Desde hace más de 20 años, François Houtard se encarga de divulgar el pensamiento y las iniciativas alternativas del Sur, para contribuir al debate ideológico sobre sus futuras relaciones con el Norte. Actualmente, el Centro Tricontinental cuenta con un centro de documentación donde se pueden consultar más de 500 revistas del Tercer Mundo y está considerado, junto al de Sussex, en Gran Bretaña, como el más importante de Europa.
Entre los libros principales de Houtard figuran La democracia en marcha, Sociología de la religión, El otro Davos y Globalización de resistencias y de luchas, coescrito con François Polet.
¿Cómo ve la actual situación de los movimientos sociales y el fortalecimiento de las voces de sectores subalternos en América Latina?
–Pienso que en América Latina –como en Asia– cada vez hay más resistencias de sectores diversos, que no siempre se manifiestan en movimientos, sino en protestas más generalizadas, contra las privatizaciones del agua, la electricidad y la salud, por ejemplo.
Fenómenos relativamente nuevos, ligados evidentemente a la ola de privatizaciones que afecta a mayores y diferentes grupos sociales.
Los movimientos clásicos como los campesinos o sindicatos obreros, o algunos movimientos nuevos como los femeninos o indígenas, por ejemplo –particularmente el movimiento de indígenas, que ha tomado una fuerza importante en los últimos tiempos–, se unen también a este tipo de protestas y a veces son los canales que pueden orientar también estas resistencias.
Así, estamos frente a una situación un poco curiosa, y es que por una parte hay más y más expresiones de resistencia contra la inmersión de la lógica del mercado en todos los sectores de la vida humana. Y por otra, hay una disminución notoria de la fuerza de algunos movimientos organizados, porque la gente no quiere o no puede organizarse, pues, la situación económica de muchos es tal que no tienen tiempo para organizarse.
Así, estamos en una situación ambigua, pero no totalmente negativa, ya que se ha desarrollado también una conciencia cada vez más colectiva, la cual se ha visto, por ejemplo, en las resistencias contra el ALCA. Su éxito fue el fruto no sólo de movimientos organizados, sino de una multiplicidad de acciones. A veces, hasta en lugares en los cuales no se esperaba una resistencia de este tipo (por ejemplo, en medios de comunicación), y en iglesias, que también han asumido un papel importante en estas cosas.
Nos encontramos ante una coyuntura que necesita más convergencias de lucha, frente a una población que sufre cada vez más, de pobres que aumentan en número y que al mismo tiempo son excluidos por el sistema, además de mayores dificultades para organizarse. Para el futuro, la existencia de foros sociales es positiva, a fin de lograr estas convergencias y justamente ayudar a crear una conciencia colectiva nueva.
Si analizamos las resistencias árabes en Medio Oriente o indígenas en América Latina –hablando de los movimientos en Bolivia y Ecuador o los zapatistas en México–, ¿cómo se explica que la oposición o las formas de resistencia más efectivas ante la globalización neoliberal sean culturales y no económicas?
–Pueden verse como formas culturales y de hecho hay raíces extremadamente importantes. Pero todo lo que ha pasado con los movimientos indígenas en los últimos años se debe a que la situación de estos pueblos se ve cada vez más afectada por la lógica del sistema capitalista. Son ellos los que pierden su entorno de vida, son ellos los que se enfrentan al apetito de las multinacionales. Por eso es lógico que reaccionen de una manera nueva. Pero su resistencia no es totalmente nueva, porque llevan 500 años de lucha continua para salvar su identidad cultural. Lo nuevo reside en que ahora son afectados en su identidad, pero por mecanismos de expulsión económica de sus propios medios de existencia.
En este sentido, el aspecto cultural es importante: la reafirmación de la cultura e identidad puede ser trascendental. Pero si se limitan a eso –y lo he visto en Ecuador y Bolivia–, si el fin de la lucha es sólo reafirmar una identidad cultural, al creer que los indígenas pueden ser ministros, embajadores o alcaldes –lo cual es un logro extraordinario y nuevo–, sin una visión crítica del sistema del modelo económico y político en el cual se insertan, vemos que ello deriva en la ingenuidad política, ante la ausencia de análisis del sistema económico que propicia sus problemas. Ese es un proceso normal, porque cada uno debe aprender y aprende de sus fracasos y de las dificultades que encuentra.
El problema de los zapatistas fue diferente. Allá hubo una especie de alianza entre la defensa de la identidad cultural y la de una cierta autonomía política, sumada a una visión de tipo económico. El 1 de enero de 1994 empezaron su revuelta: el día que entró en marcha el Tratado de Libre Comercio entre México y el norte del continente, lo cual indicaba que ellos habían entendido el carácter negativo de este tipo de política económica para los pueblos indígenas.
¿Y el caso árabe?
–Fuera de América Latina ocurre algo similar. Es una reacción contra el imperialismo económico y político de Occidente, que quiere controlar los recursos naturales, en particular el petróleo. Pero los árabes se dirigen a construir un mundo del pasado, es decir, una reacción “identitaria” pero regresiva, con la imposición de la ley de la sharia, por ejemplo.
En este contexto, ¿hay alguna posibilidad de reflotar el socialismo y sacarlo de ese estadio decorativo en que ha caído la nueva izquierda, al detenerse en exigencias cosméticas que buscan corregir las imperfecciones del modelo capitalista? Me refiero a los que sólo exigen reivindicaciones de género, ecologistas, derechos humanos o aceptación racial...
