Edición 92
05 de Sept. 2005

 Director: Gerardo Barraza Soto    Editor: Giancarlo Stagnaro
 > Ensayo
 
La cultura como inversión para el desarrollo
Nuestro pasado cultural es ingente y múltiple. No obstante, nos cuesta formular un proyecto colectivo a partir de este reconocimiento, que posibilitaría un diálogo entre todos los niveles sociales sin distinción. Frente a esto, la propuesta de un Ministerio de Cultura que trabaje por la cohesión nacional, en busca de un imaginario común, debería ser tomada con atención.


Cuando se menciona el término cultura a nuestros políticos y gobernantes en este país, ellos suelen interpretar que se trata de expresiones tradicionales artísticas o folclóricas, que no tienen ninguna incidencia en los planes de desarrollo. Bajo esta perspectiva, los diferentes gobiernos no han venido trabajando con un Ministerio de Cultura ni el Congreso de la República ha considerado la permanencia de una Comisión de Cultura. En ambos casos, se ha incorporado la cultura al sector y a la Comisión de Educación, aun cuando se conoce que el quehacer educativo es complejo y sus problemas saturan el trabajo de los funcionarios del Estado. Con esta actitud sólo se ha cumplido con la formalidad de dar una ubicación a la cultura sin considerar que sus especificidades e importancia requerían de una atención diferente. Frente a tal situación, es interesante, sin embargo, hacer reflexiones que nos permitan entender el trato diferencial que reciben las actividades culturales en otros países en comparación con el nuestro. Hace 20 años tuvimos acceso a los planes estratégicos para el desarrollo turístico de un país centroamericano, en los que se señalaba la urgencia de implementarlos debido a que el Perú, en aquella época, no se había dado cuenta de su potencial arqueológico y cultural en América para fomentar el turismo. Esta evaluación revela una realidad constatada por otros y todavía no asumida suficientemente por nosotros para promover los cambios necesarios en beneficio de la Nación peruana.
Considero que detrás de esta actitud de menosprecio o indiferencia al tema cultural se perciben los efectos de la historia de nuestro país como sede del gobierno virreinal, instalado en América a partir del siglo XVI; en el Perú se afincaron los españoles y los hijos de ellos, habidos en estas tierras. Los primeros han mirado a la metrópoli como referencia de las políticas y modelos a seguir; los segundos, o criollos, en competencia con los primeros, como nacidos en suelo americano, pero sin asumir la identificación con los pobladores nativos, la historia ni la cultura.


Obtenidas la Independencia y la instalación del gobierno republicano, los criollos asumieron el poder y el manejo del Estado, permitiendo una participación creciente de la fuerza laboral mestiza, pero ésta, lejos de reivindicar los patrones culturales tradicionales, en la práctica copió a los foráneos, con total desarraigo y subestimación por aquellos. Por otro lado, la población nativa, burlada y perseguida en sus prácticas culturales durante siglos, a partir de la prohibición explícita de parte de los extirpadores de idolatrías de continuar con sus creencias y prácticas religiosas –y hasta de “tocar sus tambores, cantar sus canciones y bailar sus danzas”–, se acostumbró a practicar a escondidas sus manifestaciones culturales. Con el tiempo, este ocultamiento se convirtió en vergüenza social, llegando a nuestros días con la completa negación a comunicarse en alguno de los idiomas nativos. La incidencia negativa de estas actitudes en la conducta personal es dramática, porque ellas mellaron la autoestima social y han producido una fuerte inseguridad en el ciudadano.


Capacidades no reconocidas
Se puede constatar en el presente que no se identifica al habitante paupérrimo, que mora cerca de un sitio arqueológico, con las obras de sus antepasados y ni siquiera la relación parte de él mismo. Es habitual que a la pregunta hecha a un poblador por los autores de la construcción de un monumento, él responda que ha sido erigida por los gentiles, unos seres gigantescos, diferentes a los humanos, “pues nosotros no tenemos la capacidad de hacer obras similares”. Para los otros, estos monumentos son obras de extraterrestres porque, a partir de la condición actual de los pobladores y por desconocimiento de nuestra historia, no se reconocen las capacidades en las sociedades prehispánicas. Si bien las causas y las explicaciones son diferentes, en ambas respuestas se refleja la falta de aprecio por desconocimiento de los logros alcanzados por nuestras sociedades pasadas. En ese contexto histórico y cultural se han encontrado las autoridades de los gobiernos de turno. No podían imaginar la necesidad de constituir un Ministerio de la Cultura.
Pocos saben en el Perú que fuimos la civilización más antigua de América, que produjo conocimientos intelectuales en ciencia, tecnología y tuvo avances reconocidos en planificación urbana, construcciones arquitectónicas monumentales, mejoramiento genético en diversidad de productos vegetales con fines alimenticios y medicinales, ampliación de campos de cultivo mediante canales de irrigación, manejo del territorio y sus recursos y elaboración de calendarios. Este avance precoz fue posible por la formación de un sistema social que organizó a la población bajo una jerarquía de autoridades políticas y que sustentó la cohesión y coerción ejercidas mediante una férrea ideología religiosa.


