A todos los que por algún motivo hemos recorrido el Parque Universitario, no dejan de asombrarnos la fachada y el edificio de la Casona sanmarquina. ¿Pero quién la edificó y cómo se construyó? Para responder, debemos remitirnos a los jesuitas. Hablar de la Orden Jesuita o Compañía de Jesús es una interesante aventura académica, explicada por el avance cultural expresado en sus colegios, universidades, el conocimiento científico alcanzado en los dos primeros siglos de su presencia en el Perú, así como de sus detractores, críticos y su expulsión sufrida a finales del siglo XVIII.
Hablemos de lo que podemos considerar el inicio de la vida jesuita: el Noviciado. En el Perú han existido dos. El último creado en el siglo XX y el primero a fines del siglo XVI. La Orden Jesuita, desde su instalación en el virreinato peruano (1568), propició la creación de su Noviciado, pero después de dos décadas de instalada en el Colegio de San Pablo (1592) decidieron trasladarlo a un nuevo local. Con ello iniciaron un peregrinaje de más de una década, llevándolos primero a la sede de Santiago del Cercado (actual iglesia del Cercado en los Barrios Altos) y de ahí a una casa en la ribera del río Rímac, llamada de San José. Retornó al local del Cercado en 1599.
Difícil situación que sólo se solucionó el 5 de noviembre de 1605, cuando el español Antonio Correa Ureña, receptor general del Santo Oficio, se erigió como el más grande benefactor del Noviciado y fundador de su nuevo local, de San Antonio Abad, al comprometerse ante el notario Gerónimo de Adrada a donar los primeros 14 mil pesos para la edificación del tan esperado edificio.
“De que hizo donación y se obligó hacer pagar para la fundación y como fundador de la dicha casa de Probación y Noviciado por escritura que otorgó ante Gerónimo de Adrada, escribano de su majestad en cinco días del mes de noviembre del año próximo pasado de mil y seis y cinco años la cuál fue aceptada por el Padre Esteban Paéz Provincial de la dicha Orden de esta provincia [...]". (Archivo General de la Nación, protocolo Nº 996).
Local primigenio
El lugar elegido fue al sur de la ciudad de Lima, en dirección al camino que conducía hacia las zonas de Santa Beatriz y Surco, donde los jesuitas poseían las mejores haciendas de todo el valle sur limeño. El lugar, alejado varias cuadras del centro metropolitano como es la Plaza Mayor y sus alrededores, era propicio para los fines del Noviciado: educar y formar al nuevo miembro de la orden. Por lo tanto, el estudio de las Sagradas Escrituras, la oración y el trabajo comunitario eran prioritarios, y para todo ello se prestaba el nuevo espacio elegido, pues sus dimensiones eran hasta cinco veces más de los que hoy cuenta el actual edificio de la Casona de la Universidad de San Marcos.
Los límites se situaban, por el norte, con la calle de la Chacarilla (cuarta cuadra del jirón Apurímac, hasta la avenida Abancay); por el oeste, con las calles de San Carlos, Noviciado y Guadalupe (octava, novena y décima cuadras del jirón Azángaro); por el sur, con el Colegio de San Buenaventura de Guadalupe de los Franciscanos, hoy Palacio de Justicia (cruzando el actual jirón Roosevelt ); y por el este, con los terrenos del Convento de La Concepción, denominado la Huerta Perdida (cuadras 10 y 11 del jirón Ayacucho). Viendo lo extenso de sus límites, podemos afirmar que hoy el Poder Judicial (antiguo local del Ministerio de Educación), el Parque Universitario, parte de la avenida Abancay y las manzanas adyacentes a la Casona sanmarquina integraron este bellísimo aposento.
¿Cómo estaba constituido tan privilegiado edificio? Lo que el visitante podía observar en principio eran los grandes muros que rodeaban al Noviciado y la iglesia exterior (hoy Panteón de los Próceres), denominada de San Antonio Abad, en homenaje al santo ermitaño de los primeros siglos del cristianismo. Su nombre nunca cambió ni cuando todo el edificio se convirtió en el Convictorio de San Carlos.
Alrededor de la iglesia se encontraban dos sacristías, una con dirección a la torre del campanario, que existe todavía aunque sin campanas, pero que por algunos siglos fue la construcción más alta de este lugar. La otra, en cambio, se ubica en dirección al patio principal hacia el lado derecho de la nave central. Ambas sobreviven, pero han perdido toda su ornamentación.
En el interior de la iglesia principal se halla el altar mayor, hecho de un exquisito estilo barroco y que mantiene incólume en su parte superior al viejo San Antonio Abad. Además, sobrevive el púlpito de madera, también del mismo estilo artístico, considerado por su recargado tallado único en la ciudad de Lima.
De la vieja cripta donde se enterraba a los sacerdotes jesuitas nos queda el recuerdo. En su lugar se instala hoy, producto de su nueva y última ocupación, una cripta de concreto armado en la que se alojan los restos de los hombres que lucharon por nuestra independencia.
El benefactor Antonio Correa, como lo merecía, estuvo enterrado en el presbiterio hasta que, debido a las últimas modificaciones, se retiró su tumba a un espacio dejado al cerrar la puerta lateral de la iglesia. Aquí yace con una añeja lápida de piedra con la siguiente inscripción: “Fundador Antonio Correa”. Esta portada lateral y mirando hacia el jirón Azángaro mantiene todavía un estilo neoclásico tallado en piedra, donde el olvido ha permitido dejar el símbolo de la Compañía, JHS, como mudo testigo de quienes fueron sus edificadores.
