“Si fuera joven, estaría loco”. Jesús Ruiz Durand (Huancavelica, 1940) sostiene la pintura en una mano y con la otra coge el pincel, lo sumerge en azul y renueva la vieja capa acrílica de un cuadro: Documento II. Chicago, Setiembre 1968.
“Estaría loco, los referentes son tantos y tan distintos”, reafirma y le da vuelta al lienzo que coge por el filo del bastidor. Esto ocurre mientras nos cuenta en uno de los pasadizos del centro cultural de San Marcos de sus múltiples proyectos, de las quinientas horas que debiera tener un día para cumplir con todo lo planeado, y de las posturas de la juventud de hoy frente a las de su generación.
Son días previos a la apertura de la exposición Utopía y ruinas, los “fragmentos de una retrospectiva”, como la ha llamado su curador, el crítico de arte Gustavo Buntinx.
Ruiz Durand inició labores visuales hacia 1964, de la mano del expresionismo, en la Escuela Nacional de Bellas Artes de Lima. Pronto derivaría al op art (arte óptico), empujado por sus estudios paralelos de física y matemática. La vanguardia estuvo así reservada para él. Vanguardia que supo llevar de manera aguda y sin vendas por los terrenos del pop más radical (que años más tarde fundara como “achorado”) y del diseño gráfico (iconográfico, mejor decir).
Es hoy un referente obligado si hablamos de la estética vivida y experimentada entre 1966 y 1987 –años por los que transita la retrospectiva– y su estar “al servicio” de alguna de nuestras grandes utopías históricas. Un antecedente ineludible al celebrar los últimos ejemplos de un estilo que se revitaliza, iluminando los magros tiempos presentes.
Los no-lugares
Para usted, ¿terminaron las utopías?
–No sé. Las mías siguen vivas en medio de este ambiente que ha quedado tras la novelería de la posmodernidad, que da fin a las utopías, aquella apertura a un goce momentáneo. Momentáneo porque no hay esperanza de que cualquier proyecto histórico pueda tomarse en serio y parece que tampoco hay ganas como para comprarse un sueño de verdad. Todo es desechable, pasajero, absolutamente aleatorio. Pero los problemas aumentan en gravedad, y esta irresponsable postura universal del egoísmo se convierte en la religión del egoísmo total, sin ningún referente moral ni ético. La prepotencia, la impunidad, la desfachatez, la obscenidad, todo eso está de moda, y se paga muy bien en medios como el televisivo, por ejemplo. Pero en este mar de imbecilidad, es imposible no tener una reacción en contra, una reacción natural que nos señala una serie de caminos hacia la reconquista de los valores más altos. La utopía de hoy es aquello que nos recuerda, mientras más bajo caemos, nuestra naturaleza superior.
Pero a veces se transforman en frustraciones históricas...
–Lógicamente. Si te refieres al velasquismo, fue una posibilidad que se frustró por la propia inoperancia y timidez de las fuerzas que lo formaron, como dirigentes y asesores. Pero era una posibilidad. Imagínese un momento en que la tenencia de las tierras cambia radicalmente de manos, en un país donde por 500 años las condiciones fueron distintas. Yo nunca estoy convencido de nada, soy un incrédulo total, un escéptico, pero cuando veo las posibilidades de algo, si éstas por algún lado existen, me parece maravilloso.
Las ruinas
¿Por qué muchos de sus cuadros están destruidos o afectados?
–En realidad, no lo sé. Será cuestión del destino. Como anécdota te puedo contar que hace unos años hice dos individuales, cada una con unos 20 cuadros, todos desaparecidos. Otra fue en el Instituto de Arte Contemporáneo (IAC). La Universidad La Cantuta me pidió que les llevara esa muestra, lo cual hice. Pero en el ínterin sucedió una serie de hechos: tomaron la escuela, hubo represión contra el movimiento estudiantil y al final los cuadros desaparecieron. Hay otro, uno grande de Túpac Amaru que regalé a una amiga que tenía una ONG en Huancayo, y en la época del terrorismo no sabía qué hacer con él. Finalmente, lo enterraron, y luego lo quemaron. Recuerdo otra obra entregada a un galerista que nunca me dio un centavo, me dijo que se la habían robado. Cuando murió, apareció el cuadro en manos de un señor que sí le había pagado al difunto. Ese cuadro lo doy como malhabido, robado, y allí está, en esta última retrospectiva. Aún no he decidido cómo reaccionaré.
Son los restos de una época...
–No tanto restos. Hay una alegoría curiosa: ahora estoy retocando unos cuadros pintados a mano. Por lo tanto, los sueños pueden ser potenciados.
Como huellas digitales
Siendo artista, ¿cuál fue su compromiso con la época?
