Edición 96
7 de noviembre, 2005


ISSN: 1817-2423
 Director: Gerardo Barraza Soto    Editor: Giancarlo Stagnaro
 > reseÑas
La condición peruana
            Peruanos ilustres, primer libro de Alejandro Neyra (Solar, 2005) sorprende positivamente por la buena factura de sus relatos, pero sobre todo porque evidencia un diestro manejo del humor, rasgo poco frecuente por estos lares. En ese sentido, la ópera prima de Neyra se emparenta con Boletos, de Lorenzo Helguero; Shiki Nagaoka, de Mario Bellatin, y Blanco y negro, de Carlos Herrera.
lc            Como puede deducirse del título del volumen, el autor ha escogido narrar la vida y milagros de un puñado de connacionales, presumiblemente modélicos. Tenemos a un futbolista chalaco que triunfó apoteósicamente con la casaquilla italiana (“Un campeón del mundo”), un chepenano cuya obra determinó el rumbo del arte alemán contemporáneo (“Apuntes sobre el origen del expresionismo alemán”), un talentoso poeta modernista que se enamoró en París (“La pérdida de papeles de José Eufemio Lora y Lora”), la historia de la hembra más deseada en Italia (“Venus surgida del Monte Napoleone”), el más importante descifrador de documentos del mundo (“John Wakinson y el manuscrito Voynich”) y otras proezas peruanas en tierras extranjeras. A ello hay que añadir un rasgo insistentemente remarcado en cada una de las historias: el carácter equívoco de esos triunfos, pues deparan a cada uno de los protagonistas no la fama, el éxito ni el dinero, sino la infelicidad, la indigencia o el anonimato.
            Según la lógica que imponen implícitamente los textos, la causa de las desgracias de los protagonistas es precisamente su condición de peruanos. Por esa razón, este libro posibilita una doble lectura. Se puede disfrutar inocentemente de los relatos, que son suficientemente entretenidos. Pero creemos que Neyra se propone narrar otra historia, más allá de las anécdotas. Por la vía del sarcasmo, pero sobre todo por su carácter paródico, Peruanos ilustres cuenta la pesadilla peruana, el peruvian way of life, la peruanidad en el mundo contemporáneo. Al respecto, un dato clave es que casi todos los personajes del libro están fuera de su patria. En muchos casos, son emigrantes forzados, expulsados de su terruño.
            En términos estrictamente literarios, es obvio que Neyra parodia el célebre libro de Plutarco Vida de varones ilustres, pero también la intencionalidad humorística del libro admite una comparación con las Tradiciones Peruanas de nuestro ilustre escritor Ricardo Palma. Sólo que hay un rasgo que definitivamente los diferencia: Palma edifica un discurso nacional de tipo criollo, mientras que el discurso de Neyra entabla relaciones problemáticas, más críticas, con su gens. Esto último seguramente dará pie a considerar Peruanos ilustres también como una parodia al discurso palmista.             Pero esa labor no cabe en estas escasas líneas.
No obstante, más allá de la literatura, creemos que el libro de Neyra posee una entraña volteriana, ilustrada, racionalista. Nos referimos al Voltaire de Cándido, por supuesto. Y es que Peruanos ilustres se permite desmitificar el discurso chauvinista, presente en algunos medios de comunicación, en los textos escolares y de historia del Perú. La edición de Solar merece resaltarse por su buen cuidado.


