Austria es uno de los países con mayor bienestar en el mundo; Viena, su capital, una de las ciudades con mejor infraestructura. Sus universidades tienen buena reputación y la vida cultural de la urbe es muy activa. ¿Sería una opción adecuada para un peruano joven que planea su “fuga”? Claro. Para una “fuga” a tientas, el requisito para desembarcar es que el destino sea el Primer Mundo. Para los más ingenuos, “que no sea el Perú” basta.
Hay países a los que se llega sin más motivo que el de querer irse. Nuestra increíble seguridad de que “de todos modos” allá será mejor es tan ilusa, tan desesperada, tan ignorante.
Tal vez se acierta cuando la única recompensa que se espera obtener es la económica y se llega de mano de obra, el caso más conocido de inmigración al Norte.
Pero otro caso, cada vez más extendido, y al que quiero referirme en esta ocasión, basándome en Austria, es el de los jóvenes profesionales, intelectuales o artistas que se aferran como vírgenes románticas a la primera oportunidad que tienen de salir.
Este tipo de inmigrante no busca en primer término un mejor porvenir económico, sino que, teniendo una buena carrera o estudio en su país de origen, emigra movido por sus inquietudes espirituales a lugares “donde sí se pueden hacer las cosas” y recibir las oportunidades negadas en aquel país “donde no se puede progresar”. O cree que el Perú le queda chico y se siente predestinado para dimensiones mayores. O simplemente anhela viajar por el mundo, conocerlo y sentirse parte de él desde otro lugar que no sea su patria. Desea expandirse, alimentarse y realizarse como “ciudadano del mundo” (ciudadano del mundo que probablemente no viajaría ni a África ni a un pueblito de la sierra boliviana). Este tipo tiende a creer que el problema con los inmigrantes se da máximo con los africanos, los pobres, los trabajadores de tercera clase.
Lo que no sabe es que, lo quiera o no, las potencialidades del que llega con educación superior se igualan a las de los demás, en tanto que, según el prejuicio subordinador, los inmigrantes sólo sirven para mano de obra o han llegado a aprender.
Muchos jóvenes abandonan su bienestar social, su grupo de amigos e incluso un buen capital intelectual forjado paso a paso, sin imaginar lo que costará volver a reedificarlo fuera. Los mitos de los valientes repartidores nocturnos de pizza que de día hacen sus doctorados suenan estimulantes, pero hay que saber que eso sólo puede funcionar en determinados sistemas y no en todo el Primer Mundo. En Austria, los estudiantes extranjeros tienen derecho al trabajo extremamente limitado.
¿En qué momento comenzamos a cultivar el convencimiento de que yéndonos del Perú cualquier cosa será mejor? En todo caso, llegamos con respeto y admiración hacia el país que nos albergará. Llegamos dispuestos a “hacerla”. A experimentar nuestra libertad, nuestra individualidad. “Buscaremos nuestras oportunidades hasta encontrarlas”, prometemos llenos de energía y confiando en ella. Lo que no sabemos, porque nadie lo cuenta, es que el mundo al que arribamos puede contener elementos inesperados que en conjunto ya no nos cuadran, que la vida se puede trastornar negativamente, que nuestra pretendida seguridad en uno mismo se desestabiliza y que el camino a la trascendencia se corta.
Una experiencia de turista de paso es otra cosa. Pero a muchos les sirve de anzuelo. Tanto para quedarse de negro luego de los tres meses que dura la visa como para dejarles creer que la estadía venidera será como la primera.
Pero no. Cuando te quedas, decides ser parte de un nuevo universo del que tienes que apoderarte enteramente, desde sus calles, su admirada organización urbana, sus horarios inflexibles, sus reglas sociales, sus alimentos, su lenguaje (con sus escapadizas inflexiones para demostrar educación, confianza, autoridad, desconfianza); hasta aceptar por largo tiempo códigos o valores que no compartes. Esto no puede ocurrir sin crisis. En el extranjero se aprende lo que es ser un “extraño”, un “otro”, un huésped que se queda mucho tiempo.
La fuga: un gesto desesperado
más que el inicio de un proyecto coherente
Al partir, los ojos están llenos de porvenir. La tristeza por lo que se deja pasa a un segundo plano. Se entonaría, junto al provinciano peruano de mediados de la década de 1950: “Cómo recuerdo el día feliz de mi partida, sin reparar en nada de mi tierra me alejé.”
