante menor en este caso: Coricancha y Corimarca, entre otros. Entonces, el concepto oro, en sus variantes “chuqi” y “cori”, formaría parte de toda una red de nomenclaturas y revelaría una determinada manera de ver el mundo por los hombres de las culturas prehispánicas; hay un principio que los motiva a llamar a esos lugares adjudicándoles el mismo o similar rasgo semántico. Ese principio debe responder a su afán de ordenar su entorno bajo un sistema interno, propio a la lengua y a la cultura que clasifica las cosas de acuerdo con su función, categoría o característica.
Chuqik’iraw, entonces, sería parte de toda una red de nomenclaturas para lugares que tenían algún tipo de afinidad, en este caso, al parecer, de carácter social más que material.
El oro en el Perú antiguo
El oro se usaba como portador de significados religiosos y poder. Cumplió una función de prominencia ante la plata y el cobre5. Por ejemplo, adornaba templos y palacios o acompañaba el atavío de los señores en vida y muerte. El oro va más allá del poder de la elite: dicha simbología se origina en el mito y transmite mensajes de religiosidad, lo que lo convierte en objeto participante del culto y llega a representar, al menos en el Tahuantinsuyo, al dios superior, el Sol; y con esto a la dinastía inca, que se decía hija del Sol.
Pero su significación es más compleja aun. Para Heather Letchman, el metal utilizado con fines religiosos cumplía la función de regular el estatus y el poder en las culturas andinas. El oro representaba no sólo riqueza material, sino el máximo símbolo de estirpe y divinidad:
“(...) La vasta riqueza mineral del Tahuantinsuyo pertenecía al emperador inca. El oro y la plata sobresalían entre los metales que él controlaba y representaban su derecho de nacimiento. El primer miembro de la dinastía inca fue el fruto de la unión del sol (deidad masculina) y la luna (deidad femenina). En la cosmología inca, el metal oro representaba al primero, la plata a la segunda”6.
Chuqik’iraw
La palabra que Chuqik’iraw nomina es también símbolo del objeto. Lleva en su semántica todas las alusiones que el grupo nominador le dio al objeto y se reviste de todas las gamas de sentido que éste pueda tener. Así, la palabra “oro”, en este caso “chuqi”, adquiere todo el prestigio simbólico del metal por excelencia de las culturas prehispánicas. Las fuentes escritas que consignan esta palabra, en su mayoría diccionarios, mantienen bastante uniformidad en el sentido que le confieren. El valor semántico que contiene esta palabra es de sentido positivo y prestigioso. En muchas fuentes, no se la encuentra como entrada independiente, sino como parte de una palabra compuesta. La palabra que lo lleva quiere recalcar una característica de aspecto material (el color o la dureza) o un sentido de valoración, en este caso positiva (la virtud, el agasajo), que contiene la carga significativa con que las culturas quechua y aimara han matizado a chuqi. Entonces, al nominar un espacio con este lexema, se le estaría dando al lugar un realce de solemnidad que se cree ya tiene o que se quiere imprimir, debido a algún tipo de evento que le hace acreedor a un profundo respeto por la comunidad. Hay en el nombre toponímico un mensaje social que refleja la ideología cultural de los Andes: el oro representa lo sagrado y el poder del Estado.
Chuqik’iraw –constituido por un lexema aimara que se impuso en el quechua sureño, y otro quechua– significa literalmente “la cuna del oro”. Para entender mejor el significado de este topónimo, veamos lo que recoge de este término la Academia Mayor de la Lengua Quechua:
“(...) Lugar arqueológico de la época inka, ubicado a 1,500 metros por encima del río Apurímac, sobre una cresta de un cerro en la región de Willkapampa (Vilcabamba), provincia de La Convención, departamento del Qosqo, Perú. La región de Willkapampa fue colonizada por el Inca Pachakuteq (1438-1471) con el objetivo de establecer centros de producción especializados en coca, metales preciosos, plumas de aves y otros productos suntuarios. Choqek’iraw debe responder a una complementación con éstos propósitos del estado inka, siendo un centro aurífero.”7 El nombre “la cuna del oro” responde a la función que este lugar desempeñaba como centro de producción en el Tahuantinsuyo. Por tanto, la expresión “centro aurífero” no debe ser tomada desde un punto de vista completamente literal. Se da realce a la importancia del lugar en la administración incaica. El sentido con el que se usa chuqi es más bien metafórico, lleno de positivismo. Se quiere dejar constancia, mediante el nombre, de que el lugar posee importancia. Además, cualquiera que haya sido el producto, no necesariamente oro o los productos que daba este lugar seguro que eran bienqueridos y considerados como preciosos. Así, Chuqik’iraw es la cuna del oro, pero no del oro-metal, sino del oro-riqueza.