>Gabriel Espinoza Suárez


 
Expiaciones y aventuras verbales
            A mediados de la década de 1980, los jóvenes poetas peruanos se enfrentaron a grandes retos formales y discursivos que, inevitablemente, hacían eco de la violencia política que marcaría el doloroso ingreso del Perú en un terrible fin de siglo. Exigencias urgentes que se traducirían en recitales, manifiestos, revistas y ediciones que actualizaban antiguas polémicas en torno al arte comprometido.
ln             Esta misma década, sin embargo, para los lectores nacionales o capitalinos, señala la irrupción de un importante grupo de mujeres poetas. Ellas aparentemente estaban en su mayoría al margen de las preocupaciones histórico-sociales y fueron poco permeables al modelo épico del modernismo anglosajón que en aquellos años imperaba en el tratamiento de dichos temas.
             Los límites del cuerpo y los límites del lenguaje se fundían en casi la totalidad de estas voces –o, al menos, esto es lo que más se recuerda– desde el entonces tan mentado miniboom de la poesía erótica femenina, exitosa denominación que con provinciano sensacionalismo dio espacio, a la vez que distorsionó, la recepción de las primeras obras de poetas como Rosella di Paolo, Patricia Alba y Rocío Silva Santisteban.
            Dos décadas después, un libro como Ya nadie incendia el mundo establece un balance con aquellos años de violencia y constata que la escritura es siempre parte de un proceso, que propone una relectura de lo que asumimos como tradición.
             Desde una experiencia también generacional –antes la trágica ”guerra interna”, hoy el exilio académico–, Victoria Guerrero ha logrado fusionar asuntos previamente irreconciliables, como la memoria histórica y el testimonio femenino, con sus mártires anónimas y sus gestas mínimas, demostrando que las poetas en el Perú presentan una alternativa de lectura frente a la historia oficial y sus convencionalismos.
            Ya nadie incendia el mundo establece una especie de inventario de la pérdida, una cronología de fracasos compartidos, en el que período a período se constata no sólo la poco saludable situación del Perú en el último cuarto del siglo XX, sino la inutilidad de la propia escritura y, más radicalmente, la esterilidad de todo sacrificio. Quienes esperen encontrar en este libro poemas cerrados, pequeñas perfecciones muertas desde su origen, terminarán decepcionándose, tanto como los que gusten del lamento vociferante o de la reivindicación estridente.             La poeta, que cierra el libro firmando como Victoria, habla desde el espacio socialmente asignado (una voz subalterna, soterrada) para rescribir escenas aparentemente autobiográficas (el nacimiento, la niñez, la relación con el padre, los duros episodios clínicos), asumiendo así la reconstrucción del silencio histórico: el discurso íntimo y el discurso social (ambos sangrantes, crispados) se tornan parte de un imaginario “cuerpo nacional”. Los cuerpos fragmentados, desaparecidos, torturados, son los vestigios de un aborto republicano, del monstruoso sacrificio democrático que compartimos tanto la metrópoli como la periferia.
            De esta forma, Victoria Guerrero subvierte para sus propios fines todos los elementos que a su disposición pone la tradición y habla desde ella, invocando tanto a sus hermanas y compañeras de viaje (desde Blanca Varela hasta poetas contemporáneas) como a sus maestros. Entre estos últimos, el flujo de su nerviosa escritura y la pretensión documental la conectan con Carlos Oquendo de Amat, quien regresa en su voz mediante versos que componen una imagen en negativo del autor de 5 metros de poemas (obviamente, la oscuridad prima sobre la ternura, pero esta variante le permite asumir una lectura política que el genial puneño no resolvió desde la poesía).             Otro interlocutor importante del libro es un compañero generacional, inmolado por su desesperación más individual y por lo tanto insondable, a quien, no obstante, la poeta se dirige para recordar que todo sacrificio es inútil, que hay que saber aceptar que la propia escritura es insuficiente, como la vida, aunque pese a todo, para quien la escribe, para quien la produce y la respira, la poesía sea necesaria, como una expiación, como un reclamo frente a la nada.
            Si para las propuestas estructuralistas y posestructuralistas del Primer Mundo el poema ha muerto hace mucho, Victoria Guerrero, usurpando discursos y armas retóricas, recuerda que aunque Ya nadie incendia el mundo, todavía hay algo qué decir: aún vale la pena exponer la aventura verbal como una excrecencia, como una hiriente y hermosa expiación de lo corporal.


>Martín Rodríguez-Gaona
Poeta