La seguridad de que “allá tiene que ser mejor” nos ciega. Y damos por sobreentendido que el mundo que nos espera asegura por sí mismo nuestro futuro éxito. ¿Acaso allá nuestras potencias no serán mejor utilizadas?, deduce nuestra pasiva tendencia a ser descubiertos.
“Todos escapamos y llegamos hasta aquí, todos encontramos una forma de venir”. Empaquetamos, viajamos y llegamos a sus aeropuertos antes de que se vaya “la oportunidad”. Lo contrario significaría vivir para siempre confinados en nuestro hermoso pero ingrato país. Para fugar es necesario hallar un pretexto más que una razón real. Es comprensible... pero no recomendable.
¿Tenemos en verdad una idea de lo que nos espera? Como cualquier otro, la salida al extranjero debería ser un paso bien premeditado a corto y largo plazo, con objetivos claros y objetivos alternativos en caso de que no vaya resultando como queríamos. Y no un salto al vacío.
¿Es cierto que los que han estado fuera y vuelven obtuvieron todo lo que soñaban? No. Aunque por el solo hecho de haber vivido fuera, al retornar serán mejor vistos que otros que aún se matan trabajando en el Perú sin poder certificar una “experiencia extranjera” en el currículum.
Lo extranjero es como una palabra encantada. Si un extranjero calificado llega al Perú, ¿cuál sería su situación? ¿Encontraría trabajo fácil o difícilmente? La respuesta es clara. Bueno, justamente lo contrario sucede con un tercermundista en el Primer Mundo. Intuyéndolo, el joven intelectual latinoamericano llega dispuesto a trabajar “en lo que sea” como si eso fuera un valor. Y claro que lo es. La inmigración es una lucha constante incluso para el más adaptable y flexible. Pero no por eso hay que tirarse al piso: “No importa, limpiaré ventanas”, afirman muchos desde el inicio. Sería más bien necesario conocer el propio valor y capital personal, y respetarlo. ¿Acaso sabemos lo que significa pasarse dos años luchando por sobrevivir en un oficio ingrato, quitándole tiempo a nuestra formación? (En el Perú, muchos conocemos eso sólo de oídas o de vista, pero no por experiencia propia.) ¿Por qué subestimarse desde el inicio?
El desencanto de la inmigración es un tema tabú, odioso. Los que estamos largo tiempo en el extranjero sabemos algo que los demás peruanos no saben, pero que tampoco quieren oír (preferirían venir y probarlo por sí mismos, lo cual es bueno).
Los sueños no sostienen la realidad o...
son lo único que al final la sostienen
El destino del inmigrante común ha sido siempre un cambio de estatus. Debido a malentendidos culturales o a agresiones reales se comienza a padecer situaciones con las que no se estaba familiarizado. Son conocidos los casos graves, escandalosos de las noticias, los ataques xenófobos a gran escala que incluso conducen a la muerte, pero no las faltas de respeto, las desconsideraciones menudas, los prejuicios, los casos de subestima diarios que tienen como consecuencia, entre otras, la sistemática discriminación de extranjeros en el mercado laboral calificado.
Con el aumento de la inmigración, ser un extranjero ya no es nada interesante. Las estimulantes experiencias de la llegada al nuevo mundo se ven poco a poco reemplazadas, o equilibradas, por las de decepción. En estos tiempos, la Europa comunitaria ya tiene muchos turcos, ex yugoslavos, africanos, inmigrantes del otrora bloque oriental e incluso muchos latinos. La atracción por lo diferente se ha neutralizado. Si ellos quieren ver algo distinto, comprarán sus tickets al respectivo continente (por lo demás, ser mirado sin desparpajo como a un ser “exótico” por gente madura con cara de turistas sexuales del Tercer Mundo no es ningún halago).
