Para cierta prensa como para muchos políticos, tocar el tema de la guerra interna tratando de entender las razones históricas que llevaron al desenlace de esta lucha sangrienta es sinónimo de terrorismo. Por eso, Retablo, de Julián Pérez, Premio Nacional de Novela Federico Villarreal 2003, es una mirada profunda y estremecedora del sufrimiento de la población ayacuchana durante esos años, sin el maniqueísmo ni la satanización de los protagonistas de uno u otro bando. Recuérdese cómo una facción retardataria de un partido político con rabo de paja tildó de comunistas a los comisionados de la CVR y se opuso en Ayacucho a las audiencias públicas. Es cierto que las heridas aún permanecen abiertas, pero cómo cerrar los ojos ante la verdad, que brota gracias a la indagación e investigación de los hechos, aunque también del arte novelesco.
En Retablo nos enteramos de cómo se instaló el miedo en la gente durante ese período crítico, cómo se vivió la paranoia diaria en las comunidades andinas, a la vez que se insinúa la relación causa-efecto entre la rebelión armada y la injusticia social, pues los “uquis-notables” y los “indios-chutos” ya se habían declarado la guerra desde tiempos inmemoriales, ya sea por la tenencia de las tierras, el odio de clases o el desprecio interracial.
La novela no es lineal. Se estructura a partir de relatos alternados e interpolaciones. Dos profesores universitarios, Manuel Jesús Medina y Antonio Fernández, llegan a Pumaranra, un pueblo en las alturas de Víctor Fajardo, en distintas épocas. Uno lleva a cuestas una gran desazón espiritual y el otro oculta su verdadera identidad e intenciones políticas.
La primera historia empieza en esta época con las reflexiones de Manuel Jesús, el narrador protagonista, durante su viaje de Lima a Ayacucho. Desde el inicio, el tono de la novela es premonitorio: después de 30 años de estadía en Lima, Manuel Jesús retorna a Pumaranra, su pueblo natal, a finales de diciembre, a una atmósfera límpida no contaminada”.
La madre y la hermana lo reciben con una copa de aguardiente de caña quemado en azúcar, canela y clavo de olor, mientras preparan el mondongo mañanero.
El lector va conociendo progresivamente los motivos de su gran depresión, relacionados con los avatares de la lucha armada: la muerte de su hermano mayor Grimaldo en la clandestinidad, su divorcio y la partida de su hija rumbo a Miami para reunirse con su madre. Es un hombre psicológicamente quebrado que busca la tumba de Grimaldo como una meta.
El punto de partida de la segunda historia es el arribo de Antonio Fernández a Pumaranra, suerte de profeta maligno que con sus sueños utópicos traerá la desgracia al pueblo años después. .
Tono mítico
En Retablo, los personajes femeninos son vigorosos: Escola, la madre, es una mujer sabia, de carácter, que cree en el conocimiento. De ella –que “nunca tuvo la oportunidad de leer un libro”– nos dice el narrador que es una “mujer andina de alto pensamiento pero de bajo destino”. Frase proverbial que sintetiza el fátum –si se puede llamar así– de muchas generaciones de mujeres y hombres peruanos al margen de la cultura oficial.
En el libro hay pasajes cuyo tono mítico nos recuerda la voz colectiva en los relatos de Toni Morrison. Mama Auli, por ejemplo, la tía abuela, es una especie de bardo que narra la épica de la familia Medina y la historia del pueblo, urdida en torno a la adversidad y el abuso de los poderosos.
Llama la atención el enfoque erótico en relación con la mujer como parte esencial de la vida misma: no sólo un punto de vista de género políticamente correcto que desmiente la visión hierática sobre las personas de la Sierra. La ternura y el calor de los afectos se perciben gratamente en la forma de relacionarse entre aldeanos y forasteros, el trato interfamiliar, la manera de llamarse a sí mismos con desinencias cariñosas –como Machi, Machicha (Marina), Grimacha (Grimaldo) o Efrencha (Efren)– o las terminaciones de algunos sustantivos: “ay, vida, vidallay” o “joven, jovenllay”, cuya musicalidad nos recuerda los nombres de personajes rusos en Platónov, Bulgákov o Chéjov.
La angustia de Mañuco Chiwaco trasciende incluso el drama personal. Si la ciudad de Huamanga fue para el Grimaldo escolar “un gran animal de sueños de pesadilla presto a clavarle las zarpas”, Lima es vista por el narrador como un “mundo ambiguo de falacias y quimeras” o una “ciudad carcinómica llamada la Capital”.
Destaca, asimismo, el enfoque calidoscópico: las acciones de los personajes son vistas desde varios ángulos y en distintos momentos; así como la riqueza del lenguaje, cuyas construcciones coloquiales parten del quechua y de formas arcaicas del castellano.
Narrar esta historia ambientada en las alturas de Ayacucho exige un conocimiento del lugar que no se aprende de los diccionarios: no se trata sólo de nombrar la abundante y variada vegetación (quebrada de lambras, kiswares, eucaliptos, chachacomos, molles). Es haber saboreado de niño el pan chapla de trigo o el mondongo de madrugada; y haber soñado en los caminos cuando adolescente sentado sobre montones de chala.
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