Los congresos internacionales de peruanistas en el extranjero van ya por su tercera edición. Parten de un acuerdo entre una veintena de catedráticos dedicados al conocimiento del Perú que se reunieron en el Congreso de la Asociación de Estudios Latinoamericanos en Washington DC, en 1995. Allí decidieron fundar la Asociación Internacional de Peruanistas (AIP), entidad sin fines de lucro que se inscribió formalmente ante el estado norteamericano en 1996 y que desde entonces ha mantenido viva una red electrónica de difusión y debate, ha realizado publicaciones académicas y, lo más visible, logró organizar tres congresos de importancia internacional reconocida entre los investigadores. El primero tuvo lugar en la Universidad de Harvard (Estados Unidos), en abril de 1999; y el segundo, en la Universidad de Sevilla (España), en junio de 2004. Cada uno contó con la participación de más de un centenar de peruanistas. Los programas y algunas ponencias pueden revisarse en el sitio http://www.fas.harvard.edu/~icop.
El congreso de Nagoya surgió de la iniciativa del conocido investigador sanmarquino Luis Millones Santa Gadea, cofundador de la AIP, quien ha mantenido fructíferos contactos con sus colegas japoneses y ha sido profesor visitante en varias universidades niponas desde hace décadas. Uno de esos colegas, el antropólogo Takahiro Kato, fue el gestor del auspicio obtenido de la Universidad de Nanzan, donde labora; y de la Fundación Internacional de Japón, que permitió la llegada de los 17 especialistas seleccionados por el peruanismo japonés.
El lejano país del Oriente no es nuevo, sin embargo, en sus contactos con el Perú. Se sabe del navío comercial enviado en 1591 desde el Callao por el virrey García Hurtado de Mendoza y de sus vicisitudes con los jesuitas de Nagasaki. También de los 20 japoneses registrados como habitantes de Lima hacia 1613 y, ya en el período republicano, de la ola migratoria masiva iniciada con el desembarco del navío Sakura Maru en 1899, tras una accidentada travesía por el Pacífico.
Pero Japón también ha mantenido una presencia cultural y literaria importante desde hace mucho en el Perú. Bastaría con recordar que el primer poema plenamente barroco de las Américas (así lo llama Emilio Carilla) salió publicado en Lima en 1630 con el peculiar título de “Poema de las fiestas que se hicieron en el convento de San Francisco por la canonización de los veintiséis mártires del Japón”.
El autor era un fraile criollo, Juan de Ayllón, y en el poema se dedicaba a exaltar la fastuosidad y el exotismo del archipiélago oriental, y los de su propia y natal Ciudad de los Reyes. Más cercanamente, tenemos poetas como José Watanabe, pintores como Tilsa Tsuchiya y narradores como Augusto Higa, de ascendencia japonesa; y temas de la poesía nipona presentes en otros autores no niseis (como puede verse en la obra de Javier Sologuren y Marco Martos). Investigadores peruanos como Estuardo Núñez y Fernando Iwasaki también han dedicado sendos libros a escudriñar los contactos literarios y los coloniales, respectivamente, entre Japón y el Perú. Por si fuera poco, se calcula que actualmente hay 55 mil peruanos residiendo en el país del Sol Naciente.
Sin embargo, allí no queda todo. En 1958, la primera misión arqueológica japonesa al Perú descubrió nada menos que el templo de Kotosh y su famoso relieve de las manos cruzadas. Este interés por el pasado peruano y sus restos visibles ha continuado por más de 50 años en distintas misiones arqueológicas y se hizo presente en algunas de las ponencias hechas en el congreso de Nagoya, que se inauguró oficialmente la noche del jueves 13 de octubre.
Las contribuciones
El encuentro asumió el formato de una reunión de trabajo, para poner al día a los invitados sobre el avance de los proyectos desarrollados en distintas disciplinas durante los últimos años. A la vez, sirvió como foro de discusión entre un número considerable de peruanistas japoneses y sus contrapartes norte y latinoamericanas también presentes.
Inauguró las sesiones el propio Luis Millones, para ofrecer una visión de conjunto del ritual del culto a los muertos en el pueblo norteño de Túcume, donde realiza una recopilación etnográfica desde hace más de un lustro. “La muerte como espectáculo”, el título de su ponencia, explicaba cómo la concepción del más allá convive con las prácticas cotidianas de los pobladores y los hace asumir la idea del cementerio local como verdadero “purgatorio”, donde sus parientes habitan y se comunican con los vivos. Sin duda, se trata de una investigación que enriquece nuestra visión sobre las culturas populares peruanas y que serviría de base para que algún escritor emprenda un proyecto mágico-realista, sin necesidad de dar rienda suelta a la imaginación.