–Todo lo que he pintado ha sido para prolongar la efímera vida de los medios impresos. Las imágenes de mis cuadros son sacadas de periódicos y revistas, donde viven muy poco, y estamos hablando de testimonios históricos. Soy simplemente un habitante de esta época, que ha visto estas cosas y ha usado esas imágenes para hacerlas más perennes. Todo lo que he pintado no es nada más que el testimonio de la prensa que publica las fotografías, del editor que las escoge, del lector que escoge esas fotos escogidas y del pintor que las interviene como un documento estético. Todos estos cuadros son vivencias que de una u otra forma nos han envuelto, involucrado, como la terrible experiencia de la década de 1980.
Memorias de la ira...
–Claro. El arte es paralelo a la historia, es como su huella digital. Es la segregación de la humanidad a pesar de las individualidades. Sí, hay un arte de la década de 1960, en el que –prescindiendo de los individuos– se siente un estilo, una pulsión, una forma de respirar el color, de manejar la forma y los espacios. El arte es producto de una época, absorbe toda la capacidad vivencial del momento, se hace con el imaginario colectivo.
Tras pintar el horror, ¿siente al país como un buen proyecto?
–Nuestro pueblo tiene una gran capacidad de recuperación, de inventiva y creatividad. Los fenómenos como Polvos Azules, la chicha, Gamarra y Villa El Salvador son ejemplos palpables de lo que nosotros, los “civilizados”, no queremos ver. Porque simplemente nos levantamos tarde y ellos empiezan el día más temprano, pendientes de las mínimas vibraciones para captar algo que les pueda servir. Se ha construido de la nada. Por lo tanto, esa cultura precaria, fea, antiestética, que está reordenándose, es algo esperanzador a pesar de todas las contrariedades que tenemos, como el racismo. Es justamente el otro lado el que nos salva, la parte positiva de nuestro pueblo es lo que surge de las cenizas. Aceptar todo esto es el gran proyecto nacional.
El estilo reflorece
¿Cómo ve el lenguaje del pop en la actualidad?
–Afortunadamente, el pop recurre a elementos atávicos. Es un lenguaje muy cercano a nosotros, que hemos leído cómic, historietas, mangas, lo que sea, y que tiene ya una aceptación de entrada. Además, admite y ejercita no sólo el genio, sino también el ingenio. El kitsch y la huachafería ya no son un pecado y se usan como un elemento más de comunicación, con resultados muy acertados algunas veces. El pop tiene nuevos adeptos, que ejercitan un proyecto y un lenguaje que les es afín, fresco y vivo, con meritos suficientes como para conectarse con las nuevas generaciones.
¿Va a muestras?
–Sí. Hay gente de mucho talento y también jóvenes inmersos en la parte facilona y estúpida del arte, como las instalaciones: armas de doble filo si no se saben usar. Pero buena pintura siempre habrá, se vende y aprecia. Hay mucho talento para mantenerla no sólo como una actividad que produce alegría, sino que reafirma identidades, hace documentos.
Es muy crítico con las instalaciones. ¿Siente que algo se ha perdido en el arte?
–Este formato es una especie de lacra. Porque entusiasma a los muchachos, es fácil, rápido y resulta mejor con una buena dosis de shocking. Esto lo veo como algo negativo, pues funcionan bien cuando hay detrás inteligencia, preocupación y esmero. Pintar, dibujar, aprender un lenguaje visual, cromático, la composición, es laborioso, pero hermoso de hacer. Sin embargo, el otro lado oficial del arte nos quiere demostrar que todo esto es obsoleto.
Usted dejó la pintura por el diseño gráfico...
–No dejé la pintura. Lo dije sí, lo dije verbalmente porque era un medio elitista, demasiado exclusivista comparado con otras posibilidades del diseño gráfico. Pero en realidad seguía pintando afiches, ilustrando libros, utilizando óleo, carbón. La pintura es como una enfermedad, no creo que se pueda abandonar.
El próximo debate
Muchos sienten que no pasa nada en el medio cultural...
–Estoy en desacuerdo. Tenemos una gran actividad cultural en todos los círculos: desde el frívolo, los provincianos, a los más apartados e ignorados por nosotros, a pesar de que no tenemos una política cultural, sino más bien un magro presupuesto para el INC. La cultura es lo último en el pensamiento de los gobernantes, aunque hay intentos que me parecen muy positivos.
¿Habla de la propuesta del Ministerio de Cultura?
–Sí, y me parece necesaria e importante, sea quien sea el que esté al frente. Porque la cultura tiene su propia dinámica: somos un país riquísimo en sus múltiples expresiones y será ineludible cuando aparezca este ministerio el promover la necesidad de identificarlas y revalorarlas.
¿Cree posible el ministerio sin la existencia de una política cultural previa?
–Eso es lo bueno de cualquier organismo que surja. Porque lo primero que deberá hacer es definir dicha política. Y ésa es la puerta, por allí se tiene que empezar. Debe existir un espacio donde se debata el problema de la identidad cultural, que es nuestra preocupación de siempre. Que se haga evidente al fin la vivencia y la convivencia de todas las culturas de las que somos parte y también el cómo nos ignoramos y nos ninguneamos. Ése es el próximo debate.
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