Nos referimos a que aquí nadie nos está esperando para hacer “intercambios culturales” ni para demostrar su buena voluntad de acoger a los extranjeros, tal como en Lima nadie espera a los provincianos. Si uno ha llegado sin objetivos medianamente claros y concretos, terminará encontrándose realmente a la deriva, flotando sin sentido en el remolino de una ciudad ajena y ocupada consigo misma. Si lo que hizo fue simplemente tomar un avión y lanzarse al agua, terminará en efecto chapuceando sin rumbo y tratando de atrapar alguna de las oportunidades europeas, que son a la vez no-oportunidades para los principiantes.
No debemos confiar ingenuamente en que nuestro espíritu expansivo será recibido con brazos abiertos. A menudo encontraremos rechazo o por lo menos indiferencia sin entender por qué. La experiencia negativa en el camino de la integración atraviesa todas las esferas. Hay países, por ejemplo, donde los estudios simplemente no son reconocidos ni tampoco nuestros grados o títulos, necesarios para trabajar. Y no basta con sonreír latinamente para que se abran las puertas. Hay espacios de migración que no han sido “colonizados” en absoluto para los migrantes que llegan, los cuales deberán hacer camino de pioneros.
Si la expectativa inicial al salir del país es algo así como “primero de fotocopiador y ya poco a poco hasta redactor”, hay que saber que algo tan heroico como eso sólo se logrará atravesando la frustración intelectual y venciéndola (a menos que se tenga un plan claro y éste vaya saliendo como queríamos).
Nuestras ondas expansivas ansiosas de aplicar lo aprendido en el país para servicio de la humanidad serán con mucha probabilidad desaprovechadas o completamente ignoradas. Ellos tienen su propia armada de jóvenes talento desempleados a quienes ofrecer trabajo. Quien no se esfuerza el doble o triple, quien no es “rochosamente bueno”, simplemente no puede competir con los nacionales o los europeos.
La inquietud intelectual se choca con una pared de hierro si no se domina el idioma del país. No pasarse los años en la universidad sin levantar jamás la mano para discutir implica conocer el idioma a un nivel superior, ser capaz de reaccionar y formular en tiempo mínimo, saber expresar las intuiciones y los recovecos del pensamiento. Si se considera que debido a la necesidad de sobrevivir no es posible estar siempre en contacto con gente del mismo nivel educativo, intelectual, sino lo contrario, se corre el peligro de lentificar incluso las capacidades lingüísticas adquiridas en el propio idioma.
Y aun esforzándose no se evitan los pequeños tragos amargos a cada paso. Como muestra, un botón: emprendes la lectura diaria de un periódico nacional como entrenamiento en el idioma y te encuentras con las típicas acusaciones al inmigrante de aprovecharse de su sistema, de causar problemas sociales, de resquebrajar su bienestar e incrementar la criminalidad. Un golpe bajo de quienes interpretan todo en términos económicos sin remitirse siquiera a estadísticas concretas. ¿Quién se aprovecha de quién? ¿A dónde va a parar toda la energía humana extranjera? ¿No es decepcionante conocer el pensamiento real, prejuicioso, reaccionario, miedoso, del “avanzado” europeo en el que habíamos depositado nuestra confianza al salir del país?
El espejismo de nuestros pueblos, de que en los países desarrollados las oportunidades existen así nomás, es tan primitivo como el de aquellos pueblos donde el ciudadano común, el hombre de la calle, se considera en efecto el hombre de vanguardia del planeta, el más civilizado. Es irónico, pero así como nosotros aprendemos desde el colegio a idealizar sus mentalidades y a deducir que sus ciudadanos deben ser el resultado de su experiencia histórica, de sus mejores sistemas, educación, organización, desarrollo industrial, etcétera, ellos no han hecho más que interiorizar esa idea de superioridad, ese mito, y nos miran con condescendencia por haber llegado a su país “a aprender de ellos”, de su “efectividad” diaria, de su civilizada y occidental manera de ser.
¿Pero qué aprendemos? Un europeo común con su (para nosotros) increíble acceso a la comodidad, a la seguridad social, a la educación, con sus anuales vacaciones intercontinentales, da todo este privilegio por sobreentendido. El bienestar lo engríe y él se siente el centro en torno al cual la realidad gira. La solidaridad “directa” (no hablemos de la “telesolidaridad”) no es una virtud necesaria porque casi todos tienen seguridad social. Así, la llegada de un extranjero simpático que poco a poco se hace más necesitado material o psicológicamente puede ser un estorbo a su acostumbrada comodidad y relajo.