Por el lado japonés rompió lanzas Yoshio Onuki, arqueólogo de la Universidad de Tokio, quien ha dedicado los últimos 25 años de su carrera a la excavación y restauración del centro ceremonial de Kuntur Wasi en la sierra cajamarquina. Kuntur Wasi resulta de interés mundial por ser la sede de una de las culturas preincaicas más remotas, que ha producido las piezas de oro labrado más antiguas (1000 a. C.) en las Américas. Gracias a la misión arqueológica japonesa se ha reconstruido una buena parte del complejo ceremonial y se han inaugurado un museo de sitio, dos laboratorios y un albergue, que quedaron en manos del pueblo de Kuntur Wasi y su vecino San Pablo, a través de una asociación voluntaria de campesinos.
La literatura tuvo su entrada con la exposición de Ulises Juan Zevallos, de la Universidad Estatal de Ohio, que explicó dos poemas de Carlos Oquendo de Amat a partir de “la compresión o el aceleramiento capitalista de tiempo y espacio”. Este acercamiento desde los estudios culturales complementa muy bien las lecturas puramente literarias que se han dedicado al poeta puneño, cuyo centenario se celebra en el Perú con simposios y publicaciones.
La segunda sesión comenzó con un interesantísimo análisis biológico-arqueológico de la dieta alimenticia de la antigua Cajamarca, presentado por Yuji Seki, del Museo Nacional de Etnología del Japón. El especialista demostró cómo a lo largo de un extenso período en la misma zona de Kuntur Wasi se llegó a un dominio gradual del maíz, que pasó a formar parte principal de la dieta de la zona mucho antes de la aparición de los incas.
Para alternar temas y especialidades, hizo su intervención Torcuato di Tella, catedrático de la Universidad de Buenos Aires y ex ministro de Cultura de Argentina. Di Tella es un politólogo de renombre internacional que dedicó su reflexión a trazar los parecidos y las diferencias entre dos de los populismos más notables del siglo XX latinoamericano: el peronismo y el APRA. La sustitución por un “líder mesiánico” de lo que tradicionalmente se conocía como la tríada paternal de Iglesia, propietarios y Estado es un fenómeno frecuente en los populismos latinoamericanos y ese resultaría ser uno de los factores del éxito de movimientos como los mencionados.
Continuó el profesor Hideo Kimura, de la Universidad de Tokio, con un trabajo sobre las relaciones socioeconómicas entre las comunidades y las haciendas en la época de la reforma agraria, en que se destacaban las contradicciones de dicho proceso político en el Cusco. Durante la discusión se añadió la situación de las comunidades indígenas en Ayacucho y cómo la reforma agraria produjo efectos distintos, según la mayor o menor presencia de haciendas en determinadas provincias de la Sierra.
El primer día de sesiones había concluido. Era ya la tarde del viernes 14 y la noche japonesa llegaba con la certeza de que todos los presentes habíamos aprendido algo nuevo. Una cena suculenta, con inverosímiles variedades de sushi y de sashimi, completó la jornada.
Segundo round
La mañana siguiente arrancó a las 08.00 horas con “Artesanía e identidad regional”, a cargo de Tatsuihiko Fujii, del Museo Nacional de Etnología. La exposición se centró en la cerámica de Chulucanas y su recuperación del estilo Vicús. A la vez, Fujii rastreó los orígenes de la expresión “arte popular” hasta llegar a José María Arguedas, quien la empleó profusamente desde 1958 para superar el estigma que conllevaba el nombre más difundido de “artesanía”.
En un giro temático y disciplinario, le tocó el turno a David Scott Palmer, de la Universidad de Boston. Especialista en política peruana, Palmer trazó un didáctico panorama de las causas económicas, sociales y políticas de la aparición de Sendero Luminoso y los errores cometidos por el Estado para prevenirlo y controlarlo antes de 1992. Asimismo, se discutió sobre los peligros del resurgimiento de la violencia política si los gobiernos presente y futuros no disminuyen la pobreza extrema de manera sustancial.
