El anhelo inmemorial de felicidad acumulado desde tiempos antiguos se hizo “realidad” en América, pues ella nació al mundo en pleno Renacimiento como la sede del paraíso. Por eso se puede decir que por ósmosis la admisibilidad de la Utopía acabó formando parte de una concepción perfeccionadora del mundo, donde América aparece como la “prueba” de una visión (y versión) que el Occidente se formó de ella misma.
Su otredad en cuanto a cultura y naturaleza dio a América, a los ojos clásicos del Renacimiento, un aura edénica. Así, lo que era histórico y cultural se volvió para Europa mítico y utópico[1]. Esta percepción ha dejado una pesada huella, pues más encubre que revela.
El hombre es el único animal que sueña. La Utopía es una permanente creencia colectiva en el perfeccionamiento de la realidad, para hacerla más grata a la condición humana. Condenados a ser libres y felices, hay en el ser humano una incurable condición utópica. Para navegar en las aguas procelosas de la esperanza hay que tener presente que la esperanza es a la Historia lo que la reproducción es a la Naturaleza: principio de vida, de continuidad y no de muerte, pues toda colectividad humana lucha por conservarse. A la esperanza la mueve un ethos de vida, de armonía y trascendencia.
Apoyándose en los cronistas de la Conquista, quienes pusieron las primeras piedras de un edificio utópico que se eleva a medida que pasa el tiempo, se podría afirmar que América lleva en su nombre una connotación utópica –una partida de nacimiento ideal–, de modo que hablar de América y Utopía puede resultar al fin de cuentas un pleonasmo. ¿Qué hizo América para recibir de los Otros esa aureola?
I
¿Por qué razón el continente lleva el nombre de América y no de Columbus o Colombia, como habría sido lógico para honrar a los “descubridores”? ¿Qué hizo Américo Vespuccio para que este continente llevara su nombre? Mientras Colón lo descubrió para Europa, Vespuccio lo describió. La fuerza del logos y la metáfora se ha mostrado siempre más poderosa e influyente que la mera verificación; y esto ha creado una tradición.
Recordemos que en sus breves Cartas de Viaje a la familia Médicis, de la que era servidor, Vespuccio cuenta con toda naturalidad lo que vio en sus incursiones a las ignotas costas de Venezuela, Brasil y Argentina. Allí dice cosas como éstas: “Los hombres no acostumbran tener capitán alguno, ni andan en orden, pues cada cual es señor de sí mismo. La causa de sus guerras no es la ambición de reinar, ni de extender sus dominios, ni desordenada codicia, sino alguna antigua enemistad de tiempos pasados”. Y remata con el aserto: “No tienen rey ni señor, ni obedecen a nadie; viven en entera libertad.”
Para la Europa de entonces, regulada severamente por relaciones de servidumbre, donde los demonios del feudalismo no habían desaparecido, estas cartas despertaban de pronto el anhelo de salvación que hacían rechazar la realidad circundante para buscar esa recóndita felicidad. La esperanza se había objetivado. La ilusión se hizo carne, la Tierra Prometida existía y estaba ubicada en las tierras de Américo. Allí no tienen rey, ni señor ni obedecen a nadie. Y se pronuncia en el firmamento la frase fulminante que tendrá un poderoso efecto en el imaginario de Europa: ¡viven en entera libertad!
Nunca tan pocas páginas, sólo 32, causaron tanto revuelo y tanto impacto. Sacarlas de la lectoría secreta de los Médicis para darlas a la luz pública originó incidentes plenos de significación. No se olvide que el editor Waldseemuller lo incluyó en su Universalis Cosmographia (1507) para satisfacer la curiosidad de sabios, comerciantes y príncipes, quienes no sabían discernir si estas cartas pertenecían a los géneros de la geografía, la historia, la navegación o la pura invención. Estas pocas páginas fueron suficientes para que Vespuccio pasara a la inmortalidad y este continente fuese bautizado con su nombre.
Pero en esto hubo algo de picardía (que también hizo tradición). Como lo muestra Magnaghi con documentos en la mano, para satisfacer a sus ávidos lectores, el perspicaz impresor “editó” las tres cartas a los Médicis como cuatro relatos de viaje (de 1497 a 1504), titulando, de su propia inspiración, el tercer relato como Novus Mundus. Con ello afiebró más las mentes de la época (incluidas las de los inquisidores), pues hacía decir a Vespuccio que existía realmente un nuevo mundo en la ruta de Europa a las Indias, yendo por occidente (el crucero iniciado por Magallanes y concluido por Elcano que comprobó, por la vía de los hechos, la redondez de la Tierra se produjo dos décadas después).