Si hemos tenido algunas acciones a favor de nuestra cultura, éstas han sido fomentadas por la admiración que los visitantes extranjeros han mostrado en nuestra historia cultural; y en esa perspectiva, a partir de la segunda mitad del siglo pasado, hay cierto interés por los sitios y objetos arqueológicos en los museos y por determinadas expresiones de las culturas vivas, como la alimentación, música y danza. El prestigio mundial de Machu Picchu, de los edificios y lápidas esculpidas de Chavín, de los sorprendentes trazos iconográficos de las pampas de Nasca y de los miles de objetos de cerámica y otros que inundaron los museos y colecciones del exterior también coadyuvó a la organización de una institución, denominada Casa de la Cultura e Instituto Nacional de Cultura, posteriormente. En concordancia con las actitudes predominantes, esta entidad congregó a las actividades consideradas culturales: la producción literaria, el folclor, la música, la danza y el patrimonio monumental, mayormente centrado éste en las iglesias y casonas del período virreinal. El Estado le asignaba sumas limitadas para su presupuesto anual, con la convicción de que eran “gastos suntuarios” para el país.


Historia de 12 mil años
En años posteriores, el desarrollo de la actividad turística en el mundo y los notables hallazgos del Señor de Sipán, así como la inusitada antigüedad de nuestra civilización, como lo ha demostrado Caral-Supe –obras asociadas a la prodigiosa diversidad de las zonas naturales y de las tradiciones culturales de las poblaciones–, han motivado que el interés internacional toque con mayor fuerza las puertas del Estado y que surjan iniciativas en éste y en ciertos sectores de la sociedad civil en el Perú.
No obstante, al no haber todavía una adecuada identificación con los valores culturales tradicionales, no se han evaluado éstos sino en términos del desarrollo turístico. Los aspectos fundamentales, vinculados con la autoestima social –condición necesaria para garantizar un desarrollo integral del país–, han quedado relegados, sin que las autoridades hayan asumido su importancia, de impostergable urgencia, si se busca impulsar significativos avances en los otros campos de la actividad económica y social. Se debe conocer que hubo en el Perú una historia de doce milenios, en los cuales sus habitantes dominaron los más abruptos y accidentados territorios, con notable diversidad de condiciones y recursos, convirtiéndolos mediante esforzado trabajo en zonas adecuadas para la vida humana. Si antes se pudo hacer, también podremos hoy; recuperemos esa experiencia previa, enriquecida con los aportes nacionales e internacionales. Dejemos de mirar con actitud despectiva lo nuestro y con admiración lo foráneo. Trabajemos sobre la realidad geográfica, histórica y social de nuestro país para fomentar los cambios que fueran necesarios.

Fines de un Ministerio de Cultura
El planteamiento que ha hecho el Presidente de la República de un Ministerio de Cultura ha recibido diversas reacciones. De una parte, están quienes se oponen porque asumen las posiciones tradicionales, subestiman los valores culturales propios a partir de actitudes carentes de identidad cultural, se mimetizan con la denominada cultura occidental y, por lo mismo, acuden al marco de la globalización. Otros destacan con exclusividad los beneficios económicos derivados de la cultura y la promueven hacia el extranjero; éstos tampoco se identifican con nuestras culturas, no reconocen su importancia para promover cambios en el país y prefieren referirse con exclusividad a un Ministerio de Turismo. Son todavía pocos los peruanos que verdaderamente tienen conocimiento sobre el proceso cultural, valoran el patrimonio cultural por lo que éste significa para la población del país y reconocen los problemas existentes en cuanto a la identificación cultural y autoestima social; y como éstos son una carga negativa para el éxito de los planes nacionales.


Toda sociedad está formada por diversos miembros con características e intereses diversos y también puede haber varias culturas; en conjunto, constituyen una nación. La integración de ésta dependerá del grado de cohesión social que se alcance en torno a valores compartidos, con los cuales se han logrado identificar. Estos valores son rescatados de la historia: deben ser reconocidos, propalados y asumidos.
Un Ministerio de Cultura, Recursos Naturales y Turismo tendría esa finalidad. Lograr el fortalecimiento de la identidad cultural del peruano como tal a través del conocimiento sobre el proceso cultural milenario de las sociedades que poblaron el territorio y sus contribuciones al Perú y el mundo, así como de la situación que presenta el medio natural y social en la actualidad. Haría conocer la realidad del país a sus habitantes y evaluaría sus alcances, pero también sus limitaciones. Confrontaría el pasado con el presente y recuperaría la continuidad histórica para todos los integrantes de nuestra nación. Nos daría seguridad y cohesión.
Paralelamente, presentaría la imagen cultural del Perú ante el mundo, destacando sus potencialidades en los campos de la arqueología e historia, la biodiversidad y las manifestaciones culturales que la tradición ha conservado en las poblaciones, y que constituyen los principales atractivos turísticos.


En este sector, la burocracia deberá ser reemplazada por las capacidades de profesionales que hagan una labor sistemática, sustentada en la investigación, dirigida a los peruanos, en primer término, para lograr el fortalecimiento de la identidad nacional y el mejoramiento de la autoestima social, requisitos ambos imprescindibles para alcanzar el ansiado desarrollo económico. Asimismo, planes coherentes buscarán difundir la imagen de nuestro país en el exterior para convertir nuestro patrimonio arqueológico, natural y cultural en el recurso de mayor rentabilidad. Si la propuesta del Gobierno se ha planteado en este contexto, la considero de trascendental importancia; sus esfuerzos y la asignación de los recursos económicos constituyen inversiones necesarias para garantizar el éxito de los planes de desarrollo del Perú.


Ruth Shady Solís
Arqueóloga y antropóloga. Fundadora
y directora del proyecto especial arqueológico
Caral-Supe. Es presidenta de Icomos-Perú.