|
A los amigos que
hallé en México
Salir y regresar, la aventura por lo extraño y la seguridad de lo conocido son las antípodas de una experiencia que marca a todos aquellos que alguna vez hemos tenido que dejar nuestro país y decidimos volver. El de-sarraigo es una vivencia enriquecedora, sí, pero al mismo tiempo profundamente añorante, que marca a fuego y nos hace observar con otra mirada lo que alguna vez nos fue familiar.
Partí del Perú hacia México en 1992, pocos meses después del autogolpe del 5 de abril y de que me quedara sin trabajo, a seguir una maestría en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso). Dos años y vuelvo, me prometí. Terminé mis estudios, pero en vez de cumplir mi palabra me quedé otros tres años para hacer un doctorado en El Colegio de México. Tres años más y vuelvo, me dije con seguridad. Tampoco cumplí mi promesa esa vez. Me ofrecieron trabajo, dos investigaciones: una sobre aspectos históricos (jesuitas y tlaxcaltecas en los siglos XVI y XVII) y otra sobre la idea del ser humano en tiempos de la globalización. Dos años más y el retorno añorado nuevamente fue postergado. Luego ingresé como subdirector de investigaciones en el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología de la Secretaría de Educación Pública. Dos años más. En total nueve años. ¿Por qué me quedé en México todo ese tiempo si lo que quería era volver a mi lindo país?
Para nadie resulta extraño que México ofrece amplias posibilidades para el desarrollo intelectual. Las condiciones favorables existen, tanto en sus instituciones académicas (bibliotecas bien suministradas, becas, apoyo a la investigación, etcétera) como en su entorno sociocultural pletórico de exposiciones, conferencias, debates, invitación de destacados intelectuales de todo el mundo, excelentes revistas y suplementos culturales de los diarios, industria editorial envidiable, librerías bien surtidas y una comunidad académica que estimula a estar siempre bien informado gracias a la facilidad de acceder a los nuevos avances del conocimiento. Todo esto se convierte en un imán poderoso que lo mantiene a uno ligado a dicho país.
Las sensaciones no son las mismas a lo largo del tiempo. Primero, cuando recién arribé a suelo ajeno, el recuerdo de lo que había dejado era muy fresco y cercano; por lo tanto, la tristeza era muy honda. Posteriormente, los nuevos amigos, de todos los países latinoamericanos, con cuyo contacto me enriquecí personal e intelectualmente, hicieron que mi pena fuera dejando su lugar a la sensación de estar aclimatándome, a veces en contra de mi voluntad porque no quería traicionar mi promesa de querer volver. Se trataba de una experiencia cruzada íntimamente por la satisfacción de haber podido alcanzar algunos logros profesionales y la inevitable sensación de pérdida al estar lejos de mi país.
Camino del retorno
En un momento, y por diversas razones de todo tipo, decidí que mi experiencia mexicana había concluido. Además, ya había terminado desastrosamente el episodio fujimorista. Instalado el actual gobierno, Nicolás Lynch, entonces flamante ministro de Educación, me llamó para que colaborara con él. ¿Dónde? Nada menos que en la Biblioteca Nacional del Perú. ¡La Biblioteca Nacional! Qué más podía querer yo, que siempre había estado metido entre los libros que llegar a nuestra primera institución cultural. Acepté inmediatamente. Y, por fin, cumplí mi promesa de nueve años antes: regresar.
Nuevamente, los sentimientos contradictorios se apoderaron de mí. Debía dejar lo que ya de alguna manera había hecho mío, pero al mismo tiempo me emocionaba la idea del reencuentro con lo que tantos años fue el entorno de mi vida. Otra vez, la sensación de desarraigo, pero esta vez retornaba a lo conocido. O al menos así lo creí. Nunca me imaginé cómo había cambiado mi país después de los años que estuve afuera, no sólo en el ámbito político o institucional, sino sobre todo en el aspecto social y, por qué no decirlo, humano.
La violencia política, la larga crisis económica, la corrupción y el autoritarismo nos habían dejado una sociedad prácticamente desgarrada, en la que la desconfianza y el disimulo traidor marcan gran parte de nuestras relaciones, hasta las básicas y cotidianas. Esto no lo supe inmediatamente a mi regreso, pero no tardé en darme cuenta de ello. Sin embargo, estaba convencido que con lo mucho o poco que había aprendido profesional y vitalmente tenía que contribuir, al menos en los pequeños espacios en donde yo me desenvolviera, a reencontrar el buen camino de las relaciones sinceras, que a veces pueden estar atravesadas por momentos difíciles, pero siempre directas, sin las máscaras de la adulación y el “franeleo”.
|