¿Se puede decir entonces que América lleva en su nombre un sino utópico, de invención e innovación? En todo caso, gracias a un inspirado editor –emblemático del modo como Europa miró a América–, ésta se volvió el lugar de los sueños ajenos, el territorio de la Arcadia, donde nacía el hombre bueno, no había jerarquías y las mujeres andaban desnudas. Fue una mirada que ha echado raíces, como un retrato original.
Este modo subjetivo propio del europeo al mirar históricamente a América se ha sedimentado en la memoria, se ha enraizado en la mentalidad de Europa, pero también en la del hombre americano, al punto que, por ejemplo, cree que la otredad americana, es decir, su propia realidad, puede caber en categorías exotistas como “realismo maravilloso” o “realismo mágico”, propias para la literatura. Se ha levantado un muro de opacidad que vuelve ininteligible la realidad y hace particularmente difícil la empresa epistemológica de acceder al conocimiento esencial de América.
¿Cuál es la “génesis del discurso utópico”? En puridad, con el Renacimiento, Europa hizo un doble descubrimiento: de la antigüedad grecorromana y de América. Gracias a la invención de la imprenta, se difundieron ampliamente los antiguos tratados de Aristóteles, Platón, la cosmografía de Tolomeo, las historias de Herodoto, salió a flote todo ese mundo de héroes, navegantes, silvanos, ninfas y náyades. Y volvió a nacer en el imaginario europeo la animalia monstruosa que se contaba en la antigüedad. Y fue con este conocimiento y estas imágenes acopiadas, no hay que olvidarlo, que Europa miró y creyó entender a América, pues era entonces el conocimiento sabio, erudito, que hacía autoritas.
Casi todos los cronistas, del Diario de Colón a las relaciones oficiales a la corona, hablan de América en términos propios del Renacimiento. La antigüedad helénica se consideraba la referencia canónica, el modelo clásico, y todo se medía en referencia a ella. ¿Se trataba de adornos eruditos, arcaísmos o anacronismos? No, era el conocimiento “objetivo” que Europa había acumulado y con esos “conceptos” interpretó e imaginó a América, y por esa vía muchas veces la inventó. Un ejemplo característico es el de Juan de Castellanos, conquistador ilustrado, que prefirió los versos –¡escribió 144 mil!– para contarnos la historia del primer encuentro.
La reacción de los indígenas: “Salían a mirar nuestros naviós, / Volvían a los bosques espantados, / Huían en canoas por los ríos, / No saben qué hacerse de turbados: / Entraban y salian de Buhíos / Jamás de extraña gente visitados; / Ningún entendimiento suyo lleva / Poder adivinar cosa tan nueva.”
La de los peninsulares: “Ansimismo de nuestros castellanos / Decían, viéndolos con tal arreo, / Si son sátiros éstos, ó silvanos, / Y ellas aquellas ninfas de Aristeo: / O son faunos lascivos y lozanos, / O la nereides, hijas de Nereo, / O driades que llaman, ó náyades / De quien trataron las antigüedades.”
II
Se recordará que Utopía, escrita por Moro en 1516, se sitúa en la base de la renovación de un pensamiento político que marca a Europa; pero la Utopía no se puede concebir si no aparecen previamente dos libros: Las cartas de Américo Vespuccio –que Moro cita de modo explícito– y Décadas de Pedro Mártir de Anglería.
Las cartas se comienzan a publicar desde 1504 y en 1507 circula una edición completa que hace un geógrafo de la Lorraine, Waldseemuller. Ya señalamos que en esa edición Vespuccio menciona el Nuevo Mundo. Utiliza esta expresión de modo genérico. De manera que en esos años, cuando se hablaba de algo paradisíaco, se refería a las tierras de Américo, y luego se dijo simplemente América.
El otro texto que iba a provocar un impacto enorme es una especie de primer retrato de América en la mente de Europa. Son las diez Décadas de Pedro Mártir. ¿Quién es este autor? Es un “agregado” italiano a la corte española, un hombre ilustrado que funge de corresponsal sin desplazarse a América. Lo que hace es informarse, hablar con todos los viajeros que regresan del Caribe a España –todavía no ha aparecido la Tierra Firme–, con quienes conversa ampliamente, indaga y acumula notas para escribir sus Décadas. Éstas comienzan a publicarse por entregas a partir de 1511 y adquieren una gran popularidad en Europa. En ellas se observan ya las primeras señas del encontronazo entre Europa y América, porque se comienzan a perfilar los primeros elementos de lo que después serían teorías políticas o percepciones del hombre americano. ¿Cuáles son estos elementos?
La “condición natural” del hombre americano, idea que hallará su mayor desarrollo con Rousseau dos siglos después, es una especie de filosofía naturalista que elogia al “buen salvaje”. Hay una aparente antinomia en esta expresión barroca: se habla de un hombre que es bueno porque es salvaje, lo que equivale a decir que lo bueno se encuentra sólo en estado natural. Incluso Pedro Mártir habla de un “filósofo desnudo” refiriéndose a la sabiduría de un taíno, con lo cual quiere advertir sobre la presencia de una “inteligencia natural” (otra aparente antinomia).