La portada principal sólo muestra la sobria edificación realizada tras su reedificación producto del gran sismo del 28 de octubre de 1746. Sus hornacinas lucen hoy vacías de elementos católicos.
Joya arquitectónica
De las capillas interiores sólo una nos queda: Nuestra Señora de Loreto. Basta sólo ella para inspirar el recuerdo de la grandeza arquitectónica del viejo Noviciado. Ha sido edificada en una estructura de madera sin comparación en Lima, pues sostiene su bóveda en vigas de madera y no en sus paredes, producto del avance constructivo antisísmico logrado por los jesuitas.
En las tablas de madera que conforman la superficie de su magnifica bóveda barroca, compuesta de tres cuerpos, podemos apreciar en los laterales pinturas de santos de la Iglesia católica: seis santos varones (entre los que destacan San Agustín y Santo Tomás de Aquino) y seis santas mujeres (Santa Magdalena de Pazzi y Santa Catalina de Sena). Al centro, en la superficie mayor, las letanías lauretanas con el bellísimo cuadro de la Virgen María en plena coronación. Sacadas nuevamente a la luz, los vanos de las ventanas presentan pinturas en sus dinteles con motivos de vegetales y frutos nativos del Perú. Y en las paredes exteriores pequeñas, muestras de pintura mural hacen que la imaginemos como el centro espiritual del noviciado.
Esta joya de la arquitectura religiosa virreinal limeña se puede apreciar hoy en toda su magnificencia, como tal vez estuvo en sus mejores épocas, gracias al proceso de recuperación iniciado desde 1992 por el convenio firmado entre la Agencia Española de Cooperación Internacional (AECI) y la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.
El cuerpo del edificio, en sus inicios, sólo tuvo dos patios instalados alrededor de la iglesia. Uno de ellos se adentraba en el espacio del actual Parque Universitario. Con el paso del tiempo, éstos se incrementaron para formar un complejo muy grande. Sobrevivientes son los patios denominados: Principal para los sacerdotes y Rector (hoy de Derecho), de Jazmines (centro del edificio), Naranjos o Novicios (hoy Letras), de Machos (hoy de Ciencias) y el de Chicos o Júniores Seminaristas.
Alrededor de los patios se encontraban dos huertas: la de la Chacarilla de San Bernardo (en lo que es hoy el Parque Universitario hacia el jirón Apurímac), perteneciente al Colegio de San Pablo, donde se instalaban las casas de ejercitantes y los almacenes para guardar las producciones de la haciendas, además de contar con una panadería y velería para las necesidades del colegio. La otra, la del Noviciado (espalda y costado este de la actual Casona), permitía el aprovechamiento de hortalizas y frutos para la alimentación de sus habitantes, además de servir de espacio de recreo y distracción de los jóvenes novicios. En ella se encontraban distribuidas siete capillas, probablemente puestas para servir al culto mientras se trabajaba alejado de la capilla principal.
Una historia convulsa y creativa
La labor y permanencia jesuita transcurrió durante casi dos siglos con la tranquilidad que debía de gozar el Noviciado. Sólo los terremotos trastocarían la pasividad del inexpugnable edificio de altos muros de barro, como la noche del 28 de octubre de 1746, cuando uno de los más violentos terremotos ocurridos en el Pacífico sur destruiría la ciudad y el puerto del Callao. Para 1766, los jesuitas ya habían reconstruido la iglesia dedicada a San Antonio Abad.
El trabajo estaba casi terminado cuando al amanecer del 9 de setiembre de 1767 un regimiento de soldados del virrey Amat tocaba la puerta lateral de la iglesia y entró para apostarse en patios y corredores. El hecho marcaba el fin del Noviciado y de los jesuitas en la América hispana.
Por las llamadas “reformas borbónicas”, procesos de cambios político-administrativos emprendidos por los monarcas españoles de dicha dinastía, el rey Carlos III expulsaba a los jesuitas de todo el mundo católico al considerarlos un obstáculo para el cambio. En el Perú, Amat se vio obligado a cumplir la real disposición del 20 de febrero de 1767.
Las propiedades jesuitas (muebles e inmuebles) pasaron a ser administradas por el gobierno virreinal, bajo un tribunal llamado “de temporalidades”. Casi todas fueron rematadas o vendidas en largos plazos de pago, pero para bien del edificio del Noviciado, éste continuó siendo un complejo educativo.
No menos importante fue la creación del Real Convictorio de San Carlos (1769) y posterior Colegio de San Carlos republicano, con las figuras de Toribio Rodríguez de Mendoza y Bartolomé Herrera, respectivamente, hasta la instalación de la Universidad de San Marcos (1867) como su cuarto local institucional y primero de la República, institución de más de 454 años de existencia, de la cual tomó su nombre para denominarse por la fuerza de la costumbre como la Casona de San Marcos.
Hoy, la universidad es heredera y poseedora de este edificio que, gracias al proceso de restauración efectuado en cooperación con el Gobierno español, consolida a través de su centro cultural su nueva apuesta educadora.
Con cada año que pasa, rejuvenece la vieja Casona sanmarquina, luciendo una estructura sin comparación en el país. Nos atrevemos a decir que no existe otra igual en Sudamérica.
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