Edición 97
21 de noviembre, 2005


ISSN: 1817-2423
 Director: Gerardo Barraza Soto    Editor: Giancarlo Stagnaro
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Andes y Amazonía:
Un pasado común
Resulta común en la historiografía peruana encontrar por separado los procesos históricos de la Costa y los Andes de los amazónicos. Sin embargo, los hechos y los testimonios demuestran que el intercambio entre los tres fue fructífero en tiempos prehispánicos. Con la Conquista y la Colonia, estos vínculos se quebraron, incluso muchos de ellos hasta nuestros días.

            Una de las representaciones más distorsionadas y difundidas sobre la Amazonía es aquella que nos muestra como una tierra de inmensurable extensión, casi deshabitada y virtualmente desvinculada y ajena al proceso histórico de la Costa y los Andes. Los pueblos indígenas amazónicos han sido imaginados y perpetuados como aislados, atrasados culturalmente y al margen de los procesos de formación de las grandes civilizaciones andinas y costeñas.
            Tal estereotipo no puede estar ajeno a lo sucedido en los últimos cinco mil años. Basta darse una vuelta por Caral para enterarse de las complejas relaciones interétnicas entre la Amazonía con los focos de civilización costeños y andinos. Además, no hay que olvidar que Chavín, Wari y Tiawanaco mostraron una marcada influencia amazónica manifestada, por ejemplo, en el uso extensivo de imágenes selváticas (tigres, reptiles y monos) en sus representaciones artísticas. A esto habría que añadir que los Andes fueron poblados en épocas remotas por migraciones continuas de poblaciones amazónicas que fueron ocupando progresivamente zonas de mayor altitud.
            Más aún, existen evidencias del uso y consumo de productos provenientes de la Amazonía que se adaptaron en los Andes y la Costa desde épocas muy antiguas: Restos de coca han sido hallados en complejos funerarios costeños que datan de unos cuatro mil años. Entre 850 y 500 a.C. ya se cultivaban en la Costa norte varios productos de origen amazónico, como el maní, la calabaza, la palta y la yuca. La aparición de dichos productos en áreas tan alejadas de su región de origen nos permite suponer que los pueblos andinos y costeños sostenían un intensivo intercambio con los pueblos amazónicos.
            Las hachas de cobre de procedencia andina encontradas en diferentes zonas del Ucayali constituyen otra evidencia de la existencia de amplias redes de interacción que vinculaban la Amazonía con los Andes y la Costa. La aparición de dichas herramientas parece estar asociada a la expansión del imperio Wari en la zona centro-sur de los Andes. La existencia de hachas de cobre similares entre los omagua del Amazonas central sugiere que existían redes de intercambio entre los Andes y el río Amazonas a través del curso del Ucayali.

Universos cercanos

            No cabe duda que la ceja de selva, también llamada montaña, constituyó por muchos milenios el lugar propicio donde se realizó la interacción entre estas poblaciones. En dicha región se difundieron y entrelazaron intercambios en los niveles productivos, sociales, religiosos y simbólicos. Las investigaciones realizadas por Julio C. Tello confirman que las sociedades de ambas áreas compartían símbolos y universos culturales muy cercanos, para que ello ocurriera debió haber existido una infinidad de intercambios de todo tipo. Una muestra de ello es la cultura Tarama, ubicada en las cercanías de la actual ciudad de Tarma, que contiene una síntesis de elementos andinos y amazónicos.
            Siglos después, durante el Tahuantinsuyo, esta relación continuó. La estrategia inca de incorporación de la Amazonía tenía dos características: la actividad militar y las actividades comerciales que llevaban a cabo sus mitimaes que habitaban esa región. Los pueblos amazónicos que ocupaban la ceja de selva tuvieron un papel predominante en su rol como bisagras.             La relación entre los pueblos amazónicos y los incas no siempre fue armoniosa y pacífica, pues osciló entre el conflicto militar y el intercambio comercial y matrimonial. La presencia de familias incaicas en el alto Huallaga, Urubamba, Madre de Dios y Beni propició que se perpetúe y dinamice la ancestral y estrecha relación de intercambios.
            Este proceso se vio interrumpido con la llegada de los españoles. Con ellos nos invadieron una serie de enfermedades de carácter epidémico: la viruela, el sarampión y la influenza, provenientes de Europa; así como la malaria y fiebre amarilla, procedentes de África. Estas enfermedades eran completamente desconocidas en América y sus pobladores no habían desarrollado defensas inmunológicas que les permitiesen sobrevivir.
            Los pueblos de la ceja de selva o montaña fueron los más vulnerables, debido a su cercanía a las zonas andinas donde los españoles habían establecido sus actividades y desde las cuales se difundían estas mortales enfermedades. El caso de los Panatahua y Payanzo de Huánuco, que desaparecieron prontamente, constituye una evidencia de este cruento proceso.
             Con su desaparición física y el proceso de andinización sufrido por sus escasos sobrevivientes, se creó una especie de “tierra de nadie” en la región de montaña, que separó desde entonces a los Andes de la Amazonía. Ello dio origen, durante los últimos cinco siglos, a lo que algunos investigadores han denominado el mito del gran vacío amazónico.

>Manuel Cornejo Chaparro
Responsable de la Oficina de Publicaciones (Cendoc) del
Centro Amazónico de Antropología y Aplicación Práctica (CAAAP)

 
Enrique Casantos. "Pirinpirinkitonki"
Enrique Casantos. "Pirinpirinkitonki"

Enrique Casantos. "Amemporenki".
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