La frustración intelectual, psicológica, espiritual
En esas circunstancias, también la búsqueda espiritual en el periplo por el mundo queda frustrada. Cuando uno se topa con las costumbres decadentes, el sobrebienestar inmovilizante que vuelve apática a la gente, no es raro que la propia energía comience a desaparecer. Y ésta es la etapa de la que nadie habla, creyéndola una experiencia muy personal, cuando les pasa y pasará a todos los que llegaron y seguirán llegando.
La desconexión social, cultural, mental, la falta de sentido en una sociedad donde no se tiene lugar activo real, puede llevar al estancamiento psicológico y derivar en aislamiento voluntario o involuntario, en la privación cognitiva y en la falta de experiencias vitales que estimulen la mente. Para salir victorioso de toda esa oscuridad se necesita resistencia física y psíquica.
Para muchas personas los frutos no se verán sino recién en las siguientes generaciones. Mientras que para el joven emprendedor la salida había sido un paso en su realización como individuo, en el país de llegada es agrupado en un mismo saco con los otros que tuvieron la misma idea de fugar de sus diferentes continentes. Ahora todos tienen el mismo nombre: extranjero.
Sin embargo, sí es posible salir airoso y nutrir el espíritu de la adversidad, y no sólo para un artista, un literato o un intelectual cuya materia prima es la experiencia. Quisiera pensar que la mayoría lo logra y sólo a fuerza de no dejarse vencer.
Haber experimentado la propia relativización y la de los referentes que habían regido nuestra visión anterior de Europa, del mundo, del Perú, es tal vez la experiencia más valiosa. La confrontación con las necesidades básicas y la experiencia de la propia supervivencia hacen volver la vista hacia los congéneres que siempre han padecido esas situaciones sin que a nosotros mismos nos haya importado mucho. Se reconoce y da valor a los privilegios que se ha tenido. La perspectiva se amplía más allá del simple yo como punto de referencia. Ese cambio, a veces total, de perspectiva entrena la fortaleza interior. El crecimiento humano, psicológico, es a la larga la mejor recompensa, la flor de loto.
A partir de ese momento recién podrá comenzar un diálogo donde se es oído de igual a igual. Los sueños por los que se abandonó el país recién podrán comenzar a realizarse con mayor visión y con menos pérdida de tiempo y energía, recién ahora.
¿Pero y qué tal si uno se decide a aprender de los que ya padecieron y a evitar nuevas experiencias de adversidad, a alimentarse de frente de lo bueno programando una estadía extranjera más efectiva? No se puede detener la inmigración, pero sí organizarla.
A aquellos que quieren cosechar frutos y no sólo aventura, además de la necesaria flexibilidad, apertura (¡pero ni incondicional ni irreflexiva!) y energía empacadas al partir hacia una larga estadía, se les recomienda: tener una idea clara de cómo funciona un país, de su idiosincracia, cultura, sistema educativo, laboral, económico, de la vida diaria. Así se ahorrarán muchas decepciones, malentendidos y frustraciones. Tener una idea clara de sus objetivos, desarrollar un proyecto personal claro y poseer planes alternativos. Esto ayuda tanto como tener una brújula en mano que señale un norte durante las casi inevitables desorientaciones en el proceso de inserción a la nueva sociedad.
Y al llegar se aconseja no confundir la adaptación madura con la asimilación acrítica que parte de un inconsciente complejo de inferioridad. Conservar los vínculos de diverso tipo edificados en tantos años en el país propio, sin dejar de cultivar los nuevos. Conservar y no dejar de enriquecer el propio idioma. Ser consciente del valor y del capital propios, así como ser activo en la conservación o el desarrollo de esas habilidades personales, intelectuales y artísticas para no dejarlas ir, aunque al llegar nadie se dé por enterado de que existan.
Por último, no dejar de saber que a la larga, aun para el más antiperuano, el retorno de la mirada a los orígenes es inevitable, sea sólo psicológica y afectivamente, o en los hechos: retorno intelectual tras haber conocido mejor nuestra verdadera condición peruana y latinoamericana, o retorno físico para, tras la experiencia internacional, aplicar las potencialidades adquiridas hacia la propia cultura.
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