En consecuencia, el lugar pertenecería a la red espacial objeto de culto y símbolo religioso, al llevar en el nombre una gran carga de prestigio social. Este topónimo no sólo se reviste del sentido que le confiere el oro-riqueza; formaría también parte de su base semántica la concepción del oro en el sentido oro-poder y oro-sagrado. Si bien es cierto que el topónimo no revelaría con certeza la riqueza del lugar, para esto se tendrá que recurrir a la revisión de documentos coloniales. De todas formas, pondría de manifiesto el pensamiento social de la cultura andina, al ejercer la representación simbólica de su cosmovisión.
Acerca de la escritura
La escritura correcta del nombre del complejo arqueológico es Chuqik’iraw y no Choquequirao, que es la forma que se está expandiendo a través de los medios de promoción turística, forma que no atiende en lo más mínimo a la fonología de la lengua nativa. Se ha llegado a esta confusión debido a que la pronunciación se ha castellanizado, perdiéndose de vista que el quechua no tiene vocales abiertas que funcionen como fonemas, sino sólo como sonidos. Además, se está graficando con un mismo grafema, en este caso el dígrafo castellano qu, a los fonemas /q/ y /k’/. Mediante este dígrafo se estaría equiparando ambos fonemas haciéndolos pasar por el mismo. Si esto fuera así, tendríamos un significado totalmente diferente para el vocablo, sea cual fuere el fonema al que estaría representando. Notemos que “chuqi” podría pasar por “chuki” para equipararlo a la k (que no es k, sino k’) que se encuentra en k’iraw, lo que alteraría el sentido del lexema, además de incurrir en el error de tomar por un tercer fonema a ambos fonemas. Es cierto que la escritura no estaría acorde con la actual pronunciación de este vocablo: ya no se postvelariza /q/, ni se glotaliza /k’/ en todas las regiones; pero la escritura no tiene que acomodarse siempre al habla espontánea. Es preferible que guarde las diferencias y se remita a la etimología de la palabra cuando está en juego la claridad semántica de ésta. Tampoco tiene sentido utilizar el dígrafo castellano que en este vocablo (ni en otro) el quechua y el aimara presentan sus propios alfabetos.
Topónimo: espacio y época |
EUNICE CORTEZ
LINGÜISTA DE LA UNMSM
Notas
[1]Solís Fonseca, Gustavo. Los hombres pasan, los nombres quedan. Introducción a la toponimia. Ediciones Lengua y Sociedad, Lima, 1997. pp. 15-16.
[2] Se pueden revisar los primeros diccionarios que se hicieron para las lenguas quechua y aimara. Algunos diccionarios modernos lo registran como un vocablo en desuso.
[3] Sólo lo registran los primeros diccionarios quechuas y entre los modernos los que pertenecen a la variedad sureña como el de Pedro Clemente Perroud y Juana María Chovvene (1970). Este vocablo, al igual que “chuqi”, es considerado un arcaísmo. Véase: Cerrón-Palomino, Rodolfo. Quechua sureño (1994).
[4] Lumbreras, Guillermo. Los orígenes de la civilización. Editorial Milla Batres, Lima, 1983. p. 58.
[5] Lechtman, Heather. “Tejido y metal: la cultura de la tecnología”. En: El hombre y los Andes. Homenaje a Franklin Pease G. Y., tomo I, PUCP, Fondo Editorial, 2002. p. 440.
[6] Ibíd., p. 443.
[7] Academia Mayor de la Lengua Quechua. Diccionario quechua-español: español-quechua. Municipalidad del Qosqo, 1995, p. 69.
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