–Cada lucha tiene su legitimidad. Se debe entender el carácter mucho más grave del problema que plantea, por ejemplo, la destrucción del entorno natural o la agudización de los problemas de género y violencia dentro de la familia. Estas cosas poseen un fundamento general: precisamente, la aceleración de la lógica capitalista, de la ley del valor. Es decir, la transformación de todos los sectores de la vida humana en mercancía. Esto acentúa, finalmente, las relaciones de poder en todos los sectores, lo que deviene en la sobreexplotación de la naturaleza o en la de la mano de obra femenina, pues, todo esto tiene una base fundamentalmente similar. Si estas resistencias, estos movimientos, no llegan a ese tipo de análisis, van a quedarse al margen.
¿Marginados?
–No tanto marginados, sino quedarse en el margen de lo que se debe hacer. Es decir, en reformas pequeñas que son vistas no como un paso para un cambio fundamental y revolucionario, sino como un fin en sí mismo. La ventaja de los diversos foros es la de ayudar a cada movimiento a entender su lugar en el conjunto y la necesidad de alcanzar una posición más fundamental.
Poder y sociedad
Ante la amenaza de un nuevo tipo de totalitarismo desvelado por las guerras preventivas, al que se suma lo que Gramsci llamaba “poder simbólico de dominación”, ¿qué posibilidad de control político nos queda?
–Debemos aprovechar todo lo que existe todavía de democracia para poder acumular fuerzas y así tomar un poder que sea no necesariamente como el modelo de la revolución soviética, sino uno formado por la alianza de partidos de izquierda y la acumulación de fuerzas de los movimientos sociales que pueden, justamente, imponer una cierta visión y línea de acción. Se deben aprovechar todas las posibilidades existentes hoy, pero a partir de una convergencia de izquierda que permita ejercer cierto poder.
En ese contexto de autoritarismo, ¿hasta qué punto se ha aislado el poder de la sociedad?
–Hay una crisis fundamental en los partidos políticos que ha originado cierta distancia entre el ejercicio del poder y la voluntad popular. Los partidos políticos son captados cada vez más por la propia lógica del juego político, y se distancian más y más de las necesidades populares. Sí, urge una revisión seria de la manera en que funcionan los partidos políticos y es necesaria porque se ve el desprecio de éstos para con la población. Ahora, debemos reinventar eventualmente las formas políticas de acción y de ejercicio del poder.
¿Y en esto hay una racionalidad, en el sentido planteado por Weber, que legitime ese tipo de dominación y justifique su hegemonía?
–Claro que hay una racionalidad: la lógica del ejercicio del poder en función de una institucionalización que finalmente reproduce el poder, en el que la reproducción del poder es más importante que la solución de los problemas. Así, en ese sentido, hay toda una lógica contra la cual también debemos actuar para evitar que el poder finalmente se defina en función de sus propios intereses.
El valor de las utopías
Las revueltas de los movimientos estudiantiles de mayo de 1968 fueron tomadas por una serie de intelectuales franceses como referencias para entender la insurgencia de un nuevo tipo de sociedad. En tanto, en nuestros tiempos, la izquierda adolece de una severa crisis teórica. ¿Hay algún indicio de que esto cambie a partir de los actuales movimientos sociales?
–Sí. La caída del muro de Berlín fue un golpe terrible también para los intelectuales de izquierda, pues, durante algún tiempo hubo algo así como una actitud de defensa, de improductividad teórica o de no hablar más. No obstante, ese momento ya pasó. Ya vemos nuevos pensadores que tratan de analizar las actuales situaciones y observar también el proceso de nacimiento y desarrollo de las convergencias de los movimientos sociales. Todo eso exige un nuevo esfuerzo intelectual, pero aún no se ve exactamente. Las líneas todavía son un poco diversas, pero sí nacen cosas nuevas.
En este ambiente de incertidumbre y multiplicidad posmoderna, ¿hay un espacio para repensar las utopías?
–Eso es absolutamente fundamental, porque el capitalismo en su fase neoliberal está matando las utopías, acabándolas, diciendo que no hay alternativas a este modelo, que es el fin de la historia. Por eso debemos reconstruir las utopías, no en el sentido de las cosas que son ilusorias o están en las nubes, sino las utopías entendidas como las cosas que no existen hoy, pero pueden existir mañana. Es decir, qué tipo de sociedad queremos, qué tipo de educación, qué tipo de salud, qué tipo de comunicaciones sociales, qué tipo de empresas, qué tipo de agricultura.
Eso es construir utopías. Que no caen del cielo y son construidas colectivamente. La construcción y reconstrucción de las utopías es algo absolutamente necesario, como una manera de presentar metas y de dar objetivos a las luchas sociales. Y esa, me parece, es también una de las ideas centrales de los foros.
¿Y qué podemos hacer para salir de este entrampamiento?
–Acumular fuerzas y deslegitimar el sistema capitalista. Deslegitimarlo no sólo desde el punto de vista ético, por los abusos y las consecuencias sociales terribles del capitalismo mundial, sino por ser desde el plano económico el sistema más ineficaz que jamás la humanidad ha producido. Al contrario de lo que ellos pretenden, excluye a miles de centenares de millones de personas en el mundo. Y, sobre todo, debemos construir y reconstruir justamente nuevas perspectivas dentro de la dinámica de los movimientos sociales y movimientos políticos que puedan actuar en este campo. Evidentemente, estamos al principio de algo que tal vez ha de ser acelerado por la crisis del capitalismo, pero que cuenta con un porvenir extremadamente importante. Por eso, se deben acumular fuerzas, convergencias de acción y de pensamiento, a fin de llegar a la posibilidad de organizar formas nuevas de vida colectiva.
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