Después expuso Shuzo Manabe, de la Universidad de Hyoga, remontándose al “fondo socioeconómico de la rebelión de Túpac Amaru II”, que en muchos aspectos representó el descontento de sectores indígenas oprimidos ante la dominación colonial.
El psicoanalista peruano Moisés Lemlij tomó la posta para narrar la “Historia de un secuestro”, en que examinó las repercusiones simbólicas y mentales que producen acciones como éstas en el Perú reciente.
Y en relación con el trasfondo histórico de tales eventos, el autor de estas líneas reflexionó sobre la construcción del discurso criollo en el siglo XVII como antecedente de muchas actitudes de la dominación criolla y republicana, con su carga de centralismo y racismo hasta el día de hoy.
Una segunda sesión, de carácter más bien antropológico, incluyó la exposición del Takahiro Kato sobre la interpretación de los sueños en las culturas andinas y el mito del chivacu como responsable de la maldición de los sueños con comidas, que auguran la muerte de algún familiar. Asimismo, Hiroyasu Tomoeda, de la Universidad de Hiroshima, escudriñó los orígenes del mito de Inkarrí y las distintas versiones que surgieron a partir de la difusión que le dio Arguedas (un recuento mayor se puede ver en el artículo de U. Juan Zevallos en esta misma edición de identidades). Por último, Tetsuya Inamura, de la Universidad de Aichi, disertó sobre los usos del pastoreo de altura en los Andes, específicamente en la importancia de rituales y costumbres comunales alrededor de la crianza de auquénidos en la preservación de la identidad local en la Arequipa limítrofe con Ayacucho.
La tarde del sábado 15 se dedicó a una excursión por la ciudad, destacando el famoso castillo de Nagoya, sede de emperadores en su momento. La inteligente convivencia de la ultramodernidad con el protocolar tradicionalismo se hizo sentir una vez más, en lo que ha pasado a constituir una de las marcas típicas del Japón de hoy.
Tercer round y K.O.
El último día de sesiones comenzó con Carlos Alberto González Sánchez, de la Universidad de Sevilla, especialista en la cultura impresa del virreinato. El investigador expuso sus recientes pesquisas sobre las imágenes religiosas (estampas y espectáculos públicos) y el proceso de evangelización durante las primeras décadas de la presencia española en los Andes.
El historiador chileno Rafael Sagredo, director de la sala José Toribio Medina de la Biblioteca Nacional de Santiago, continuó con una presentación de la expedición científica de Malaspina a fines del siglo XVIII y su importancia en la formación de una autoconciencia criolla en el Perú.
La última ponencia estuvo a cargo de Douglas Sharon, catedrático de la Universidad de California en Berkeley, quien expuso un resumen de sus investigaciones sobre la curandería en la Costa norte. Especialmente, se refirió a los ritos curativos y la importancia de algunas plantas medicinales en la formación de identidades locales y el desarrollo de estrategias de supervivencia cultural, que datan de tiempos prehispánicos.
Como se ve, este congreso peruanista contuvo un amplio espectro de acercamientos a distintos temas que podrían resumirse en la renovada presencia y el interés de la arqueología y la bioarqueología en Cajamarca, los procesos culturales y discursivos de la población indígena y costeña, la política nacional pasada y presente, la modernización y su doble cara, y las repercusiones psicológicas de la violencia. Naturalmente, hubiera sido importante contar con otros acercamientos desde los estudios de género o sobre la riqueza amazónica, pero eso será para los próximos encuentros. Imposible agotar todos los temas en sólo tres días y medio. Lo que sí es seguro es que los contactos científicos y académicos en general se fortalecieron con este congreso literalmente transpacífico, que da una buena idea del estado de los estudios peruanistas en el Japón, más allá de la existencia de figuras políticas que, felizmente, no asomaron por los claustros de la universidad. El libro que reúne las ponencias será editado próximamente.
Algunos de los participantes aprovechamos las últimas horas del viaje para visitar la antigua capital de Kyoto, a sólo 45 minutos de Nagoya en el afamado tren bala. Los legendarios jardines japoneses y la abundancia de templos budistas han dejado aún el recuerdo y el deseo insatisfecho de conciliar la modernidad con la tradición también en otras latitudes.
Más tarde, y desde el avión, se veía despidiéndose la garra del Gato Blanco, que en el folclor japonés simboliza la buena suerte en la vida. ¡Sayónará!, hasta pronto.
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