De modo que América aparece así en la imagen de Europa, percepción que no era del todo falsa. Mártir de Anglería ve la sapiencia americana de este modo: “Tienen ellos que la tierra, así como el sol y el agua, es común y que no debe haber entre ellos mío y tuyo...” Nótese que no debe haber entre ellos mío y tuyo, o sea, la propiedad. Semillas de todos los males es el mío y el tuyo, pues se contentan con tan poco que en aquel vasto territorio más sobran campos que no le falta a nadie nada.
En Mártir aparece de modo recurrente esta idea, que fue una revelación para Europa. Cuando los europeos llegaron a América no tenían que sembrar nada, sólo tenían que estirar la mano y tomar los frutos de la tierra, cosa que era impensable en Europa, donde había que sembrar y respetar las estaciones. Allí la primavera era permanente: “... sobran campos que no le falta nada a nadie, territorios suficientes, para ellos es la Edad de Oro, no cierran sus heredades, ni con fosos, se las tienen ahí, no hay candados, no hay puertas, ni con palos, ni con paredes, ni con setos, viven en huertos abiertos, sin leyes, sin libros, sin jueces, de su natural; veneran al que es recto, tienen por malo y perverso al que se complace en hacer injuria a cualquiera, sin embargo cultivan el maíz, la yuca y los ajos.” Visión que luego se repite con los descubrimientos, de los mundos mesoamericano y andino.
Pero existe un libro muy poco conocido que aparece un poco más tarde, en 1534, en una editora de Lyon, en la misma casa editorial donde Rabelais publica sus obras. Pantagruel, el personaje de Rabelais, viaja en un estilo y un género que constituye la primera forma de la novela moderna, que combina la realidad y la fantasía. En su ruta viaja hacia “el Oriente”; sin embargo, según la descripción, es hacia Occidente adonde va, y se puede advertir que las cosas que dice Pantagruel son del Caribe y provienen de las Décadas de Pedro Mártir de Anglería: las sirenas, los manatíes, las pepitas de oro, los pájaros que se reproducen en el aire...
En esta misma casa editorial, la Notre Dame de Comfort, se publica un libro pequeño, que circulará mucho y marcará la mente de sus lectores: Nouvelles certaines des isles du Pérou, de autor anónimo. Resulta sorprendente, porque cuenta la prisión de Atahualpa por Pizarro, ocurrida en Cajamarca en noviembre de 1532, y menos de dos años después ya circulaba como novedad por Europa (pude obtener una copia del ejemplar único existente en el British Museum). Lo que se cuenta allí hace tangible toda la historia referida al ahorcamiento de Atahualpa y al posterior transporte del oro y de la plata incaica –que pasa por Cartagena de Indias y Santo Domingo– hacia España.
El padre Bartolomé de las Casas, que se encontraba en Santo Domingo, da fe de los barcos que pasan llenos del tesoro con el cual Atahualpa había pagado su rescate, que nunca se produjo. No aparecen las medidas exactas del cargamento, pero lo que importa destacar es la relación detallada del cargamento y las circunstancias de la ejecución de Atahualpa. Desde entonces se popularizó en Francia y Europa, la expresión “C’est le Pérou” cuando se habla de algo valioso. Y el interés se explica en el hecho de que con ese tesoro España pagó una deuda a Francia. ¿De dónde proviene esta crónica? Tal vez fue escrita por el secretario de Pizarro o por el cronista militar Pedro Sancho; tal vez haya sido “editada” de la crónica de Francisco de Xerés, que ya circulaba manuscrita. Según el eminente historiador peruano Raúl Porras Barrenechea, esta crónica se elaboró a partir de cartas privadas enviadas por agentes administrativos desde Panamá a Italia, informando sobre “el cargamento de oro”.
Este texto deja su huella en la percepción de Rabelais, cuando descubre a unos personajes isleños que se interesan más en tener flores o plumas que oro y plata. Esta percepción da origen a la teoría del relativismo cultural, porque el oro y la plata en América no eran considerados metales “preciosos”. Para los amerindios lo preciado estaba identificado con lo delicado: las plumas, el algodón y las flores. El objetivo precioso, aplicado al metal, es un agregado del siglo XVI, propio del mercantilismo europeo. Este texto influye igualmente en Michel de Montaigne, quien será tres décadas después con sus Ensayos el gran promotor del relativismo cultural.
Estos y otros libros dejaron abonado el terreno para que a fines del siglo XVI viniera el Inca Garcilaso y deslumbrase a su lectoría contando la organización del imperio incaico.
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