Los mitos de los distintos pueblos indígenas amazónicos nos muestran una época primordial en que los cuerpos y los nombres, los espíritus y los actos, el yo y el otro, la maloca y el bosque se penetran mutuamente, sumergidos en un mismo espacio. Sin embargo, como afirma el brasileño Viveiros de Castro, a diferencia del punto de vista occidental, este proceso no diferencia lo humano a partir de lo animal: entre los pueblos amazónicos, la condición original común a los animales no es la animalidad, sino la humanidad. En la gran división mítica, no es tanto la cultura la que se aparta de la naturaleza como ésta la que se aleja de aquélla.
Los mitos cuentan cómo los animales y plantas perdieron los atributos heredados o mantenidos por los humanos: entre los shipibo del Ucayali, la mujer pelejo no puede confeccionar cushmas para sus hijos; los matsigenka de Madre de Dios cuentan que unos hombres intentaron matar a un chamán y quedaron convertidos en gallinazos; los huni kuin del Purús explican que los motelos no pueden hablar por comerse una sachavaca; entre los aguaruna del Marañón, Ipak y Suwa al no conseguir marido se transformaron en achiote y huito, utilizados como pinturas faciales en las grandes fiestas.
Los humanos actuales, a diferencia de los animales, ganaron atributos apropiados, aprendieron a comer masato de verdad y no tierra, a hacer una chacra y a construir malocas: entre los aguaruna, Wépiu conoce las canciones mágicas y aprende a cazar; de las cenizas de Maricaxënayu aparecen los antiguos conibo; el jíbaro Tsamarén, a pesar de tener la capacidad de hablar con las garzas, no pierde su condición de hombre; los huni kuin del Purús recuerdan a Basabo Kënëya, quien derrotó a un inca malo; y una mujer yanesha se escapó de morir a manos de un oso.
En el mundo mítico amazónico, a diferencia de la concepción occidental, los animales son ex humanos y no los humanos ex animales.
Mitos y formas de vida
En palabras de Gerald Weiss, la cosmovisión asháninka es, en gran medida, la historia de cómo, uno a uno, los asháninka fueron irreversiblemente transformados en los primeros representantes de diversas especies de animales y plantas, así como de cuerpos celestes o accidentes geográficos. De este modo, el desarrollo del universo fue un proceso de diversificación y la humanidad es la sustancia primordial a partir de la cual emergieron, si no todas, muchas categorías de seres y cosas del universo: los asháninka de hoy son los descendientes de los asháninka ancestrales que huyeron a la transformación.
Así, si entre nosotros resulta lugar común considerar que la humanidad se ha elevado sobre sus orígenes animales, normalmente escondidos por la cultura (habiendo sido en otra época “totalmente” animales, seguimos siendo animales “en lo más hondo de nuestro ser”), el pensamiento indígena amazónico llega a la conclusión contraria: habiendo sido en otro tiempo humanos, los animales y otros seres del cosmos continúan siendo humanos, aunque de modo no evidente.
Otro aspecto de los mitos es su dimensión etiológica. Explica el origen de ciertas costumbres y fenómenos tomados de la experiencia de los pueblos. Hay mitos cocama, un pueblo indígena de Loreto, que explican el origen de los clanes, que llevan nombres de animales. Los mitos también explican el origen de otros elementos como los cerros, ciertas enfermedades y las características de los animales.
Según una creencia popular en la Amazonía, los bufeos (delfines de río) se pueden transformar en personas. La gente cree que son hombres convertidos en peces o demonios. Los bufeos colorados son malos y se convierten en gente que engaña a los humanos. Los machos buscan a las mujeres y las hembras a los hombres. En muchos casos, el bufeo toma la apariencia de un gringo, asiste a una fiesta, se enamora de una chica y la deja embarazada (Regan: 1993).
Unión de diferencias
La cosmovisión amazónica no establece ninguna distinción esencial y tajante entre los humanos, por una parte, y un gran número de animales y plantas, por otra. La mayor parte de las entidades que pueblan el mundo están unidas unas a otras en una relación continua y constante, animada por principios unitarios y gobernada por un régimen idéntico de sociabilidad.
En el universo mítico amazónico, los animales tienen atributos idénticos a los del ser humano: la intencionalidad, la vida afectiva o el respeto hacia unos preceptos éticos. La sociabilidad de los animales es parecida a la de los hombres y se nutre de la misma fuente: solidaridad, amistad y deferencia hacia los ancestros. Éstos son los espíritus invisibles que presiden las migraciones de la caza, gobiernan su dispersión y se encargan de su regeneración.
Por consiguiente, si los animales difieren de los hombres es solamente por su aspecto, simple ilusión de los sentidos, ya que las envolturas corporales distintivas que generalmente muestran no son más que disfraces para engañar a los hombres. Cuando visitan a éstos en sueños o en sesiones de ayahuasca, los animales se revelan tal como son en realidad, es decir, bajo su forma humana.
En resumen, en la cosmovisión amazónica, los animales son gente o se ven como personas. Esta concepción está casi siempre asociada a la idea de que la forma material de cada especie es un envoltorio, un ropaje que esconde una forma interna humana, normalmente visible tan sólo a los ojos de la propia especie o de ciertos seres que son capaces de explorar otros espacios y tiempos como los chamanes: ésa es otra historia por contar.
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