| > actuales |
 |
| COLORES, SONIDOS Y FORMAS DE LA HISTORIA |
| La fiesta
de Alberto Quintanilla |
Con qué ojos miramos las pinturas, las esculturas, los dibujos de Alberto Quintanilla. ¿Con los ojos de todos los días, con la cotidianidad de la costumbre? O con los ojos de la memoria, del tiempo remoto, que de pronto fluye en nuestra cansada piel, haciéndola vivir, renovándola, al identificarnos con esas formas, colores, objetos que caminan en el espacio infinito del recuerdo.
El tiempo de la distancia se pinta de rojo como los atardeceres cargados de presagios. Qué medida tiene esta distancia cuando tocamos con nuestros cuerpos el sabor de la reminiscencia, de nuestra historia retaceada que llega hasta nosotros.
El viajero, eterno peregrino, descansa en la Saywa, en la Apacheta, adivinando en el vuelo del quilincho (cernícalo) el horizonte de su palabra, bulléndole el camino recorrido como el moscardón que taladró tu infancia en la vieja viga de tu casa viva, que todavía te espera, o es el runrún de lo perdido.
Te buscan en los vagones que apenas se detienen en solitarias y lluviosas estaciones, te buscan en hoteles de provincias, en las voces de medianoche levantando la huérfana soledad de la campana, en las ferias de los pueblos, junto a las naranjas esparcidas por los suelos, en las chicheras desgranando choclos de otras mesas, te buscan en el carrizo hueco para silbar el silencio de tus campos.
Alberto Quintanilla, bordador de esos sueños con la filigrana del viento, “aires de terciopelo”, de la tarde con lluvias que se encharcan en el pecho, con el canto del chihuaco que anuncia la cosecha, azul es el sabor de la merienda, con choclos tiernos, bondadosas papas.
Campesino, artesano, pastor de peces y de perros, de sapos y caracoles, de monos y serpientes, regálanos las legañas de tus críos para poder ver por un momento el otro lado de las cosas, adivinar quién nos visita antes de tocar la puerta, llegar en un amanecer para escuchar el primer nombre de tus hijos, Alberto Quintanilla.
Debajo de qué techos habita el alfarero, a galope de hornos, cofre de tiernos silencios, música de la forma, lámpara en los puentes sobre ríos sedientos, retablo del alma. Su taller junto a su almohada –arcilla, fierros, bronces, cartones y papeles– va moldeando la antigua creatura que nace en sus formas con el soplo antiguo de las edades.
A qué hora del día he de llegar para encontrarte, en qué parte del camino me he de encontrar a mí mismo y a los otros invitados. O será como siempre, cuando te preguntas, con risa sorprendida: “¿Yo qué hago aquí? A veces me suceden cosas que no entiendo, como haberme invitado a este Cusikunapaq, donde voy reconociendo a cada uno de mis amigos conforme llegan con los atados al hombro, trayendo la tierra de sus pueblos: Cuscullaqta, Huancavelicallacta, Ayacuchollacta, Limallacta”.
Han venido todos. Ahí está el Lucho aguaitando desde ese rincón con su cara de manzana; fíjate cómo baila el Jorge, que ha venido con su poncho de vicuña; el Mañuco está levantando su vaso diciendo ¡salud!; la Maruja se ríe en la era de trigo.
Ahora nos reciben los músicos de tu aldea con guitarras, quenas y tambores, la música azul de tus perros verdes abriga de compases el gran salón. El bronce del caracol repite el lugar de siempre sin “todavía haber terminado” de caminar (Manaraxmi Tucunichu), mientras el sapo se ha abrigado debajo de una campana cantando su “Taclaka Taclaka” para que siga el aguacero.
Hay miradas con dos, tres, cuatro ojos, desde la conciencia lúcida, presente, de todos los días, en este preciso momento, queriendo conversar, compartir el tiempo con tus invitados, tus huayques (amigos, hermanos), leer las entrañas del cielo en el horizonte de la luna cabalgando sobre los futuros de ayer en tu memoria, Alberto Quintanilla.
Estamos invitados a festejar el advenimiento del nuevo día que ya ha comenzado. Sabe Dios cuándo Wiracocha, los Apus y los Wamanis nos llevan ahora al lugar preciso, zapateando desde las chinkanas, del brazo de tus perros, que por haberte portado bien en estas tierras, Alberto Quintanilla, te llevarán agüita en sus orejas para tu sed de siempre, cuando estés pintando el canto de un gallo que está parado sobre un gato, sobre un perro y sobre un burro.
Zapatea tu huayno, Cholo Quintanilla, sopla la tullpa (fogón), prepara la chicha, que ya vienen los músicos; y vuelve a invitarnos a tu fiesta, no importa que llueva, a veces es mejor.
|
|


|